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miércoles, 18 de abril de 2012

Jóvenes rebeldes, conservadores jóvenes

Enrique Ubieta Gómez
Eliécer Ávila fue un joven cubano rebelde. Como cualquier otro, como la mayoría de sus coetáneos. Porque ser joven significa, de cierta manera, ser rebelde. Jóvenes Rebeldes –protagonistas de la insurgencia revolucionaria–, se llamaron a sí mismos los fundadores de la Unión de Jóvenes Comunistas. Hace algunos años vimos a Eliécer preguntar en una asamblea con desenvoltura, sin falsos miedos –de los que escenifican los profesionales de la contrarrevolución, para simular una situación personal vendible–, y recibir una respuesta, mejor o peor, no importa. En los últimos meses he recorrido muchas universidades del país, y he debatido con jóvenes, naturalmente rebeldes. Ellos son libres, no miden el tamaño de su inquietud, y la formulan sin temor. Conversamos. Creo que aprenden tanto como yo. Así debe ser, así es. En mi libro Cuba: ¿revolución o reforma? (Casa Editora Abril, 2012) abordo el tema de la necesaria rebeldía juvenil:
El socialismo enfrenta una extraña paradoja: como Estado revolucionario, él mismo encarna la sospecha victoriosa ante el pasado, ante el mundo. Los jóvenes, sin embargo, no conocen el pasado ni han vivido en otro mundo. Sospechan entonces en primera instancia del propio Estado revolucionario. Sospechan de la sospecha: ¿habrá sido realmente malo el pasado?, ¿será realmente malo el capitalismo? La solución no es obviamente coartar la sospecha, como intentaron inútilmente los socialismos este-europeos, sino entregarles la verdad, sin paternalismos e ingenuidades: compleja, contradictoria, revolucionaria, irremediablemente anticapitalista. Y cuando aludo al innato sentido anticapitalista de la verdad no excluyo la crítica al camino elegido (a sus desvíos no socialistas), una crítica que debe conducir a más socialismo. El poder global emplea todos los sinuosos recursos del consumismo para monitorear la sospecha de los jóvenes en los estados revolucionarios –la sospecha, por supuesto, hacia el propio Estado revolucionario–, y sobornar a los intelectuales que pueden adquirir con ella fama de insobornables y, adicionalmente, dinero. Me refiero a la sospecha improductiva y paralizante, no a la duda necesaria. Sospechar no es dudar, así como ser rebelde no es todavía ser revolucionario; aunque es poco probable que alguien acceda a la duda razonable, o a la condición revolucionaria sin antes haber sentido desconfianza o haberse comportado como un “rebelde sin causa”. Es un error pensar que los niños más obedientes serán los mejores revolucionarios.
Eliécer tuvo la mala suerte, digo yo, de que su pregunta –ciento de veces formulada por jóvenes que apoyan a la Revolución–, fuera exhibida y manipulada por los medios de la contrarrevolución como un “valiente” acto de desacato. Según contaba él mismo, tuvo que regresar de su finca natal, cercana a Puerto Padre, pequeño pueblo de la geografía cubana donde había nacido y vivía, para aclarar que no estaba “secuestrado”, ni preso, ni expulsado de la Universidad. Eliécer concluyó sus estudios de ingeniería informática y regresó a su hogar campesino. Después de tanta fabricada notoriedad, no consiguió readaptarse a la simple cotidianidad del campo pobre, que puede enviar a sus hijos a la universidad –porque existe una Revolución–, pero no proveerlos de los últimos adelantos tecnológicos, ni colocarlos de súbito en el top-ten de Internet. No fue paciente, ni constante en el esfuerzo. Tomó un atajo. Dejó de evolucionar hacia la más auténtica rebeldía, la que forja revolucionarios y se transformó en un conservador. Encontró otro espacio, de luces artificiales, cierto, pero de luces al fin. También decía en mi libro:
El capitalismo encauza la rebeldía hacia el “libre” albedrío mediante la creación de patrones frívolos de consumo, de forma que en unos años, la transforma en un nuevo conservadurismo (…) Los “rebeldes” que destaca el sistema global, cansados de las “locuras” revolucionarias, enarbolan el sentido común, el tibio resguardo hogareño, y acatan el ritual festivo del consumismo. Odian el discurso (y la práctica) del heroísmo cotidiano. La rebeldía consiste en la sumisión. (…) El socialismo necesita encauzar la rebeldía hacia el conocimiento (que conlleva responsabilidad) y liberarla de las atractivas ofertas de un mercado que vende y compra conciencias. No siempre lo logra.
Cito estos fragmentos porque Eliécer ha grabado un video para los sitios web y blogs de la contrarrevolución, y ha puesto mi libro en una mesita, a su lado, de manera que pueda identificarse. No menciona su título ni su autor. Los constructores del performance quisieron acaso oponer sutilmente su imagen desenfadada de joven ex rebelde, a la de un autor cincuentón que, ellos saben, recorre las universidades del país y dialoga con sus estudiantes. “Nosotros los jóvenes”, dice sin percatarse que ha dejado de serlo. No se atreve a discutir los argumentos del libro –no se han atrevido hasta el momento los intelectuales de la contrarrevolución aludidos en él–, pero intenta conducir a los potenciales (?) tele/compu/espectadores por el camino opuesto.

II
Una cosa, claro, es preguntar; otra, más complicada, es ofrecer respuestas, construir. Como su perorata dura aproximadamente cuarenta minutos (en strike, su rostro recortado contra un fondo negro, un micrófono y mi libro al costado) y dudo que alguien termine de escucharla, intentaré exponer y comentar muy sucintamente su posición. Lo primero que quiero destacar es una frase perdida en un discurso que elude las definiciones: “yo (…) dejé de ser comunista”. Bien, entonces, al menos por negatividad, debemos presuponer que Eliécer aspira a que Cuba transite hacia el capitalismo, aunque éste sea uno irreal, “sui generis”, como se nos quiere vender. Él no quiere decirlo, pero su visión de la democracia es burguesa.