domingo, 14 de octubre de 2018

Bolsonaro: tres hipótesis y una sospecha

Atilio A. Boron
La sorprendente performance electoral de Jair Mesías Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales del Brasil suscita numerosos interrogantes. Sorprende la meteórica evolución de su intención de voto hasta llegar a arañar la mayoría absoluta. Y no fue el atentado lo que lo catapultó la posibilidad de ganar en primera vuelta. Veamos: en los últimos dos años su intención de voto fluctuó alrededor del 15 por ciento, pese a que está próximo a cumplir 28 años consecutivos como diputado federal (y con sólo tres proyectos de ley presentados a lo largo de estos años). Ergo, no es un "outsider" y mucho menos la personificación de la “nueva política". Es un astuto impostor, nada más. A comienzos de Julio su intención de voto era del 17 por ciento: el 22 de Agosto, Datafolha marcaba un 22 por ciento. El 6 de Septiembre sufre el atentado y pocos días después las preferencias crecieron ligeramente hasta alcanzar un 24 y un par de semanas después subía al 26 por ciento. En resumen: un módico aumento de 9 puntos porcentuales entre comienzos de Julio y mediados de Septiembre. Pero a escasos días de las elecciones su intención de voto trepó al 41 y en las elecciones obtuvo el 46 por ciento de los votos válidos. En resumen: en un mes prácticamente duplicó su caudal electoral. ¿Cómo explicar este irresistible ascenso de un personaje que durante casi treinta años jamás había salido de los sótanos de la política brasileña? A continuación ofreceré tres claves interpretativas.

I
Primero, Bolsonaro tuvo éxito en aparecer como el hombre que puede restaurar el orden en un país que, según pregonan los voceros del establishment, fue desquiciado por la corrupción y la demagogia instaurada por los gobiernos del PT y cuyas secuelas son la inseguridad ciudadana, la criminalidad, el narcotráfico, los sobornos, la revuelta de las minorías sexuales, la tolerancia ante la homosexualidad y la degradación del papel de la mujer, extraída de sus roles tradicionales. El escándalo del Lava Jato y el desastroso gobierno de Michel Temer acentuaron los rasgos más negativos de esta situación, que en la percepción de los sectores más conservadores de la sociedad brasileña llegó a extremos inimaginables. En un país donde el orden es un valor supremo – recordar que la frase estampada en la bandera de Brasil es "Orden y Progreso"- y que fue el último en abolir la esclavitud en el mundo, el “desorden” producido por la irrupción de las “turbas plebeyas” desata en las clases dominantes y las capas medias subordinadas a su hegemonía una incandescente mezcla de pánico y odio, suficiente como para volcarlas en apoyo de quienquiera que sea percibido con las credenciales requeridas para restaurar el orden subvertido. En el desierto lunar de la derecha brasileña, que concurrió con seis candidatos a la elección presidencial y ninguno superó el 5 % de los votos, nadie mejor que el inescrupuloso y transgresor Bolsonaro, capaz de infringir todas las normas de la "corrección política" para realizar esta tarea de limpieza y remoción de legados políticos contestatarios. El ex capitán del Ejército, eligió como compañero de fórmula a Antonio Hamilton Mourau, un muy reaccionario general retirado que pese a sus orígenes indígenas cree necesario “blanquear la raza” y que no tuvo empachos en declarar que “Brasil está lastrado por una herencia producto de la indolencia de los indígenas y del espíritu taimado de los africanos". Ambos son, en resumidas cuentas, la reencarnación de la dictadura militar de 1964 pero catapultada al gobierno no por la prepotencia de las armas sino por la voluntad de una población envenenada por los grandes medios de comunicación y que, hasta ahora, a dos semanas de la segunda vuelta, parece decidida a votar por sus verdugos.
 Ahora bien: ¿por qué la burguesía brasileña se inclinó a favor de Bolsonaro?  Algunas pistas para entender esta deriva las ofrece Marx en un brillante pasaje de El 18 Brumario de Luis Bonaparte . En él describió en los siguientes términos la reacción de la burguesía ante la progresiva descomposición del orden social y el desborde del bajo pueblo movilizado en la Francia de 1852: “se comprende que en medio de esta confusión indecible y estrepitosa de fusión, revisión, prórroga de poderes, Constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución el burgués, jadeante, gritase como loco a su república parlamentaria: “¡Antes un final terrible que un terror sin fin!”1 Pocas analogías históricas pueden ser más aleccionadoras que esta para entender el súbito apoyo de las clases dominantes brasileñas -enfurecidas y espantadas por el debilitamiento de una secular jerarquía social anclada en los legados de la esclavitud y la colonia- a un psicópata impresentable como Bolsonaro. O para comprender el auge de la Bolsa de Sao Paulo luego de su victoria en la primera vuelta y el júbilo de la canalla mediática, encabezada por la Cadena O Globo. Todo este bloque dominante suplicó, jadeante y como un loco, que alguien viniese a poner fin tanto descalabro. Y allí estaba Bolsonaro.
Y es que como lo observara Antonio Gramsci en un célebre pasaje de sus Cuadernos, en situaciones de “crisis orgánica” cuando se produce una ruptura en la articulación existente entre las clases dominantes y sus representantes políticos e intelectuales (los ya mencionados más arriba, ninguno de los cuales obtuvo siquiera el 5 por ciento de los votos) la burguesía y sus clases aliadas rápidamente se desembarazan de sus voceros y operadores tradicionales y corren en busca de una figura providencial que les permita sortear los desafíos del momento. “El tránsito de las tropas de muchos partidos bajo la bandera de un partido único que mejor representa y retoma los intereses y las necesidades de la clase en su conjunto” –observa el italiano- “es un fenómeno orgánico y normal, aún cuando su ritmo sea rapidísimo y casi fulminante por comparación a los tiempos tranquilos del pasado: esto representa la fusión de todo un grupo social (las clases dominantes, NdA) bajo una única dirección concebida como la sola capaz de resolver un problema dominante existencial y alejar un peligro mortal.”2
Esto fue precisamente lo ocurrido en Brasil una vez que sus clases dominantes comprobaran la obsolescencia de sus fuerzas políticas y liderazgos tradicionales, la bancarrota de los Cardoso, Temer, Neves, Serra, Sarney, Alckmin y compañía, lo que las llevó a la desesperada búsqueda del  providencial mesías exigido para restaurar el orden desquiciado por la demagogia petista y la insumisión de las masas y que, a su vez, les permitiera ganar tiempo para reorganizarse políticamente y crear una fuerza y un liderazgo políticos más a tono con sus necesidades sin el riesgo de imprevisibilidad inherente al liderazgo de Bolsonaro. Pero por el momento, lo importante para las clases dominantes brasileñas: subrayamos, lo único importante, es acabar definitivamente con el legado de los gobiernos del PT y sus aliados.  Conocido el derrumbe de sus candidatos en las encuestas pre-electorales, incluyendo al delfín de Fernando H. Cardoso, el gobernador del estado de Sao Paulo, Geraldo Alckmin, aquéllas necesitaban tiempo para pergeñar una nueva fórmula política. Una eventual victoria de Bolsonaro se lo proporcionaría, y hacia él volcaron todo su apoyo en las últimas semanas de la campaña.
II
Segundo, Bolsonaro fue favorecido por el cambio en la cultura política de las clases y capas populares que las tornó receptivas a un discurso que apenas unos años antes hubiera sido motivo de burlas, desoído o repudiado en las barriadas populares del Brasil, para ni hablar en los ambientes de las capas medias más educadas.  La crisis económica y social y la ruptura de los lazos de integración comunitaria en las favelas, potenciadas por la falta de educación política de las masas -una tarea que según Frei Betto el PT jamás se propuso como acompañamiento a sus políticas de promoción social- junto a la gravísima crisis institucional y política del país prepararon el terreno para un cambio de mentalidad en donde el llamamiento al orden y la apelación a la “mano dura” afloraron como propuestas sensatas y razonables para enfrentar una situación muy crítica en los suburbios populares y que los medios del establishment agigantaban pintándola con rasgos estremecedores.
¿Es éste un rasgo exclusivo del Brasil? No. Todos los gobiernos latinoamericanos del ciclo político iniciado a fines del siglo pasado con el ascenso de Hugo Chávez cayeron en el error de creer que sacar de la pobreza a millones de familias las convertiría inexorablemente en portadoras de una nueva cultura solidaria, comunitaria, inmunizada ante el espejismo del consumismo, y por lo tanto propensa a respaldar los proyectos reformistas. Sin embargo, como en la Argentina, Venezuela, Ecuador y Bolivia, en Brasil también una buena parte de los beneficiarios de las políticas de inclusión de los gobiernos del PT fue captada por el discurso del orden de la burguesía y las capas medias -atemorizadas y llenas de resentimiento por la activación del campo popular que hizo abandono de su tradicional quietismo- y pregonado de modo abrumador por la prensa hegemónica con el auxilio de las iglesias evangélicas. Estas hicieron lo que el PT y la izquierda no supo o no quiso hacer: organizar y concientizar, en clave reaccionaria, a las comunidades más vulnerables rescatadas de la pobreza extrema por los gobiernos de Lula y Dilma. Y lo hicieron reforzando los valores tradicionales en relación al papel de la mujer, la identidad de género y el aborto y promoviendo una cosmovisión reaccionaria, autoculpabilizadora de los pobres y esperanzada en el papel salvífico de la religión e, incidentalmente, de un oscuro político oportunamente bautizado y renacido como un buen cristiano en Mayo del 2016 en las mismísimas aguas del río Jordán, ¡donde San Juan Bautista hiciera lo propio con Jesucristo! La piadosa imagen de Bolsonaro sumergido en las aguas del río fue masivamente difundida a través de los medios y lo rodeó con el aura que necesitaba para aparecer como el Mesías que llegaba para poner fin al desquicio moral, social y político producido por Lula y sus seguidores. Esta prédica se difundía no sólo a través de los medios de comunicación hegemónicos -sino sobre todo por la Record TV, propiedad de Edir Macedo, fundador de la Iglesia Universal del Reino de Dios y segunda en audiencia detrás de la Cadena O Globo- sino que también se reproducía en sus más de seis mil templos establecidos en todo Brasil, una cifra abrumadoramente superior al número de locales que cualquier partido político jamás tuvo en ese país.3 Resumiendo: se verificó, como antes en Argentina y en cierta medida también en Brasil, la inesperada “revuelta de los incluidos” en contra de los gobiernos progresistas que promovieron esas políticas de integración social en la región.4

III
Una tercera línea de interpretación dice relación con el eficaz -y por supuesto, nefasto- papel  de los medios hegemónicos en el linchamiento mediático de Lula y todo lo que éste representa. En este sentido el papel de la Cadena O Globo y, en menor medida, el de Record TV, ha sido de capital importancia, pero no le van en zaga la prensa gráfica y por supuesto una muy aceitada utilización masiva de las redes sociales activadas por un enorme ejército de militantes y trolls. Las riquísimas iglesias evangélicas disponen de dinero más que suficiente para sostener esta letal infantería comunicacional. Toda esta artillería mediática ha venido desde hace años descargando un torrente de informaciones difamatorias y “fake news” (para cuya elaboración y diseminación ya existen numerosos programas disponibles en la web) que a lo largo del tiempo fueron erosionando la valoración de las políticas de inclusión social del PT y la credibilidad y honorabilidad de sus principales dirigentes, comenzando por Lula. La farsa jurídica mediante el cual se lo condenó, sin pruebas, a pasar largos años de cárcel no mereció crítica alguna de la prensa hegemónica, que previamente había maliciosa y minuciosamente atacado la imagen pública del ex presidente y sus colaboradores. El Lava Jato sirvió para arrojar un pesado manto de desprestigio sobre toda la clase política, no sólo los líderes del PT, y ciertos sectores del gran empresariado. Prueba de ello fue la decepcionante performance de los candidatos de la derecha en la primera vuelta, cosa que anotáramos más arriba.
Pero toda esta movida, la segunda etapa del golpe institucional cuya primera fase fue la destitución de Dilma Rousseff, debía culminar con la detención e ilegal condena de Lula y su proscripción como candidato, única forma de frustrar su seguro retorno al Palacio del Planalto. El efecto combinado de una justicia corrupta y unos medios cuya misión hace rato dejó de ser otra cosa que manipular y “formatear” la conciencia del gran público aseguró ese resultado y, sobre todo, el quietismo dentro de las propias filas de simpatizantes y militantes petistas que sólo en escaso número se movilizaron y tomaron las calles para impedir la consumación de esta maniobra. La complicidad de la justicia electoral en un proceso que tiene grandes chances de desembocar en el derrumbe de la democracia brasileña y la instauración de un nuevo tipo de dictadura militar es tan inmensa como inocultable. Jueces y fiscales, con la ayuda de los medios, arrasaron con los derechos políticos del ex presidente, lo encerraron física y mediáticamente en su cárcel de Curitiba al prohibirle grabar audios o videos apoyando a la fórmula Haddad-D'Avila e inclusive vetaron la realización de una entrevista acordada con la Folha de Sao Paulo. En términos prácticos la justicia fue un operador más de Bolsonaro, y los pedidos o reclamos de su comité de campaña apenas tardaban horas para convertirse en aberrantes decisiones judiciales. Por eso la justicia, los medios y los legisladores corruptos que avalaron todo este fraudulento proceso son los verdugos que están a punto de destruir a la frágil democracia brasileña, que en treinta y tres años no pudo emanciparse del permanente chantaje de la derecha y su instrumento militar.
Va de suyo que este perverso tridente reaccionario y bastión antidemocrático es convenientemente entrenado y promovido por Estados Unidos a través de numerosos programas de “buenas prácticas” donde se les enseña a jueces, fiscales, legisladores y periodistas de la región a desempeñar sus funciones de manera “apropiada". En el caso de la justicia uno de sus más aventajados alumnos es el Juez Sergio Moro, que perpetró un colosal retroceso del derecho moderno al condenar a Lula a la cárcel no por las pruebas -que no tenía, como él mismo lo reconoció- sino por su convicción de que el ex presidente era culpable y había recibido un departamento como parte de un soborno. ¡Condena sin pruebas y por la sola convicción del juez! La legión de periodistas que mienten y difaman a diario a lo largo y a lo ancho del continente también son entrenados en Estados Unidos para hacerlo "profesionalmente", en lo que sería la versión civil de la tristemente célebre Escuela de las Américas. Si antes, durante décadas se entrenó a los militares latinoamericanos a torturar, matar y desaparecer ciudadanas y ciudadanos sospechados de ser un peligro para el mantenimiento del orden social vigente hoy se entrena a jueces, fiscales y “paraperiodistas” (tan letales para las democracias como los “paramilitares”) a mentir, ocultar, difamar y destruir a quienes no se plieguen a los mandatos del imperio. Lo mismo ocurre con los legisladores y, en cierta menor medida, con los académicos.

IV
Las interpretaciones ofrecidas hasta aquí tienen por objetivo ofrecer algunos antecedentes que ayuden a la elaboración de hipótesis más específicas y precisas que den cuenta del sorprendente ascenso de Bolsonaro en las preferencias electorales de los brasileños. El hilo conductor del argumento revela la trama de una gigantesca conspiración pergeñada por la burguesía local, el imperialismo y sus personeros en los medios y en la política que va desde la ilegal destitución de Dilma pasando por la no menos ilegal condena y encarcelamiento de Lula hasta la emisión, días atrás, de los falsos certificados médicos que le permiten al mediocre Bolsonaro rehuir el debate con su contrincante que, sin duda alguna, le haría perder muchos votos. Toda la institucionalidad del estado burgués así como las clases dominantes y sus representantes políticos y su emporio mediático se prestan para concretar esta gigantesca estafa al pueblo brasileño. Y en este sentido no podríamos dejar de proponer como hipótesis adicional que tal vez el avasallante éxito electoral de un farsante como Bolsonaro pueda responder, al menos en parte, a un sofisticado fraude electrónico que pudo haberle agregado un 4 o 5 por ciento más de votos a los que legítimamente había obtenido. No estamos diciendo aquí que ganó gracias a un fraude electrónico -como ocurriera en la elección presidencial que en 1988 consagró el triunfo de Carlos Salinas de Gortari sobre Cuauhtémoc Cárdenas en México y tantas otras, dentro y fuera de América Latina- sino que sería imprudente y temerario descartar esa posibilidad. Sobre todo cuando se sabe que a diferencia del venezolano el sistema electoral brasileño no emite un comprobante en soporte papel del voto emitido en la urna electrónica, lo cual facilita enormemente la posibilidad de manipular los resultados. Es sorprendente que esto no haya sido considerado por los sectores democráticos en Brasil habida cuenta de la existencia de varios antecedentes en América Latina y en otras partes del mundo en donde la voluntad popular fue desvirtuada por el voto electrónico. Por algo países como Alemania, Holanda, Noruega, Irlanda, Reino Unido, Francia, Finlandia y Suecia han prohibido expresamente el voto electrónico. ¿Por qué no pensar que la pasmosa performance electoral de Bolsonaro podría haber sido potenciada –si bien sólo en parte, insistimos- por el hackeo de la informática electoral?


NOTAS
1 En Obras Escogidas de Marx y Engels (Moscú: Editorial Progreso, 1966), Tomo I, pp. 307-308.
2 Note Sul Machiavelli, sulla política e sullo stato moderno (Giulio Einaudi Editore, 1966), pp.50-51.
3 El nada casual crecimiento de las iglesias evangélicas y su conexión con los designios de Washington quedan patentemente reflejados en el artículo de Miles Christi, “El Informe Rockefeller”. Sectas y apoyo del gobierno de Estados Unidos contra la Iglesia Católica”,  disponible en 

miércoles, 14 de febrero de 2018

Mentiras sobre el gasto militar norteamericano

Atilio A. Boron
Días atrás el presidente Donald Trump dio a conocer su proyecto de presupuesto para 2019 que contempla un enorme déficit fiscal (que tratará de trasladarlo a los demás países, sobre todo a los de la periferia) y un presupuesto militar, eufemísticamente llamado de “defensa”,  de (716.000 millones de dólares) según informa la cadena CNBC. (Ver: https://www.cnbc.com/2018/02/12/trumps-2019-defense-budget-request-seeks-more-troops-firepower.html). Este monto incluye 24.000 millones de dólares destinados a la modernización del programa nuclear que, en algunos comunicados aparecía desligado del gasto militar, como si se tratara de inversiones para la producción de centrales atómicas.
Estos datos son algunas de las “pos verdades” a los cuales nos tiene acostumbrados el imperialismo norteamericano. “Pos verdad” o fake news –como gusta decir a Donald Trump- porque se oculta la verdadera dimensión del gasto militar de Estados Unidos haciéndoselo  aparecer como menor de lo que realmente es en un intento por escamotear ante la vista de la opinión pública el desenfreno militarista de un imperio que debilitado en su hegemonía política, intelectual y moral, como diría Antonio Gramsci, se repliega en sobre sus capacidades destructivas para contener por la fuerza su inexorable declinación en un sistema internacional que ya ha asumido un formato definitivamente multipolar.    
Hace muchos años que el gasto militar se convirtió en el principal motor de la economía norteamericana y fuente de fabulosas superganancias para el complejo militar-industrial-financiero que gira en torno a la producción de armamentos. En una suerte de perversa “puerta giratoria” las ganancias de este complejo se transfieren, en una pequeña porción, a la clase política.  Sus empresas y lobbies son los indispensables financistas de las onerosas carreras políticas de representantes, senadores, gobernadores y presidentes, prostituyendo definitivamente el funcionamiento de la democracia en Estados Unidos y abriendo las puertas para la constitución de la corrupta plutocracia que hoy gobierna a ese país. Presidentes y legisladores, envueltos en un falso celo patriótico, retribuyen los favores recibidos concediendo jugosas contraprestaciones materiales a las empresas del sector, todo lo cual se traduce en una desorbitada, absurda e innecesaria escalada del gasto militar. Esta corruptela explica que más de la mitad de los miembros del Congreso de Estados Unidos sean millonarios, cuando la proporción de estos en la sociedad norteamericana es de apenas 1.4 %.   (http://cnnespanol.cnn.com/2014/01/10/la-mayoria-de-los-miembros-del-congreso-de-ee-uu-son-millonarios/ )
No es de extrañar, en consecuencia, que desde la Guerra de Corea en adelante Estados Unidos no haya conocido un solo año sin tener tropas combatiendo en el exterior. Tampoco lo es que, pese a los optimistas anuncios oficiales, el gasto militar haya aumentado aún luego de la desaparición de quien durante los largos años de la Guerra Fría fuera su enemigo fundamental: la Unión Soviética. En este sentido, la operación propagandística del imperio pregonando los supuestos “dividendos de la paz” como fuente de una renovada ayuda al desarrollo quedó rápidamente al desnudo. Ni se mejoró la asignación de recursos para reducir la pobreza dentro de Estados Unidos ni se los canalizó para facilitar el progreso económico y social de los países de la periferia. Todo lo contrario, la escalada sin techo del gasto militar prosiguió su curso inalterada. 
Sorprende entonces la aceptación sin beneficio de inventario de la cifra del presupuesto militar que la Administración Trump anunciara recientemente. Según los cálculos más rigurosos el gasto militar total de Estados Unidos ya traspasó el umbral considerado -hasta no hace mucho como absolutamente insuperable, como una frontera escalofriante- de un billón de dólares, es decir, un millón de millones de dólares, lo que equivale aproximadamente a la mitad del gasto militar mundial. Tradicionalmente la Casa Blanca ocultaba la verdadera dimensión de su exorbitante presupuesto militar y los medios de comunicación del imperio reproducían esa mentira.  En el caso actual aquel va mucho más allá de los 716.000 millones de dólares recientemente declarado por la Casa Blanca.  Esa cifra no incluye otros emolumentos derivados de la presencia bélica de EEUU en el mundo y que también deben ser considerados como parte del presupuesto militar del imperio.  Por ejemplo, la Administración Nacional de Veteranos (VET) que tiene a su cargo ofrecer atención médica a los heridos en combate hasta el fin de sus vidas y de asistir a quienes regresan del frente desquiciados psicológicamente tiene un presupuesto para el próximo año de 198.000  millones de dólares.  (https://www.militarytimes.com/veterans/2018/02/12/va-spending-up-again-in-trumps-fiscal-2019-budget-plan/) A esta descomunal cifra hay que agregarle otros dos ítems, con datos muy poco transparentes y disimulados en el presupuesto federal: los destinados a la contratación de “asesores” para misiones especiales (vulgo: mercenarios) y los “gastos de reconstrucción” para ocupar o transitar por áreas previamente destruidas por la aviación o los drones de EEUU. Si se suman todos estos componentes se llega a una cifra que supera el billón de dólares. Para comprobar la irracionalidad criminal de este presupuesto nótese que tan sólo el gasto de la VET equivale a poco menos que el gasto militar total de China, que asciende a 215.175 millones de dólares y que el segundo presupuesto militar del planeta.  O con el presupuesto de la Federación Rusa, que es casi tres veces inferior al de la VET: 70.345 millones de dólares; o con el del ultra-enemigo de EEUU, Irán 12.383millones de dólares.  ¿Cómo justificar tan fenomenal desproporción? Inventando enemigos, como el ISIS, o dando pie a delirantes conspiraciones acerca del peligro que Rusia, China, Irán o Corea del Norte representan para la seguridad nacional norteamericana. Pero la verdad es que el gasto militar ayuda a mover una economía de lento crecimiento y, sobre todo,alimenta al complejo armamentístico que financia a los políticos que convierte en millonarios.  Pese a eso la dirigencia estadounidense insiste en la vulnerabilidad de la seguridad nacional norteamericana y no cesa de mantener a su población sumida en el miedo, un efectivo dispositivo de dominación. Por último, con tal brutal desequilibrio de fuerzas en el plano militar Washington reafirma su vocación de seguir siendo el gigantesco gendarme mundial presto a actuar en cualquier lugar del planeta para poner al capitalismo a salvo de toda amenaza. En cualquier lugar pero sobre todo en Nuestra América, reserva estratégica de un imperio amenazado. La contraofensiva lanzada en los últimos años y la creciente belicosidad en contra de Cuba y Venezuela son pruebas harto elocuentes de esa enfermiza vocación por impedir que la tierra siga girando y congelar la historia en el punto en que se encontraba al anochecer del 31 de Diciembre de 1958, en vísperas del triunfo de la Revolución Cubana. Todos estos esfuerzos serán en vano, pero mientras tanto están haciendo un daño enorme y hay que detenerlos antes de que sea demasiado tarde porque la humanidad está en peligro.

viernes, 9 de febrero de 2018

Leonardo Padura y James Ellroy: novela negra en Cuba y EEUU, crítica social y doble rasero

 Leonardo Padura
James Ellroy
José Manzaneda, coordinador de Cubainformación.
La 13ª edición del festival de novela policiaca “Barcelona Negra” convocaba hace unos días a 106 escritores y escritoras (1), siendo su “estrella” invitada el estadounidense James Ellroy, Premio “Pepe Carvalho” 2018 (2).
El escritor más entrevistado estos días, sin embargo, no era Ellroy, sino el cubano Leonaldo Padura, cuya proyección mediática es verdaderamente llamativa (3) (4). Pero al margen de lo cuantitativo, lo verdaderamente chocante es el tratamiento periodístico tan opuesto, según se hable del cubano Leonardo Padura o del estadounidense James Ellroy. Veamos.
La historia personal de este último es dura: toxicómano en su juventud, su madre fue violada y asesinada (5), y en sus libros encontramos violencia sin límite, corrupción, brutalidad policial, crimen organizado y narcotráfico (6). Sin embargo, no leeremos en reseñas y entrevistas una sola referencia a la situación social y política de EEUU. Una muestra del sentido de obediencia del periodismo actual, ya que fue el autor quien impuso la condición de “no hacer preguntas ni de política ni de actualidad” para la concesión de entrevistas (7).
En contraste, poco importó a los periodistas que el cubano Leonaldo Padura lleve años quejándose de que le “pregunten todo el rato por la situación política cubana" (8). Cada entrevista es un bombardeo de preguntas sobre el relevo presidencial en Cuba (9), la emigración (10), la pérdida de valores (11), la homofobia (12), la desigualdad social en la Isla (13)... El colmo era, hace unos días, un trabajo en “El Confidencial”, cuya última pregunta empezaba así: y ahora “terminamos con literatura”… (14)
Mientras el estadounidense James Ellroy era presentado como “el perro diabólico de las letras estadounidenses” (15), el diario español “ABC” definía a Padura como un “contestatario”, un “disidente” (16) que representa la “visión crítica y plomiza de Cuba” (17). Un país –continuaba- que “huele a corrupción y miseria” (18). La novela de Padura es “un agudo análisis de la sociedad cubana”, según “El Cultural”, suplemento del diario “El Mundo” (19). En contraste, este mismo medio, al abordar la obra de James Ellroy, nos acercaba a sus influencias literarias, a su rechazo a escribir en ordenador o a su gusto por las camisas hawaianas (20). Sobre las injusticias y crueldades de la sociedad estadounidense, retratadas en su obra, ni una letra.
Las opiniones de Leonardo Padura generaba titulares –la mayoría- acerca de su país (21) (22) (23). Los referentes a James Ellroy, en contraste, eran sobre su vida o su obra (24) (25).
Identificar los problemas de los personajes de Padura con los de la sociedad cubana en su conjunto es ya la tónica general en los medios (26): “muchos lectores conocen Cuba gracias a los libros de Padura”, leíamos recientemente en “El País” (27). Su obra es “el específico retrato de la realidad cubana”, una “crónica social del desencanto de una generación en la isla”, nos decía “Televisión Española” (28). Porque el detective Mario Conde, su personaje, “descubre –leíamos en el diario “La Vanguardia”- los sueños rotos de la revolución” (29).
Por el contrario, las novelas de James Ellroy –y del resto de autores invitados al Festival “Barcelona Negra” (30)- no reflejan ninguna problemática social, ningún sueño roto. El personaje de las novelas de Julián Ibáñez, autor español que compartió con Padura una de las mesas redondas, es Bellón, un buscavidas, chivato, matón y traficante de Getafe, ciudad al sur de Madrid (31). Ningún diario español ha insinuado que sus historias, ambientadas en la sórdida realidad de “puticlubs de carretera” donde –como leemos- “pululan personajes sombríos (y) desesperanzados” (32), sean una reflexión crítica sobre la sociedad española. Sobre Padura –eso sí- nos contaban cómo “combina las tramas negras con el retrato crítico de (su) país” (33).
Pero si hay un tema obsesivo en casi todas las entrevistas al novelista cubano ese es el de la “censura” en Cuba (34): “¿ha escrito Vd. siempre lo que ha querido?” (35), “¿es independiente para decir lo que quiere?” (36), son preguntas a las que Padura ha respondido una y mil veces. “Todos (mis libros) se han publicado (…) en Cuba sin que se les cambie una palabra” (37), ha aclarado, subrayando que el Ministerio de Cultura de Cuba le concedió en 2012 el Premio Nacional de Literatura (38). Nada a lo que ciertos medios no le puedan buscar una lectura oculta. “La Nación” de Argentina afirmaba que el “caso” de Padura “es paradójico: parece estar diseñado para desmentir a la disidencia, (…) como ejemplo de (…) lo que puede (…) publicar un novelista que sigue viviendo en la isla y (…) cuestiona hasta la raíz todo su sistema político” (39).
Y una última reflexión. Si el autor de novela negra más conocido de Cuba centra sus preocupaciones personales y literarias –sean cual sean sus opiniones- en los valores humanos o en los problemas sociales de su país (40); mientras uno de los novelistas “estrella” de EEUU, rehúye cualquier reflexión social (41), hace un canto cínico al individualismo (42) (43) (44) y defiende con vehemencia la posesión de armas o la pena de muerte (45), ¿por qué no leemos en la crítica literaria alguna reflexión sobre la salud de sus respectivas sociedades?

lunes, 15 de enero de 2018

Una tarde berlinesa entre cubanos

 
Enrique Ubieta Gómez
Hay dos grados bajo cero, pero en el sótano de la casa de Conde, donde nos reunimos los cubanos –viejos residentes de la capital alemana y funcionarios de la embajada–, hay otro clima ajeno a cualquier predicción meteorológica. Es una casa cómoda, recién construida en las afueras de la ciudad; los anfitriones tardarán muchos años en pagar las deudas contraídas. Él lo dice con resignación. Se ha dejado crecer el pelo y agrega en broma: "no tengo dinero para ir al barbero". Unas horas antes, en el pequeño hotel donde me hospedo, mientras desayunaba, había escuchado al dueño –que es también recepcionista y camarero–, responder en ruso a una llamada telefónica. Lo abordé de inmediato en esa lengua y el hombre, ya mayor, al saber además que había estudiado en Kíev, de donde es oriundo, no contuvo su alegría. Estuvo hablándome sin parar durante un buen rato: "me duele el pecho cada vez que hablo de Kíev, de Ucrania", dijo.  "Es una ciudad muy hermosa", le riposto y sonríe triste. Lleva veinticinco años en Berlín y no piensa regresar. Hace un gesto de aflicción y agrega: "Ya no es lo mismo que antes... yo nunca fui comunista" (una aclaración necesaria en este país), "pero entonces había orden y se podía vivir". Ahora, en casa de Conde, el ambiente es otro. La nostalgia es inevitable, pero prima un sentimiento de hermandad que los años no disminuyen. Los rostros, los gestos, son cubanísimos; sin embargo, algunos llevan treinta y cuarenta años en Berlín. Llegaron a trabajar o a estudiar en los años ochenta del siglo pasado y se quedaron. Otros emigraron en el nuevo milenio. El común denominador de la mayoría es el amor: casados con alemanas, tienen hijos amasados entre dos culturas. Hablamos de política, de la alemana y de la cubana, y todos se afilian a la izquierda, donde late el corazón. Son hijos de la Revolución, no quieren que desaparezca. Repudian a Trump, y su recrudecido bloqueo. Se conversa de los asuntos más cotidianos y de los más graves. Se bromea, por supuesto; se planifican vacaciones y hasta regresos definitivos. Conde, quien se graduó en Cuba como teólogo de la Iglesia Bautista, lee una reflexión de Confucio. Diego, un cantautor catalán que se busca la vida en Berlín desde hace seis años (aceptaría la independencia de su terruño si esa es finalmente una decisión del pueblo, pero no se siente ajeno a las restantes culturas de España), nos ofrece dos canciones, una suya y otra, recién aprendida, de Compay Segundo. Nos despedimos, hay abrazos, direcciones electrónicas intercambiadas, promesas de nuevos encuentros, aquí o allá, se dice. Es dura la vida del emigrado. El ucraniano, el catalán y esos cubanos lo saben, aunque cada uno tenga una experiencia de vida diferente. Algunos perdieron su país, otros nunca lo tuvieron, pero Conde, Frías, Silva, Oliva y Ávila, saben que mientras exista la Revolución tendrán Patria, ellos, sus hijos y sus nietos, mitad cubanos y mitad alemanes.