viernes, 19 de octubre de 2018

Fernando H. Cardoso y su incomprensible neutralidad

Atilio A. Boron
Escribo estas pocas líneas desde el corazón. Sumido en el estupor no alcanzo a comprender cómo quien fuera el maestro de toda una generación de sociólogos, politólogos y economistas de América Latina y el Caribe hoy prefiere mantenerse “neutral” ante la trágica opción que enfrentarán los brasileños el próximo 28 de Octubre: restaurar la dictadura, bajo nuevos ropajes, o retomar la larga y dificultosa marcha hacia la democracia. Para justificar su actitud el ex presidente declaró a la prensa que "de Bolsonaro me separa un muro y de Haddad una puerta."
Sorpresa, estupefacción, asombro. Porque, ¿cómo es posible que quien fuera una de las más brillantes mentes de las ciencias sociales desde comienzos de los años sesentas del siglo pasado pueda exhibir tal indiferencia cuando lo que está en juego es o bien el retorno travestido y recargado de la dictadura militar (la misma que luego del golpe de 1964 lo obligó a exiliarse en Chile) o la elección de un político progresista, heredero de un gobierno que, con todos sus defectos, fue quien más combatió la pobreza en el Brasil y lo hizo en un marco de irrestrictas libertades civiles y políticas? A quienes fuimos sus alumnos en la FLACSO de Chile, en la segunda mitad de los sesentas, nos deslumbraban sus brillantes lecciones sobre el método dialéctico de Marx y las enseñanzas de quien a su vez fuera su maestro, Florestán Fernándes; o cuando disertaba sobre la teoría de la dependencia mientras escribía su texto fundamental con Enzo Faletto; o cuando diseccionaba con la sutileza de un eminente cirujano la naturaleza de las dictaduras en América Latina. Por eso, quienes atesoramos esos recuerdos estamos sumidos en el más profundo desconcierto ante su atronador silencio en relación a la que, sin dudas, es una de las coyunturas más críticas de la historia reciente del Brasil. A los que tuvimos la suerte de enriquecernos intelectualmente con sus lecciones nos cuesta creer las noticias que nos llegan hoy de Brasil y que informan de su escandalosa abstención. Y cuando aquellas se confirman, como ha ocurrido en estos días, lo hacemos con el corazón sangrante y la mente convulsionada.
¿Cómo olvidar de que fue usted quien en aquellos años finales de los sesentas nos ayudó a sortear las estériles trampas de la sociología académica norteamericana y la ciénaga del estructuralismo althusseriano, moda que estaba haciendo estragos en las juventudes radicalizadas de Chile. Después, desde mediados de los setentas y a lo largo de los ochentas la suya fue la voz de la sensatez y la sensibilidad histórica que debatía con algunos "transitólogos" deslumbrados por la ciencia política de la academia estadounidense y a quienes, a fuerza de argumentos y ejemplos concretos, obligó a revisar sus ingenuas expectativas sobre las nacientes democracias latinoamericanas. Recordamos como si fuera hoy sus advertencias diciéndole a sus colegas que en Nuestra América el "modelo de La Moncloa" -erigido como el arquetipo no sólo único sino también virtuoso de nuestra todavía inconclusa “transición hacia la democracia”- enfrentaría enormes dificultades para reproducirse en el continente más injusto del planeta. Y sus previsiones fueron confirmadas por el inapelable veredicto de la historia: ahí están nuestras languidecientes democracias, incumpliendo sus promesas emancipatorias, impotentes para instaurar la justicia distributiva y cada vez más vulnerables a la acción destructiva del imperio y sus lugartenientes locales. Democracias, en suma, en rápida transición involutiva hacia la plutocracia y la sumisión neocolonial. Fue Cardoso uno de los principales animadores del Grupo de Trabajo sobre Estado de CLACSO que se creara a comienzos de los setentas. Su espíritu crítico combinado con su fina ironía orientaron buena parte de las labores de ese pequeño conjunto de colegas. Tanto en las discusiones sobre la transición a la democracia y la naturaleza de las dictaduras que asolaron la región usted decía que “sin reformas efectivas del sistema productivo y de las formas de distribución y de apropiación de riquezas no habrá Constitución ni estado de derecho capaces de eliminar el olor de farsa de la política democrática.” 1 Y la historia otra vez le dio la razón.
Más allá de sus errores y limitaciones la experiencia de los gobiernos de Lula y Dilma avanzaron, si bien con demasiada cautela, para tratar de eliminar ese insoportable “olor de farsa” de las democracias latinoamericanas. ¿Que en esos gobiernos hubo corrupción, que aumentó la inseguridad ciudadana, o que algunos problemas no fueron encarados correctamente, o inclusive se agravaron? Es cierto. Pero nada de esto constituye una novedad en la historia brasileña ni es un producto exclusivo de los gobiernos del PT, y usted como analista tanto como en su calidad de ex senador, ex ministro y ex presidente lo sabe muy bien. Tomar como “chivos expiatorios” de la tradicional y secular corrupción de la política brasileña a Lula y el PT es un insulto a la inteligencia de sus conciudadanos además de una maliciosa mentira. Pero aún si estas críticas fueran ciertas –cosa sobre lo cual no viene al caso expedirse en estas líneas- ellas son "peccata minuta" ante el peligro que acecha a Brasil y a toda América Latina.. Y usted, con su inteligencia, a esta altura de su vida no puede arrojar por la borda todo lo que enseñara a lo largo de tantos años. Usted escribió páginas imborrables sobre las dictaduras latinoamericanas y en uno de sus libros denunció con valor  la pretensión de “sustraerse de la responsabilidad política de caracterizar como dictatorial a un régimen que se afirma sobre la violencia irrestricta y el atropello sistemático de los derechos humanos.” 2  ¿Qué cree que va a hacer Bolsonaro cuando exalta a los torturadores y rinde loas a la dictadura del 64?  Por eso estoy convencido que de persistir en su actitud neutral cometería usted el mayor y más imperdonable error de su vida, que arrojaría un ominoso manto de sombra no sólo sobre su trayectoria como intelectual de Nuestra América sino también sobre su propia gestión como presidente de Brasil.
¿Qué hay una puerta que lo separa a usted de Fernando Haddad? Es cierto, pero el candidato petista ya lo invitó a pasar. Abra esa puerta y entre, porque aquel muro que lo separa de Bolsonaro no sólo caerá con todos sus horrores encima de las clases y capas populares de Brasil sino también sobre su cabeza y su renombre. Nadie le pide que apoye incondicionalmente a lo que hoy, nos guste o no, representa la única opción democrática que hay en Brasil frente a la monstruosa reinstalación de la dictadura militar por la vía de un electorado manipulado como jamás antes en la historia del Brasil. Que la fórmula petista sea la única opción democrática en las próximas elecciones no sólo es producto del empecinamiento de los gobiernos y del liderazgo del PT. Usted fue presidente, por ocho años, y algo de responsabilidad le cabe también por esta imposibilidad de construir alternativas políticas más de su agrado. Su delfín, Geraldo Alckmin, tuvo un desempeño catastrófico en la primera vuelta. Por eso un hombre como usted no puede ni debe permanecer neutral en esta coyuntura. Sus pasiones y su ostensible animosidad hacia Lula y todo lo que él representa no pueden jugarle tan mala pasada y nublar su entendimiento. Usted sabe que la victoria de Bolsonaro dará luz verde a sus tropas de asalto a la democracia, la justicia, los derechos humanos, la libertad. Tropelías y aberraciones que, para espanto de la población, ya prometen y anuncian sin tapujos a través de la prensa y las redes sociales en Brasil. En este caso su neutralidad se transforma en complicidad.
Ante tan grave encrucijada, ¿cómo puede usted declararse prescindente en esta batalla crucial entre dictadura y democracia? A veces la vida nos coloca en estas incómodas encrucijadas, y no queda hay otro remedio que elegir y actuar. Recuerde que Dante, en La Divina Comedia, reservó el círculo más ardiente del infierno a quienes en tiempos de crisis moral optaron por la neutralidad. Usted, por su historia, por lo que hizo, por su magisterio, por la memoria de sus propios maestros debe oponerse con todas sus fuerzas a la re-encarnación de la dictadura bajo el mascarón de proa de un político mediocre, violento y reaccionario que ni bien instalado en el Palacio de Planalto será fácil presa de los actores más siniestros del Brasil.  Su nombre, Fernando Henrique, no debe quedar inscripto entre los cómplices de la tragedia en ciernes en su país. Créame si le digo, siendo fiel a sus enseñanzas, que a diferencia de Fidel si usted persiste en esa actitud, en esa suicida neutralidad, la historia no lo absolverá sino que lo condenará y lo atormentará hasta el fin de sus días. Contribuya con su palabra a que Brasil sortee el peligro del inicio de un nuevo – y probablemente extenso- ciclo dictatorial que sólo agravará los problemas que hoy lo atribulan. Y luego, despejada esa amenaza, discuta sin concesiones como mejorar la democracia en su país; critique las políticas que proponen Haddad y D’Avila, pero primero asegure que su pueblo no volverá a caer en los horrores que con tanta fuerza usted condenó en el pasado. Su silencio, o su abstención, serán implacablemente juzgados por los historiadores del futuro, como ya lo son hoy por sus asombrados contemporáneos que no pueden entender las razones de su postura. Tiene poco tiempo para evitar tan triste final y evitar que la neutralidad se convierta en complicidad. Recuerdo cuando, en medio del furor causado por el auge de la teoría de la dependencia usted exhortaba a sus cultores a no apartarse de las enseñanzas de Lenin cuando exigía, antes de parlotear superficialmente sobre el tema, llevar a cabo “un análisis concreto de la realidad concreta.” Y remataba esa observación advirtiendo sobre el peligro de que “el hechizo de las palabras sirva para ocultar la indolencia del espíritu”.3  Ojalá que su brillante inteligencia no haya caído víctima de la indolencia y prevalezca, en esta hora decisiva, sobre la fuerza de unas incontrolables  pasiones que le impiden abrir la puerta que lo separa de Fernando Haddad y evitar que Brasil se hunda en el basural del fascismo.

NOTAS
1 Cf. “La democracia en las sociedades contemporáneas”, en Crítica & Utopía, Buenos Aires, N°6, 1982, y también en “La Democracia en América Latina”, Punto de Vista, Buenos Aires, Nº 12, Abril 1985.
2 Ver su Autoritarismo e democratização, Río de Janeiro, Paz e Terra, 1975, p. 18.
3 Fernando H. Cardoso, Ideologías de la burguesía industrial en sociedades dependientes. Argentina y Brasil, Buenos Aires, Siglo XXI, 1971, p. 60.

jueves, 18 de octubre de 2018

Del progresismo al fascismo

Nils Castro*
Página 12
18 de octubre de 2018

No hace falta repetir que Jair Bolsonaro es apologista de la dictadura, ultra neoliberal y fascista, ni que, tras su prematura baja como capitán, por 25 años fue apenas un diputado mediocre. La cuestión de fondo es por qué en la primera vuelta los electores lo tuvieron a 4 décimas de ser electo y le regalaron la mayoría parlamentaria. Y qué hacer.
No solo el petismo fue vencido por voluntad popular. La peor derrota la sufrió la derecha liberal, que por décadas protagonizó a toda la derecha. Extrema derecha siempre hubo, pero resignada a secundar los candidatos decididos en el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB).
Al cabo el descrédito acumulado por la ineficacia y corrupción de la democracia representativa de las oligarquías agraria y financiera hundió el barco. Luego de tres derrotas ante Lula y el fiasco de Michel Temer, el PSDB dejó de asegurarle la ampliación de sus privilegios. A su vez, para un pueblo castigado por la crisis y decepcionado por el sistema político, desde el segundo gobierno de Dilma el PT ya había dejado de garantizar lo contrario.
En ese ámbito vaciado, faltó quien asumiera el papel de líder antisistema, antipolíticos, anticorruptos, antiflojos y extirpador de delincuentes. La teatralidad de Bolsonaro, con los valores en blanco y negro de los capos urbanos y rurales –racismo, homofobia, xenofobia y machismo–, fue oportuno en medio del desaliento cultivado por los medios de comunicación hegemónicos.
El sentimiento anti-PT fue una elaboración acumulada desde las protestas contra los estadios durante el Mundial de fútbol, la real o ficticia corrupción de funcionarios del PT, y toda la basura que ellos arrojaron durante el proceso de defenestración de Dilma, para eliminar la alternativa progresista en la cultura política popular.
Considerando las circunstancias, lo conservado por el PT en el primer turno es una proeza. Combatido por la gran prensa y el sistema judicial, y hostigado por las autoridades electorales, vio a su líder y candidato aprehendido y condenado sin pruebas, y privado del derecho a postularse. Tras una larga batalla legal, cuando Lula propuso a Haddad, pasaba del 40 por ciento de las preferencias. Pero a Lula lo sostenía un pasado instransferible.
Por añadidura, el absurdo acuchillamiento de Bolsonaro le facilitó a éste eludir los debates por televisión. Así, mientras en el último de estos los demás contrincantes confrontaban sus proyectos, el presunto convaleciente explayaba una larga y amigable entrevista por el mayor canal de la televisión evangélica.
Cuando los sondeos mostraron el ascenso de Haddad y la posibilidad de que superase a Bolsonaro en la segunda vuelta, al final sorprendió el abrupto crecimiento del ex capitán. Ante el pronóstico de que aún podían ser derrotadas, las derechas concentraron su votación en Bolsonaro. Ese último crecimiento del candidato fascista implicó un igual drenaje del voto de las demás derechas; el total de la votación anti-petista no creció más, sino que se concentró en su extremo más reaccionario.
Ahora veremos al choque decisorio entre el núcleo fascista, a la cabeza de todas las derechas, contra la pluralidad de los sectores democráticos y progresistas del país, en la persona del candidato del PT. Lo que no sucederá en circunstancias de normalidad institucional ni legal, sino en unas condiciones donde los jueces y los comunicadores más potentes están alineados con la opción más reaccionaria. Se llama a formar un frente del Brasil democrático para detener la embestida reaccionaria, pero los partidos tradicionales no parecen tener ganas, crédito ni gente con qué cambiar el desenlace.
Cualquiera sea el resultado, la etapa que siga será más riesgosa que ningún período anterior, y contendrá muchas lecciones para el próximo futuro latinoamericano. Esta esa historia no concluye ahora, salta a un espacio preñado de alternativas.
Pero es el progresismo y las demás izquierdas quienes más deberán revisar y corregir las conductas y desaciertos que los trajeron a esta situación, y las que seguirán. Si las banderas originales se plegaron, o las imputaciones de corrupción hicieron daño, se debió a que sí hubo acomodos y errores que los medios hegemónicos supieron aprovechar. Si las derechas y sus mentores imperiales tienen éxito, ello se debe a que esas conductas corroyeron la confianza popular, hicieron más vulnerable al progresismo y más ineficaces a las izquierdas.
Adormecidas por un optimismo bobalicón, fallaron en su responsabilidad de desarrollar la cultura política popular, así como de prever y contener la ofensiva reaccionaria. Incluso en la eventualidad de una victoria, es a las izquierdas a quien la próxima etapa les exigirá una honesta autocrítica objetiva, y una enérgica renovación moral y estratégica.
* Intelectual panameño.


martes, 16 de octubre de 2018

Declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba

El Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba rechaza de la manera más enérgica la campaña difamatoria contra Cuba en materia de derechos humanos, lanzada  el 16 de octubre, por el gobierno de los Estados Unidos en la sede de las Naciones Unidas.
Como ya se ha alertado, esta acción se inscribe en la secuencia de declaraciones contra nuestro país realizadas durante las últimas semanas por funcionarios de alto nivel del gobierno de los Estados Unidos, que muestran una hostilidad creciente hacia Cuba y la Revolución Cubana.
Llama la atención que tenga lugar sólo dos semanas antes de la votación por parte de la Asamblea General de la ONU del proyecto de resolución titulado “Necesidad de poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por el gobierno de los Estados Unidos contra Cuba”.
Este tipo de acciones persigue como objetivo la fabricación de pretextos para mantener e intensificar el bloqueo, que constituye una violación masiva, flagrante y sistemática de los derechos humanos de las cubanas y cubanos.
El gobierno de los Estados Unidos no tiene autoridad moral alguna para criticar a Cuba.
En lugar de preocuparse por los supuestos “presos políticos” que, según aducen, existirían en Cuba, deberían hacerlo por las violaciones de los derechos humanos que se producen en su propio territorio. En nuestro país no existen prisioneros políticos desde el propio triunfo de la Revolución en 1959. 
No puede hablar de derechos humanos y democracia un país cuyo sistema electoral es corrupto por naturaleza y tiene un gobierno de millonarios, destinado a aplicar medidas salvajes contra las familias de menos ingresos, los pobres, las minorías y los inmigrantes. Un país en el que, en las campañas electorales y los procesos políticos, no hay límites éticos, se promueve el odio, la división, el egoísmo, la calumnia, el racismo, la xenofobia y la mentira. En el que el dinero y los intereses corporativos son los que definen quién será electo.
En Estados Unidos, se niega el derecho al voto a centenares de miles de estadounidenses por ser pobres. En nueve Estados, no pueden votar quienes tengan facturas legales o multas judiciales por abonar. En Alabama, más de 100.000 personas con deudas fueron eliminadas de las listas de votantes en 2017.
Los medios de información son coto de élites corporativas. Un grupo extremadamente pequeño de corporaciones controla los contenidos que el público consume, mientras se anula o convierte en marginal cualquier versión u opinión discrepante.
Es una vergüenza que en el país más rico del mundo cerca de 40 millones de personas vivan en situación de pobreza, 18,5 millones en pobreza extrema y 5.3 millones en condiciones de pobreza absoluta. La vida de los “sin hogar” es miserable. En el 2016, 553 742 personas pasaban las noches a la intemperie en Estados Unidos.
El diseño y aplicación de políticas ha sido secuestrado por los llamados “intereses especiales”, es decir, el dinero corporativo. La falta de garantías de educación, salud y seguridad social, las restricciones a la sindicalización y la discriminación terrible de género son prácticas cotidianas.
Las mujeres estadounidenses son claramente discriminadas laboralmente y siguen recibiendo salarios inferiores a los de los hombres por la realización de iguales trabajos. La pobreza, salud y problemas de seguridad de los niños son preocupantes. Las personas con discapacidades sufren abusos violentos. El acoso sexual y las violaciones generalizadas motivan múltiples denuncias y protestas. Los asesinatos de personas LGTBI se incrementaron durante el 2017, en un marco de discriminación continuada contra ese colectivo en la legislación estatal y federal.
En Estados Unidos, la riqueza media de las familias blancas es siete veces superior a la riqueza media de las familias negras. Más de uno de cada cuatro hogares negros tenía un patrimonio neto de cero o negativo. La tasa de desempleo de los negros es casi el doble que la de los blancos.
El gobierno de los Estados Unidos debería responder por las 987 personas que murieron durante  2017 a manos de agentes encargados de hacer cumplir la ley empleando armas de fuego. Según esos datos, las personas afroamericanas, que constituyen un 13% de la población, representaron casi el 23% de las víctimas.
Existe una discriminación racial sistemática en la aplicación de la ley y en los órganos judiciales. Los infractores varones negros fueron condenados, como promedio, a penas un 19,1% más largas, que aquellos blancos infractores que se encontraban en situaciones similares.
Los crímenes de odio por motivos de raza alcanzaron un récord en los últimos años y sólo en el 2016, fue informado un total de 6.121 delitos de odio ocurridos en Estados Unidos.
Los delitos violentos han ido en aumento. El gobierno de ese país, al servicio del lobby de las armas, no ejerce un control efectivo sobre estas, lo que causó un continuo incremento de homicidios, incluso de adolescentes.
Estados Unidos debería poner fin a la separación de familias migrantes, y a la reclusión de centenares de niños, incluso en jaulas, separándolos de sus padres.
Mientras Estados Unidos le da la espalda a los mecanismos de derechos humanos de las Naciones Unidas, Cuba mantiene un elevado nivel de actividad y cooperación, lo que le ha granjeado el respeto en los órganos pertinentes de la Organización y entre los Estados miembros. 
Estados Unidos, que fue el promotor y sostén de las sangrientas dictaduras militares en nuestra región, con la complicidad de la OEA, ha declarado la vigencia y aplicabilidad de la Doctrina Monroe como instrumento de política exterior, en total desprecio de la Proclama de la América Latina y el Caribe como Zona de Paz.
En el archipiélago cubano, los únicos prisioneros que son privados de sus derechos y dignidad, torturados y confinados por largos períodos, sin base legal, tribunales de justicia ni debido proceso, son los que mantiene el gobierno de los Estados Unidos en el centro de detenciones arbitrarias y torturas en la Base Naval de Guantánamo que ocupa ilegalmente parte de nuestro territorio.
En la sesión del lunes de la Comisión de Asuntos Socio-Humanitarios de la Asamblea General de las Naciones Unidas, la Representante Permanente de Cuba, embajadora Anayansi Rodríguez Camejo, presentó la denuncia de esta provocación que recibió el repudio expreso de 11 países. La Embajadora de Estados Unidos ante el ECOSOC, quedó sin argumentos y en absoluto aislamiento.
El Buró de Coordinación del Movimiento de Países No Alineados, convocado de emergencia, sesionó con la presencia de 91 delegaciones, de las que 17 intervinieron expresamente en oposición a la calumniosa maniobra.
Las Misiones Permanentes de Bolivia, Nicaragua y Venezuela estuvieron allí en solidaridad con Cuba. Como se apreció en las imágenes de televisión, los Estados miembros y los otros invitados, casi sin excepción, declinaron participar en la farsa de este martes, a la que apenas asistieron “representantes” de supuestas organizaciones “no gubernamentales” financiadas por el Departamento de Estado, y un puñado de cipayos que cobran sueldo de este o de sus testaferros.
Hizo uso de la palabra en este circo, la ayer vapuleada Embajadora de Estados Unidos ante el ECOSOC; moderó el “panel” un ex Jefe de la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana en los años 90, quien conoce personalmente a los apátridas de la nómina del Buró de Democracia, Derechos Humanos y Trabajo del Departamento de Estado.
Un ejemplo de la calaña de los convidados, son dos de los asalariados de Estados Unidos en su política anticubana, utilizados nada menos que como “panelistas” en el “evento”. Ellos dirigen las organizaciones “Instituto de la Raza, la Equidad, y los Derechos Humanos” y el “Observatorio Cubano de Derechos Humanos”. La primera de estas organizaciones recibió 290 mil dólares de las autoridades estadounidenses, mientras la segunda obtuvo 67 mil 434 dólares, destinados al objetivo de subvertir el orden constitucional cubano.   
Y, no podía faltar en el show, el histérico Secretario General de la OEA que hizo un receso en su campaña personal de denuestos y agresiones contra la Revolución Bolivariana y Chavista para hacer turismo de eventos en Nueva York.
Cumpliendo escrupulosamente los requisitos publicados por el Departamento de Estado, se inscribieron para participar 22 representantes de 9 organizaciones no gubernamentales estadounidenses que abogan por el fin del bloqueo y la normalización de relaciones con Cuba. Curiosamente, todas excepto una, fueron impedidas de asistir por los nada democráticos anfitriones. Otros invitados fueron expulsados de la sala.
Los periodistas, que terminaron por ser la mayoría de los presentes, mostraban caras de diversión o de resignación, en el caso de los destinados a complacer a los propietarios o editores de la rentable industria de la desinformación.
Es motivo de especial preocupación que se haya permitido que dicho “evento” anticubano tuviese lugar en la magna sede de la Organización de las Naciones Unidas y que se haya realizado en el Día Mundial de la Alimentación, precisamente por parte del Estado que vota en contra de la Resolución “El derecho a la alimentación” del Consejo de Derechos Humanos  y de la Asamblea General.
Para hacerlo, se han violado las normas que rigen el uso de las salas y los servicios de las Naciones Unidas, que dejan claro que “sólo se realizarán eventos que estén en consonancia con los propósitos y principios de las Naciones Unidas y estén justificados por su pertinencia para la labor de la Organización”.
El Departamento de Estado de los Estados Unidos pretende otra vez utilizar las instalaciones de las Naciones Unidas como su coto privado. El Ministerio de Relaciones Exteriores denuncia que una acción de esta naturaleza no puede ser considerada en consonancia con los propósitos y principios de la Organización, ni pertinente para su labor, cuando está dirigida específicamente contra la independencia y libre determinación de un Estado miembro, y en el marco de una campaña de hostilidad y amenazas contra Cuba, repudiada por la comunidad internacional.
El Ministerio de Relaciones Exteriores solicita respetuosamente a la Secretaría General de las Naciones Unidas una investigación rigurosa y urgente de lo ocurrido, de cuyo resultado informe oportuna y apropiadamente a la Asamblea General para que se adopten las medidas pertinentes para prevenir estos actos agresivos contra Estados soberanos.

La Habana, 16 de octubre de 2018



domingo, 14 de octubre de 2018

Bolsonaro: tres hipótesis y una sospecha

Atilio A. Boron
La sorprendente performance electoral de Jair Mesías Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del Brasil suscita numerosos interrogantes. Sorprende la meteórica evolución de su intención de voto hasta llegar a arañar la mayoría absoluta. Y no fue el atentado lo que lo catapultó la posibilidad de ganar en primera vuelta. Veamos: en los últimos dos años su intención de voto fluctuó alrededor del 15 por ciento, pese a que está próximo a cumplir 28 años consecutivos como diputado federal (y con sólo tres proyectos de ley presentados a lo largo de estos años). Ergo, no es un "outsider" y mucho menos la personificación de la “nueva política". Es un astuto impostor, nada más. A comienzos de Julio su intención de voto era del 17 por ciento: el 22 de Agosto, Datafolha marcaba un 22 por ciento. El 6 de Septiembre sufre el atentado y pocos días después las preferencias crecieron ligeramente hasta alcanzar un 24 y un par de semanas después subía al 26 por ciento. En resumen: un módico aumento de 9 puntos porcentuales entre comienzos de Julio y mediados de Septiembre. Pero a escasos días de las elecciones su intención de voto trepó al 41 y en las elecciones obtuvo el 46 por ciento de los votos válidos. En resumen: en un mes prácticamente duplicó su caudal electoral. ¿Cómo explicar este irresistible ascenso de un personaje que durante casi treinta años jamás había salido de los sótanos de la política brasileña? A continuación ofreceré tres claves interpretativas.

I
Primero, Bolsonaro tuvo éxito en aparecer como el hombre que puede restaurar el orden en un país que, según pregonan los voceros del establishment, fue desquiciado por la corrupción y la demagogia instaurada por los gobiernos del PT y cuyas secuelas son la inseguridad ciudadana, la criminalidad, el narcotráfico, los sobornos, la revuelta de las minorías sexuales, la tolerancia ante la homosexualidad y la degradación del papel de la mujer, extraída de sus roles tradicionales. El escándalo del Lava Jato y el desastroso gobierno de Michel Temer acentuaron los rasgos más negativos de esta situación, que en la percepción de los sectores más conservadores de la sociedad brasileña llegó a extremos inimaginables. En un país donde el orden es un valor supremo – recordar que la frase estampada en la bandera de Brasil es "Orden y Progreso"- y que fue el último en abolir la esclavitud en el mundo, el “desorden” producido por la irrupción de las “turbas plebeyas” desata en las clases dominantes y las capas medias subordinadas a su hegemonía una incandescente mezcla de pánico y odio, suficiente como para volcarlas en apoyo de quienquiera que sea percibido con las credenciales requeridas para restaurar el orden subvertido. En el desierto lunar de la derecha brasileña, que concurrió con seis candidatos a la elección presidencial y ninguno superó el 5 % de los votos, nadie mejor que el inescrupuloso y transgresor Bolsonaro, capaz de infringir todas las normas de la "corrección política" para realizar esta tarea de limpieza y remoción de legados políticos contestatarios. El ex capitán del Ejército, eligió como compañero de fórmula a Antonio Hamilton Mourau, un muy reaccionario general retirado que pese a sus orígenes indígenas cree necesario “blanquear la raza” y que no tuvo empachos en declarar que “Brasil está lastrado por una herencia producto de la indolencia de los indígenas y del espíritu taimado de los africanos". Ambos son, en resumidas cuentas, la reencarnación de la dictadura militar de 1964 pero catapultada al gobierno no por la prepotencia de las armas sino por la voluntad de una población envenenada por los grandes medios de comunicación y que, hasta ahora, a dos semanas de la segunda vuelta, parece decidida a votar por sus verdugos.
 Ahora bien: ¿por qué la burguesía brasileña se inclinó a favor de Bolsonaro?  Algunas pistas para entender esta deriva las ofrece Marx en un brillante pasaje de El 18 Brumario de Luis Bonaparte . En él describió en los siguientes términos la reacción de la burguesía ante la progresiva descomposición del orden social y el desborde del bajo pueblo movilizado en la Francia de 1852: “se comprende que en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga de poderes, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución el burgués, jadeante, gritase como loco a su república parlamentaria: “¡Antes un final terrible que un terror sin fin!”1 Pocas analogías históricas pueden ser más aleccionadoras que esta para entender el súbito apoyo de las clases dominantes brasileñas -enfurecidas y espantadas por el debilitamiento de una secular jerarquía social anclada en los legados de la esclavitud y la colonia- a un psicópata impresentable como Bolsonaro. O para comprender el auge de la Bolsa de Sao Paulo luego de su victoria en la primera vuelta y el júbilo de la canalla mediática, encabezada por la Cadena O Globo. Todo este bloque dominante suplicó, jadeante y como un loco, que alguien viniese a poner fin tanto descalabro. Y allí estaba Bolsonaro.
Y es que como lo observara Antonio Gramsci en un célebre pasaje de sus Cuadernos, en situaciones de “crisis orgánica” cuando se produce una ruptura en la articulación existente entre las clases dominantes y sus representantes políticos e intelectuales (los ya mencionados más arriba, ninguno de los cuales obtuvo siquiera el 5 por ciento de los votos) la burguesía y sus clases aliadas rápidamente se desembarazan de sus voceros y operadores tradicionales y corren en busca de una figura providencial que les permita sortear los desafíos del momento. “El tránsito de las tropas de muchos partidos bajo la bandera de un partido único que mejor representa y retoma los intereses y las necesidades de la clase en su conjunto” –observa el italiano- “es un fenómeno orgánico y normal, aún cuando su ritmo sea rapidísimo y casi fulminante por comparación a los tiempos tranquilos del pasado: esto representa la fusión de todo un grupo social (las clases dominantes, NdA) bajo una única dirección concebida como la sola capaz de resolver un problema dominante existencial y alejar un peligro mortal.”2
Esto fue precisamente lo ocurrido en Brasil una vez que sus clases dominantes comprobaran la obsolescencia de sus fuerzas políticas y liderazgos tradicionales, la bancarrota de los Cardoso, Temer, Neves, Serra, Sarney, Alckmin y compañía, lo que las llevó a la desesperada búsqueda del  providencial mesías exigido para restaurar el orden desquiciado por la demagogia petista y la insumisión de las masas y que, a su vez, les permitiera ganar tiempo para reorganizarse políticamente y crear una fuerza y un liderazgo políticos más a tono con sus necesidades sin el riesgo de imprevisibilidad inherente al liderazgo de Bolsonaro. Pero por el momento, lo importante para las clases dominantes brasileñas: subrayamos, lo único importante, es acabar definitivamente con el legado de los gobiernos del PT y sus aliados.  Conocido el derrumbe de sus candidatos en las encuestas pre-electorales, incluyendo al delfín de Fernando H. Cardoso, el gobernador del estado de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, aquéllas necesitaban tiempo para pergeñar una nueva fórmula política. Una eventual victoria de Bolsonaro se lo proporcionaría, y hacia él volcaron todo su apoyo en las últimas semanas de la campaña.
II
Segundo, Bolsonaro fue favorecido por el cambio en la cultura política de las clases y capas populares que las tornó receptivas a un discurso que apenas unos años antes hubiera sido motivo de burlas, desoído o repudiado en las barriadas populares del Brasil, para ni hablar en los ambientes de las capas medias más educadas.  La crisis económica y social y la ruptura de los lazos de integración comunitaria en las favelas, potenciadas por la falta de educación política de las masas -una tarea que según Frei Betto el PT jamás se propuso como acompañamiento a sus políticas de promoción social- junto a la gravísima crisis institucional y política del país prepararon el terreno para un cambio de mentalidad en donde el llamamiento al orden y la apelación a la “mano dura” afloraron como propuestas sensatas y razonables para enfrentar una situación muy crítica en los suburbios populares y que los medios del establishment agigantaban pintándola con rasgos estremecedores.
¿Es éste un rasgo exclusivo del Brasil? No. Todos los gobiernos latinoamericanos del ciclo político iniciado a fines del siglo pasado con el ascenso de Hugo Chávez cayeron en el error de creer que sacar de la pobreza a millones de familias las convertiría inexorablemente en portadoras de una nueva cultura solidaria, comunitaria, inmunizada ante el espejismo del consumismo, y por lo tanto propensa a respaldar los proyectos reformistas. Sin embargo, como en la Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, en Brasil también una buena parte de los beneficiarios de las políticas de inclusión de los gobiernos del PT fue captada por el discurso del orden de la burguesía y las capas medias -atemorizadas y llenas de resentimiento por la activación del campo popular que hizo abandono de su tradicional quietismo- y pregonado de modo abrumador por la prensa hegemónica con el auxilio de las iglesias evangélicas. Estas hicieron lo que el PT y la izquierda no supo o no quiso hacer: organizar y concientizar, en clave reaccionaria, a las comunidades más vulnerables rescatadas de la pobreza extrema por los gobiernos de Lula y Dilma. Y lo hicieron reforzando los valores tradicionales en relación al papel de la mujer, la identidad de género y el aborto y promoviendo una cosmovisión reaccionaria, autoculpabilizadora de los pobres y esperanzada en el papel salvífico de la religión e, incidentalmente, de un oscuro político oportunamente bautizado y renacido como un buen cristiano en Mayo del 2016 en las mismísimas aguas del río Jordán, ¡donde San Juan Bautista hiciera lo propio con Jesucristo! La piadosa imagen de Bolsonaro sumergido en las aguas del río fue masivamente difundida a través de los medios y lo rodeó con el aura que necesitaba para aparecer como el Mesías que llegaba para poner fin al desquicio moral, social y político producido por Lula y sus seguidores. Esta prédica se difundía no sólo a través de los medios de comunicación hegemónicos -sino sobre todo por la Record TV, propiedad de Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios y segunda en audiencia detrás de la Cadena O Globo- sino que también se reproducía en sus más de seis mil templos establecidos en todo Brasil, una cifra abrumadoramente superior al número de locales que cualquier partido político jamás tuvo en ese país.3 Resumiendo: se verificó, como antes en Argentina y en cierta medida también en Brasil, la inesperada “revuelta de los incluidos” en contra de los gobiernos progresistas que promovieron esas políticas de integración social en la región.4

III
Una tercera línea de interpretación dice relación con el eficaz -y por supuesto, nefasto- papel  de los medios hegemónicos en el linchamiento mediático de Lula y todo lo que éste representa. En este sentido el papel de la Cadena O Globo y, en menor medida, el de Record TV, ha sido de capital importancia, pero no le van en zaga la prensa gráfica y por supuesto una muy aceitada utilización masiva de las redes sociales activadas por un enorme ejército de militantes y trolls. Las riquísimas iglesias evangélicas disponen de dinero más que suficiente para sostener esta letal infantería comunicacional. Toda esta artillería mediática ha venido desde hace años descargando un torrente de informaciones difamatorias y “fake news” (para cuya elaboración y diseminación ya existen numerosos programas disponibles en la web) que a lo largo del tiempo fueron erosionando la valoración de las políticas de inclusión social del PT y la credibilidad y honorabilidad de sus principales dirigentes, comenzando por Lula. La farsa jurídica mediante el cual se lo condenó, sin pruebas, a pasar largos años de cárcel no mereció crítica alguna de la prensa hegemónica, que previamente había maliciosa y minuciosamente atacado la imagen pública del ex presidente y sus colaboradores. El Lava Jato sirvió para arrojar un pesado manto de desprestigio sobre toda la clase política, no sólo los líderes del PT, y ciertos sectores del gran empresariado. Prueba de ello fue la decepcionante performance de los candidatos de la derecha en la primera vuelta, cosa que anotáramos más arriba.
Pero toda esta movida, la segunda etapa del golpe institucional cuya primera fase fue la destitución de Dilma Rousseff, debía culminar con la detención e ilegal condena de Lula y su proscripción como candidato, única forma de frustrar su seguro retorno al Palacio del Planalto. El efecto combinado de una justicia corrupta y unos medios cuya misión hace rato dejó de ser otra cosa que manipular y “formatear” la conciencia del gran público aseguró ese resultado y, sobre todo, el quietismo dentro de las propias filas de simpatizantes y militantes petistas que sólo en escaso número se movilizaron y tomaron las calles para impedir la consumación de esta maniobra. La complicidad de la justicia electoral en un proceso que tiene grandes chances de desembocar en el derrumbe de la democracia brasileña y la instauración de un nuevo tipo de dictadura militar es tan inmensa como inocultable. Jueces y fiscales, con la ayuda de los medios, arrasaron con los derechos políticos del ex presidente, lo encerraron física y mediáticamente en su cárcel de Curitiba al prohibirle grabar audios o videos apoyando a la fórmula Haddad-D'Avila e inclusive vetaron la realización de una entrevista acordada con la Folha de Sao Paulo. En términos prácticos la justicia fue un operador más de Bolsonaro, y los pedidos o reclamos de su comité de campaña apenas tardaban horas para convertirse en aberrantes decisiones judiciales. Por eso la justicia, los medios y los legisladores corruptos que avalaron todo este fraudulento proceso son los verdugos que están a punto de destruir a la frágil democracia brasileña, que en treinta y tres años no pudo emanciparse del permanente chantaje de la derecha y su instrumento militar.
Va de suyo que este perverso tridente reaccionario y bastión antidemocrático es convenientemente entrenado y promovido por Estados Unidos a través de numerosos programas de “buenas prácticas” donde se les enseña a jueces, fiscales, legisladores y periodistas de la región a desempeñar sus funciones de manera “apropiada". En el caso de la justicia uno de sus más aventajados alumnos es el Juez Sergio Moro, que perpetró un colosal retroceso del derecho moderno al condenar a Lula a la cárcel no por las pruebas -que no tenía, como él mismo lo reconoció- sino por su convicción de que el ex presidente era culpable y había recibido un departamento como parte de un soborno. ¡Condena sin pruebas y por la sola convicción del juez! La legión de periodistas que mienten y difaman a diario a lo largo y a lo ancho del continente también son entrenados en Estados Unidos para hacerlo "profesionalmente", en lo que sería la versión civil de la tristemente célebre Escuela de las Américas. Si antes, durante décadas se entrenó a los militares latinoamericanos a torturar, matar y desaparecer ciudadanas y ciudadanos sospechados de ser un peligro para el mantenimiento del orden social vigente hoy se entrena a jueces, fiscales y “paraperiodistas” (tan letales para las democracias como los “paramilitares”) a mentir, ocultar, difamar y destruir a quienes no se plieguen a los mandatos del imperio. Lo mismo ocurre con los legisladores y, en cierta menor medida, con los académicos.

IV
Las interpretaciones ofrecidas hasta aquí tienen por objetivo ofrecer algunos antecedentes que ayuden a la elaboración de hipótesis más específicas y precisas que den cuenta del sorprendente ascenso de Bolsonaro en las preferencias electorales de los brasileños. El hilo conductor del argumento revela la trama de una gigantesca conspiración pergeñada por la burguesía local, el imperialismo y sus personeros en los medios y en la política que va desde la ilegal destitución de Dilma pasando por la no menos ilegal condena y encarcelamiento de Lula hasta la emisión, días atrás, de los falsos certificados médicos que le permiten al mediocre Bolsonaro rehuir el debate con su contrincante que, sin duda alguna, le haría perder muchos votos. Toda la institucionalidad del estado burgués así como las clases dominantes y sus representantes políticos y su emporio mediático se prestan para concretar esta gigantesca estafa al pueblo brasileño. Y en este sentido no podríamos dejar de proponer como hipótesis adicional que tal vez el avasallante éxito electoral de un farsante como Bolsonaro pueda responder, al menos en parte, a un sofisticado fraude electrónico que pudo haberle agregado un 4 o 5 por ciento más de votos a los que legítimamente había obtenido. No estamos diciendo aquí que ganó gracias a un fraude electrónico -como ocurriera en la elección presidencial que en 1988 consagró el triunfo de Carlos Salinas de Gortari sobre Cuauhtémoc Cárdenas en México y tantas otras, dentro y fuera de América Latina- sino que sería imprudente y temerario descartar esa posibilidad. Sobre todo cuando se sabe que a diferencia del venezolano el sistema electoral brasileño no emite un comprobante en soporte papel del voto emitido en la urna electrónica, lo cual facilita enormemente la posibilidad de manipular los resultados. Es sorprendente que esto no haya sido considerado por los sectores democráticos en Brasil habida cuenta de la existencia de varios antecedentes en América Latina y en otras partes del mundo en donde la voluntad popular fue desvirtuada por el voto electrónico. Por algo países como Alemania, Holanda, Noruega, Irlanda, Reino Unido, Francia, Finlandia y Suecia han prohibido expresamente el voto electrónico. ¿Por qué no pensar que la pasmosa performance electoral de Bolsonaro podría haber sido potenciada –si bien sólo en parte, insistimos- por el hackeo de la informática electoral?


NOTAS
1 En Obras Escogidas de Marx y Engels (Moscú: Editorial Progreso, 1966), Tomo I, pp. 307-308.
2 Note Sul Machiavelli, sulla política e sullo stato moderno (Giulio Einaudi Editore, 1966), pp.50-51.
3 El nada casual crecimiento de las iglesias evangélicas y su conexión con los designios de Washington quedan patentemente reflejados en el artículo de Miles Christi, “El Informe Rockefeller”. Sectas y apoyo del gobierno de Estados Unidos contra la Iglesia Católica”,  disponible en 

miércoles, 14 de febrero de 2018

Mentiras sobre el gasto militar norteamericano

Atilio A. Boron
Días atrás el presidente Donald Trump dio a conocer su proyecto de presupuesto para 2019 que contempla un enorme déficit fiscal (que tratará de trasladarlo a los demás países, sobre todo a los de la periferia) y un presupuesto militar, eufemísticamente llamado de “defensa”,  de (716.000 millones de dólares) según informa la cadena CNBC. (Ver: https://www.cnbc.com/2018/02/12/trumps-2019-defense-budget-request-seeks-more-troops-firepower.html). Este monto incluye 24.000 millones de dólares destinados a la modernización del programa nuclear que, en algunos comunicados aparecía desligado del gasto militar, como si se tratara de inversiones para la producción de centrales atómicas.
Estos datos son algunas de las “pos verdades” a los cuales nos tiene acostumbrados el imperialismo norteamericano. “Pos verdad” o fake news –como gusta decir a Donald Trump- porque se oculta la verdadera dimensión del gasto militar de Estados Unidos haciéndoselo  aparecer como menor de lo que realmente es en un intento por escamotear ante la vista de la opinión pública el desenfreno militarista de un imperio que debilitado en su hegemonía política, intelectual y moral, como diría Antonio Gramsci, se repliega en sobre sus capacidades destructivas para contener por la fuerza su inexorable declinación en un sistema internacional que ya ha asumido un formato definitivamente multipolar.    
Hace muchos años que el gasto militar se convirtió en el principal motor de la economía norteamericana y fuente de fabulosas superganancias para el complejo militar-industrial-financiero que gira en torno a la producción de armamentos. En una suerte de perversa “puerta giratoria” las ganancias de este complejo se transfieren, en una pequeña porción, a la clase política.  Sus empresas y lobbies son los indispensables financistas de las onerosas carreras políticas de representantes, senadores, gobernadores y presidentes, prostituyendo definitivamente el funcionamiento de la democracia en Estados Unidos y abriendo las puertas para la constitución de la corrupta plutocracia que hoy gobierna a ese país. Presidentes y legisladores, envueltos en un falso celo patriótico, retribuyen los favores recibidos concediendo jugosas contraprestaciones materiales a las empresas del sector, todo lo cual se traduce en una desorbitada, absurda e innecesaria escalada del gasto militar. Esta corruptela explica que más de la mitad de los miembros del Congreso de Estados Unidos sean millonarios, cuando la proporción de estos en la sociedad norteamericana es de apenas 1.4 %.   (http://cnnespanol.cnn.com/2014/01/10/la-mayoria-de-los-miembros-del-congreso-de-ee-uu-son-millonarios/ )
No es de extrañar, en consecuencia, que desde la Guerra de Corea en adelante Estados Unidos no haya conocido un solo año sin tener tropas combatiendo en el exterior. Tampoco lo es que, pese a los optimistas anuncios oficiales, el gasto militar haya aumentado aún luego de la desaparición de quien durante los largos años de la Guerra Fría fuera su enemigo fundamental: la Unión Soviética. En este sentido, la operación propagandística del imperio pregonando los supuestos “dividendos de la paz” como fuente de una renovada ayuda al desarrollo quedó rápidamente al desnudo. Ni se mejoró la asignación de recursos para reducir la pobreza dentro de Estados Unidos ni se los canalizó para facilitar el progreso económico y social de los países de la periferia. Todo lo contrario, la escalada sin techo del gasto militar prosiguió su curso inalterada. 
Sorprende entonces la aceptación sin beneficio de inventario de la cifra del presupuesto militar que la Administración Trump anunciara recientemente. Según los cálculos más rigurosos el gasto militar total de Estados Unidos ya traspasó el umbral considerado -hasta no hace mucho como absolutamente insuperable, como una frontera escalofriante- de un billón de dólares, es decir, un millón de millones de dólares, lo que equivale aproximadamente a la mitad del gasto militar mundial. Tradicionalmente la Casa Blanca ocultaba la verdadera dimensión de su exorbitante presupuesto militar y los medios de comunicación del imperio reproducían esa mentira.  En el caso actual aquel va mucho más allá de los 716.000 millones de dólares recientemente declarado por la Casa Blanca.  Esa cifra no incluye otros emolumentos derivados de la presencia bélica de EEUU en el mundo y que también deben ser considerados como parte del presupuesto militar del imperio.  Por ejemplo, la Administración Nacional de Veteranos (VET) que tiene a su cargo ofrecer atención médica a los heridos en combate hasta el fin de sus vidas y de asistir a quienes regresan del frente desquiciados psicológicamente tiene un presupuesto para el próximo año de 198.000  millones de dólares.  (https://www.militarytimes.com/veterans/2018/02/12/va-spending-up-again-in-trumps-fiscal-2019-budget-plan/) A esta descomunal cifra hay que agregarle otros dos ítems, con datos muy poco transparentes y disimulados en el presupuesto federal: los destinados a la contratación de “asesores” para misiones especiales (vulgo: mercenarios) y los “gastos de reconstrucción” para ocupar o transitar por áreas previamente destruidas por la aviación o los drones de EEUU. Si se suman todos estos componentes se llega a una cifra que supera el billón de dólares. Para comprobar la irracionalidad criminal de este presupuesto nótese que tan sólo el gasto de la VET equivale a poco menos que el gasto militar total de China, que asciende a 215.175 millones de dólares y que el segundo presupuesto militar del planeta.  O con el presupuesto de la Federación Rusa, que es casi tres veces inferior al de la VET: 70.345 millones de dólares; o con el del ultra-enemigo de EEUU, Irán 12.383millones de dólares.  ¿Cómo justificar tan fenomenal desproporción? Inventando enemigos, como el ISIS, o dando pie a delirantes conspiraciones acerca del peligro que Rusia, China, Irán o Corea del Norte representan para la seguridad nacional norteamericana. Pero la verdad es que el gasto militar ayuda a mover una economía de lento crecimiento y, sobre todo,alimenta al complejo armamentístico que financia a los políticos que convierte en millonarios.  Pese a eso la dirigencia estadounidense insiste en la vulnerabilidad de la seguridad nacional norteamericana y no cesa de mantener a su población sumida en el miedo, un efectivo dispositivo de dominación. Por último, con tal brutal desequilibrio de fuerzas en el plano militar Washington reafirma su vocación de seguir siendo el gigantesco gendarme mundial presto a actuar en cualquier lugar del planeta para poner al capitalismo a salvo de toda amenaza. En cualquier lugar pero sobre todo en Nuestra América, reserva estratégica de un imperio amenazado. La contraofensiva lanzada en los últimos años y la creciente belicosidad en contra de Cuba y Venezuela son pruebas harto elocuentes de esa enfermiza vocación por impedir que la tierra siga girando y congelar la historia en el punto en que se encontraba al anochecer del 31 de Diciembre de 1958, en vísperas del triunfo de la Revolución Cubana. Todos estos esfuerzos serán en vano, pero mientras tanto están haciendo un daño enorme y hay que detenerlos antes de que sea demasiado tarde porque la humanidad está en peligro.

viernes, 9 de febrero de 2018

Leonardo Padura y James Ellroy: novela negra en Cuba y EEUU, crítica social y doble rasero

 Leonardo Padura
James Ellroy
José Manzaneda, coordinador de Cubainformación.
La 13ª edición del festival de novela policiaca “Barcelona Negra” convocaba hace unos días a 106 escritores y escritoras (1), siendo su “estrella” invitada el estadounidense James Ellroy, Premio “Pepe Carvalho” 2018 (2).
El escritor más entrevistado estos días, sin embargo, no era Ellroy, sino el cubano Leonaldo Padura, cuya proyección mediática es verdaderamente llamativa (3) (4). Pero al margen de lo cuantitativo, lo verdaderamente chocante es el tratamiento periodístico tan opuesto, según se hable del cubano Leonardo Padura o del estadounidense James Ellroy. Veamos.
La historia personal de este último es dura: toxicómano en su juventud, su madre fue violada y asesinada (5), y en sus libros encontramos violencia sin límite, corrupción, brutalidad policial, crimen organizado y narcotráfico (6). Sin embargo, no leeremos en reseñas y entrevistas una sola referencia a la situación social y política de EEUU. Una muestra del sentido de obediencia del periodismo actual, ya que fue el autor quien impuso la condición de “no hacer preguntas ni de política ni de actualidad” para la concesión de entrevistas (7).
En contraste, poco importó a los periodistas que el cubano Leonaldo Padura lleve años quejándose de que le “pregunten todo el rato por la situación política cubana" (8). Cada entrevista es un bombardeo de preguntas sobre el relevo presidencial en Cuba (9), la emigración (10), la pérdida de valores (11), la homofobia (12), la desigualdad social en la Isla (13)... El colmo era, hace unos días, un trabajo en “El Confidencial”, cuya última pregunta empezaba así: y ahora “terminamos con literatura”… (14)
Mientras el estadounidense James Ellroy era presentado como “el perro diabólico de las letras estadounidenses” (15), el diario español “ABC” definía a Padura como un “contestatario”, un “disidente” (16) que representa la “visión crítica y plomiza de Cuba” (17). Un país –continuaba- que “huele a corrupción y miseria” (18). La novela de Padura es “un agudo análisis de la sociedad cubana”, según “El Cultural”, suplemento del diario “El Mundo” (19). En contraste, este mismo medio, al abordar la obra de James Ellroy, nos acercaba a sus influencias literarias, a su rechazo a escribir en ordenador o a su gusto por las camisas hawaianas (20). Sobre las injusticias y crueldades de la sociedad estadounidense, retratadas en su obra, ni una letra.
Las opiniones de Leonardo Padura generaba titulares –la mayoría- acerca de su país (21) (22) (23). Los referentes a James Ellroy, en contraste, eran sobre su vida o su obra (24) (25).
Identificar los problemas de los personajes de Padura con los de la sociedad cubana en su conjunto es ya la tónica general en los medios (26): “muchos lectores conocen Cuba gracias a los libros de Padura”, leíamos recientemente en “El País” (27). Su obra es “el específico retrato de la realidad cubana”, una “crónica social del desencanto de una generación en la isla”, nos decía “Televisión Española” (28). Porque el detective Mario Conde, su personaje, “descubre –leíamos en el diario “La Vanguardia”- los sueños rotos de la revolución” (29).
Por el contrario, las novelas de James Ellroy –y del resto de autores invitados al Festival “Barcelona Negra” (30)- no reflejan ninguna problemática social, ningún sueño roto. El personaje de las novelas de Julián Ibáñez, autor español que compartió con Padura una de las mesas redondas, es Bellón, un buscavidas, chivato, matón y traficante de Getafe, ciudad al sur de Madrid (31). Ningún diario español ha insinuado que sus historias, ambientadas en la sórdida realidad de “puticlubs de carretera” donde –como leemos- “pululan personajes sombríos (y) desesperanzados” (32), sean una reflexión crítica sobre la sociedad española. Sobre Padura –eso sí- nos contaban cómo “combina las tramas negras con el retrato crítico de (su) país” (33).
Pero si hay un tema obsesivo en casi todas las entrevistas al novelista cubano ese es el de la “censura” en Cuba (34): “¿ha escrito Vd. siempre lo que ha querido?” (35), “¿es independiente para decir lo que quiere?” (36), son preguntas a las que Padura ha respondido una y mil veces. “Todos (mis libros) se han publicado (…) en Cuba sin que se les cambie una palabra” (37), ha aclarado, subrayando que el Ministerio de Cultura de Cuba le concedió en 2012 el Premio Nacional de Literatura (38). Nada a lo que ciertos medios no le puedan buscar una lectura oculta. “La Nación” de Argentina afirmaba que el “caso” de Padura “es paradójico: parece estar diseñado para desmentir a la disidencia, (…) como ejemplo de (…) lo que puede (…) publicar un novelista que sigue viviendo en la isla y (…) cuestiona hasta la raíz todo su sistema político” (39).
Y una última reflexión. Si el autor de novela negra más conocido de Cuba centra sus preocupaciones personales y literarias –sean cual sean sus opiniones- en los valores humanos o en los problemas sociales de su país (40); mientras uno de los novelistas “estrella” de EEUU, rehúye cualquier reflexión social (41), hace un canto cínico al individualismo (42) (43) (44) y defiende con vehemencia la posesión de armas o la pena de muerte (45), ¿por qué no leemos en la crítica literaria alguna reflexión sobre la salud de sus respectivas sociedades?