viernes, 4 de junio de 2010

SE DESHIELA EL PLANETA .

Jorge Ángel Hernández

Como cubos cansados de enfriar bienes raíces

los hielos se desprenden.

No serán nunca más la superficie inasible.

Llegarán las especies a invadirlos,

a pulsar sus calores y sus ritmos.

Se apresura el deshielo; cada año

vendremos a cambiar los calendarios,

a añadir a los meses comodines.

Hasta que el tiempo retorne hacia sí mismo

y sobre el esperar

y no quede otra opción

que el mandoble de lanzar cada hora a sobrevida.

El espectáculo paga y así vamos

a probar que el derrumbe es tan vulgar

que sus tomas de efectos especiales

no convencen al párpado alienado.

Se deshiela el planeta y lo servimos

en sorbos a la roca,

en gargantas sedientas

que lo van descolgando de su imagen.

miércoles, 2 de junio de 2010

Una tarde habanera (II): en la Esquina Caliente del Parque Central.

Una tarde habanera (I): La Calle del Medio entre trovadores y fanáticos al béisbol.

Una trovadicta lee La Calle mientras escucha buena música.
E. U. G.
Hoy salí temprano del trabajo y me llegué a la Peña de Fidelito en los antiguos estudios de la EGREM, donde uno puede darse unos tragos en pesos cubanos mientras escucha a trovadores jóvenes y menos jóvenes, se leen poemas y se presentan números del Caimán Barbudo y de La Calle del Medio. Cuando llegué Manolo Argudín se había apoderado literalmente del escenario. Tenía al auditorio hechizado. Y entre el público de la tarde se hallaba el pianista Frank Fernández. Hay que aclarar que la Peña es un bar en un claro centrohabanero, es decir, en un espacio abierto entre varios edificios por un remoto derrumbe. Y que un techo improvisado de tabla cartón protege a los asiduos de cada miércoles, de la lluvia o del sol. Fidelito no estaba hoy, y en su lugar asumía la condición de anfitrión el poeta y musicólogo Bladimir Zamora. Traje naturalmente los últimos números de La Calle, y como en cada ocasión, los repartí por mesa de forma gratuita. De regreso a casa, pasadas las siete de la tarde, Diezcabezas (10kbzas) y yo nos detuvimos en la Esquina Caliente del Parque Central. Repartimos los números 23 y 24. En el primero, hay una tabla estadística con las cifras ofensivas de Gourriel y de Despaigne, superiores a las de todos los peloteros en la historia de Cuba. En el segundo, un análisis del comportamiento del público habanero en el Latino, el segundo estadio de béisbol de más capacidad en el mundo. Y provocamos el debate acalorado. 10kbzas me envió después por correo este testimonio gráfico.

La Calle del Medio: Premio ONDI de Diseño 2010.

Para los amigos de La Calle del Medio, una buena noticia: la publicación acaba de obtener --justo cuando celebra su segundo aniversario--, el Premio ONDI de Diseño 2010 en la categoría de Comunicación Visual (se otorga a sus diseñadores Alexis Rodríguez Diezcabezas de Armada y Ramiro Zardoya Sánchez). Este galardón constituye el más alto reconocimiento oficial que otorga la Oficina Nacional de Diseño Industrial a profesionales y estudiantes por el desarrollo de productos, sistemas, proyectos o ideas conceptuales. Pero no ha sido el único premio recibido por la publicación. Durante el pasado IX Festival Nacional de la Prensa Escrita (diciembre de 2009), La Calle del Medio se alzó también con el Premio a la Mejor Primera Plana y Portada de Revista, y con Menciones al Mejor Diseño Integral y al Mejor Conjunto Gráfico. Pero antes, cuando apenas empezaba, en 2008, obtuvo el Premio La Ceiba de La Habana en Diseño Editorial.


martes, 1 de junio de 2010

Los nuevos Quijotes matanceros.

Enrique Ubieta Gómez
Ser requerido por jóvenes universitarios, es uno de esos privilegios genuinos que debo a La Calle del Medio, y en menor medida, a mi participación en los debates de la blogosfera. Me gusta escuchar sus dudas, sus cuestionamientos. Cuando digo que estoy con ellos, no me refiero naturalmente a que "estoy", sino a que "participo", a que hablo y escucho, a que soy un guerrero. Lo difícil no es aceptar a los jóvenes como iguales. Lo difícil es que ellos te acepten como igual. Vuelvo a los años en que estrenaba mi adarga y mi armadura de factura casera. Tanto tiempo en el camino no me ha desgastado la fe, pero ahora sé que nada se logra en solitario. Ayer participé en un debate de casi tres horas con estudiantes de la Universidad de Matanzas. Después, los integrantes del blog La Joven Cuba se reunieron conmigo para intercambiar experiencias. Ver cómo un grupo de Quijotes sale por primera vez al ruedo, seguros (como debe ser) de que ellos sí cambiarán el mundo --nuevos realistas que harán que sea posible lo imposible--, es como ver salir el sol en la mañana; pasa todos los días, pasa sin que lo notemos, pero cuando amanece, y tenemos los ojos dispuestos para ver, es un suceso inigualable, que se desentiende de todas las descripciones melosas con que lo hemos corrompido.
No voy a describir el encuentro. Solo quiero volver sobre uno de los temas tratados. ¿Qué es una generación? Pienso que, en términos históricos, no basta con nacer en una fecha (o en un espectro de fechas más o menos cercanas) para pertenecer a una generación. Para ser parte de una generación hay que ganárselo. Es cierto que los hombres no se parecen a sus padres sino a su tiempo, pero esa frase parte de un importante sobreentendido: en cada tiempo hay diferentes tipos de hombres. Cuando Fidel atacó el Moncada, la mayoría de sus contemporáneos bailaba en los carnavales santiagueros. ¿Cuáles eran los hombres de su tiempo? ¿Los que bailaban o los que combatían? Los hombres escogen a qué grupo generacional, es decir, a qué tiempo quieren pertenecer. Porque hay dos tiempos que no son cronológicos y que igualan a cierto tipo de hombres en todas las épocas: el de las minorías que combaten y el de las mayorías que se acomodan. Pero incluso esas mayorías aparentemente desentendidas suelen respetar el honor ajeno, y suelen seguirlo.
Cada generación es modelada por su vanguardia. No todos los coetáneos de Fidel pertenecen a la Generación del Centenario. Las vanguardias de cada generación se parecen más entre sí que lo que cada una de ellas se parece a sus coetáneos. ¿Cómo puede identificarse un hombre o una mujer de nuestro tiempo con Julio Antonio Mella o con Antonio Guiteras? ¿Qué une a Bolívar con los bolivarianos, a Martí con los martianos, a Sandino con los sandinistas? Entonces, les dije, parézcanse a los héroes de todas las historias, para que puedan hallarse a sí mismos, sientan bajo sus talones el costillar de Rocinante.

De regreso.

De regreso de unas breves vacaciones, encuentro el mundo patas arriba. Es decir, como siempre ha estado, no sé por qué me dejo sorprender: Puerto Rico, Grecia, Palestina (o mejor, Israel), el petroleo que se vierte sobre el mar de la costa sur de Estados Unidos. Los culpables impunes. Y el Sistema entregándole la presidencia a Santos, el paramilitar. Porque aunque voten los colombianos --una parte pequeña de ellos, la que no se hartó ya--, es el Sistema (las ilusiones que fabrica el Sistema con dinero) el que mueve la mano de los votantes. Cada vez que regreso a las noticias del día a día, me siento más convencido de que debemos defender con la vida, si fuese necesario, los caminos alternativos como el de Cuba, no importa cuan empedrados, o empinados, parezcan.

martes, 25 de mayo de 2010

Si todos me ven no dejo huellas.

Santiago Alba Rico
La Calle del Medio 24
En un mundo ciego estaríamos todo el tiempo tanteándonos las manos en la oscuridad y buscándonos con la boca las orejas. En un mundo enteramente visual, donde los cuerpos sólo tuvieran forma, nos pasaríamos el día tendiéndonos imágenes o imponiéndolas o robándonoslas los unos a los otros como única vía de acceso individual a la existencia. ¿Qué significa mirar? ¿Qué efectos introduce en la materia? Plutarco, hablando de los enamorados, decía que una mirada es capaz de producir un incendio a muchos metros de distancia, lo que han hecho literalmente cierto, sin odio y sin amor, los pilotos que bombardean Iraq o Afganistán desde sus aviones. Los hombres se miden recíprocamente, se clasifican, se humillan y se homenajean con los ojos; hay formas de atención que encierran en el propio cuerpo -eso que llamamos “pena” o “vergüenza”- y otras que corrompen el alma a fuerza de insistencia y sobreprotección. La invisibilidad es la condición de los que están atrapados en el muro de su propia carne, sin ninguna salida hacia los otros; la sobrevisibilidad es la maldición de los que no pueden contraerse bajo ninguna concha o caracola para aliviarse a solas de la exigente luz general. Pero, ¿qué significa mirar? ¿Qué significa mirar, no desde los propios ojos sino desde un órgano colectivo, mecánico, aparentemente impersonal? ¿Qué significa ser mirado por todo el mundo al mismo tiempo? ¿Qué significa mirar y ser mirado -una vez extirpado el anticuado ojo individual- con una cámara? En 1797 Jeremy Bentham, filósofo inglés fundador del utilitarismo, ideó una cárcel modelo con el propósito de que los prisioneros estuvieran todo el tiempo, en todos los momentos de su existencia cotidiana, bajo la mirada central de la institución penitenciaria. Bentham llamó a esta propuesta de totalitarismo visual “Panóptico”, porque subrogaba la mirada de Dios, capaz de penetrar todos los rincones, pero con técnicas y objetivos sociales. Su proyecto fue materializado en distintos lugares del mundo -la Cárcel Modelo de Madrid, la Caseros de Buenos Aires, la Rotunda de Venezuela, la Penitenciaría de Lima o el Panóptico de Bogotá- antes de extenderse, como bien analizó el pensador francés Michel Foucault, al ejército, el trabajo o la educación.
Hoy la cámara ha separado definitivamente la mirada de los cuerpos y generalizado, a modo de medio ecológico o atmosférico de las ciudades capitalistas, la visibilidad total del Panóptico. Un ciudadano de Londres, por ejemplo, es grabado una media de cuatrocientas veces al día y sólo en Madrid hay un mínimo de 20.000 cámaras en lugares públicos -o penetrando en ellos- dedicadas a registrar y almacenar las imágenes de los madrileños en sus recorridos comerciales cotidianos. Y si es verdad que las cámaras han llegado ya hasta los colegios y se siguen utilizando para disciplinar a sujetos declarados peligrosos, lo cierto es que el Panóptico urbano moderno no es una extensión de la prisión, como quería Foucault, sino del mercado. Es la lógica del centro comercial, en el que la vitrina y la vídeo-cámara se confunden para construir sobre todo consumidores de imágenes, la que se ha extendido a todos los otros espacios: el banco, el aeropuerto y el museo, claro, pero también el metro, donde 3.000 cámaras graban ininterrumpidamente en Madrid a los pasajeros que, en los andenes, contemplan las pantallas encendidas que -también ininterrumpidamente- emiten publicidad explícita o encubierta. Esta atención constante aumenta menos la seguridad del Estado que los beneficios de las empresas y sus responsables de marketing; y esta atención constante -corrupción del alma capitalista- no nos hace sentir prisioneros, no, sino protegidos y, aún más, valorizados y hasta salvados.
En el mercado, la atención panóptica está dirigida hacia los productos, para protegerlos o para publicitarlos, y los productos por excelencia, junto a los carros, los perfumes y las pantallas de plasma, son las imágenes mismas: eso que llamamos también “celebridades”. Cuando pensamos en una cámara depredadora, persiguiendo y grabando sin descanso un objeto, no pensamos en los delincuentes o los inmigrantes, abandonados ya a su suerte y obligados a buscar una ambigua oscuridad, sino en Messi o Cristiano Rolando, en la princesa Letizia o en Carla Bruni, en actrices, cantantes, deportistas famosos -reflejos puros que, al revés que los vampiros, ya no tienen cuerpo sino sólo imagen en el espejo. Cuando pensamos en el Panóptico no pensamos en la prisión sino en el escaparate: todos queremos ser productos, todos queremos ser grabados, todos queremos ser vendidos, incluso gratis, en este intercambio generalizado de imágenes caníbales. No nos vigilan, nos dan valor; y si nuestro valor depende de la cámara que nos extrae de nuestra triste carne amurallada, ¿no habrá que pagar por ello? Sólo esta lógica del Panóptico mercantil puede explicar que el hotel St. Christopher Inn's de Londres ofrezca una habitación en la que se filma a los huéspedes las 24 horas del día y cuyas imágenes se difunden en tiempo real por Internet; o que los clientes europeos del prostíbulo Big Sister en Praga paguen un suplemento para que sus encuentros sexuales se registren y se difundan en la red. Sólo esta lógica del panóptico comercial puede explicar que los occidentales midan su libertad por el número de televisiones y de mirones.
“Publicidad” fue el gran descubrimiento de la Ilustración y la Revolución Francesa: la liberación del espacio público de los caprichos y arbitrariedades privadas del rey. Hoy este concepto se ha pervertido de tal modo que “publicidad” evoca, al contrario, la penetración de los intereses particulares en un espacio público condenado a ser la extensión ampliada -mediante tecnologías capaces de separar el ojo del cuerpo- de los murmullos más íntimos, de los impulsos más instintivos, de las frustraciones individuales más socialmente estereotipadas. Ningún malestar puede ser corregido, pero puede ser al menos grabado y difundido. No hay nadie tan pobre, tan ignorante, tan extraviado, tan loco, tan violento, tan desdichado, tan malo, que no pueda formar parte de esta comunidad visual. El espacio público, definido ahora como el conjunto de todas las imágenes privadas convergentes en las pantallas, exige y disculpa lo que las leyes condenan. El pasado mes de marzo, por ejemplo, un programa de televisión español, Generación Ni-Ni, no sólo grabó en una habitación cerrada una agresión sexual sino que después grabó también y difundió, con ánimo presuntamente pedagógico, el debate que los agresores y la víctima, sentados a la misma mesa junto a dos psicólogos, mantenían en torno a las imágenes, en un ejercicio metatelevisivo destinado a convertir un delito condenado con hasta 10 años de prisión en una broma pesada a gusto de todos los públicos (incluida la agredida). El Panóptico de Bentham disciplinaba a los delincuentes; el panóptico mercantil "delicuentiza" y absuelve a los indisciplinados. Y divierte a los parados.
La hipocresía de Tartufo era odiosa. Su inversión no lo es menos. Antes había cosas que uno sólo se permitía en privado; hoy, en el marco del panóptico mercantil, es al revés: hay cosas que sólo se permiten -y hasta se exigen- en público. “Ahora que nadie me ve”, pensaba el hipócrita, “voy a pegar a mi perro”. “¿Para qué voy a pegar a mi perro si nadie me ve?”, se dice hoy el consumidor europeo. Y basta que aparezca una cámara para que nos pongamos a apalearlo sin piedad.
Pero es que ahora las cámaras están por todas partes.
Ay de los que no apaleen a su perro en público sino en privado, porque serán despreciados y hasta encarcelados.
Y ay -ay- de los que no apaleen nunca a su perro -y además quieran a sus vecinos y luchen a su lado por un espacio público no mercantil- porque entonces todos los periódicos, televisiones y ejércitos del mundo se alzarán contra ellos para exterminarlos.

lunes, 24 de mayo de 2010

Para su colección de joyas reales: un ejemplo de terrorismo mediático en El País .

Ramón Lobo: Entrevista : Almuerzo con... Rosa Miriam Elizalde: "En Cuba tardo seis horas en subir un vídeo a You Tube" (El País, 21 de mayo de 2010);

Enrique Ubieta Gómez: Leciones de libertad de expresión: El País le hace una No entrevista Rosa Miriam y desconoce a Jorge Ángel (La isla desconocida, 21 de mayo de 2010);

Pascual Serrano: El portal Cubadebate sufre un atentado terrorista mediático. El boletín del grupo PRISA reivindica la autoría (Rebelión, 22 de mayo de 2010);

Rosa Miriam Elizalde: El País tóxico (Cubadebate, 22 de mayo de 2010);

Patricio Montesinos: El País no tiene remedio (Cubadebate, 22 de mayo de 2010);

Jorge Ángel Hernández: Comisario a mi pesar (La isla desconocida, 23 de mayo de 2010);

Antonio Rodríguez Salvador: Ramón Lobo, El País y la mojiganga periodística (La isla desconocida, 23 de mayo de 2010);

Carlos Tena: Ramón Lobo se hizo la 'lobotomía' (kaosenlared, 24 de mayo de 2010);

Washington y su todopoderosa Asociación Nacional del Rifle.

Nicanor León Cotayo.
Un importante asesor de la Casa Blanca, Dan Restrepo, dijo el viernes que no presentarán una iniciativa ante el Congreso para detener las ventas de armas de asalto.
Así lo solicitó la semana pasada el presidente de México, Felipe Calderón, durante su visita a Estados Unidos, en la que pidió suspender el flujo ilegal de ese armamento hacia su país.
Según Restrepo, el asunto fue reclamado “en todas las ocasiones” que el presidente Barack Obama se ha reunido con Calderón.
A partir del año dos mil seis en México han perecido unas veintidós mil setecientas personas desde que se recrudeció la lucha contra el narcotráfico.
Al hablar junto a Calderón en una rueda de prensa, Obama expresó: “Es absolutamente cierto que la demanda por drogas en Estados Unidos ayuda a empujar esta crisis de seguridad pública en México.”
Resulta difícil frenar el trasiego ilegal de armas hacia México que beneficia a los narcotraficantes porque, en primer lugar, lo favorece la Asociación Nacional del Rifle, donde se agrupan los más poderosos fabricantes de armas de ese tipo.
Según denunció Calderón en Washington, el incremento de la violencia producto del narcotráfico en México ha tenido lugar al mismo tiempo que el cese de la prohibición a la venta de armas de asalto en Estados Unidos.
En cada proceso electoral que tiene lugar en ese país, la Asociación Nacional del Rifle hace grandes donaciones a candidatos luego puestos a su servicio.
Esto último llegó a denunciarlo hasta el demócrata William Clinton cuando todavía se desempeñaba como jefe de la Casa Blanca. Otra muestra del tipo de democracia y derechos humanos que Washington representa. ¿Opinará el Parlamento Europeo al respecto, o una vez más guardará silencio?

domingo, 23 de mayo de 2010

Ramón Lobo, “El País”, y la mojiganga periodística.

Antonio Rodríguez Salvador
Imagino que a Jorge Ángel Hernández –quien sin dudas es el escritor cubano que más ha teorizado sobre el misterio de lo cómico– , de vez en cuando le brillen los ojos y se le escape un sarcasmo, al recordar esa suerte de anti-entrevista perpetrada en su contra por el señor Ramón Lobo el pasado 21 de mayo en la contraportada de El País.
Como bien lo conozco, sé cuánto nos divertiremos al evocar la estampa de agente 007 –que con traje del 50 va por todo Madrid encañonando a la periodista cubana Rosa Miriam Elizalde-- con que cuasi lo dibuja el susodicho corresponsal de guerra Ramón Lobo. Y realmente no sé si de pronto el reportero está padeciendo esa clase de psicosis común entre los veteranos de guerra, tantos años cubriendo tiroteos por todo el mundo puede haberle dejado algunas secuelas; en cualquier caso algo raro tiene que estarle ocurriendo, pues de pronto también le ha dado por hacer de juez entre lo que es cómico o no. Claro está, Jorge Ángel pudiera recordarle aquella máxima de Luigi Pirandello: “el artista ordinario se fija en el cuerpo solamente”, pecado que comete Lobo una y otra vez, según veremos, y así no solo la ganada autoridad de Jorge Ángel en la materia permitiría condecorar a Lobo con el título de latoso, sino que el certificado estaría avalado asimismo por los clásicos. Porque veamos cómo es Lobo quien en verdad se pone un traje oscuro y fuera de moda, en realidad una camisa de once varas, pues de pronto le asienta muy bien aquello de zapatero a tus zapatos. Si reviso el magnífico ensayo La risa según Bergson, escrito tiempo atrás por Jorge Ángel Hernández, descubro que la carcajada puede ser un correctivo para quien se adjudica cualidades que no tiene; una suerte de vacuna contra la pedantería. Para llegar a lo concreto, le cuento algunos de los aullidos retóricos de Lobo, en una entrevista donde habla mucho más que la entrevistada. Veamos entonces un par de manipulaciones bien baratas, por lo fácil que son de desmontar:
Escribe el corresponsal de guerra: “Las dictaduras navegan mal por Internet, donde circulan ideas, noticias e imágenes con rapidez y libertad”, y a continuación pone punto y seguido, y coloca el nombre de Rosa Miriam Elizalde. Así, mediante el uso de un elemental recurso cohesivo pretende confundir al lector, haciendo creer que la frase fue dicha por la periodista cubana. Otra perla, esta por demás subrayada en un recuadro: “La periodista cubana lleva una web oficial, pero aquí no se libra del acompañante”. Eso escribe Lobo, pero ¿acaso estuvo siguiendo a Rosa Miriam Elizalde por todo Madrid como si fuera un vulgar paparazzi? ¿Será esta la desinformación elevada al cuadrado? ¿Tiene Lobo conexiones con la policía secreta española? ¿O es que en realidad el agente secreto es él, y no José Ángel Hernández?
En fin, cierra Lobo su anti-entrevista con un chiste sobre la falta de ideas, pero caramba, si gracias a su retórica vacía, amén de jocosas contradicciones de su discurso, él mismo ha probado tener muy pocas, y estar en desacuerdo con ellas. Dice Bergson “Lo cómico es más bien rigidez de gestos que rigidez de aspecto”; y vean ustedes si Lobo no recuerda acaso esa clase de fonomímicos que doblan discos fuera de revoluciones: lo imagino, incluso, enfatizando con dedo papal lo previamente grabado, mientras da pataditas de Chaplin a 18 cuadros por segundo bajo la mesa del restaurante. Pero en realidad es un fonomímico muy mal curtido, huelga decirlo, porque sus labios ni siquiera consiguen elemental sincronismo, demasiadas son sus pifias e ignorancias: de modo que la risa no proviene de su arte, sino del soberano ridículo que a los cuatro vientos proclama gracias a El País. Una y otra vez viaja del sesgo al cliché, de la peyoración, a la bufonada. Así, el escritor no come una pizza: la devora. Es el encargado de que no surjan los grises, pero Rosa Miriam lo deja hablar para ella comer. Por último, a Lobo la realidad le parece poco digna de la noticia: Por ejemplo, el bloqueo norteamericano (que él sustituye por la palabra “embargo” hasta cuando opina la periodista cubana), son las palabras de siempre. En cambio, Rosa Miriam Elizalde da una clase de argumentación en el poco espacio que deja ese lobo periodista que, al menos en este reporte, ha derivado en pobre caperucito. Y por qué la entrevistaron entonces, podría preguntar cualquiera de buena fe. Simple, porque los de El País necesitan seguir presentándose como campeones de la “democracia”, la “libertad de expresión”, y todos esos humos con que enmascaran su cada vez más intragable retórica absolutista.
Es tal el creciente descrédito que padecen –por causa de un periodismos amarillista, un discurso apocalíptico, inflamatorio y demonizante– que ya no pueden sostener más su famoso eslogan de pluralidad y vocación izquierdista.
Ni acaso tornar creíble el nombre de su periódico, que en vez de El País, pudiéramos llamar por ejemplo La Colonia. En sus apuros financieros han tenido que hacer como Doctor Fausto, vender su alma al diablo, y ahora sus directivos tienen que parar la oreja para atender dictados de Berlusconi o Wall Street.
Por otra parte, quien someramente revise los artículos que sobre Cuba, Venezuela, Bolivia, o cualquier otro país del ALBA publica El País, le quedaría muy en claro que, cuando menos, la pluralidad que anuncian resulta bastante singular. Más fácil, sin embargo, resulta explicar por qué continúan llamándose de izquierda. Y esto es porque en su caso pueden despojar la palabra de sus connotaciones políticas tradicionales, y dejarla solo en sinónimo de lo siniestro.

Comisario a mi pesar.

Jorge Ángel Hernández
Me parecía poco probable que, luego de que nuestra conversación con el periodista Ramón Lobo, mientras almorzábamos en Madrid en el Café de Oriente, el viernes 14 de mayo, le diera pocas oportunidades de corroborar sus prejuicios políticos y su incapacidad democrática, el diario que lo emplea, El País, publicase nada de lo que allí se habló. El austero costo del almuerzo podía incluso justificar la decisión. Fue una de las inmediatas impresiones con las que Rosa Míriam Elizalde y yo bromeamos, además de con la desesperación del periodista porque jamás apareció el fotógrafo. En principio, me resultó incómodo descubrir que ni conocía ni anotó mi nombre, aunque basta colocarlo en la barra de cualquier buscador para llevarse al menos una idea. Luego, al escucharlo equivocarse con otros personajes de mucha mayor repercusión mediática, se hizo evidente que estaba tan desinformado, que dependía apenas de clichés al uso, que ni siquiera entró en temas considerados “difíciles” para quienes, según la norma de la galopante contrarrevolución, trabajamos por guión. Y era evidente, como la propia Rosa Míriam lo anota, que el guión de rigor estaba previamente escrito para una publicación en la cual fines predeterminados justifican cualquier tipo de medio. Que tuviésemos diferente criterio, y que al mismo tiempo no repitiésemos la línea de consignas oficiales (o sea, que tuviésemos opinión propia, diferente a la que decía tener) parecía un poco más de lo que estaban dispuestos a admitir.
A pesar incluso de que se le dieron datos, elementos, impresiones, razonamientos que daban testimonio —testimonio, insisto— del ejercicio de la crítica y las transformaciones internas cubanas, el señor Lobo prefirió convertirlas en un acto de “marketing político” y dio por sentado, además, que repetíamos un discurso oficialmente planeado. Le hablé de la publicación que edito —Hacerse el cuerdo—, que se coloca en web, para que comprobara el tono de las críticas que, dentro, se llevaban a efecto. Se mostró, en los pocos cruces de opiniones que intentó sostener, incapaz de demostrar sus criterios, desde luego contrarios a los que sostuvimos. Me pareció uno de esos periodistas, que también tenemos por acá, firmes en su objetivo de no apartarse de los planes temáticos ni de la construcción sintáctica prevista. Cuando más, como cuando recurrió a los chistes, su actitud fue de inamovibles prejuicios y opiniones monolíticamente construidas. Acaso le molestara a Lobo que, por mi parte, entrara en valoraciones de tipo sociológico sobre la supeditación de oposición por democracia que lleva a cabo toda la campaña internacional de injerencia en el socialismo cubano, es decir, la guerra directa contra la soberanía nacional; y acaso además le molestara escucharme definir, someramente, para no apabullar con sobredimensionamientos teóricos al desarmado interlocutor, qué es una verdadera oposición, un grupo de presión y cómo se comportan los casos referidos, de los que poco conocía, en la sociedad civil cubana. Y estas cosas, mire usted, también las he estado publicando en web. Pero, es así y solo así, cuando las conclusiones están dadas antes del debate, no hay nada más seguro que ignorar.
El señor Lobo, de acuerdo con la habitual norma del diario que lo emplea, no circula ideas, sino constructos ideologizados, no ofrece a sus lectores verdades, sino mentiras insidiosas, amén de un aprovechamiento banal de la apariencia. Busca desacreditarme por la antigüedad de mi ropa, por su color, por la ubicación geográfica del lugar donde vivo, ya que la asociación cuyo comité de escritores presido no es “local”, sino nacional: se trata de la UNEAC (Unión de escritores y artistas de Cuba, con sedes de rango similar en todas las provincias del país), cargo que se ocupa por elección de sus propios miembros y no por designación de nadie y por el cual no se recibe retribución económica alguna. Y prueba además a desacreditarme con una absurda paradoja: me considera un comisario listo para socorrer a Rosa Míriam, entrenado para que “no surjan los grises” en la charla. De no haber sido un ignorante extremo de nuestras circunstancias, el periodista se habría ahorrado el ridículo de fallar un penalti sin portero.
Claro, que todo puede resolverse publicando el contenido de la conversación. Si tanto defendemos la verdad, pongamos la verdad en blanco y negro, sin los grises de la adaptación del periodista, empleado de El País. Pudiera verse entonces el tono de intercambio, el argumento en su expansión posible. Si el bloqueo, no embargo, como escribe, es pretexto, que lo quiten y ¡ya!, ¡a la porra el sistema caduco!, ¿No es verdad? Y, por si no fuera suficiente, pudiera comprobarse que fueron tres los chistes que cruzamos. Primero, el que él evoca una vez que se le han contestado la mayoría de sus inquietudes; consistía en el clásico panorama de varios jefes de estado que llaman al diablo, al infierno, y reciben altos costos por el concepto de larga distancia, en tanto la llamada de Fidel (Castro) resulta ser local. Contado, sí de su parte, con excesivo alargue de la situación y poca gracia. Un chiste de antiguo repertorio, como con facilidad se aprecia, cuya autoría adjudicó a su colega Mauricio Vicent. El segundo chiste se lo ofrecí de inmediato, lo he publicado incluso, y se resume a partir de que, luego de hibernar por siglo y medio, Gorbachov vuelve a la existencia a mediados del siglo XXII y, tras numerosas preocupaciones, pregunta qué ha sido de esa isla del Caribe que insistió en seguir hacia el comunismo. La respuesta es: —No se preocupe, Mijaíl, que eso está al caerse. El tercero de los chistes lo cuenta él mismo en su amañada reseña y lo hizo al final, cuando estábamos a punto de levantarnos y él seguía insistiendo en marcar el teléfono de su fotógrafo. El trabajo de Lobo, contrario a lo que le adjudica a Rosa Míriam Elizalde, no es difícil: puede mentir arteramente y seguirá siendo considerado un portador de serias opiniones; puede desconocer la libertad de opinión y seguirá siendo aceptado como un exponente de la diversidad; puede discriminar al otro por la elección de su ropa y seguirá siendo aceptado como un controlador del juicio; puede ser un analfabeto político y seguirá siendo instructor de concepciones altruistas (nos confesó que era de izquierdas); puede comportarse como un perfecto ignorante y seguirá sintiéndose un ente superior. Este señor periodista no sólo ignora mi nombre, sino mi obra literaria, publicada en Cuba y no muy complaciente que digamos. Allí debía ir, para que se entere de cosas que tal vez rompan su esquema. Pero leerse algo, de repente, acentuaría no sólo su cuota de ignorancia, si no la certeza de que lo que estoy diciendo responde a un ejercicio vivo, latente en la bloqueada Cuba que vivimos. Y hay mitos que no se pueden arriesgar, a menos que se esté dispuesto a enfrentar el peligro de despido.Si, por mi parte, dudaba de que El País publicase nuestra conversación, seguro estoy de que no se tomará el trabajo de incluir en sus páginas ningún comentario de respuesta. Es algo a tal grado opresivo, violador de la libertad de opinión y el derecho al ejercicio democrático del criterio, que por sí mismo se impone. Por paradoja básica, es la expresión del temor de quien se sabe con suficiente poder como para hundirse en el caos si lo pierde. Un monopolio sólo admite lo que a su monopolio beneficia. Un alienado, neopanglosiano feliz con su soldada, no admite más que lo que el monopolio del cual es propiedad está dispuesto a admitir. Son, en efecto, conductas muy antiguas, oscuras, comisariadas por la norma del lobo que de periodista se disfraza.

sábado, 22 de mayo de 2010

Un dilema de nuestro tiempo: capitalismo o socialismo.

Eliades Acosta Matos.
Lo que mantiene al capitalismo global atado al sillón del sicoanalista no es el fantasma del comunismo, sino el peligro presente y futuro que brota, testarudo e inagotable, de lo profundo de sí mismo. El sistema que se sueña como un atildado caballero posmoderno eternamente joven y feliz, democrático y glamoroso, de discurso políticamente correcto e irreprochable urbanidad, se estremece cada amanecer al descubrirse con las manos manchadas de sangre y la inexplicable recurrencia de imágenes infernales: niños africanos famélicos, pingüinos y osos polares moribundos, turbas que se acuchillan en los estadios de fútbol, atacantes suicidas que se inmolan, guerras de verdad con sangre, huérfanos, mutilados y vísceras palpitantes, no como las de la CNN, filas de desempleados japoneses que esperan un plato de sopa, quiebra de emporios otrora intocables como la General Motors, y ciertas fotos de Abu Grahib que, no sabe por qué, le recuerdan tanto a los grabados goyesco con penitentes, desastres y brujas.
Y no es sólo un problema de estadísticas, de contracción económica, de una clase media que regresa de los asépticos suburbios a las callejuelas proletarias, de pilotos y médicos extenuados por exceso de trabajo y menos paga. Es todo eso, por supuesto, pero sobre todo, la decadencia de sus sueños, el agotamiento de sus discursos legitimadores, la crisis profunda de liderazgo, la perspectiva de que está a un tris de volar por los aires la gobernabilidad conseguida con la “ingeniería del consenso y el consentimiento” de aquel seráfico Edward Louis Bernays, sobrino de Sigmund Freud y seguidor del Gustave Lebon de La psicología de las multitudes.
La catástrofe económica real, pura y dura, que afecta a la economía global es una parte del mal que estremece las madrugadas del capitalismo de nuestro tiempo. De la extensión y malignidad de ese cáncer sólo se musita en los pasillos profundos del poder corporativo, jamás se le explica a los ciudadanos. Pero se delatan los políticos y académicos del sistema que intentan apaciguarnos: los delata ese rictus de amargura y nerviosismo inocultable en la comisura de sus labios. Porque la verdad se viene abriendo paso. Nos enteramos en el minuto en que hicimos las cuentas del mes y el salario ya no cubrió los gastos indispensables. Nos avisó cuando alguien nos informó que se contraían los programas educacionales y de seguridad social. No en vano temblamos el día en que notamos que el vecino había dejado de salir al trabajo en las mañanas y ahora se paseaba por el barrio con aire ausente, como de perro apaleado.

La confesión de Obama.
La verdad se impone cuando, después de dormirnos con índices discretos pero esperanzadores de una incipiente recuperación de los niveles de empleo, de un aumento de las compras, de un freno a la caída, nos levantamos un día para no volvernos a dormir más tras leer un reporte publicado por AP, el pasado 2 de abril. Citando declaraciones del presidente Obama en el programa televisivo “The Early Show”, se levanta una parte del velo que cubría lo cierto y quedamos anonadados con el mazazo de la realidad: “Estados Unidos se dirige a la bancarrota” ha revelado, respondiendo a quienes lo atacan por los enormes gastos que significaría su flamante reforma sanitaria.
¿Y cuál es el estremecedor significado de esta confesión? No solo, como afirma uno de los lectores de la nota de AP, “…que el país se encuentra en una caída en espiral. Y que lo que le espera no es el desastre de una nación del Tercer Mundo, sino que para definirlo habrá que crear el concepto de Cuarto Mundo”. Lo realmente malo de esta declaración es que se produce inmediatamente después que se nos había dicho que “…en el mes de marzo de 2010, se había producido el mejor índice de recuperación de empleos en los últimos tres años. 162 mil empleos se crearon, aunque se mantiene la tasa de desempleo nacional en 9,7%, lo que significa quince millones de parados”.
Y hay razón, cuando en uno de los anuncios diarios con que la derecha pensante -que se agrupa alrededor de Heritage Foundation- fustiga a Obama, se daba a los lectores la bienvenida “al mundo de la dependencia del gobierno… pues la recuperación no ha llegado al sector privado y las cifras apaciguadoras que se brindan incluyen 48 mil empleos temporales federales, para llevar a cabo el Censo del presente año”.
Cuando le economía anda mal, todo lo demás hace rato que lo refleja. Por eso el Estados Unidos de Obama está estremecido por las turbas de populistas de derecha del Tea Party Movement y neoconfederados pendencieros, que ya entrenan y se arman bajo el paternal financiamiento de “millonarios patriotas”. Y se sienten vientos de fronda de una guerra civil de la que ya ha comenzado a hablarse, como en los días de Lincoln y Jefferson David: el FBI acaba de arrestar a nueve miembros de una milicia cristiana belicosa, los Hutarees, que planeaban atentar contra policías y funcionarios estatales para “liberar a la nación de sus enemigos, que han copado al gobierno traidor”. Apenas unos días después se informó del ultimátum dado a los gobernadores del país por otro grupo extremista, Los guardianes de la República Libre, fijándoles un plazo de tres días para abandonar sus puestos en aras de “acometer la reconstrucción nacional”.
¿Debemos asombrarnos que ese mismo capitalismo global, ese esquizofrénico incurable, tienda su vista al pasado para exorcizar a sus demonios y escapar del laberinto de sus contradicciones? ¿Nos sorprende, acaso, que busque, a como dé lugar, retornar al estado pre-crisis, cuando podía vendernos impunemente el embuste monumental de que encarna por derecho casi divino la felicidad, la prosperidad y la paz procurada por los hombres de todas las épocas?

Recetas neoliberales.
En el portal Townhall.com -brazo armado de la atildada Heritage Foundation- se barajan ya fórmulas alquímicas salvadoras, como ocurre en cada época decadente. Para Mona Charens, de lo que se trata es de regresar a las recetas neoliberales, de sacudirle el polvo a aquella “revolución conservadora” de principios de los 80. “Con pasión, convicción y un carácter indomable -nos revela- la Sra. Thatcher privatizó las industrias estatales… permitiendo al país volver a jugar el rol que siempre había jugado en la arena internacional… Como decía la Dama de Hierro, ‘El declive no es inevitable’ y no lo es, cuando existe el liderazgo adecuado”.
Pero algunos pequeños detalles que no menciona hacen dudosa la receta: esa intervención providencial costó 3,6 millones de desempleados, la caída de las exportaciones nacionales en un 30% con respecto a 1978, diez militantes del IRA muertos en huelga de hambre por reclamar que se les reconociera como presos políticos, el cierre de 79 minas de carbón, la liquidación total de la industria de la construcción naval, y una bagatela llamada guerra imperialista de las Malvinas.
Apenas tres meses antes, también en Townhall.com, esa vieja sibila neoconservadora que es Charles Krauthammer había alertado sobre los peligros de la recuperación. “El socialismo se derrumbó tan espectacularmente -afirmaba- que la Izquierda quedó anonadada hasta que descubrió el nuevo gambito ganador: la metamorfosis de rojo en verde… Las nuevas elites culturales (liberales) -concluye- se reafirman al oficiar un réquiem por el socialismo ante el altar del ambientalismo… Esta vez la justificación no es abolir la opresión, sino salvar el planeta”. En consecuencia, la ciudadela a proteger de los embates de los nuevos bárbaros es la ecología, y la estrategia es negar la existencia del cambio climático. Roja es la ciencia que lo demuestra, tanto como para Pinochet lo fue el marxismo gramsciano, “la peor de todas sus versiones” en tanto culta y liberada de dogmas. Por él, afirmaba, se vio obligado a “mantenerse vigilante, al pie del cañón”. Sólo le faltó admitir que con el sable ensangrentado desenvainado y la orden de fusilamiento a flor de labios.

¿Un nuevo capitalismo?.
Cuando los ideólogos del capitalismo global se muestran tan erráticos y desesperados, es señal de que la metástasis del sistema toca ya los órganos vitales. En política “lo cierto es lo que no se ve”, al recto decir de José Martí. Por eso, quien desee hoy tomar el pulso a la decadencia, atisbar en las entretelas de este veterano mecanismo de coerción social no entenderá nada si lee que en 2009, año en que la caída tocó fondo, la cifra de millonarios norteamericanos creció 16%. Quien busque las causas de la agonía de un mundo que se muestra hoy asmático y desfallecido deberá explicarse por qué y para qué el gobierno de Obama, el del “cambio y la esperanza”, premió con 700 mil millones de dólares a los grandes bancos culpables de la crisis, y no auxilió a sus víctimas inocentes.
Hoy la testaruda economía política de Carlos Marx no dicta sus lecciones apelando a cifras macroeconómicas, sino a las que están sublimadas en las microhistorias colaterales; no en los discursos donde se les disimula, sino en las indiscreciones donde ellas mismas se delatan: en el nerviosismo de un Nicolás Sarkozy que recuerda la necesidad de inventar “un nuevo capitalismo”, o en aquella conferencia de 1992, durante la cena anual del American Enterprise Institute, cuando Irving Kristol recordó a los que celebraban demasiado apresuradamente, que el futuro del capitalismo siempre se vería comprometido por la conjunción de crisis económicas y explosiones contraculturales, nacidas ambas de las entrañas del propio sistema.
Lo que los espanta no es la pérdida temporal de las ganancias, ni los crecimientos detenidos, que a fin de cuentas pueden ser paliados con explotación aún más despiadada de las economías del Tercer Mundo, o de los trabajadores del Primero, recortando programas sociales por aquí, o exportando tanques, aviones y balas por allá, para ser usados en las guerritas espléndidas que siempre pueden ser atizadas. Lo que los ocupa es el peso creciente de la cultura y los valores en la lucha de clases de nuestros días. Y que, como afirmase el periodista Stew Magnusson, en julio de 2007 “…cuando llega el momento de la batalla de ideas, Estados Unidos descubre que no tiene un general que la dirija…”.
Les preocupa el precio creciente del pensamiento crítico que resurge, y también las posibilidades de su difusión barata e instantánea, casi imposible de controlar, ocultar o censurar. Estrategas al estilo de Martin S. Lind, Martin Van Cleveld o Thomas X. Hammes han desarrollado la teoría de las guerras de cuarta generación, en las que, por primera vez en la historia de la Humanidad, un tipo de guerra asimétrica enlazada con la tecnología y dirigida a vencer moral y simbólicamente al oponente antes que a aniquilarlo, no depende del potencial económico de los rivales enfrentados. Y para que no quepan dudas del peligro, nos remiten a la derrota estratégica de la invasión israelí al Líbano de julio a agosto de 2006 a manos de Hezbollah, pertrechado con la televisora satelital Al Manar, un profundo trabajo político previo con la población chiita, y sentido creativo y exacto de lo que es y para qué sirve Internet.
Lo que los preocupa ya no es que la terca realidad desafía al discurso triunfalista y apaciguador, ni siquiera que ese mismo discurso haya dejado de ser creíble, a juzgar por los avances de la Izquierda en América Latina. Ni que la palabra “socialista” en boca de los enemigos de Obama esté regresando a una escena política donde antes se le desterró. Lo que les preocupa es que ya no hay nada que ofrecer, ninguna teoría estrella que promover, como aquella del fin de la historia, de Francis Fukuyama, ni ningún Milton Friedman que endiosar.

Socialismo creador.
Crisis siempre ha habido y habrá en el capitalismo, son consustanciales al sistema, se generan en lo profundo de su naturaleza. Especialmente, como está ocurriendo, cuando la realidad de su economía se sustituye por la virtualidad del capital especulativo y se derrocha por encima de las posibilidades. Y cuando más luces necesita el sistema para hallar la salida del laberinto, lo que encuentra es la decadencia del pensamiento de sus ideólogos e intelectuales, el estrechamiento de las opciones anti-crisis, el descreimiento generalizado y esa indefinible sensación, flotante, inasible, pero concreta y omnipresente, de que nos hallamos ante el definitivo agotamiento de un sistema devorado desde dentro por sus propios excesos.
Caídas todas las máscaras, de vuelta la Humanidad de todas las historias, vistos todos los filmes, escuchados todos los discursos, odiados todos los enemigos ciertos o falsos, sólo queda el vacío y el caos. “El principal defecto del conservadurismo moderno radica en su incapacidad para desafiar al liberalismo a un nivel intelectual, especialmente en lo relativo a la idea del progreso -sentenció Steven Hayward. Para enfrentar a la Izquierda… los conservadores deben oponer algo más que invocaciones al mercado o a la libertad”.
Y ya no hay Ejército Rojo a quien culpar. Ni conspiraciones bolcheviques por descubrir. Tampoco oro de Moscú. Ni bandera de la hoz y el martillo enfrentada a la libertad de Occidente, o sea, del capitalismo. Y aún sin URSS en los mapas, ni estatuas de Marx, Engels y Lenin en las plazas, sin koljoses ni konsomoles, casi sin partidos comunistas a quienes siempre se atribuyó el malestar de nuestra época, este no cede, y peor aún, se incrementa hasta alcanzar cotas jamás vistas.
Y hete aquí que en la bajadita los esperamos, como les anunció Hugo Chávez. Algo maltrechos y dispersos, es verdad, pero tras haber salvado la cultura de lucha y resistencia, “que es lo primero que siempre hay que salvar”, como predijo Fidel Castro.
Porque de salvar se trata, no sólo de rebasar el malestar evidente de nuestra época. De salvar al mundo de las garras de un sistema autodestructivo y alienante. De resolver el dilema entre un socialismo creador, de un lado, y un capitalismo decadente, del otro.
La buena noticia es que esto recién acaba de empezar.