Enrique Ubieta Gómez
Especial para La Calle del Medio 35
Esta conversación transcurre en el pequeño apartamento del Vedado donde vive con su esposa y sus tres hijos. Faltan unos días para la proyección en televisión del capítulo perteneciente al serial documental Las razones de Cuba, donde se revela su identidad de agente secreto de la Seguridad del estado. Para el Gobierno norteamericano, aún es el agente Pablo de la CIA. Días después de la revelación pública, llegarán todavía a su casa emisarios despistados en busca de información de inteligencia: a una agente peruana que lo visita, le dice que se prepara una gran manifestación para el 16 de abril. Se entusiasma. “Pero a favor de la Revolución”, aclara. Ni siquiera sabe lo que ocurrió ese día de 1961. Capote, paciente, le explica. Ella no sale de su asombro, llega a pensar que se equivocó de casa. Se despiden: “usted ha conocido a un revolucionario cubano”, le dice.
Empecemos contándole a los lectores de La Calle quién es Raúl Capote: ¿cómo llegas a la literatura, qué estudiaste, de donde surge tu vocación, cuando te diste cuenta que podías ser o que querías ser escritor?
Creo que siempre quise ser escritor. Esa era mi vocación desde niño. Después llegué a los Talleres Literarios que fue un movimiento que tuvo en Cuba una importancia tremenda, existen detractores y defensores de ese movimiento, pero realmente permitió que mucha gente lograra entrar al mundo literario y que pudiese compartir con autores consagrados. Muchos escritores de los 90 fueron fruto de esos talleres y si algunos no llegaron a convertirse en poetas o narradores el impacto que tenían esos encuentros sobre la formación cultural de esa generación fue importante. Yo nací en La Habana, siempre me gustó leer mucho, soy una especie de cazador de libros, no hay nada que me agrade más que encontrar un libro raro, una joya literaria difícil de encontrar, nada que supere para mí el placer de leer un buen libro, la lectura me llevó a la escritura de forma casi natural.
Nací en La Habana pero donde me formé de verdad como escritor fue en Cienfuegos, en especial en Cruces, de la mano de un excelente promotor cultural y amigo entrañable, Rigoberto Ortiz. Me fui a trabajar a esa provincia con 20 o 21 años. Había hecho un técnico medio en Oceanografía, una cosa a la que después nunca me dediqué, no por que no quisiera, sino porque no encontré nunca trabajo en esa especialidad, pensé entonces que en una ciudad de mar como Cienfuegos nunca faltaría espacio para un oceanógrafo, pero no fue así. Yo estaba vinculado a la Asociación Hermanos Saíz, en esa época mayormente escribía poesía, pero hacía algunos cuentos, y empecé a asistir al taller literario de Cruces, pueblo de mi padre y abuelos, donde residí por 8 años. El Taller Literario de Cruces era muy bueno, los debates eran fuertes y existía mucha competitividad, compartí allí con escritores que estaban comenzando pero que después se destacaron, como Jesús Candelario, magnífico poeta y Joel Garnier, un gran polemista literario, como Donoy Arrechea, Judith Martín y muchos otros que guiados por Rigoberto acaparaban la mayoría de los premios en los Encuentros Provinciales de Talleres Literarios. Coincidí en tiempo y espacio con Amir Valle –el primer Amir Valle, como digo yo, que es de esa época--, con varios cienfuegueros buenos escritores como Alfonso Roque, Rogelio Riverón, Miguel Cañellas y muchos otros, éramos un grupo de muchachos jóvenes a los que nos interesaba la literatura y que encontramos en Cienfuegos un buen espacio para desarrollarnos. Y bueno, estuve en todo aquello de la creación de la Asociación Hermanos Saiz, de la que fui su vicepresidente en Cienfuegos. Durante muchos años fui parte del equipo de trabajo de la Asociación. Me siento tan habanero como cienfueguero. Allí viven muchos de mis mejores amigos, mis hijos nacieron allá, mi esposa es cienfueguera.
Soy de los escritores del Período Especial, cuando llegué en los 90 al momento en que debía publicar cesaron las posibilidades, mi primera publicación fue una plaquette, no sé si recuerdan las plaquettes aquellas, las hojitas sueltas dentro de una cubierta de cartón. Fue un libro de cuentos que titulé Para divagar mientras llueve, ahora jamás utilizaría ese título, pero bueno… así se llamó. Después en el año 1996 gané el Premio Calendario de la Asociación en narrativa. Publiqué una novela en Letras Cubanas en 1999, El Caballero Ilustrado y ya la siguiente fue El adversario con Plaza Mayor, mi última novela. Eso es lo que tengo publicado y lo que la gente más conoce, sobre todo El adversario, porque fue Plaza Mayor el editor y se le hizo mucha promoción al libro en su momento, y bueno las cosas que tengo escritas que no he podido ni he querido todavía publicar… también aparecen cuentos míos en numerosas antologías tanto en Cuba como fuera de Cuba.
Siempre pensaste en ser escritor… ¿Por qué estudiaste oceanografía?
Bueno, después del preuniversitario, pasé los 3 años del servicio militar y al terminar, lo único que apareció para estudiar fue eso. Era joven, aquello era atractivo, tenía que ver con el mar. Pero a mí lo que siempre me ha gustado es la historia y después busqué la manera de llegar a ella y llegué. Empecé a dar clases en una secundaria básica como profesor, para poder entrar a la universidad. No fue posible en Historia, entré por arte y me gradué de artes plásticas, que me gustaba muchísimo también y entonces hice la Maestría en Historia. Siempre pensé en dar clases como profesor. Y tuve la suerte de quedarme como tal en la universidad al graduarme.
¿En cuál universidad estudiaste?
En el la Universidad de Ciencias Pedagógicas Enrique J. Varona. Antes de graduarme empecé a trabajar, se necesitaban profesores y yo solicité un ajuste de programa, la carrera duraba 5 años, y la hice en 3, una cosa bastante difícil pero logré hacerlo, terminé con 5,25 de promedio y fui título de oro, hice una oposición y me dieron la plaza en la Universidad. Cuando empecé, me faltaban meses para graduarme. Después hice la Maestría en historia contemporánea y relaciones internacionales en la Universidad de La Habana.
¿Dónde conociste a tu esposa?
En Cienfuegos. Éramos un grupo de gente joven en una ciudad “joven”, teníamos millones de posibilidades que probablemente no existían en La Habana en ese momento. Podíamos hacer de todo, teníamos absoluta libertad para desarrollar proyectos, hacer radio, televisión, teatro, artes plásticas, de todo, estaba la Central Electronuclear en construcción, que era también un mundo que se abría porque estaba lleno de gente de todas las provincias, con intereses de todo tipo. Éramos un poco el centro de casi todo lo que se hacía en la ciudad. El punto de reunión en ese momento era la Casa del Joven Creador, que se llenaba los fines de semana de estudiantes universitarios, y en ese contexto la conocí.
PRIMEROS CONTACTOS.
¿Y cómo empieza tu vínculo con la Seguridad?
Al enemigo se le hizo interesante la situación, estamos hablando de años muy complejos, en medio de una batalla en todo el país. Alguien parece que se fijó y habló de mí. La situación de Cienfuegos difería de la del resto del país, nosotros teníamos muchas posibilidades, quizás muchas más que en otros lugares y aunque compartíamos la idea de que queríamos ser una organización autofinanciada, una especie de ONG, los cienfuegueros nos alineamos resueltamente al lado de los que defendíamos por encima de todo la política cultural de la Revolución. El Segundo Congreso de la Asociación, en el cual yo participé, eligió a Fernando Rojas como presidente y la organización, finalmente tomó un rumbo más estable. Ya estando aquí en La Habana, empezó toda una estrategia de visitas. A cada rato aparecía un editor o un supuesto editor a ofrecerme las cosas más increíbles del mundo, pero siempre con una condición, que era lo que a mí me molestaba, me pedían que escribiera sobre la realidad cubana, y yo respondía, pero bueno, si yo escribo sobre la realidad cubana…; siempre me catalogaron como novísimo, aunque mi literatura era diferente a la de los demás miembros de mi generación. Entonces venían a proponerme cosas, me acuerdo que por el año 92 ó 93 aquello fue tremendo, hasta dos y tres agentes literarios de Europa y de Estados Unidos llegaron con propuestas muy bien pagadas. Y empezaron a aparecer profesores de universidades norteamericanas, supuestamente interesados en promocionar mi obra, y yo decía, ¿qué obra?, en ese momento no tenía obra publicada, solo una plaquette, ¿de qué está hablando esta gente...? Por aquellos años desarrollábamos una intensa vida cultural, la Casa del Joven Creador no descansaba, yo era vice presidente de la AHS, vice presidente de la Cátedra Mercedes Matamoros, organizábamos talleres, encuentros literarios, exposiciones de artes plásticas, etc. Manteníamos estrechos vínculos de trabajo con la Universidad de Cienfuegos y otras instituciones culturales y educativas de la provincia, quizás eso también resultó interesante para el enemigo
Ya en La Habana, cuando gano el premio Calendario, viene una persona enviada por una organización del Pen Club de los Estados Unidos a proponerme una colaboración con una revista, pero nunca mencionó su nombre, era una revista-fantasma, para la que yo debía elegir a un grupo de jóvenes escritores cubanos. Ya Amir aparecía seleccionado por ellos. Yo sugerí ir a la UNEAC, pero ellos no estuvieron de acuerdo, y ahí se trabó la cosa, porque no acepté. Después llega Plaza Mayor, conozco a Patricia Gutiérrez. Ella venía con una propuesta más interesante, incluso al inicio no nos pareció negativa, porque hablaba de publicar libros, y bueno, el objetivo de un escritor es publicar libros, y a diferencia de otros que habían llegado antes, no condicionaba lo que ibas a escribir. Decía: lo único que queremos es que sea de calidad, y bueno, eso parecía realmente atractivo. Lo que sucede es que a partir de eso se desencadenan algunas acciones... La contrarrevolución andaba desesperada buscando a un escritor cubano “disidente”. Las embajadas europeas, la SINA, invitaban constantemente a amigos míos, pero la gente decía que no cuando se mencionaba a la SINA.
Y no había en ese momento alguien que ellos pudieran presentar como un escritor disidente, una especie de Solschenitzin, y me invitan a una cena en casa de un funcionario norteamericano. Días antes la embajada de España me había llamado para suspender otra cena que estaba prevista allí, para priorizar la invitación de la Sección de Intereses. Llego a aquel lugar –una casa en Miramar, del funcionario Francisco Sáenz, que era en ese momento Primer Secretario Político-Económico de la Sección de Intereses--, y cuando entro, me recibe Louis John Nigro que era el segundo de la SINA. En la misma entrada me saluda, y me dice: “hemos escuchado mucho de usted, es usted un escritor muy conocido, una persona muy importante, yo conozco a muchos escritores cubanos, por ejemplo a Zoe Valdés”; y yo respondo: “bueno, entonces usted no conoce la verdadera literatura cubana, usted me perdona pero a mí no me gusta como escribe Zoe Valdés”, y sale… y dice, “bueno, a mí tampoco”. “Me alegro”, le digo, “yo puedo presentarle a muchísimos escritores cubanos más representativos que esa que usted mencionó” y entramos a la casa. Había una constelación de funcionarios de diferentes lugares, de antiguos países socialistas y los únicos cubanos éramos Dagoberto Valdés y yo.
Ese día conozco a la que me introdujo en este trabajo, a Kelly Keiderling, por entonces Primera Secretaria de Prensa y Cultura de la Sección de Intereses de los Estados Unidos. Yo me di cuenta de que aquel era un escenario bien preparado, incluso el lugar donde me iban a sentar estaba pensado con toda intención: a la izquierda, un funcionario de la embajada de Chile, Pradel Elgueta que era el Agregado de Cultura de su embajada en Cuba, y a la derecha, Kelly, y el resto de los invitados observando. Fue un 14 de mayo; esa mañana se había producido una marcha, porque se habían anunciado las nuevas medidas de Bush que recrudecían el bloqueo contra Cuba y por supuesto, uno de los temas de conversación fue lo ocurrido ese día frente a la Oficina de Intereses. Kelly comenta: “lo que hay que hacer es recrudecer el bloqueo, apretar la mano, para ver si por fin ocurre un cambio en Cuba”, yo salto y le digo: “no estoy de acuerdo con usted de ninguna manera, pienso que aumentar el bloqueo contra Cuba es criminal”, y ella me dice: “es que el fin justifica los medios”. En ese momento llegaba a la casa Dagoberto Valdés, que ya yo conocía, entra en el momento en que yo respondo “bueno, en la Cuba que nosotros queremos construir, los medios no pueden ser esos que usted menciona” y Dagoberto me apoya. La mayor parte de la conversación estuvo relacionada con los escritores, con la cultura, es decir, hicieron todas las promesas habidas y por haber. Incluso llegaron a decir que yo era el escritor más importante de los últimos años en Cuba, el continuador de la novela esotérica cubana, así se inicia mi vínculo con Kelly.
¿Eras en ese momento agente de la Seguridad del Estado?
Ya en ese momento asistí a esa cena cumpliendo una tarea de la Seguridad del Estado.