jueves, 10 de agosto de 2017

DEBATE: AURELIO ALONSO / ENRIQUE UBIETA GÓMEZ



¿Es que el centro es el centro?

Aurelio Alonso
Segunda Cita  / 5 de agosto de 2017
Con el título “Un debate ideológico necesario”, la primera página del Granma del 21 de julio remitía al artículo de su sección de opinión. Pensé que ese enunciado podía abrir el espacio a otros puntos de vista y envié a la Dirección del diario unas líneas, el día 29, las cuales no fueron publicadas ni puedo reconocer respondidas. Pues no se me ocurre identificar una respuesta en el anónimo titulado “El debate, el Arca de Noé y los reclamos al Granma”, irrespetuoso además para mi persona y para otros compañeros, aparecido en el blog Post Cuba, junto a otros textos igualmente acusatorios. Como no había hecho públicas mis líneas al diario, solicito ahora a Silvio que me permita una vez más hacer uso de su espacio Segunda cita para darlas a conocer. La unidad se fortalece tomando en cuenta las discrepancias dentro de la Revolución, y termino preguntándome si no habrá quien se regodee de habernos puesto a pelear en torno a un dilema teórico cuando enfrentamos el más complejo desafío práctico como Nación.
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Fue con un día de retraso que logré leer la entrevista de Enrique Ubieta en el Granma del viernes 7 de julio, y me pasó otro tanto con el artículo de Elier Ramirez del día 21. Confieso que por momentos he sentido deseos de decir que no quiero oír más de centrismo,  pero sería meter la cabeza en la arena, como dicen que hace el avestruz. La existencia del centro en política, derivada de la oposición de fuerzas de izquierda y de derecha – conceptos cuya connotación es siempre relativa, sujeta a realidades históricas concretas –, es un hecho desde la transición de las monarquías absolutas al republicanismo burgués o la realeza  formal en el siglo XIX europeo. Lo que quisiera añadir ahora es que lo que llamamos el centro es el más borroso de los territorios, pues puede ser caracterizado desde la moderación sistemática, la falta de radicalidad, la prudencia desmedida, la indefinición, la voluntad de permanecer apolíticos, la vacilación o la incertidumbre. Por lo tanto no siempre califica como tendencia. Una característica a tomar en cuenta del centrismo, cuando se le necesita para concertar alianzas, es que suele comenzar distanciándose de la izquierda para terminar barrido por la derecha. Lo delatan actuaciones pendulares. Omar Pérez Salomón, en La pupila insomne, usó una cita de Martí en 1882 para caracterizar retrospectivamente lo que sería, en su criterio, un centrismo autonomista: “soberbios para abominar la dominación española, pero bastante tímidos para no exponer su bienestar personal en combatirla”. Pero Martí nunca les llamó centristas.
Una digresión, sin entrar en las respuestas de Ubieta, para señalar una discrepancia con su entrevistador de Cubadebate, en una apreciación que, por ser común, no dejo de considerar errada, y  que afecta la mirada global. El mundo no dejó de ser bipolar, solo que se nos despejó la errática noción del bipolarismo Este/Oeste, como primario, para dejar inequívoco el dominio del bipolarismo Norte/Sur, que siempre estuvo ahí. Pienso que, en el fondo, nunca hubo dos mercados en competencia en el mundo, sino que el mercado moderno fue siempre uno, capitalista, a escala global, y que el CAME no pasó de ser una asociación para insertarse en él con condiciones más ventajosas. Su éxito fue relativo, aunque los presupuestos de la coexistencia entre dos sistemas resultaron inconsistentes. Pero este sería otro debate.
Posiblemente uno de nuestros pecados – que no son de la dimensión de los atribuibles al socialismo soviético aunque tampoco los creo ajenos – ha sido no haberlo entendido antes, aunque no nos faltaran atisbos. Tuvo que derrumbarse el sistema socialista a escala mundial para que la necesidad nos llevara a descubrir que era posible (y necesaria) la asociación con el capital extranjero, la explotación del turismo como fuente de ingresos, la expansión de sistemas de propiedad cooperativa, una comprensión positiva de la autogestión, y la privatización en escala controlada; todo eso sin salirnos de las coordenadas del proyecto socialista. 
Confieso que interrumpí este artículo al ver que Pedro Monreal se había detenido en una oportuna defensa del significado de las estadísticas, y del dato probatorio (y otros puntos en textos igualmente certeros), y Humberto Pérez desmontó, con una síntesis impecable de referencias marxistas estratégicas, la quimera de que el capitalismo no tiene aporte que dar en una transición socialista. Nada que ver en ellos con la superficialidad de imaginar “terceras vías” o “juntar lo mejor del capitalismo y el socialismo” que se atribuye a los centristas camuflados. Estamos hablando de perfeccionamiento socialista, y de los Lineamientos que lo definen a través de las discusiones de muchos de nuestros propios criterios. Posteriormente apareció también un artículo –convincente por su rigor– de Julio César Guanche sobre el centrismo. Todo ello en el sitio web Segunda cita, donde debemos agradecer la solidaridad de Silvio Rodríguez al acoger las respuestas polémicas desde temprano, sin dejar de tomar posición con sus criterios personales.
Al igual que el día 7, el viernes 21 me sorprendió de nuevo Granma, dedicando completa la página de opinión a una contra-riposta de Elier, sin que se hubieran hecho llegar igualmente al lector las opiniones discrepantes que acabo de aludir, todas ellas incuestionables por su seriedad como por su perspectiva revolucionaria. Sin precisar a quienes responde, Elier habla de una “maquinaria de fango” (sic), de “improperios y manipulación” que yo no he hallado en los autores citados, y si se trata de otros autores habría que nombrarlos y no dejar acusaciones en el aire. De ningún modo dejarlos confundidos con la polémica de argumentos. También alude sin más datos a quienes “antes fueron defensores a ultranza del dogma y ahora se presentan como abogados de la mayor pluralidad de ideas…”. Bueno, solo puedo decir que la evolución a posiciones críticas de una inteligencia que se inició dogmática, al igual que la de un reformista que se radicaliza – sea uno u otro el caso– me motiva casi siempre reconocimientos, nunca reproches.
No excluyo que Elier se haya sentido ofendido; no lo he leído todo y no puedo saber si alguien incurrió en “improperios”, como dice. Pero en todo caso dudo que sean más graves que las acusaciones arbitrarias de desviarse, de manera intencional o por ingenuidad, del curso socialista, que Ubieta y él han lanzado con impunidad, hacia quienes no compartimos los criterios que les animan en este debate. A quien pueda seguir las dos posiciones en discusión – para lo cual, hasta ahora, tiene que entrar en Internet, porque Granma solo ha propiciado una mirada – se hace más fácil discernir quienes “eluden [verdaderamente] lo esencial del debate”, y cómo lo eluden.
Decir que “la fórmula centrista funciona al interior del sistema capitalista como un recurso electorero” – como afirmó Ubieta en la entrevista de marras – es válido, pero insuficiente, pues el centrismo no se define así. No obstante, de lo que se trataría aquí es de explicar cómo funciona al interior del socialismo; del nuestro específicamente. Situados ya en este plano, afirma que el centrismo “se apropia de elementos del discurso revolucionario, adopta una postura reformista y en última instancia frena, retarda u obstruye el desarrollo de una verdadera Revolución”. Dicho en abstracto puedo compartir esa afirmación. Pero cuando en 2005 Fidel lanzó la dramática advertencia de que la Revolución no podía ser derrotada por el enemigo pero que existía el peligro de que la hiciéramos fracasar nosotros mismos, se refirió de manera explícita a la corrupción, no al centrismo. Aunque no excluyo que podamos ver también en la complacencia hacia el acomodo, la  indolencia, el inmovilismo, la incompetencia tolerada, el oportunismo, la búsqueda de beneficios en los cargos públicos y todas las anomias que distorsionan los dispositivos de la administración socialista, una manifestación del centrismo. Una más íntima, que no se genera en estrategas de Washington. Ahí están los circuitos más generalizados de corrupción que afectan al sistema cubano, donde el crimen organizado, el narcotráfico, el lavado de dinero, el robo de bancos, el terrorismo, la prostitución infantil, el tráfico de personas no existen o no alcanzan (todavía) una magnitud que pueda desordenar la sociedad (o reordenarla en consonancia con la aquiescencia imperial).
Pero no es ese el centrismo que parece preocupar a Ubieta y a Elier, sino la proximidad, real o aparente, de una corriente crítica, proyectada al cambio, con objetivos reformistas de corte socialdemócrata. Y tampoco es para subestimarlo.
Les preocupa que, con la generación histórica de la revolución envejecida, el 80% de los cubanos vivos – ellos mismos incluidos – no han vivido el capitalismo. En ese 80% se proponen distinguir los dispuestos a impedir que los planos del pasado nacional retornen a nuestra Isla, de los que querrían la restauración de la burguesía. ¿Pero cómo definir “el centro” simplemente a partir de la acusación a personas o a iniciativas institucionales dentro de la sociedad  civil? ¿Y piensan  que el peligro advertido por Fidel en 2005 se desvaneció solo?
Por cierto, aprovecho para recordarle a Ubieta que en el asesinato de Olof Palme, socialdemócrata amigo, en febrero de 1982, no puede verse, como él afirma, un hecho sucedáneo a la desarticulación de la Unión Soviética, que ocurrió casi una década después.
El problema es que la polémica que se ha abierto ahora no me parece dirigida  realmente contra el centrismo sino contra el ejercicio de la crítica y la disposición de polemizar desprejuiciadamente, en el momento en que nuestra revolución más lo necesita y cuenta con más madurez para hacerlo.
Me he decidido a retomar estas líneas después de leer el día 21 “Tarjeta roja para el ‘centro’: respuesta a Elier Ramírez” de Monreal, por la carta enviada a Granma por Fidel Vascós, que el diario publicó solo en su página digital, y el comentario de Humberto Pérez sobre la asimetría en la difusión de este debate entre revolucionarios. Ninguna de estas notas ha llegado al gran público.
Hago llegar estas líneas a la dirección de Granma con la solicitud expresa de que aparezcan en la edición impresa, ya que ninguno de los textos omitidos – más importantes que lo que aquí expreso – han sido publicados en el diario. Lo hago porque creo, personalmente, que lo que se dirime en este debate –aun si quedara limitado solamente a dejar el problema expuesto con claridad –es de un talante que rebasa el marco de los planteos teóricos, y toca al dilema práctico de hacer sostenible (o sustentable, como prefiera decir cada cual) nuestro proyecto socialista.
Reconozco que tiene razón Elier, cuando afirma, al final de su último artículo, que  “el tiempo se ocupará en definitiva de sacar a flote la verdad y colocar a cada quien en su verdadero lugar”.

28 de julio de 2017.

La pregunta esencial

Enrique Ubieta Gómez
A pesar de que Aurelio Alonso se insertó desde el comienzo en el debate en curso con un texto ajeno a su temática, que solo parecía buscar el descrédito del joven historiador Elier Ramírez Cañedo, yo me abstuve de mencionarlo, sobre todo por respeto a Martínez Heredia –un hombre de extraordinaria coherencia–, su amigo, a quien admiré siempre, y porque el propio Elier se encargó de responderle de manera brillante. Ha vuelto sin embargo al ruedo, ahora sí en tema. No sé si solo ha leído los textos aparecidos en Granma –el de Elier y el mío–, pero debo enfatizar el hecho de que en estos días se han publicado contundentes reflexiones en el blog La pupila insomne, en Cubadebate y en las redes, más valiosos y profundos en mi opinión que los que cita con entusiasmo y casi nos privan de su respuesta, según dice.
Es una tarea fatigosa volver a repetir ideas que ya han sido formuladas por otros colegas. Me permito recomendar al lector algunos pocos de esos textos:
de Raúl Antonio Capote, “Tercera opción en Cuba, el drama de los equilibristas”, (Cubadebate, del 26 de junio); de Jorge Ángel Hernández, “¿Qué nos dice el centrismo a estas alturas en Cuba?”, (La Jiribilla); de Iroel Sánchez, “El debate abierto y la mano cerrada”, (10 de julio, blog La pupila insomne); y de Carlos Luque Zayas Bazán, “Breves notas sobre la moderación política”, (8 de agosto, blog La pupila insomne) entre otros. Escritores no directamente vinculados a la polémica como Luis Toledo Sande, incluso algunos que residen en el exterior, como René Vázquez Díaz y Emilio Ichikawa, han aportado valiosos comentarios.
Una de las dificultades de un debate como este suele ser la dispersión de los textos y la posibilidad de que los contendientes no lean las respuestas más abarcadoras. Es el caso de Aurelio, al parecer. Como reduce su réplica a mis palabras en la entrevista citada –al fin y al cabo, una entrevista oral, retocada por supuesto, pero prisionera de la improvisación–, e ignora mi artículo “Las falacias en su centro” (Cubadebate, 18 de julio) y luego mis extensas respuestas a López Levy (blog La isla desconocida, Primera Parte, 24 de julio y Segunda Parte, 29 de julio), desconoce los argumentos expuestos en esos textos, que quizás, hubiesen evitado entuertos retóricos innecesarios.
En mi respuesta a López Levy menciono el hecho de que el Che ya avizoraba que la contradicción primaria –prefiero usar ese término– de la época, es la de países explotadores versus países explotados. Tras ella, sin embargo, subyace otra, que sí puede ser catalogada de fundamental: la que marca los límites históricos del capitalismo. No hablo de una contradicción entre países capitalistas y países “socialistas”, sino entre el capitalismo y el socialismo necesario. Porque no hay, no habrá supresión de la explotación para la mayoría de los países y de los seres humanos, vivan donde vivan, por unos pocos, si no se derriba el capitalismo.
Me sorprende sin embargo que un investigador como Aurelio afirme que Cuba no pudo entender esa realidad antes de la caída del socialismo este-europeo; si hubo un país que rompió desde sus propios orígenes revolucionarios la burbuja de un “campo socialista en coexistencia pacífica con el imperialismo” y se hizo cargo de aquella contradicción primaria, fue Cuba. Una cosa son los manuales, estimado Aurelio, –incluso los publicados o distribuidos en Cuba–, y otra la práctica revolucionaria, cuando existen líderes de la estatura de Fidel y del Che. No fue por el equilibrio Este – Oeste  que decenas de miles de cubanos entregaron sus vidas (muchas veces a contrapelo de los criterios de Moscú) en República Dominicana, Argelia, Congo, Congo Brazzaville, Guinea Bissau, Angola, Etiopía, Venezuela, Bolivia, Centroamérica, etc., ni el incondicional apoyo dado a Vietnam –el nuestro fue el único país que tuvo embajada en el territorio liberado del Sur–, o a los gobiernos de Allende en Chile, o de los sandinistas nicas en su primera etapa, para solo citar tres casos paradigmáticos. Tampoco el hecho de que decenas de miles de colaboradores de la salud y de otros sectores –maestros, constructores, entrenadores deportivos, ingenieros, etc.– ofrecieran sus servicios en zonas intrincadas, selváticas o marginales de más de 60 países, en su mayoría del Tercer Mundo. Sobre las diferencias entre el CAME y el ALBA, como proyectos integradores, expongo mi criterio en el libro Cuba, ¿revolución o reforma? (páginas 227 – 230) cuya segunda edición a cargo de la Editorial Ocean Sur –de donde ubico las páginas–, será presentada dentro de algunas semanas, en el venidero septiembre.
Me sorprende también su afirmación de que el derrumbe del sistema socialista nos hizo “descubrir que era posible (y necesaria) la asociación con el capital extranjero, la explotación del turismo como fuente de ingresos, la expansión de sistemas de propiedad cooperativa, una comprensión positiva de la autogestión, y la privatización en escala controlada”. Aurelio coloca de esta manera la verdad fuera de todo contexto, como una entidad que debe ser vislumbrada o descubierta al margen de los sucesos históricos y sus necesidades. Existe la tendencia a calificar de erróneas todas las políticas implementadas con anterioridad por la Revolución –no creo que sea su caso–, lo que resulta un disparate y en algunos autores, una estrategia descalificadora. Por cierto, la primera Ley de Inversión Extranjera data de 1982, mucho antes de la caída del socialismo europeo.
Empecemos por abordar el tema del reformismo. Las reformas en el capitalismo –en este caso, las que provienen de, o fueron enarboladas por la socialdemocracia– solo son realizables si el capitalismo las necesita o dicho de manera más exacta, solo fueron realizables mientras el capitalismo las necesitó. Ese es el problema histórico del reformismo, que presume de realista y de pragmático, de conocedor de los datos de la realidad, de lo que es posible –en oposición al espíritu revolucionario, acusado de utópico, de cazador de imposibles– en aras de objetivos mayores que nunca alcanza. Cuando el capitalismo europeo necesitó del Estado de Bienestar y de las políticas keynesianas, en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, las implementó, estuviese o no en el gobierno la socialdemocracia. No fueron conquistas de un partido, sino enroques de un sistema. Pero a finales de la década de 1970 cambió la situación: la especulación financiera y la contracción del capital productivo, así como la transnacionalización desnacionalizadora del capitalismo, entre otros rasgos, requerían de políticas neoliberales. Algunos líderes socialdemócratas como Olof Palme resultaban molestos y contraproducentes para el insaciable proceso de reproducción del Capital, y fueron eliminados de manera impune. Cuando sobrevino la caída del llamado campo socialista, la socialdemocracia –supuestamente dueña absoluta, por primera vez, de las banderas de la izquierda–, ya no era viable (por sí misma nunca lo fue), y para sobrevivir electoralmente tuvo que ajustar sus programas hasta hacerlos indiferenciables de la derecha neoliberal. En la entrevista oral que reprodujo Granma, hablo de manera muy sucinta  de esto y al intercalar la alusión al asesinato de Palme, da la impresión de que lo vinculo al derrumbe del socialismo, peccata minuta que aprovecha Aurelio, ante la ausencia de argumentos más sólidos. Vale decir, no obstante, que sí existe al menos una relación indirecta y por supuesto, adelantada, entre aquel asesinato y esa caída, porque el debilitamiento del sistema socialista le permitiría al capitalismo el abandono paulatino de las políticas de corte socialdemócrata, algo que Aurelio debiera saber y no dice. Si hubiese leído mi respuesta a López Levy, hubiese comprendido lo que acabo de explicar.
No comparto la teoría del péndulo en la sensibilidad política de los pueblos, pero es posible señalar al menos dos períodos de predominio reformista en Cuba, ambos asociados a grandes decepciones nacionales; el primero ocurre después del Pacto del Zanjón, cuando se impone la mirada del autonomismo, y del cientificismo positivista. Cintio Vitier añade un tercer elemento a los dos anteriores, que los complementa: la crítica literaria academicista. Martí, solar, se apartó de esa tríada de tendencias reductoras. Fue independentista (revolucionario), antipositivista –la verdad social no podía ser ajena a la justicia humana–, y modernista.
El segundo momento se produce al nacer la República neocolonial, con una Enmienda que rebajaba su condición de Estado libre y soberano, por el que habían muerto en la manigua tantos cubanos. Durante las dos primeras décadas del siglo XX predominó en Cuba el apego al dato, un cientificismo positivizante muy orondo, sin alas para volar. No significa, por supuesto, que en uno u otro período no se hiciesen aportes relevantes a la cultura cubana; el mejor ejemplo, por sus indudables aciertos y también por sus limitaciones, es la revista Cuba Contemporánea. Incluso Fernando Ortiz, nuestro tercer descubridor, aparece atado todavía a conceptos “científicos” que lastran sus primeros acercamientos a la realidad nacional, lo que luego superaría con creces.
A veces temo que un sector descreído de la intelectualidad –escéptico y desilusionado– produzca un tercer período, e intento hacer contrapeso. A eso me refería, por supuesto, cuando aludía a las estadísticas y a la descripción minimalista, como síntomas de un cientificismo empobrecedor y desmovilizador (contrarrevolucionario). Es una reacción típica de un cientificista el sacar de inmediato su sable en defensa de las estadísticas –sin entender el sentido de la frase–, cuando cualquiera, en realidad, las reconoce como útiles y necesarias. Las estadísticas, desde luego, no son el problema: son los hombres y las mujeres que las usan, los que quedan atrapados en sus redes. Los revolucionarios están obligados a conocer a fondo la realidad –la tangible y la intangible, la visible y la invisible, o simplemente la posible (que es una zona muchas veces desconocida de la realidad)– para transformarla, nunca para aceptarla de forma pasiva. Martí y Fidel conocían mejor que sus contemporáneos sus respectivas realidades, porque trascendían la mirada que se ajustaba estrictamente al dato comprobable. He repetido mucho esta anécdota en mis conferencias y textos sobre Martí, pero es menester que insista en ella: cuentan que tras un ardoroso discurso ante emigrados cubanos en los Estados Unidos, en el que Martí había exaltado con verbo encendido las condiciones que según él existían en el país para la Revolución, un recién llegado de la Isla replicó: “Maestro, pero en la atmósfera de Cuba no se respira ese fervor que usted describe”, a lo que Martí respondió: “Pero yo no hablo de la atmósfera, hablo del subsuelo”.
El uso de uno u otro nombre para denotar un hecho o una posición política, caramba, no cambia su cualidad. Que Martí no utilizara el término centrista para referirse al autonomismo –atrapado en una solución intermedia entre el colonialismo verticalista y la independencia– no implica que el reformismo no intente situarse siempre en esa incómoda e irreal posición. Pero, ¿alguien cree que nos creemos el cuento? Si nos piden que eliminemos “la etiqueta” por falsa, no tendremos reparos; lo que no podemos es dejar de señalar la postura. Tampoco Aurelio logra avanzar mucho al rechazar mis asedios al término. Coloca una advertencia que compartimos todos: “una característica a tomar en cuenta del centrismo, cuando se le necesita para concertar alianzas, es que suele comenzar distanciándose de la izquierda para terminar barrido por la derecha. Lo delatan actuaciones pendulares”. Parece escrito por el incisivo Iroel Sánchez. Pero intenta deslindarse: “la fórmula centrista –afirmo yo en la entrevista oral–, funciona al interior del sistema capitalista como un recurso electorero”, y Aurelio, en un tono condescendiente, acota de inmediato: “es válido, pero insuficiente”. También lo creo. Después, reproduce mi definición para Cuba: el centrismo “se apropia de elementos del discurso revolucionario, adopta una postura reformista y en última instancia frena, retarda u obstruye el desarrollo de una verdadera Revolución”. Retengo la respiración para esperar el veredicto, pero enseguida sentencia: “dicho en abstracto puedo compartir esa afirmación.” Estoy aliviado, al menos saco el aprobado. Sin embargo, el propio Aurelio demuestra más adelante –lo hace para objetar que nos enfoquemos en algo que le parece baladí– que la definición del centrismo que manejamos no es tan abstracta como pretendía: “el centrismo que parece preocupar a Ubieta y a Elier, [es] la proximidad, real o aparente, de una corriente crítica, proyectada al cambio, con objetivos reformistas de corte socialdemócrata”. No podría decirlo mejor.
Aurelio pide que revisemos el discurso de Fidel en el Aula Magna de la Universidad de La Habana, aquel que advierte que el imperialismo jamás podría destruirnos, y que nosotros sí. Sobre ese discurso publiqué un artículo titulado “Dos modelos éticos: una década después de la advertencia de Fidel” en la revista Universidad de La Habana, en su número 279 de enero – junio de 2015. Lo que podría autodestruirnos, dice Aurelio basado en ese texto, no es el centrismo, sino la corrupción. Pero yo le recomiendo que relea con más detenimiento ese discurso extraordinario. Por supuesto, a Fidel le preocupa la corrupción, y no el centrismo –que solo existe en la mente calenturienta de algunos partidarios del capitalismo, por acción o por omisión– pero no en abstracto: le preocupa el mercanchinfleo, el enriquecimiento ilícito de los que juegan al capitalismo como fuente de una desigualdad no basada en el trabajo. Es decir, a Fidel le preocupan los bolsones de capitalismo que emergen sin control en la sociedad cubana. Recientemente el Estado cubano ha iniciado un reordenamiento de la actividad privada y cooperativa, no para frenar su expansión, sino para mantener el control popular. Los que se oponen a ese ordenamiento, y claman por una profundización (liberalización) de las medidas, saben o intuyen –el instinto de clase es poderoso–, que el desorden y la ausencia de controles le abriría las puertas al capitalismo. A propósito, resulta pueril, pero evidentemente necesaria, una aclaración: jamás he dicho que no existen elementos de capitalismo en el socialismo, o que no hemos abierto o cerrado compuertas, según las necesidades de su construcción. El camino hacia el socialismo, que es lo que comúnmente se entiende por socialismo, se construye con el cemento y la arena de las canteras del capitalismo. Pero, ¿qué significa traer “lo mejor” del socialismo (que no existe como realidad establecida, que apenas se construye) para unirlo a “lo mejor” del capitalismo? Lo mejor del socialismo, cuando se alcanza en algún punto, es la negación-superación del capitalismo en ese punto. Ignoro de dónde Humberto Pérez extrajo la frase entrecomillada –"al capitalismo hay que descartarlo completamente como fuente de experiencias a considerar ya que en él no hay aspectos positivos que rescatar"– que le sirve de comodín para caricaturizar la imposibilidad de unir “lo mejor” de cada sistema. No la escribí yo y él no expone la fuente. Google, tan acuciosa, solo lo sitúa a él como referente. Pero debo admitir sin embargo que en su más reciente artículo se acerca, no sé si conscientemente, a las ideas que defendemos. Suscribo plenamente esta afirmación suya referida a la Conceptualización del Modelo Económico y Social:
Es un magnifico documento que representa el nuevo Programa del Partido y la Revolución en las circunstancias actuales y que tiene sus antecedentes fundamentalmente en el Programa del Moncada, que fue el primer programa, y en la Plataforma Programática aprobada en el I Congreso del Partido, que fue el segundo programa de la revolución y su primero para la construcción del socialismo.
También Aurelio menciona en acuerdo, así sea someramente, la existencia de los Lineamientos consensuados con el pueblo. Entonces, ¿en qué discrepamos? Quieren hacer creer que estamos en contra de la crítica revolucionaria. En mi artículo “La añorada contaminación de la crítica revolucionaria. Algunas reflexiones” (2012), publicado en mi blog La isla desconocida y después en mi libro Ser, parecer, tener (Casa Editora Abril, 2014), apunto tres objetivos que avanzaban ya de manera sigilosa:
        El primer objetivo y el de más alcance, es quebrar la identidad histórica entre Gobierno y Revolución (presuntamente, el Gobierno cubano construye hoy en secreto un nuevo capitalismo).
        El segundo objetivo es la contaminación de ese imaginario con presupuestos de una izquierda no revolucionaria, restauradora del capitalismo, que utilice a conveniencia la terminología revolucionaria y eluda las definiciones para pasar inadvertida; que aliente el combate contra el Gobierno cubano “por no ser suficientemente revolucionario”, y que simultáneamente teja una urdimbre conceptual que “supere” la visión revolucionaria.
        El tercer objetivo sería entonces romper el nexo histórico entre rebeldía juvenil y Revolución. Contaminar el espacio de la crítica revolucionaria, es decir, incorporar en él a la crítica contrarrevolucionaria. Hacer que la Crítica pierda sus apellidos, para legitimar a los actores invisibles de la contrarrevolución.
Quiero recalcar que apoyo la crítica revolucionaria, la que tiene como fin no el desmantelamiento del sistema o su criminalización, sino su necesario y continuo perfeccionamiento; la crítica que denuncie la aparición de bolsones de capitalismo sin control popular; la que defienda a los más humildes de las injusticias o del acomodamiento de los de más recursos. Qué vengan todas las ideas útiles, todas las mentes dispuestas a contribuir al debate nacional, siempre que el propósito, la direccionalidad discursiva, el sentido de cada sugerencia, sea la derrota definitiva del capitalismo en Cuba. Pero entonces, ¿qué nos separa?, ¿quién nos separa?
Volvamos al origen de esta polémica, tendenciosamente olvidado: Cuba Posible. Uno de sus fundadores, Lenier González, expresaba en una entrevista concedida a Elaine Díaz para Global Voices, en el 2014:
en el contexto cubano no se trata de modificar “un modelo de prensa”, sino de transformar “un modelo de Estado”. Ese “modelo de Estado” consagra constitucionalmente una ideología y la proyecta sobre toda la nación, y pone a todo su aparato institucional en función de su reproducción, como si de una iglesia y sus fieles se tratase.
(…) El desafío, que es de índole estrictamente político, consiste en reconocer, de una vez por todas, el pluralismo político de la nación, y construir unos marcos legales e institucionales donde esos cubanos, con pensamiento(s) diferente(s), puedan trabajar por el cumplimiento de las metas históricas de la nación.
(…) Si algo ha tipificado los últimos 10 años, es un corrimiento “al centro” en un conjunto importante de actores sociales y políticos, dentro y fuera de la Isla. Ello ha sido positivo, y ha favorecido el surgimiento de plataformas e iniciativas de comunicación de inestimable valor.
¿Qué significa “un modelo de Estado” que promueva y difunda todas las ideologías? Todas significa una: el capitalismo. Otro de los fundadores, Roberto Veiga, comentaba a Reuters en el propio año 2014:
“Evidently in Cuba there will come a time when more than one party exists," Veiga said. "I have a personal opinion in favor of a multiparty Cuba. Our project wants to facilitate this and contribute to serenity in the process. (“Yo tengo una opinión personal a favor de una Cuba pluripartidista. Nuestro proyecto quiere facilitar esto y contribuir a la serenidad en el proceso.”)
(…) Cuba Posible will promote "transitional change" with views from a wide range of Cubans, Veiga said. (“Cuba Posible promoverá el ‘cambio transicional’”)
Estos son los propósitos fundacionales de Cuba Posible, alegremente financiados por embajadas, instituciones y fundaciones que –es evidente–, no quieren el socialismo en Cuba. Una plataforma en la que actores principales como Arturo López Levy declaran de manera abierta su militancia socialdemócrata (y sionista) y en la que se ataca desembozadamente a Venezuela (“Venezuela: claves para una crisis”, 6 de agosto) precisamente cuando el imperialismo intenta estrangularla y privarla de la solidaridad externa. Porque Venezuela y Cuba libran una guerra contra el mismo enemigo, aunque los procederes por el momento sean distintos. Por eso las palabras de Emir Sader dirigidas a los intelectuales que se distancian ahora de la Venezuela asediada, son también pertinentes para Cuba:
Para esos, aunque se digan de izquierda no existen ni capitalismo, ni imperialismo. No hay tampoco derecha, ni neoliberalismo. Las clases sociales desaparecen, disueltas en la tal “sociedad civil”, que pelea en contra del Estado. No toman en cuenta que se trata de un proyecto histórico anticapitalista y antimperialista.
Parece que no se dan cuenta que no se trata de defender un gobierno, sino un régimen y un proyecto histórico.
Entonces, la pregunta esencial del debate que Aurelio, uno de los miembros fundadores –como también lo fue Julio César Guanche– de la directiva de Cuba Posible, de larga trayectoria como intelectual revolucionario, debe hacerse, no para responderme –no me debe explicación alguna–, sino para responderse él solo, es esta: ¿comparte o son compatibles con sus principios, estas posiciones y realidades de partida?

lunes, 31 de julio de 2017

Venezuela: No hay quien pueda con el pueblo de Hugo Chávez

Carlos Aznárez
Resumen Latinoamericano
Escribo esta nota desde las entrañas y con toda la parcialidad que el momento que vive el continente exige. Conmovido hasta el límite por la nueva demostración de sabiduría, valentía y entusiasmo que brindó al continente el pueblo bolivariano.
¿Qué no han hecho en estos últimos meses los enemigos de la paz para que este día venturoso no llegara nunca? ¿Qué no ha generado la maquinaria de muerte y terror de una oposición que hoy ha quedado aplastada por toneladas de votos para que usted doña y usted don, se quedara paralizado en su vivienda y no saliera a cumplir con el mandato histórico de derrotarlos?.
Apelaron a todo: a querer matar de hambre con el desabastecimiento, a que niños y ancianos padecieran la falta de medicamentos elementales, solo por poner al chavismo de rodillas. Mientras en los barrios y parroquias humildes de cada gran ciudad surgían colas (a veces de desespero) para conseguir leche, harina pan o papel de baño, ellos, los opulentos de siempre se jactaban que en sus barrios del Este todo les sobraba. ¡Criminales!
Cuando esa maldita guerra económica ya no les alcanzaba movilizaron todo ese dinero que les llega por millones desde Miami o los centros de poder occidental adversos a esa Revolución que quisieran ver enterrada, y generaron otro tipo de guarimbas, más letales, más destructivas, más inimaginables para cualquier persona con sentido común.
Quemaron vivos a sus propios vecinos, lincharon con horcas que rememoraban al Klan estadounidense, o a golpes de bate de béisbol. Asesinaron por doquier, y se “enorgullecieron” de hacerlo porque para ello tenían y tienen a los medios hegemónicos de su lado. ¡Criminales!
Hoy mismo, desesperados porque el pueblo no les responde destruyeron máquinas de votación y atentaron con explosivos, allí en pleno centro de esa plaza de Altamira que utilizan como santuario, a guardias nacionales bolivarianos. Su propuesta siempre es el terror y se sentían impunes hasta hace muy poco, cuando las Fuerzas Armadas Bolivarianas (a las que intentaron vanamente quebrar) ganó las calles para defender al pueblo.
A nivel de presión internacional, estos que hoy no saben como explicarles a sus amos qué es lo que ha ocurrido, también tuvieron un acompañamiento descomunal. No faltó nadie en el tren de la injerencia y la desestabilización. Desde Trump con sus sanciones económicas y nueva forma de bloqueo hasta las maniobras de Almagro, la OEA, Macri, Temer, Bachelet, Kuzinsky, Cartes, Rajoy, Felipe González y la madre que los parió. Todos y todas ellos se anotaron en la lista de los posibles “reconstructores” de la Venezuela destruida por los cachorros locales del ISIS. Se imaginaban Libia e Iraq, pero no se dieron cuenta que Venezuela se parece más a la victoriosa Siria de Bachar y el pueblo hecho ejército.
Por fin, arribaron a esta última semana, de bomba en bomba, de incendio en incendio, de amenaza internacional a discurso provocador. Pusieron todo lo que tenían y más, para que Caracas ardiera por los cuatro costados y que algunos Estados se fragmentaran en islotes “balcánicos” frente al gobierno “tiránico” de Maduro. La CNN bramaba de mentiras, “El País” españolazo convocaba, junto a Felipe González, a un golpe militar. ¡Patéticos!
Todo este derroche para que un pueblo no votara. Parece broma, cuando los que tanto se llenan de la palabra “democracia” se oponen ahora a que el soberano emita un sufragio. Lo que no harían (ya lo sabemos, por experiencia) si este pueblo harto de provocaciones decidieran tomar otros caminos de autodefensa!
Sin embargo, el famoso “Día D” de la MUD se fue postergando hora a hora, el paro general quedó chamuscado por falta de apoyo, las barricadas del miedo se redujeron a su barrios y tanto destruyeron que hasta sus propios alentadores (los vecinos que antes les abrían sus puertas para que cargaran gasolina en sus molotov) empezaron a regañarlos y a apartarse. Un fiasco esta “resistencia” que jamás debería haber osado apoderarse de esa sacrosanta palabra de nuestros pueblos de la Patria Grande.
Hasta que llegamos a este domingo de júbilo para la democracia participativa. La gente salió a votar desde las primeras horas, desbordó algunos centros como el Poliedro de Caracas, cruzó ríos y caminó por montes (como en Táchira) para evitar a los violentos, se fueron ayudando unos a otros, mano con mano, haciendo de la fraternidad un símbolo tal que los mercenarios del MUD jamás habrán de conocer. Esa sublime dignidad que no se forja en el poder del dinero, sino en lo que el Comandante Eterno Hugo Chávez tanto repetía: “amor con amor se paga”.
El voto se hizo masa, y la masa arrasó con toda la carroña que intentó insuflar el imperio y sus discípulos locales. Este domingo es de gloria. Solo basta ver la impotencia en los rostros de los “comunicadores” del sistema. Queda reafirmada la Revolución, el liderazgo de los de abajo, los poderes comunales, la fuerza indestructible de la unidad pueblo y ejército, el mandato de Nicolás Maduro y por sobre todo el legado de Hugo Chávez Frías. Todos estos elementos se combinaron para que las mujeres y hombres de Venezuela se sintieran más bolivarianos que nunca y se echaran la mochila al hombro para salir a votar. Vencedores, alegres y rebeldes, auténticos resistentes para imponer la paz, le guste a quien le guste.
A partir de mañana, comienza una nueva etapa, el enemigo planeará nuevas maldades pero está herido del ala, y los que hoy se jugaron el cuerpo para decirle presente a la Revolución, exigirán profundizarla, corregir los errores, eliminar las barreras burocráticas, eliminar a los corruptos. Querrán más socialismo. ¿Con todo lo hecho este domingo, quien se animará a decirles que esperen, que aún no es tiempo?

sábado, 29 de julio de 2017

DEBATE EN FACEBOOK: Arturo López-Levy / Enrique Ubieta Gómez (SEGUNDA PARTE)



ARTURO LÓPEZ-LEVY: Enrique Ubieta ha tenido la buena idea de reproducir un diálogo que tuvimos en el muro de Facebook del profesor Carlos Alzugaray en su blog La Isla desconocida. Lo agradezco porque expresé allí, como en mi artículo “La moderación probada del espíritu de Cuba”, mis ideas con bastante claridad; algo que es loable también en su respuesta. Desafortunadamente, parece que cuando Ubieta publicó el intercambio quizás no conocía que había escrito esta dúplica a su réplica. No estoy reportando un comportamiento inadecuado, simplemente quiero dar a conocer mi modo de pensar.
Enrique Ubieta me ha llamado “enemigo” y le he respondido a varias de sus afirmaciones contrarias a evidencias, como el artículo que le puse el link. Lo menciono no para llover sobre mojado, sino por lo contrario. Al leer lo que ha escrito en sus últimos comentarios en esta serie me he ratificado en algo que pensé después de leer sus Ensayos de identidad, y es que dada la matriz patriótica que compartimos, no me puedo considerar su enemigo. Somos adversarios en ideología o en la diversidad natural que nos separa, pero “enemigo” mío, no lo será ningún cubano mientras subscriba la centralidad del pensamiento martiano como punto focal desde el cual Cuba como “proyecto de nación” –para usar su expresión– se levanta.  Es El Apóstol (no el Lugareño, ni Eliseo Giberga), nuestro delegado.
Apruebo su aclaración de que no hay república cubana soberana solo para las élites. “Con todos y para el bien de todos” no es claramente “con la justicia y la injusticia”. La república social de Martí era un proyecto para que no quede un cubano detrás. La medida última de la viabilidad de un proyecto de nación cubana se mediría en un desarrollo económico sustentable que levante al cubano o cubana más vulnerable o discriminado, el indigente por el que se ha preocupado Iroel Sánchez en una de sus últimas notas, por ejemplo.
Claro que “con todos y para el bien de todos” no significa que la Casa Cuba –para usar una expresión del padre Carlos Manuel de Céspedes– este desprovista de paredes, y puertas. Los plattistas, que no confían en las capacidades de su pueblo y apoyan cualquier tutelaje externo o persiguen obtener concesiones de política interna usando políticas extranjeras que violan la soberanía del país se autoexcluyen. No hay dudas que en un mundo signado por los estados nacionales, las asimetrías de poder importan y Cuba no es un gran poder material, y tiene que diseñar políticas para proteger su economía, su cultura, su política, su sociedad de la indebida injerencia extranjera.
Eso no es lo mismo que abogar a favor de estándares internacionales de derechos humanos, una vez que la política de cambio de régimen por coacción se derogue. Si bien es importante que Estados Unidos respete la soberanía de Cuba, esta condición patriótica existe no para consolidar la capellanía de ninguna ideología, sino para dejar al pueblo decidir. La soberanía cubana no es partidista del PCC; es popular, de la ciudadanía cubana. Eso no implica invocar la amnesia sobre la historia patria o ser ingenuo al afrontar los retos políticos impuestos al Estado cubano por la geografía, sino aceptar que cualquier modelo político cubano si es natural –para usar una expresión realista martiana que ambos invocamos– requiere ser tan plural dentro del patriotismo como incluir cotas que impidan la organización de partidos racistas, anexionistas, o plattistas.
Es loable que admita que sería soberbio juzgar las intenciones de los demás y acusar a alguien de estar al servicio o la paga de agendas imperialistas sin pruebas. Así que como no hay pruebas, todas esas acusaciones de querer obtener lo mismo que la ley Helms por otros medios, es sano que se las guarden. Usted infiere –y aquí empieza un punto de discrepancia, pues dice que “constata”– que abogar por un paradigma económico de economía social de mercado como la postulada por el pensamiento socialdemócrata y un modelo más afín a la Declaración Universal de derechos humanos y sus interpretaciones legales, es otro vericueto hacia un “capitalismo dependiente del imperialismo” en Cuba. En ese punto reposa una divergencia porque lo que infiere para un futuro plausible, es mi diagnóstico del presente.
Quisiera estar equivocado, pero en mi diagnóstico el camino más directo al capitalismo dependiente va por la incapacidad de construir una economía sustentable para las conquistas de la Revolución. Como indiqué en el artículo “La moderación probada del espíritu de Cuba”, existe sustancial evidencia, compilada incluso en la primera tabla del libro de Joseph Stiglitz (“Hacia una sociedad de conocimiento”) que demuestra como las economías centralizadas de comando tuvieron un récord muy inferior a un grupo de economías de mercado cercanas; incluso aquellas en el mundo postcolonial, que tenían un nivel similar de desarrollo en 1947. Esas economías de mercado no siguieron, en general, un patrón neoliberal en el cual la política pública fue esclava del mercado; sino paradigmas en las cuales el Estado intervino para eliminar fallas de coordinación, complementar y aumentar las eficiencias y orientarlas como sociedades de bienestar y acceso universal al conocimiento, no de mercado.
Tiene usted razón al mirar al capitalismo como un sistema global en el cual las economías neoliberales en el sur terminan reforzando su dependencia, aun cuando aumenten sus estándares de crecimiento; pero decir que Cuba está destinada a eso es ignorar varias experiencias de países de industrialización tardía, principalmente en el Este de Asia, pero también en el norte de Europa, y otras latitudes. La afirmación teleológica por la cual cualquier economía de mercado en Cuba implica el “retorno” al capitalismo dependiente elimina la capacidad de agencia y autonomía que creó la Revolución mediante la modernización del Estado y su capacidad reguladora; una de sus mayores conquistas estratégicas si fuese propiamente implementada, capaz de producir importantes saltos de desarrollo económico y bienestar.
Nunca he abogado por una economía de mano invisible de mercado, porque la teoría moderna sobre las economías de información la ha probado falsa. El neoliberalismo es una construcción ideológica sin evidencias y teóricamente tan débil como la propuesta leninista de arribar al socialismo empezando por “el eslabón más débil” y construyendo una economía estatizada. Una estrategia integral de economía de mercado regulado requiere la mano visible de un Estado autónomo de los sectores de negocios nacionales o internacionales, como el creado por la Revolución que dirigió Fidel Castro; pero mucho más eficiente, y con instituciones capaces de gobernar y ser regulado. No es de izquierda defender un Estado ineficiente, donde la corrupción aumenta. El compromiso con los pobres “del arroyo y la sierra”, con los humildes que comparten su visión ideológica pero también el socialismo democrático, se sirve mejor por un mercado competitivo regulado y monitoreado por el Estado, que por las estructuras monopólicas sin balance significativo que pululan en la actual situación de reforma parcial en Cuba. Experiencias internacionales contra la evasión fiscal, la corrupción, las desigualdades asociadas al mercado, la mejoría en la calidad del sector público (desarrolladas en experiencias socialdemócratas y desarrollistas) constatan, para usar su palabra, que puede lidiar con esas falencias mejor que una economía estatizada con segmentos reprimidos de mercado.
Abordaré otro punto donde descansa la polémica, desde un punto de vista personal, porque allí usted lo ubicó. Agradezco que aprecie la transparencia y considere loable luchar por el respeto a la soberanía de Cuba, pero no puedo seguir su exhortación a abogar por el comunismo como forma óptima que se ha dado el pueblo cubano para realizar su independencia. No creo en ella, y ni usted ni los demás que la asumen como premisa o principio han aceptado someterla a una discusión de razones. No considero a mis antiguos compañeros comunistas mis enemigos; pero no puedo abogar por ideas que considero anacrónicas dado el contexto actual del país.
La soberanía es de las generaciones vivas. Lo que el pueblo cubano expresó con su acción en la víspera de la batalla de Girón fue el apoyo por una Revolución socialista y democrática en aquellas circunstancias. La política de hoy nos corresponde a los cubanos de hoy decidirla a partir de nuestros intereses, valores y prioridades; sin amnesia, pero también sin nostalgia o idealización de las posturas tomadas entonces.
El día que no haya una situación de emergencia coaccionando al pueblo cubano desde fuera (como el bloqueo), el PCC debe someterse a la competencia con cualquier grupo de cubanos leales al proyecto de nación. El PCC y Fidel Castro tienen un lugar primordial en el nacionalismo cubano, pues lograron estructurar una resistencia de la cual cualquier proyecto de nación soberana será deudor; pero la historia no es el elemento decisor del futuro. Si el PCC es el mejor instrumento para avanzar ese proyecto de nación (dígase desarrollo económico con equidad social y soberanía), no debe temer someterse a un escrutinio público en competencia contra una oposición leal con claras regulaciones contra la injerencia extranjera. Si no es el mejor instrumento en las nuevas condiciones históricas, ¿bajo qué preceptos reclamaría ser “vanguardia” de la nación cubana toda?
Como ve, las inferencias sobre el rumbo al que llevan los ordenamientos políticos y económicos del país pueden ser diversas, incluso partiendo de una matriz martiana común. La diversidad es lo natural porque diversos son los intereses, valores, identidades que conforman pueblos nuevos como el nuestro, y diversas las experiencias de sus componentes. Martí llamaba a una política de unidad y conciliación de intereses con concepciones de libertad más allá del liberalismo; pero también alertó sobre los peligros de la idea socialista, que la evidencia ha demostrado son mayores en torno al papel del funcionariado estatal en el comunismo, que en las propuestas socialistas de su época o socialdemócratas posteriores.
Justo es su reclamo de tratar cada idea suya sin agrupamientos artificiales con intelectuales afines. No fui yo quien hablo de una corriente “centrista” y asumir un pensamiento en colectivo. Su llamado es compartido, pues es un progreso para definir los estándares por los cuales resolvemos los puntos polémicos o simplemente coincidimos en que no coincidimos. No trate como un liberal a quien no lo es. A usted lo trato como un martiano y comunista.
Si escribí “La moderación probada del espíritu de Cuba” fue porque quería ser tratado con justicia y no dañar con agrupamientos absurdos de “centrismo” a otras personas. Al escribir desde una posición socialdemócrata aclaré que no lo hacía a nombre de Cuba Posible, sino como mero participante en la positiva experiencia de un “laboratorio de ideas”. No quiero que mi postura sea usada para cuestionar a amigos que admiro como el profesor Alzugaray, o el cantautor Silvio Rodríguez, mi oponente de tesis en el ISRI e intelectual reconocidísimo Aurelio Alonso, o el fundador del blog “La Joven Cuba”, Harold Cárdenas. Esas personas creen que el PCC como partido de la nación cubana puede ser la gran tienda donde quepa la pluralidad patriótica que Cuba produce desde su diversidad política. No es mi caso.
La evidencia de 25 años después del IV congreso del PCC es, por lo menos, ambigua sobre esa posibilidad de un sistema unipartidista, plural en lo ideológico, como un frente patriótico; y no toda la cerrazón se debe a presiones externas. El PCC se ha abierto hoy a un mayor pluralismo en lo económico y social, incluso en lo político; el presidente Raúl Castro ha hablado de que no hay que ser miembro del mismo para desempeñar funciones oficiales.
Pero en lo ideológico, que coincido con usted es de primera importancia, lo “comunista” sigue prevaleciendo sobre la apertura de lo “martiano”. De ello infiero, no constato (pues el proceso de decisiones en Cuba es bastante opaco y mis evidencias serían limitadas), que la preocupación comunista por el control social es responsable de que problemas concretos de la población (como los mangos que se pierden o la baja inversión extranjera para el desarrollo), no se discutan en los marcos adecuados y sin sesgos anti-mercado. En Cuba, cuando hay un problema económico en el que la economía estatal falla, se prueba dos y tres veces con otra solución estatal. Solo cuando el desastre sea bien grande, como en la coyuntura de 1993, se han abierto “avenidas” a soluciones amistosas al mercado, como los mercados agropecuarios.
Por tanto, creo –sin reír ni llorar, sino tratando de comprender– que el reloj para que los que aboguen por una pluralidad política e ideológica y una economía eficiente dentro del sistema de un solo partido está sonando en tiempo de descuento. Fue un comunista, y no un socialdemócrata, quien afirmó que el tiempo de caminar por el borde del abismo se acababa.


ENRIQUE UBIETA GÓMEZ: Arturo López-Levy, me he retrasado unos días en la respuesta a su respuesta. Pido disculpas, pero eran días feriados, y quise tomármelos de asueto. En definitiva, celebrábamos el Día de la Rebeldía Nacional, el que nos trajo hasta aquí. Por otra parte, al leer los dos primeros párrafos de su réplica, y luego, algunos pasajes específicos del texto, usted casi me convence de que las diferencias que suponíamos tan acentuadas, eran superfluas. Martianos al fin, ambos tomamos partido, decididamente, por los “pobres de la Tierra”. Esa, por cierto, no es una declaración abstracta de humanismo; aunque no lo asumiera de forma explícita –conozco lo que escribió al respecto–, asoma en ella el fantasma de la lucha de clases.
Vistas así las cosas, no somos enemigos, palabra que remite a una guerra que usted considera inexistente o al menos, evitable. A pesar de ello, como bien dice, somos “adversarios en ideología”, y ese concepto, de inmediato nos reubica en campos hostiles: no se trata de que simpaticemos con diferentes partidos en una campaña electoral –es lo que usted propone para Cuba–, que tributaría a la “diversidad” orgánica del sistema capitalista y garantizaría, con cambios periféricos sujetos a remoción cada cuatro o cinco años, la continuidad del orden social; nuestros partidos, en realidad, se encuentran fuera del sistema que el otro defiende.
En el suyo, un comunista es un jugador out side; a veces es tolerado, porque da color y los mecanismos de funcionamiento le impiden llegar al gobierno (mucho más al poder); si se produjese alguna “rotura”, algún desajuste que anunciara su inusitada victoria electoral, el sistema “democrático” desataría una verdadera cacería –mediática, en primer lugar, pero dispuesta a todo–, para impedirlo. Y de no lograrlo, la guerra adquiriría matices bélicos. El sistema que yo defiendo desarticula la “democracia” burguesa, la que ha sido concebida para perpetuar a la burguesía en el poder, y construye una nueva democracia (heredera de aquella), más participativa, al servicio del poder popular.
Detrás, o a nuestro lado, incidiendo de manera directa, existen intereses: imperialistas y trasnacionales, empresariales, personales, ferozmente opuestos a los de los pobres, los humildes, los desplazados (que usted como martiano ha declarado defender). Intereses de clase, que son impuestos por el poder burgués a sangre y fuego (obsérvese si no el caso de Venezuela). Entonces, no es sensato deshacerse de palabras en el discurso –por incómodas o incivilizadas que parezcan– que habremos de asumir en la práctica. Si no es mi enemigo en ideología, tendrá que objetar el retorno al pasado en Cuba (no insista en que se opone al capitalismo “dependiente”, mi pregunta es sencilla: ¿se opone al capitalismo?). No discutimos solo ideas o teorías, también proyectos de vida –por eso suelo hablar de “guerra cultural”–, que defienden y obstruyen intereses, según la posición social en la que se encuentre el sujeto. Un sujeto que no es únicamente nacional, porque como barruntaba en los sesenta el Che Guevara, la contradicción fundamental de nuestra época es entre países explotadores y países explotados.
Su consideración de que “la soberanía de Cuba […] existe no para consolidar la capellanía de ninguna ideología sino para dejar al pueblo decidir”, asume una premisa falsa y soberbia. ¿Por qué cree que el pueblo no ha decidido y que solo son válidos los mecanismos de la democracia burguesa? La contraposición de los conceptos de socialismo democrático y socialismo revolucionario es confusa; alude en todo caso a la existencia de un “socialismo”, el suyo, que respeta las rígidas normas de la democracia burguesa, imperfecta y no perfectible, y de otro, el nuestro, que establece un nuevo tipo de democracia, imperfecta pero perfectible. No existe socialismo sin democracia popular. Por cierto, los tigres asiáticos que pone de ejemplo no suelen practicar ningún tipo de democracia, ni la suya ni la nuestra, y en sus territorios se asientan bases militares estadounidenses.
Es falso suponer, como hace usted, que esa voluntad popular tiene como única referencia la declaración pública en 1961 del carácter socialista de la Revolución, refrendada con la vida de los milicianos caídos en las arenas de Playa Girón. Propongo un sucinto recuento: en 1976 se aprobó en referendo nacional la Constitución socialista; al desarticularse el justo sistema económico de ayuda mutua como consecuencia de la desaparición del llamado campo socialista en los inicios de los 90, e iniciarse así un período de enormes dificultades materiales, la Revolución extendió las sesiones de la Asamblea Nacional a los colectivos obreros. En 45 días se efectuaron más de  80 mil parlamentos obreros en todo el  país, con una participación superior a  los 3 millones de trabajadores y más de 258 mil cooperativistas y campesinos. Reuniones similares se efectuaron en los centros de segunda enseñanza y en los universitarios, involucrando a más de 300 mil jóvenes. Esas reuniones aportaron ideas que contribuyeron a organizar la resistencia. En el año 2000, millones de ciudadanos respaldaron con su rúbrica el Juramento de Baraguá –una declaración de resistencia anticapitalista– y en el 2002, el pueblo apoyó de forma masiva la irreversibilidad del socialismo en Cuba. Ya sé lo que dice la prensa trasnacional: que las masas, las nuestras desde luego, votan por compulsión. Pero no es posible que el Estado cubano, donde no existen desaparecidos ni asesinatos extrajudiciales, pueda obligar a una población con niveles medio-superiores de instrucción, a votar a favor de un proyecto de nación que considera contrario a sus intereses.
A fines del 2010 e inicios del 2011, se desarrolló un intenso proceso de consultas –en centros de trabajo, barrios, organizaciones políticas y de masas– en torno a una primera propuesta de Lineamientos de la Política Económica y Social. Las sugerencias de la población y de los delegados al Congreso modificaron el documento en un 68 por ciento con respecto a su contenido inicial e incorporaron 36 nuevos lineamientos. Por último, en esta incompleta lista de eventos democráticos, hay que situar el debate y la recolección de criterios –con la participación de más de un millón 600 mil ciudadanos cubanos– sobre las propuestas de Conceptualización del Modelo Social y Económico y de un Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social hasta el 2030, elaborados ambos con la asesoría de académicos de más de 50 centros de investigación. ¿Cree que es posible desconocer la existencia de esos documentos consensuados, simplemente porque no recogen su idea individual de nación? ¿Los ha estudiado? No son rígidos, admiten las adecuaciones que la práctica de su implementación sin dudas impondrá, pero establecen el largo y el ancho del socialismo cubano: dentro, todo.
Al asumir como suyo un razonamiento que aparece expuesto con claridad en los documentos del VI y el VII Congresos del Partido Comunista, parece haberse perdido una parte no insignificante de la película: “Quisiera estar equivocado –afirma usted– pero en mi diagnóstico el camino más directo al capitalismo dependiente va por la incapacidad de construir una economía sustentable para las conquistas de la revolución.” En su discurso del pasado 26 de julio, el Segundo Secretario del Comité Central, José Ramón Machado Ventura, lo ha reiterado: “La economía constituye la tarea esencial, porque es la base que permite sostener todas las conquistas de la Revolución.”
A menudo usted retoma mis palabras, aparenta situarse en ángulos visuales cercanos a los míos, e incluso, cuando polemiza, construye afirmaciones e introduce conceptos –pretendidamente opuestos a los que defiendo–, que pueden hallarse con otro sentido en la Conceptualización de nuestro Modelo Social y Económico. Por ejemplo, insiste en la necesidad de implementar una economía de “mercado regulado”. La Conceptualización, que reconoce varias formas de propiedad y gestión –la socialista de todo el pueblo (la principal), la cooperativa, la mixta, la privada, la de entidades de la sociedad civil sin interés de lucro– expresa algo similar, pero diferente: “El sistema de dirección planificada del desarrollo económico y social tiene en cuenta la vigencia de las relaciones de mercado y regula el accionar de ellas en función del desarrollo socialista (…) El mercado regulado ha de tributar a la satisfacción de las necesidades económicas y sociales de acuerdo con lo planificado, sobre la base de que sus leyes no ejercen el papel rector de la vida económica y social, y se limitan los espacios de su actuación.” La capacidad reguladora del mercado que creó la Revolución solo podría ser efectiva en esas condiciones. La ineficiencia y la corrupción son enemigas del socialismo. No por afán teoricista hablaba yo de la necesaria diferenciación entre discurso y direccionalidad discursiva, entre significado y sentido.
La socialdemocracia es un fenómeno político esencialmente europeo –no haré este breve recuento para decirle lo que usted sabe, pienso sobre todo en los posibles lectores de la polémica–; surge como partido obrero de ideología marxista y a partir de la Primera Guerra Mundial se fracciona en dos tendencias: una revolucionaria, que derivará en comunista, y otra reformista, que conservará el nombre original. Las reformas que propugna la socialdemocracia en su período de esplendor –años 50, 60 y 70– serán implementadas por ella y a veces también por gobiernos conservadores, porque eran las que entonces necesitaba el capitalismo. En esos años se oficializa su ruptura con el marxismo como ideología de base. El declive de la socialdemocracia se inicia a fines de los 70, cuando el capitalismo adopta otras corrientes de pensamiento más afines a las necesidades de ese período y los socialdemócratas, por instinto de conservación, desechan sus antiguas demandas. El PSOE, por ejemplo, llega tarde al poder en España, en 1982, y debe reajustar su programa hasta convertirlo en neoliberal. Los socialdemócratas de las últimas décadas, los Felipe González, los Tony Blair, los Hollande, son tan neoliberales como los que oficialmente representaban esa tendencia. Hoy casi no existen gobiernos socialdemócratas en el mundo, han perdido el prestigio y el apoyo de sus bases. En América Latina hay un ejemplo digno de socialdemócrata: el del chileno Salvador Allende, pero su período presidencial coincidió con la época de esplendor de esa tendencia y él aún se asumía como marxista. Por digno, precisamente, fue depuesto de manera cruenta por el imperialismo estadounidense. Pero sin dudas, de todos los lenguajes que favorecen la adopción del sistema capitalista, el socialdemócrata es el que más se parece al nuestro, el que puede confundir a los menos instruidos. Si entramos por la puerta de la cocina al capitalismo (no hace falta decir que dependiente), ¿cree de verdad que una socialdemocracia prístina regirá los destinos de una isla sin recursos naturales a 90 millas de los Estados Unidos? Las ideas de la socialdemocracia son verdaderamente anacrónicas para el capitalismo de hoy, y cuando son reivindicadas por partidos no tradicionales, asustan al poder burgués.
Por cierto, me parecen útiles los frentes amplios de la izquierda –respondo por esta vía a un teórico orgánico de la derecha–, pero advierto que si llegan al gobierno solo tendrán dos opciones: o se radicalizan o mueren. La pluralidad patriótica que existe y enriquece al Partido, la de los revolucionarios cubanos, militen o no en él, no se traduce en una pluralidad ideológica. El Partido existe como fuerza aglutinadora de inteligencias y voluntades para la construcción del socialismo; la diversidad de sus fuentes garantiza que ese socialismo nazca de tradiciones y necesidades nacionales. No existen partidos en el capitalismo –me refiero a los que se turnan en el gobierno, a republicanos y demócratas en los Estados Unidos, a panistas, priistas o perredistas en México, a los del Partido Popular y el PSOE en España, etc.– que sean antisistema: la pluralidad en el capitalismo no incluye a los que pretenden derribarlo (de verdad).
Finalmente, una aclaración necesaria: no acepto agrupamientos artificiales, pero no me deslindo de mis compañeros de ideas, de los que comparten preocupaciones y exponen sus criterios sin calcular consecuencias personales. Prefiero militar en el bando de los necios y defender no las ideas de moda, sino las que circulan por mis venas.