lunes, 8 de junio de 2009

¿CON AMOR? DE ESTADOS UNIDOS

Esta es una prueba testimonial de las relaciones que Estados Unidos mantenía con su traspatio centroamericano. Las fotografías –tomadas en lo más profundo de la Mosquitia hondureña, cerca de la frontera con Nicaragua--, y el texto, son de 1999, diez años después de la derrota electoral de la Revolución sandinista, y diez años antes de la Declaración de Independencia que aprobó la OEA en la reciente reunión Cumbre de San Pedro Sula, levantando las sanciones contra la Revolución cubana. No es extraño que el Gobierno norteamericano se sienta desconcertado ante la digna actitud asumida por el presidente Zelaya de Honduras. Fotos y texto fueron tomados de mi libro La utopía rearmada. (E. U. G.)

Comunidad de Rus Rus, Mosquitia hondureña

Una mañana acompaño a los brigadistas al hospital de Rus Rus. Viajamos en una camioneta de doble tracción que nos envía el hospital. En el camino desaparecen momentáneamente los pinos y surge un claro enyerbado que se pierde en la distancia: es el lugar, me explican, donde aterrizaban los aviones Hércules que abastecían a la contra nicaragüense. Más adelante cruzamos un puente colgante de difícil ingeniería.

Una placa de bronce dice que se construyó en 1987 con financiamiento de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID, siglas en inglés). El puente, inútil en la paz, tiene una longitud de 173 metros y soporta cargas de hasta 15 toneladas.

Ya estamos en Rus Rus: las casas dispersas son iguales en su sencillez y pobreza a las de cualquier otra comunidad misquita. Me sorprende encontrar una instalación con aire acondicionado, salones de operación y de parto y sofisticados aparatos que envejecen sin médicos: un hospital verdadero, fantasmal, en lo más hondo de la Mosquitia, cercano a la frontera con Nicaragua, que excede las necesidades instrumentales de los pobladores de la zona y que, sin embargo, no las satisface. Porque, construido en los ochenta para atender a los refugiados y a la contra nicaragüense y eventualmente a los propios militares norteamericanos, carece de médicos en la paz. Los brigadistas cubanos viajan una o dos veces al mes hasta la pequeña aldea. La voz se corre y llegan pacientes de otras comunidades. El hospital es propiedad de la Fundación Friends of the Americas y en un asta ondea la bandera norteamericana. Un letrero en español dice a la entrada: “Con amor, de los Estados Unidos de América”.

¿Cómo es posible que mueran misquitos por falta de atención médica o por imposibilidad de traslado inmediato a Puerto Lempira, a las puertas de este hospital? Yamila y Estrada –los médicos cubanos--, se llevan en cada ocasión una caja de medicamentos que cuidadosamente seleccionan en una farmacia de sueños, que permanece cerrada casi todo el año: hay de todo tipo, para las más disímiles patologías, pero más de la mitad están vencidos. El tiempo los ha hecho inservibles mientras los enfermos reales sufren o mueren a unos pasos de este almacén de la vida. Dos auxiliares misquitas de enfermería laboran en el hospital y distribuyen las medicinas según su limitado entender y sus preferencias. Un vecino se queja de que priorizan a los feligreses de la Iglesia a la que pertenecen los directivos de la Fundación.

viernes, 5 de junio de 2009

Comentario sincero

"Nos sentimos completamente desconcertados y desencantados por las frenéticas gestiones desarrolladas esta semana por muchos países latinoamericanos para que se readmitiera a Cuba en la Organización de Estados Americanos", dice The New York Times. Ni amenazas, ni chantajes, ni hipócritas promesas han servido esta vez para apaciguar la rebelión. Los yumas están desconcertados.

LA GUERRA CULTURAL CONTRA EL CHE

Quiero publicar en junio diversos acercamientos a la figura de Ernesto Che Guevara y a la guerra cultural que intenta sin éxito desacreditarlo. Empiezo por compartir con mis lectores un fragmento del magnífico libro Imperialismo del siglo XXI: las guerras culturales (Casa Editora Abril, 2009, 515 pp.), que el ensayista e historiador Eliades Acosta Matos presentó en la pasada Feria Internacional del Libro de La Habana. Prescindo en mi selección de sus abundantes llamados a pie de página y de sus referencias bibliográficas, que dificultarían la lectura y alargarían aún más un texto inevitablemente extenso. El título es mío, porque el fragmento pertenece al capítulo VII: “¿Un nuevo rumbo cultural para la nave de los locos?” Para los lectores que no conocen qué es Penúltimos días, reproduzco de forma excepcional la correspondiente nota del libro: “Blog Penúltimos Días: Surgido, inicialmente, como Últimos días de Fidel, nombre que cedió su lugar al actual, después de ser enmendado por la terca realidad, como lo fuese en su momento el libro de 1992, de Andrés Oppenheimer, titulado La hora final de Castro: la historia secreta detrás de la inminente caída del comunismo en Cuba. Lanzado inmediatamente después de conocerse la “Proclama al Pueblo de Cuba”, de Fidel Castro, el 31 de julio del 2006. Según su editor, Ernesto Hernández Busto, fue creado por Emilio Ichikawa, Néstor Díaz de Villegas y el propio Hernández Busto. En la actualidad reconoce la colaboración permanente de 12 escritores, artistas e intelectuales cubanos radicados en diferentes partes del mundo, unidos por su oposición a la Revolución y al socialismo”.

La guerra cultural contra el Che, desde Penúltimos días.

Eliades Acosta Matos

No hay espacio de la historia ni del presente, ni creación artística o literaria, ni descubrimiento científico, ni rama de las actividades intelectuales, que hoy se pueda considerar a salvo de las incursiones de los que combaten en el terreno cultural, contra la Revolución. Ellos, frecuentemente, fueron formados en las escuelas y universidades cubanas, conocen la vida en la isla, nuestras debilidades y errores, nuestras fortalezas y victorias. En las primeras hurgarán, sin misericordia, tratando de desmoralizar y debilitar, sembrando dudas y desconfianza hacia el futuro. Si hablan de las segundas, será para minimizar o manipular la verdad, o achacar los éxitos al esfuerzo individual, o a la tradición prerrevolucionaria; jamás lo atribuirán a ninguna medida o programa puesto en práctica después de 1959. Veamos, por ejemplo, cómo se ataca, en esta guerra, a la figura y al legado de Ernesto Che Guevara.

Si el 21 mayo del 2008, en el Festival Cinematográfico de Cannes, la película Che del norteamericano Steven Soderbergh, que cuenta con las actuaciones del actor puertorriqueño Benicio del Toro y del mexicano Demian Bichir, provocó una larga ovación del público, le concedió a Del Toro el Premio a la mejor actuación masculina, y provocó el titular de El Mundo, de España: “Soderbergh revoluciona a Cannes con Che”, esto no fue suficiente para quienes no pueden admitir que algún habitante del planeta muestre respeto o admiración por este símbolo revolucionario.

En octubre del 2007 se conmemoró en todo el mundo el cuarenta aniversario de la muerte del Che. En uno sólo de los blogs de la contrarrevolución ilustrada cubana, Penúltimos Días, de Ernesto Hernández Busto, radicado en Barcelona, entre el 29 de septiembre del 2007 y el 30 de mayo del 2008 se publicaron 41 posts relacionados de alguna manera con el Che, todos críticos hacia su figura o su reflejo en el arte, los medios o la literatura. En muchos casos se recomendaban enlaces con otros artículos y ensayos, siempre de autores contrarios al Che. Veamos algunos de estos posts, para poder entender el tipo de guerra cultural a la que Cuba se enfrenta.

Alrededor de la exposición “Che, Revolución y Mercado”, de la curadora inglesa radicada en México Trisha Ziff, que se presentó en el Palau de la Virreina, de Barcelona, del 25 de octubre del 2007 al 20 de enero del 2008, PD realizó una amplia cobertura. La intención original era mostrar, a través de 300 objetos con la imagen del Che la manera en que la fotografía de Korda ha adquirido vida propia, “como fetiche de consumo global, más allá del personaje que lo inspiró… Una exposición donde queda lugar para la mitificación y la parodia. Un proyecto iconográfico e iconoclasta”. No cuesta trabajo comprender que este punto de vista de la curaduría propiciaba un acercamiento absolutamente desideologizado al Che, hábil manera de manipular los símbolos revolucionarios, vaciándolos de contenido, un método muy socorrido en las guerras culturales. “La significación del Che en los tiempos modernos –concluye revelando Trisha Ziff, en un artículo publicado el 21 de abril del 2008--, se relaciona menos con el hombre que fue y su idea de crear una sociedad mejor. Pienso que tiene que ver más con el poder de la imagen, estemos de acuerdo o no con sus principios”.

A pesar de la declarada intención evasiva de la exposición, PD brindaba a sus lectores un vínculo con la protesta del Partido Popular, expresada por Angels Steller, vocero del PP en el Ayuntamiento de Barcelona, antes de la inauguración: “pues esta figura no merece que se le dedique una exposición, pues era un guerrillero que defendía métodos violentos para acceder al poder”. No se perdía la oportunidad para hacer público lo que la misma costaría al Ayuntamiento: 200 mil euros. El mensaje se completaba con esta cifra: muerta la ideología del odio y la violencia, quedaba el icono vacío. La manipulación comercial se encargaría de darle un nuevo sentido. Una victoria más del mercado y sus fetiches, especialmente del capitalismo, sobre los revolucionarios que soñaron abolirlo.


Los vínculos a artículos y ensayos de otros autores relacionados con el Che, que en este período seleccionó gentilmente para sus lectores el editor de PD, merecen un comentario aparte. Veamos algunos, pues, parodiando a un dicho popular cubano, en la recomendación está la trampa:

29 de septiembre del 2007, artículo “Che versus feti-che”, de Iván de la Nuez, publicado en El País, una reseña de la exposición de la Ziff presentada, oh casualidad, en el centro cultural que desde el año 2000 dirige en Barcelona. A la ya explicada derrota del revolucionario ante la fuerza del mercado, agrega de la Nuez, otra suma de fracasos: “… firmó los billetes con desprecio y llegó a predecir el fin del dinero, en cambio hoy aparece –no su firma, sino su cara--, en dinero que manosea cualquiera. Fue ateo hasta la médula y alertó de que era el Anticristo, pero una exposición titulada precisamente Passion, en Italia, incluyó su foto muerto, y David Kunzle lo ha llamado ‘Chesucristo’… (En las capitales del mundo, la imagen del Che) no conmina al sacrificio o a la inmolación, sino a participar de la sociedad de consumo en toda su magnitud. Es más, para poder apreciar esa imagen en toda su polisemia, es obligatorio salirse de los predios cubanos, donde su rostro tiene una carga unidimensional”. Derrotado el Che, en toda la línea, según de la Nuez, sólo resta deslizar, como de contrabando, la acusación de haber sido, además, un hábil manipulador mediático, restándole el valor a la espontaneidad del gesto que captó Korda en aquella foto memorable. “Rodrigo Fresan me ha apuntado: A mi no me engaña ese hombre, tienen que haber practicado mucho ese rostro y esos rasgos frente al espejo…”. Y para concluir la obra de amorosa demolición, un consejo a los ideólogos del capitalismo: “una maquinaria (la capitalista) tan cínica que fue capaz de convertir al Che en fetiche, ¿será ahora tan torpe que convertirá al fetiche en Che? ¿Le dejará al personaje exclusivamente su valor subversivo, para que afloren su legado y sus maneras a la inestable vida que hoy vivimos? ¿Despojará a su figura de su neutralidad pop para exponer a los cuatro vientos el ejemplo de un enemigo carismático y letal…?”.

El 5 de octubre, el editor de PD nos recomendaba la lectura de El Che, el déspota de un oscuro reportero español de la BBC, asentado en Londres, nombrado Rafael Estefanía. La tesis era previsible: “Testimonios de aquellos que trataron con él, a menudo lo presentan como un hombre egocéntrico y arrogante… (Según el testimonio de un desertor cubano), el Che se subía a un muro y tendido de espaldas observaba las ejecuciones mientras se fumaba un puro… Yo establezco una analogía entre la figura del Che, en los años sesenta, y la de Osama Bin Laden hoy” –se pone finalmente en boca de Lee Anderson, uno de los biógrafos más acerbos del Che.

Ese mismo día, en el blog Los Miquis de Miami, una nota digna de revista del corazón como modesto aporte a la campaña: “Su madre (del Che) reveló a la biógrafa Julia Constela, que el Che había nacido el 14 de mayo de 1928, pero se inscribió el 14 de junio para presentarlo como sietemesino y ocultar así que se había casado embarazada. Esta revelación pone en solfa otra letanía ideológica del castrismo… (la de su fecha de nacimiento)”. Y para ilustrar la nota, nada mejor que la imagen desvaída del Che en una pared de Cape Town, Sudáfrica, con un elocuente pie de foto: “La leyenda se decolora”.

El 10 de octubre, después de la celebración del aniversario, PD nos propone el artículo de Raúl Rivero titulado “Otras muertes del Che”, publicado en El Mundo, de España. “Mucho antes de que Ernesto Guevara fuera tiroteado en una desvencijada escuela de Bolivia –pontifica Rivero a sus lectores españoles-- había sufrido, y sufre, algunas muertes sucesivas… Lo mató la crueldad con que dirigió los fusilamientos en la fortaleza de La Cabaña. Lo mató la incapacidad que demostró como ministro y presidente del Banco Nacional. Lo mató la prepotencia y el autoritarismo. Y lo mata, en estos tiempos, el empeño enfermizo de convertirlo en un modelo para las nuevas generaciones…” ¿Presenta Rivero alguna prueba verificable de sus acusaciones? Ni falta que hace. Los lectores de PD no las exigen.

El 7 de octubre, en vísperas de la efemérides, El País publicaba, y PD recomendaba, un provocativo artículo titulado “¿Dónde están los huesos del Che?”, del periodista francés Bertrand de la Grange. Para La Grange, bastaron apenas un par de sospechas mal pergeñadas, y ni una prueba, como quien se hace el muerto a ver el entierro que le harán, para recibir un buen espacio en El País. “En el mausoleo de Santa Clara –aventura--, todo es genuino, menos, tal vez, los huesos del Che… Pero el Che tenía que estar en La Habana antes del 26 de julio de 1997 para celebrar en grande el regreso del hijo pródigo y dar un poco de moral a los cubanos. Era la orden de Fidel Castro. Que no fue el verdadero, sería, después de todo, un mal menor”.

El 9 de octubre se suma al elenco de El País y de PD el inefable Jorge Castañeda, con el artículo “Aniversario del Che”. “El Che –se apresura a declarar el converso Castañeda-- dio la vida por sus ideas para lanzar un programa de renovación ideológica y de creación del ‘hombre nuevo’, (pero) todas esas ideas por las que murió fracasaron estrepitosamente”, olvidando decir, oh casualidad, que vivimos en América Latina el mayor auge jamás experimentado por las ideas socialistas, que son, a fin de cuenta, las que propugnó el Che. Pero la realidad no vale cuando la tarea encomendada es fabricar, a como diese lugar, una contra-narrativa en la que el Che y sus ideales quedaran satanizados en las páginas de El País, en el cuarenta aniversario de su caída en combate. “(Sobre estos hechos) –vuelve a la carga Castañeda-- sí sabemos tres cosas, que no deben ser silenciadas de nuevo: miles de jóvenes latinoamericanos murieron inútilmente por querer ‘ser como el Che’, esos intentos contribuyeron al surgimiento o la radicalización de las dictaduras militares y los regímenes de seguridad nacional en la región, y el legado del Che incluye también la demora innecesaria e injustificada en el surgimiento de una izquierda democrática y moderada, globalizada y moderna, en América Latina”.

Ese mismo día, en ABC, una vez más recomendado por PD, otro tránsfuga, esta vez cubano, de nombre Norberto Fuentes se encargaba de homenajear a la figura del Che tildándolo de “perdedor”. “Era sabido que su campaña de Bolivia había sido un fracaso –se apresuraba a subrayar Fuentes, en pos de la elusiva credibilidad para su anécdota. Pese a todo, y como una tozuda reacción de orgullo, había entre los cubanos la convicción de era un icono del movimiento revolucionario mundial y que su utilidad era inestimable… El consenso político cubano determinaba que existía un heroísmo indudable en el empaque de aquella derrota. Todos sabíamos que se había rendido, pero cuando tú te acomodas a una idea, ni las más sólidas evidencias logran hacerle mella fácilmente”.

El 10 de octubre, como colofón de la operación de contra-narrativa enfilada a negar al Che y su significado, en momentos de ascenso imparable de las fuerzas de izquierda y del socialismo latinoamericano, El País publicó, y PD volvió a recomendar, un editorial titulado “Caudillo Guevara”. Este escrito, sin firma, estaba destinado a medir la eficacia del diluvio de mentiras y manipulaciones sistemáticas vertidas sobre los lectores de este y otros periódicos españoles. “La disposición de entregar la vida por las ideas –sentenciaban los anónimos autores del editorial--, esconde un propósito tenebroso: la disposición de arrebatársela a quien no las comparta. Ernesto Che Guevara… pertenece a esa siniestra saga de héroes trágicos, presentes aún en los movimientos terroristas de diverso cuño, desde los nacionalistas a los jihadistas… Sus proyectos y consignas no han dejado más que un reguero de fracaso y de muerte”. Y cumpliendo las mismas indicaciones recibidas por Castañeda para su artículo, se repiten, al calco, idénticos argumentos, oh casualidad, que los del mexicano. “Seducidos por la estrategia del foquismo –repiten, casi textualmente, los editores de El País--, la única aportación de los seguidores de Guevara a la política latinoamericana, fue ofrecer nuevas coartadas a las tendencias autoritarias que germinaban en el continente… Por el contexto, la figura de Ernesto Guevara representó una puesta al día del caudillismo latinoamericano…. Hoy sólo conmemoran la fecha de su ejecución en La Higuera los gobernantes que sojuzgan a los cubanos o los que invocan a Simón Bolívar en sus soflamas populistas”. Contra lo esperado, la operación de guerra cultural y psicológica contra Cuba y el Che cocinada en las calderas de la CIA, con la participación entusiasta de los chicos literarios de siempre, y para la cual fueron arreadas las manadas de tránsfugas e intelectuales orgánicos de la derecha pro imperialista y filo neoconservadora de ambos mundos, no cerró con éxito. Todo lo contrario, una verdadera oleada de rechazo inundó la redacción de El País, provocó casi una huelga de sus trabajadores, que rechazaron el editorial de la patronal y la obligaron a publicar una coletilla rectificadora, además del artículo publicado por José Miguel Larraya, Defensor del Lector en dicho periódico. Bajo el escueto título de “Che”, Larraya publicaba el 14 de octubre que “el editorial ha provocado la mayor protesta de los lectores que este defensor recuerda”. Y después de citar algunas de las cartas de protesta de los indignados lectores, Larraya concluye constatando lo inocultable: “La simplificación alimenta las peores polémicas. Aquellas en las que los sentimientos se imponen a los argumentos y las simplificaciones a los hechos. El editorial terminaba diciendo que ya son pocos los que conmemoran su ejecución en La Higuera. Pero la polémica que ha suscitado ese mismo comentario demuestra que su memoria, el mito, está viva a ambos lados del océano”.

El 18 de octubre, forzados por la magnitud de la protesta de los propios periodistas de El País, los editores se ven obligados a publicar una breve nota bajo el título “La Redacción discrepa del editorial sobre el Che”, avalada por dos tercios de la plantilla, en total, 250 periodistas. El editor de PD, usualmente locuaz y expansivo cuando del tema se trata, tiene apenas un comentario sarcástico de diez palabras, mientras rumiaba la paliza: “¡Dios mío, en El País han vuelto a los 60!”

Todavía el 30 de octubre, Álvaro Vargas Llosa, hijo de su padre, publicaba en inglés, en The New Republic, la continuidad de la saga jabonera de La Grange, servida en frío para el lector norteamericano: “Who´s Buried in Che´s Tomb?” Como suele suceder en este tipo de operación de guerra cultural, Álvaro Vargas Llosas remite a un lector que, ya se sabe, no se tomará el trabajo de consultar ni comparar fuentes, al artículo de la Grange, como demostración de las acusaciones en contra de la autenticidad de los restos del Che que Cuba conserva. “Esta mentira –apuntaba-- tiene por objetivo movilizar a la población hacia el culto del Che, como si fuese un santo, y de la Revolución cubana, como si fuese una religión. Una brillante investigación del periodista francés Bertrand La Grange, recientemente publicada en España, ha demolido la versión oficial… No sorprende, desde luego, que el cuerpo del Che sea un mito. Todo lo relacionado con ese santo moderno es un mito: su amor por la justicia, su disposición romántica, su bondad. Lo cierto es que ejecutó a cientos de personas, arruinó la economía cubana, intentó convertir a Cuba en una potencia nuclear y ayudó a instaurar muchas dictaduras militares en América Latina, por reacción contra las guerrillas que inspiró en los 60 y 70”.

Es curioso que, después de este exhaustivo despliegue de opiniones contra el Che, tan encarecidamente recomendado por el editor de PD a sus lectores, el 27 de noviembre del 2007 haya apenas reseñado en una escueta línea una noticia, causante de su muy profunda frustración: “Cuba exhibe pruebas de ADN practicadas a los presuntos restos del Che”. Fin del folletín de La Grange. Fin de los ditirambos de Álvaro Vargas Llosa. Fin del abuso de adjetivos tales como “brillante” y “demoledor”. Pero no fin de la campaña.

El 2 de enero del 2008, por ejemplo, un jacarandoso editor de PD, conociendo el gusto de los cubanos por el baile, no duda en proporcionar un enlace, según el cual “el Che no podía bailar porque padecía una rara enfermedad neurológica llamada amusia, (lo cual, oh sorpresa) le cambia el sentido a nuestro famoso lema pioneril”. El 16 de febrero, PD mostraba, con verdadero alborozo, una foto tomada en una de las oficinas de voluntarios que apoyan la campaña de Obama en Houston, Texas, donde aparece en la pared una bandera cubana con la imagen del Che. El 10 de marzo, bajo el título de “Una foto incómoda”, un despistado Ernesto Hernández Busto nos intenta remitir a la imagen de una recepción, en los inicios de la Revolución, donde figura el Che junto a otros oficiales guerrilleros, y desliza, sibilinamente, que se trata de “revolucionarios con botas en una recepción de sus enemigos de clase”. Para su renovada frustración, quedaría claro luego, gracias a la aclaración de sus propios lectores, que se trataba de una recepción en la Embajada… soviética. El 14 de mayo publica unas fotos tomadas en un mercadillo de Dubai. En ellas, afirma, “compartiendo escaparate con bolsos y rolex falsos, la cabeza de Korda busca dar sentido a un maniquí demediado, y a los calzoncillos, seguramente también falsos, de Calvin Klein”. Y para cerrar este periplo didáctico por la orilla oscura de PD, y de su jihad por cuenta propia (y acompañada) contra el Che y la Revolución, los posts después del estreno del film de Soderbergh que nos regala un Ernesto Hernández Busto evidentemente aún atontado por la ovación de Cannes, son de una primitivismo decepcionante. Sin rebasar el desahogo pueril de cualquier comadre de barrio, PD nos enseña fotos de los tatuajes del Che de Myke Tyson y Diego Armando Maradona, invitados a la premiere, para que la galería de sus seguidores, casi todos anónimos, puedan graznar libremente, desahogándose con insultos que nacen muertos. “Yo espero que Benicio del Toro y Gael García, en una Cuba democrática, sean personas non grata” –cierra esta etapa de la kermesse del odio patrocinada por PD, un tal Saúl Sanfiel.

Pero aún hay más. El 30 de mayo, los ineludibles posts anti-Che llevan por título “La viuda del Che elogia a Benicio” y “Ejemplos de publicidad revolucionaria”. En el primero, los ataques contra el actor obligan a uno de los lectores a declarar que “Benicio del Toro es un actor bueno. Si les cae mal porque ahora hizo el argentino de marras, el problema es de ustedes. El sigue siendo un buen actor. Y ustedes unos pésimos críticos”. En el segundo caso, soñando enriquecer la contra-narrativa de la Revolución, PD enlaza a un anuncio de You Tube que tiene como personaje principal a un actor alemán que remeda al guerrillero en la playa, para anunciar un servicio económico de telefonía celular llamado “Che-mobil”. Y aquí la serpiente se muerde la cola, pues se trata de un corto en video que bien pudiera figurar en la exposición “iconoclasta” de Trisha Ziff, por donde comenzamos este leve muestrario de las mil maneras de que se vale uno sólo de los blogs dedicados a atacar la Revolución, en uno sólo de sus numerosos temas. Porque las direcciones de ataque son incontables, algunas, realmente risibles.

jueves, 4 de junio de 2009

La Calle del Medio en su número fatídico

Hoy nos reunimos colaboradores y lectores (escritores, periodistas, informáticos, amas de casa, ingenieros, biotecnólogos, trabajadores de diversas ramas) de La Calle del Medio en un local del Centro de Prensa Internacional, para discutir aciertos y carencias de la publicación. Fue una menera hermosa y útil de celebrar el primer aniversario de la revista. Jorge Ángel, que no pudo asistir, me envió este texto --presentación del número último, que el lector puede bajar de la columna derecha del blog--, para ser publicado.

LA CALLE DEL MEDIO EN SU NÚMERO FATÍDICO

Jorge Ángel Hernández

Luego de merecidas, acaso discretas celebraciones por su primer aniversario, La Calle del Medio aparece en el número que suma uno al doce; considerarlo “impronunciable” en su Editorial, cuyo pícaro referente, de inmediata decodificación por una inmensa mayoría de cubanos, usuarios naturales del habla popular, marca una pista de hasta qué punto este tema está pidiendo acercamientos objetivos, con valores científicos que no despeguen sus plantas de la tierra. Por suerte para muchos de los que no acudíamos a tiempo ante los estanquillos, la publicación queda alojada en el sitio www.cubasi.cu. Punto cu, reitero; así, los cubanos pueden descargarla sin más dificultades que la inevitable lentitud de conexión. No estaría mal, incluso, que los servicios digitales de nuestras bibliotecas lo hicieran, y que estuviese además disponible para sus visitantes mediante las siempre útiles llaves USB.
La Calle del Medio posee, hasta ese su número fatídico, una cualidad fundamental: es difícil evadir la lectura de cada una de sus páginas. Y otra complementaria que, no por ello, se va a deslindar de la anterior: transmite la necesidad de la opinión. Ambas, de conjunto, componen una supracualidad: trata temas de urgente necesidad en nuestra población, sin temor a sus aristas difíciles y sin magnificarlas.
Con estas condiciones, el número 13 (¡felicidades entonces, rimador!), rompe con un inteligente análisis de la Serie 24 Horas, punto uno de la vídeomanía subterránea de ahora mismo. Su autor, Antonio Gutiérrez Laborit, recorre enfoques modales de equilibro entre realidad y ficción que son conscientemente concebidos bajo la base comunicacional que la manipulación mediática ha ido estructurando en los últimos tiempos. El punto de vista no es, por ello, maniqueo, sino indagador y, a veces, discreto en cuanto a lo que sus criterios sugieren y demuestran. Este análisis me ayuda a confirmar que el espectador, chiflado por la serie y sus bien trabajados atributos, no va a dejarse convencer con escolásticas sesiones de demostración, lo que aparece de sobra entendido por Gutiérrez, y hace que los resortes de llamado a interpretar no lo decanten por el simple y natural hecho de ser espectador. Disfrutar con juicio crítico, y hasta autocrítico, es, más que necesidad, exigencia para las normas receptivas actuales, al menos si no queremos entregar por fin la plaza al apocalíptico jinete de la alienación.


De inmediato, y para seguir con los pies bien posados en la tierra, la entrevista de Yailín Orta Rivera a Rosa Fornés la lleva a conversar de cosas reales, a opinar a fondo, además de describir y testimoniar, como suele ocurrir con figuras de tanto relieve. Rosa Fornés valora y argumenta con conciencia, y sugiere además, acerca de posibles soluciones a problemas que dejamos crecer a veces demasiado, como en la pregunta referida al teatro musical cubano, gracias a la cual, partiendo de su indiscutible experiencia, enumera lo que está bien claro y en su opinión se necesita:
“hacer una obra musical con un buen argumento requiere de un exquisito vestuario y más cuando es de época. Ese teatro lleva primera y segunda figuras, un buen coro y ballet, además de una orquesta con un buen director. Es muy costoso montarlo y exige mucho esfuerzo y profesionalidad.”
La colección gráfica que acompaña a la entrevista es, por añadido, un verdadero poema.

Rosita Fornés

El filósofo español Santiago Alba Rico, colaborador infatigable de La Calle del Medio, con su capacidad de reflexionar profundamente en breve espacio, llama la atención en “Descanso obligatorio” acerca de la idea de libertad que estamos concibiendo a partir de una modelación tecnológica que invade, como un riñón injertado al organismo humano, nuestra cotidianeidad. “Hoy —sentencia—, la continuidad de la vida está garantizada por los flujos de imágenes ininterrumpidos de las redes informáticas y televisivas; mientras nosotros dormimos, nuestro riñón funciona; mientras nosotros dormimos, la CNN sigue emitiendo; mientras nosotros dormimos, Internet sigue activo.” Y demuestra además que “las nuevas tecnologías, frente a cuyas imágenes manufacturadas pasamos muchas más horas que frente a nuestras montañas, nuestros hijos o nuestros novios, han sustituido y concentrado todas estas funciones biológicas y religiosas”. Todo ello como base de ejercer la libertad en negativo, lo cual deviene, en sus propias palabras, en “locura”; “casi un delito”; “autolesión”. La conclusión predictiva de Alba Rico no es, a pesar de todo, pesimista, sino programática y, a un tiempo, sentenciosa, pues, de acuerdo con su aviso, “la única manera de frenar la tecnología, e incluso de usarla a nuestro favor, es que la gestione una sociedad consciente y libre y no la voluntad individual de miles de apetencias y gustos y caprichos activados –y emocionados— por la facilidad inmensa, y el placer insuperable, de hacerlo todo pedazos.”
“CIA: Manual de asesinatos para Guatemala”, es un esclarecedor acercamiento de Jorge Wejebe Cobo a los procedimientos de la estadounidense Agencia Central de Inteligencia para derrocar, mediante cualquier método, aquellos gobiernos o proyectos que no resultan de su conveniencia. Los desclasificados de 1990, correspondientes a la “Operación PB Succes”, creada para cortar a toda costa las reformas populares de Jacobo Arbenz, que el autor cita, son lapidarios y elocuentes: “eliminar la actual amenaza del gobierno guatemalteco controlado por los comunistas (…) e instalar en el poder y sostener de igual manera, un gobierno pro americano en Guatemala”. (A saber de dónde viene ahora mismo el acoso al presidente Colón). Otros detalles del sordo trabajo por la juramentada democracia de la CIA, en órdenes globales, se relacionan con el núcleo central de lo que Wetjebe reseña, también con desclasificados de fechas posteriores.
El oportuno homenaje a Mario Benedetti, uno de nuestros (al continente alude el nuestro, y a la lengua) imprescindibles poetas, con sus propios textos, da paso a una sección de humorismo gráfico en la que los dibujantes se toman en serio aquello de hacer reír a través del pensamiento analítico. Las obras de Ares, Yaimel, Paneke, Ramsés, Charli, Pagán, Zardoyas y los extranjeros Gióx, de Italia, y Agim Sulaj, de Albania, propician un especial momento en la publicación, pues, lejos de llevar al convencional relleno refrescante, conducen al entretenimiento feliz y reflexivo. Son, por derecho expresivo, sintaxis estructural de la revista.
Yasser Robinson Puente, director de la agrupación cubana Kola Loka, que se autodefine como “de fusión” y que la generalidad del ámbito receptor considera de chispeante reguetón, expone concepciones y artificios de trabajo en su conversación con Ailer Pérez Gómez y Yanira Martínez Arango. Entre preguntas y respuestas, captamos la esencia de las preocupaciones generales, tanto populares como especializadas, que asedian a la música popular que hace la moda dominante en estos tiempos. La apelación a la narratividad requisitoria de los temas, la insistencia en el superobjetivo de “pegar en el público”, así como el empirismo formativo del grupo y de los músicos, que en poco tiempo, y popularidad mediante, se hacen referencia cruzada para niños, adolescentes y jóvenes, bien vale como documento que ayude a conducirnos a pensar con seriedad este fenómeno, a indagar en cuánto de análogas reproducciones de casos como los de Saquito, Matamoros, etcétera, se avienen sin que sepamos bien cómo acogerlas y, muy importante, cómo canalizarlas en el contexto social que las demanda.
¿Son acaso tan diferentes “La estafa del Babalao” y la tan reconocida “El Brujo de Guanabacoa”, históricamente incluida en repertorios de nuestras orquestas e intérpretes? ¿Hasta qué punto las barreras de lo social y lo artístico siguen intercambiándose funciones, o grados de peso funcional? Este momento de La Calle del Medio acude a la virtud de hacernos meditar al respecto.
En la sección de Deporte, Romo Sigler entrevista a una de esas atletas que merece cualquier mítico, subjetivo manejo de sus virtudes como voleibolista: Mireya Luis.

Mireya Luis

Ver cómo despegaba para rematar con precisión y fuerza impresionantes, es algo difícil de olvidar, un hecho que se recuerda cada vez con emoción, aunque no fuese el tanto decisivo, o salvador. La foto que de ilustración le sirve trasciende, a mi juicio, el hecho de mostrarla en toda su belleza y nos avoca a creer en su sinceridad. La entrevista es, sin dudas, precisa, y se orienta hacia un recorrido sintético e imprescindible de la vida y la carrera de la atleta. Aún así me pregunto, acaso con demasiado atrevida suspicacia, ¿hasta qué punto la “ayuda” en la transcripción de las respuestas nos está escamoteando un poco de la Mireya Luis que por sí misma habla? Si no advertimos el tono de tratamiento profesional (no se transcribe al punto, desde luego) en las anteriores entrevistas, y tampoco lo veremos en la sección de opinión de los lectores, ¿no desentona el deporte si por ello se decide? ¿No se contribuye de ese modo al estereotipo discriminatorio que asocia, en chata relación de causa-efecto, la incapacidad de pensar y el deportista?
La bienvenida al infierno del otrora popular salsero cubano Manolín, una vez que la vida real le desenfocara la perspectiva fantástica del sueño americano, al parecer aplastado por la bola, sirve de puente a una sección invaluable de esta publicación: la de opinión de los lectores. Las múltiples ideas que afloran de las cartas publicadas son, de conjunto, un valioso e inteligente cuaderno de notas de una investigación de campo en la propia sociedad cubana, esquiva a los estereotipos que en el blanco y negro se complacen, sobre todo en el espectro de sus ámbitos urbanos, ya que lo campesino sigue sin encontrar sus canales de comunicación para expresarse en el resto, mayoritario, es cierto, de nuestra sociedad. Por ejemplo, tan adaptados están nuestros lectores a relacionar la opinión de quien escribe con el criterio básico de la publicación, que, cuando algunos muestran su desacuerdo con aspectos del tema tratado por el escritor Ernesto Pérez Castillo en su artículo “Asere, ¿qué bola?”, del número 12, interpelan, por contigüidad, a la revista.
Por otra parte, en tanto una lectora advierte acerca de que pueden estar exagerando con el tiempo y el espacio dedicado al béisbol, otro, de inmediato, (estudiantes universitarios ambos) desarrolla una fundamentada polémica alrededor de la entrevista realizada al magnífico atleta Lázaro Vargas, aparecida en el número 11. Con un despliegue estadístico, este lector aporta luz al siempre incompleto método de las comparaciones. Así, el interés constante e insaciable por el deporte, en especial por el béisbol, no sólo muestra el atractivo que entraña para los cubanos, sino hasta qué punto buena parte de nuestros espacios mediáticos desaprovechan la posibilidad de alcanzar el diapasón del tema. Los debates públicos, llamados genéricamente Esquinas Calientes, como la propia sección de la revista, se van quedando cada vez más en expresiones de inmediatez cuasi folklórica, a las que no se matizan con opiniones especializadas, que no han de ser por ello salomónicas.
La opinión pública, se puede concluir con esos breves trazos del cuaderno de notas que es la sección de los lectores, sobrepasa en ocasiones lo que la prensa le ofrece, de modo, lamentablemente, que los papeles se invierten y el patrón de silencio y de limitación que nos asedia gana un punto. Si bien es natural, y hasta lógico, que el pueblo que opina ante las cámaras se convierta en “managers” o “comisionados” virtuales, cuyos espontáneos sinsentidos pasan como ilustración de las pasiones, no debía serlo de la misma manera con el periodismo especializado y con los atendibles puntos que señalan. Las estadísticas, muy elocuentes como punto de partida, apenas son explotadas en las transmisiones televisivas y radiales, en las cuales se suele repetir datos, ideas, conceptos y hasta frasecillas tautológicas, a modo de lugar común, que tientan a escuchas y televidentes a irse entreteniendo en otra cosa. Nos falta, pues, un dinamismo de valoración, una capacidad de auxiliarse en fuentes multidisciplinarias y, alguna que otra vez, nos sobran aceptaciones ingenuas del paquete que los media globales colocan con muy buena maña.
Con La Calle del Medio se puede trabajar por un buen rato, sin que sus textos sean cargantes, pesados ni, valga el riesgo, ligeros o banales, como es el caso de la última sección, refrescante pero en tratamiento justo. La revista es también una especie de receta, para preparar en casa y según los ingredientes a disposición, con abierto albedrío. Una alternativa al precocido con que la prensa en global nos va agobiando. Tal vez por eso, pueda valerme para concluir de la inigualable capacidad de síntesis de una de sus lectoras, Marta Rojas Lozano, cuya carta publican:
“LA CALLE DEL MEDIO es simplemente la publicación que todos deseamos y necesitamos. Es un compendio de todo lo que queremos conocer: cine, televisión, música, literatura, deporte y la tan añorada receta de cocina, además de algunas recomendaciones e historia relacionada con este tema. Disfruto mucho de todos los temas que se tratan en la revista y en modo particular la dedicada a la poesía. (…) ustedes son un colectivo maravilloso que hace que nosotros los lectores, al leer cada publicación, añoremos leer la del mes siguiente.”
Una invitación que recibiera vía correo electrónico, para debatir sobre perspectivas y problemas de la publicación, me confirma que lo alcanzado no los tienta a acomodarse en el reposo del éxito, que, como se puede advertir a lo largo de su breve historia hasta este número de dígito fatídico, el objetivo está en hacer la sociedad mejor, en otorgar justicia a la diversidad de opinión y, sobre todo, en pensar que cada milímetro de la sociedad nos pertenece a todos, y a todos corresponde la responsabilidad de hacerla progresar.

Sí, hay consenso: queremos ser independientes

Enrique Ubieta Gómez
“No hay consenso”, con esas palabras lapidarias, definitivas, se despidió de la Cumbre de la OEA la Secretaria de Estado Hillary Clinton. Esa fue la frase que todos los medios de prensa afines al imperio –que son casi todos--, repitieron de inmediato, al igual que ciertos blogs de Miami y de Barcelona. Según la experiencia histórica, cuando Estados Unidos sale de la sala y tira la puerta tras sí, la reunión ha concluido. Eso fue lo que pensé que sucedería, no obstante la hidalguía con la que muchos gobiernos latinoamericanos habían expresado sus criterios. Pero no solo continuó el debate, sino que este llegó a consensuar una resolución contraria a los intereses de la elite de poder estadounidense: fue revocada sin condiciones la sanción contra Cuba que había sido impuesta en 1962 por Estados Unidos. Pude ver el instante histórico en vivo por CNN; digo ver, y no siempre escuchar, porque cuando la sala estalló en aplausos y los cancilleres –se habían retirado los de Estados Unidos y México--, se pusieron de pie para continuar aplaudiendo, los directivos de CNN consideraron que era ya hora de cortar el audio y darle entrada a un locutor que demoró en aparecer, porque seguramente andaba merendando en alguna esquina del estudio, para decir en off, lo que ya sabíamos: “estamos trasmitiendo en vivo…, etc, etc”. En fin, que cuando amainaron los aplausos, retornó el audio.
Admito que todos los que pudimos ver la transmisión nos emocionamos. Pensé en escribir de inmediato algo sobre lo sucedido, pero preferí esperar por la reacción de los medios que habían dado por finalizada la discusión. En definitiva este blog no es de noticias. Entonces vino la parte divertida. ¿Cómo decir que se aprobó la revocación sin que el lector entienda que se hizo lo que Estados Unidos no quería que se hiciera, que aprobar esa resolución constituía el mayor desafío político de la historia de la organización? Algunos periódicos trataron de asumir la resolución como un reto para Cuba, pero otros declararon con franqueza su derrota. Los titulares de la inmediatez, que suelen ser los más desorientados, eran cómicos: El País, en su conocida posición de ser y no ser, asumía el hecho como un desafío para Cuba, pero El Mundo, que es sin complejos de derecha, reaccionaba con irritación y hablaba del triunfo de un grupo de gobiernos “izquierdistas”. El Nuevo Herald por su parte no podía hacerse el sueco, ya que su lector miamense sabe muy bien que es una derrota histórica. Los representantes cubanoamericanos –la mafia de la que hablaba con conocimiento de causa Manolín, el Médico de la Salsa--, reclamó el castigo divino de la superpotencia. Y, afectado seriamente el sentido de la dignidad imperial, The New York Times declaró editorialmente su desacuerdo con la resolución e instó a Obama a no ceder en “sus principios”. Las afirmaciones posteriores de la Clinton y de Shannon –soberbias y amenazantes--, trataron de aparentar una inexistente aceptación de sus premisas. El amanuense imperial para América Latina –que hace 17 años sentenciara “la hora final de Castro”--, Andrés Oppenheimer, escribió: “Aunque la decisión del miércoles fue una victoria propagandística para Venezuela, Ecuador, Nicaragua y otros países admiradores del régimen militar cubano, y aunque el gobierno del presidente Obama hizo bastantes concesiones en sus esfuerzos iniciales para establecer condiciones al levantamiento de la suspensión, el resultado final de la reunión de la OEA dependerá de cómo se interprete la resolución final adoptada”. Pero no existe esa posibilidad. El hecho fue consumado y concluido. Cuba siempre declaró que no se reintegrará a la OEA. El único punto, el verdadero, es el que sentencia el levantamiento de las sanciones. Para los que no han entendido: en estos días el debate no era sobre Cuba, sino sobre América Latina, sobre las relaciones de respeto entre el Norte y el Sur del continente. Lo que se aprobó más que una resolución sobre la Revolución cubana –aunque de manera muy clara se revindica su derecho a la existencia--, es una Segunda Declaración de Independencia para América Latina. Una breve y aparentemente anodina resolución que debe leerse así: “Señores imperialistas: desde ahora en adelante, reafirmamos el derecho que nos asiste para elegir el gobierno que nos venga en ganas, y para determinar qué nos conviene y que no, con total independencia”. Como me comentara Arleen hace unas horas: Cuba no necesitaba a la OEA, la OEA necesitaba a Cuba. Necesitaba de su prestigio, de su victoriosa presencia en la geopolítica continental por más de 50 años.

miércoles, 3 de junio de 2009

ESTA ES LA CARTA QUE YO FIRMO

Aunque un poco largo para Internet, recomiendo este texto de Antonio Rodríguez Salvador, que publicara en su blog el amigo Lagarde. Lúcido, ponderado, definitivo.
VER AQUÍ: Esta es la carta que yo firmo

martes, 2 de junio de 2009

Mi única noche en San Salvador


En tres ocasiones he pisado suelo salvadoreño, dos de ellas como simple pasajero de tránsito –para cruzar por vía área de un país centroamericano a otro es preciso viajar a San Salvador y cambiar de avión, como si de líneas de Metro se tratara: así tuve que hacer para cruzar de Nicaragua a Honduras y de Honduras a Guatemala en 1999, cuando escribía mi libro sobre Centroamérica--; pero algunos años antes dormí una noche en un lujoso hotel de la capital salvadoreña. Esta es la anécdota: resulta que en 1992 fui invitado a un Congreso Internacional de Filosofía en Tegucigalpa, Honduras. Por entonces era investigador del Instituto de Literatura y Lingüística de La Habana. Como no existían relaciones entre nuestros países, tuve que pedir la visa en territorio mexicano. Recuerdo que llegué un viernes a México y ya el consulado hondureño había cerrado; no había tiempo para realizar los trámites, así que el cónsul de aquel país me aseguró el lunes que podría recoger la visa en el propio aeropuerto de la capital de Honduras y me extendió un permiso para que abordase el avión ese mismo día, como estaba previsto. Así hice, pero la salida se atrasó por varias horas, lo que ocasionó un percance insospechado: la terminal aérea en Tegucigalpa no disponía de luces para aterrizajes nocturnos, y en pleno vuelo se nos comunicó que pasaríamos la noche en San Salvador, a cuenta de la compañía aérea. Acababan de firmarse los acuerdos entre el Frente Farabundo Martí y el Gobierno de El Salvador, pero todavía era precaria la paz. Yo era cubano de Cuba, sin visa para entrar a El Salvador (ni siquiera tenía visa para entrar a Honduras), así que me retuvieron bastante tiempo en la aduana de ese país. Recuerdo que advertí de la situación a mis compañeros de viaje –coincidimos en el vuelo participantes mexicanos y estadounidenses que asistirían al evento hondureño--, y ellos solidariamente se negaron a partir sin mí. Finalmente, después de comprobar que me esperaban en Honduras, pude entrar. Nos llevaron a un hotel, que resultó ser el antiguo (ya no lo era) Hilton de San Salvador, el mismo hotel que un tiempo atrás había tomado la guerrilla con rehenes norteamericanos, en golpe espectacular. Había actividad nocturna –no puedo precisar si existía un cabaret o una discoteca o si se trataba de una fiesta privada--, pero recuerdo a los hijitos de papás que llegaban en sus autos riendo como si aquel no fuese un país que empezaba a salir de una larga y cruenta guerra. Estuve tentado a caminar por la ciudad, pero desistí, porque era tarde en la noche. Pero en cuanto tomé posesión de la habitación, bajé a recorrer el hotel. Nunca olvidaré la extraña sensación de aquella noche, en la que me hallé en un lugar ajeno –casi podría decir: en una dimensión ajena del tiempo y del espacio--, inesperado para mí y para mis obligados anfitriones. Desde entonces, El Salvador adquiere forma para mí en algunas vivencias personales: la sensibilidad irónica de Roque Dalton, la música de Yolocamba Ita, el grupo guerrillero que conocí y escuché en su exilio mexicano –donde además hice amistad con su director, Roberto Quezada--, y los olores de aquella extraña noche de sentimientos confusos. Ahora que por fin un presidente es elegido como candidato del Frente y en primer acto simbólico se restauran las relaciones diplomáticas entre nuestros dos países, vuelvo a recordar esa única noche de mi vida en El Salvador. Otra Centroamérica se reúne, se levanta, se abraza.

EL TEMOR DE LAS IDEAS

Como el tema es de mi interés --por Venezuela, y por el debate casi imposible con la intelectualidad de derecha, que solo admite una discusión que acepte a priori y parta de sus "verdades absolutas", aquellas que la "gran" prensa coloca todos los días en la boca de sus lectores--, los invito a leer este artículo de Pedro de la Hoz.

EL TEMOR DE LAS IDEAS

Pedro de la Hoz

El cenáculo de intelectuales iberoamericanos, que bajo el palio del liberalismo trata de imponer una visión totalitaria y maniquea del orden mundial que quisieran, le teme a las ideas.
Si se trata de pontificar instalados en columnas de opinión generosamente pagadas en los diarios de mayor circulación —cuyos propietarios, no es casual, forman parte de la cúpula de la Sociedad Interamericana de Prensa o pertenecen al grupo editorial español Prisa—, o de animar tertulias en horarios estelares de ciertas televisoras privadas, o de comparecer en salones auspiciados por fundaciones financiadas por el gran capital o instituciones académicas vinculadas a los servicios de inteligencia norteamericanos, no hay problema, ahí están con sus dicterios y alabanzas.
Pero cuando se les invita a exponer sus opiniones y confrontarlas con quienes no piensan como ellos y nadan contracorriente valiéndose de argumentadas razones, hurtan el rostro y hacen mutis por el foro. Leer más.

ELEGÍA POR LAS BALLENAS VARADAS


Aquí va otra colaboración de Jorge Ángel. Cuando la recibí pensé en el blog Mundo en Crisis de mi amiga Daynet, porque suele interesarse por estos temas: impactos de la depredación humana (económica, política, militar) en la vida cotidiana.


ELEGÍA POR LAS BALLENAS VARADAS


Jorge Ángel Hernández


Ah, ballenas varadas en las costas,

impotentes al pie de su agonía,

anunciación del fin que nos espía

depredando el Planeta. Sus angostas,

rugidas madrugadas, son orgía

del usurero cruel de la noticia.

¡Cuántas bestias hermosas la codicia

subasta en su bazar! Nos queda un día,

una noche, un susto, un noticiero

de cavar en la tumba en que vivimos.

Morirán en las playas, y en las plagas

será campana su grito justiciero.

Ah, ballenas varadas que perdimos,

metáfora de Dios en nuestras llagas.

lunes, 1 de junio de 2009


NIÑOS CENTROAMERICANOS Y HAITIANOS. Fotos de: Enrique Ubieta

Niña lavandera. Guatemala.

Niño limpiabotas. Honduras.

Misquitos hondureños. Río Patuca.

Escuela pública en Haití

Niños haitianos.

Niños pastores. Guatemala.

Niño frente al hogar. Guatemala

Niñas misquitas cargan agua del río. Nicaragua.

Niños misquitos. Río Coco, Nicaragua.
Pudor. Guatemala

La Escuela Lenin y el Día Internacional de los Niños


Hace dos días me llamó por teléfono para anunciarme la noticia que todos esperábamos: mi hijo menor acaba de obtener, por sus notas en la secundaria básica, y por sus resultados en los exámenes de ingreso, el derecho a continuar sus estudios en el Instituto Preuniversitario de Ciencias Exactas V. I. Lenin. Sigue el camino de su padre y de su hermano mayor. Pido disculpa a los hipotéticos lectores de este blog por abordar un tema tan personal, pero tengo en cuenta además que hoy es el Día Internacional de los Niños, y que el mío, ya a las puertas de la adolescencia, es un niño cubano, con las ventajas (y los problemas) de vivir en un país socialista, por más de cincuenta años bloqueado. Recuerdo cuando inauguraron la Escuela en 1977. El uniforme azul recién estrenado y una marca especial, casi un trofeo: el sello de metal que nos colocábamos en el pecho para asistir a los actos festivos. En aquellos primeros días tuvimos que ayudar a desarmar y a armar las mesas de los laboratorios (de física, de química, de biología, de idiomas, de computación), que llegaban de la entonces Unión Soviética en grandes contenedores. Recuerdo el olor a madera de aquellas mesas inmaculadas que estrenamos nosotros. La Escuela era una especie de palacio: 27 edificios interconectados por largos pasillos rodeados de áreas verdes, tres piscinas –dos olímpicas y una de clavados--, un enorme gimnasio, una pista de atletismo y muchos terrenos, incontables en mi memoria, para la práctica de baloncesto y voleibol, un cine-teatro, salas de música, de teatro, de artes plásticas, una estación interna de radio y un periódico estudiantil –ambos conducidos íntegramente por nosotros, los alumnos: fui jefe de redacción del segundo--, donde estrenaron las primeras letras y los primeros dibujos amigos que hoy son destacados intelectuales: Tonel y Eduardo Rubén, en las artes plásticas, el profesor Gustavo Pita, el más erudito de mi generación, Zardoya, ex rector de la Universidad de La Habana, doctor en ciencias filosóficas y autor de varios libros, el poeta y crítico de arte Osvaldo Sánchez, entre otros. Compañero de aula fue también el Héroe de la República Antonio Guerrero, preso en cárceles norteamericanas por luchar contra el terrorismo, un ingeniero que pinta y escribe poemas. Las paredes de los pasillos habían sido decoradas con murales al óleo realizados expresamente por los más importantes pintores de aquel momento como Mariano, Martínez Pedro, Servando Cabrera. La Escuela era una pequeña Grecia, la nuestra como quería Martí, y allí nos visitaba Fidel, Brezhnev, Mitterrand, un Felipe González todavía admirador de la Revolución, Phan Van Dong. Sé que el Período Especial afectó a muchas de sus instalaciones, pero no mató su espíritu. Los albergues fueron restaurados después y la Escuela adoptó el perfil de una Vocacional de Ciencias Exactas, que hoy se intenta reforzar ante las necesidades del país. Son miles los profesionales que estudiaron el bachillerato en esa escuela, y si sumamos a la cuenta los graduados de las Vocacionales de otras provincias, todas de características similares, podría tenerse una idea del enorme impacto social que ha tenido esa experiencia pedagógica. Decía al comenzar estas líneas nostálgicas que Víctor, mi hijo menor, volverá a transitar sus pasillos a partir del próximo septiembre. Hoy –Día Internacional de los Niños--, cabe recordar que si los cubanos somos en efecto mucho más instruidos que nuestros padres y abuelos, no es por azar: atrás del esfuerzo personal de cada uno de nosotros hubo, hay, una Revolución que no ha dejado de soñar y de trabajar por un país de científicos y de poetas, o de científicos-poetas, que es como debiera ser.

NIÑOS COMO YO