miércoles, 6 de noviembre de 2013

Tony, el condiscípulo

Anoche llegué de provincia y fui casi directamente a uno de esos Parlamentos públicos que la Asamblea Nacional organiza en los barrios, esta vez en Arroyo Naranjo. El tema: los Cinco. El encuentro al que asistieron cientos de residentes de la zona, contó con la presencia de Esteban Lazo, presidente del máximo órgano del Estado, y de otros diputados, así como del héroe René González y de familiares de los prisioneros políticos. Hablamos 12 ex compañeros y amigos de adolescencia y juventud de los cuatro que aún permanecen en prisión. Las intervenciones de los convocados fueron excelentes y estuve a punto de escurrirme con alguna excusa, pues la premura de mi regreso a la capital no me había permitido prepararme como debía. Esa mañana había escrito dos cuartillas, pero aquello era otra cosa, y los invitados no leían, improvisaban anécdotas. Así que me llené de valor y dije lo que sentía, o más bien lo que pude. Anoto que la intervención de René fue hermosa: expuso algunos recuerdos personales de su convivencia en la cárcel con sus cuatro hermanos, e hizo énfasis en Gerardo, a quién catalogó como un santo –así lo llamó su abogado–, como un hombre verdaderamente excepcional, por quién hay que luchar todos los días hasta su liberación. Debemos, dijo, estar a su altura, y no cejar en el empeño de traerlo de vuelta a casa. Reproduzco a continuación el breve texto que había escrito y que no leí esa noche cargada de momentos emotivos.



TONY, EL CONDISCÍPULO
Enrique Ubieta Gómez
Se nos ha pedido hablar del Tony que antecedió al Antonio Guerrero, al Tony héroe. La circunstancia de tan extraño pedido es que fuimos compañeros de curso en la Escuela Vocacional Lenin, es decir, en los años de preuniversitario, y en mi caso, lejanos compatriotas en Kíev, capital de la Ucrania soviética, donde ambos realizamos estudios universitarios, él, como se sabe, en el Instituto de Ingenieros de la Aviación Civil, y yo en la Universidad. Pero la frontera resulta artificiosa, y hoy inevitablemente contaminada. Las cualidades de un héroe son casi invisibles mientras no aparece el instante mágico de las definiciones, la prueba mayor que establece el antes y el después; todos los rasgos que hoy señalamos parten de la certeza de lo que es, no de lo que era (para nosotros, claro). Es decir, un héroe es ya un héroe en potencia antes de serlo, pero no lo sabemos hasta que se revela.
Tony fue un muchacho sano, compartidor, que bailaba muy bien –aseguran las muchachas– con sentido del humor, y afición por los deportes, en especial el fútbol. Era un compañero afable, noble, de un carácter fuerte. En todas esas cualidades pudo revelarse su condición posterior, o no. De hecho, las cualidades morales, el carácter, es el trabajoso resultado de una biografía, en la que interviene el hogar, la escuela, las tradiciones nacionales y muchas otras circunstancias, y entre ellas una que nos abarca y determina a todos, la época. Cuando Fidel decía que en el pueblo había muchos Camilo, no aludía solo al carácter genuinamente popular del comandante guerrillero, se refería también a que las cualidades de un pueblo se revelan con mayor precisión, y se consagran, en sus héroes. Éstos son como sus pueblos, lo representan.
Tony fue el más consecuente, el más puro de los muchachos de mi generación, el mejor discípulo de su época, que es la nuestra; por eso, cuando supimos lo que había sido capaz de hacer, lo que ha hecho cada día en estos quince años de encierro, todos sus condiscípulos y coetáneos nos sentimos consagrados. Tony nos hizo mejores seres humanos, porque mostró hasta dónde podían conducir las pequeñas cualidades que quizás, quienes nos formamos en Revolución, alguna vez compartimos. Solo en un punto fue diferente a todos: su inclaudicable consecuencia. Pero eso lo supimos después, fue el resultado de su guerra personal frente a los retos de la vida.
Hablar de Tony adolescente probablemente no satisfaga al oyente que está a la caza de anécdotas que prefiguren al héroe. Baste con saber que fue uno de aquellos miles de muchachos de uniforme azul que arrastraban la maleta o la mochila cada sábado, de regreso a casa; uno de aquellos adolescentes que corría por los pasillos de la beca, cada mañana, frente a la cuenta regresiva del profesor, para no llegar tarde, ni un minuto, a la formación del matutino (so pena de recibir un reporte); uno de aquellos novios incontenidos y enamoradizos que encontraba una esquina del edificio docente para intercambiar besos (también a riesgo de recibir un reporte) y sueños a hurtadillas; uno de esos jóvenes que llegaban en las tardes al albergue, llenos de fango la ropa y el cuerpo, pero limpia el alma, después de un partido de fútbol. Quién sabe si un viejo de espíritu pronunció alguna vez, al ver pasar el grupo de amigos rientes en el que seguramente estaba Tony, la frase de rigor: “esta juventud está perdida”. Podemos imaginarlo también en Kíev, la bella ciudad ucraniana, descubriendo las estaciones del año, después del breve verano de llegada, arrastrando los pies bajo la alfombra de hojas amarillas y doradas que en otoño cubre aceras y parques, o abriendo mucho los brazos para recibir en el rostro los primeros copos de nieve. O quizás, enseñando a bailar –para envidia nuestra–, a la condiscípula más bella. Lo difícil, lo doloroso, es imaginarlo en la injusta celda de castigo, porque evitó la muerte de muchos coetáneos, porque no quiso traicionar para vivir en lo oscuro, amputada ya por quince años su vida –mientras la nuestra transcurría de forma rutinaria–, la vida que pudo tener de esposo, de padre, de ingeniero, de simple mortal. Porque los héroes no son dioses, ni semidioses, aunque a veces lo parezcan; son seres mortales como todos, para quienes cada minuto de vida cuenta.
Sé que entre ustedes aparecerá un héroe mañana. No se sorprendan. No lo encontrarán hoy, pero sin duda, está sentado aquí, o pasea ahora mismo por las calles del barrio. No se crean el cuento de que los tiempos son otros; pobre tiempo, pobre generación la que no produce héroes. En el pueblo hay muchos Tony, muchos Gerardo, muchos Fernando, muchos Ramón, muchos René. Ellos no solo nos defendieron de la violencia contrarrevolucionaria, también eligieron entre la luz y las sombras, entre la estrella que ilumina y mata, y el yugo que prolonga y degrada la vida. Gracias Tony, en nombre de tus compañeros de curso. Aquí está mi abrazo de condiscípulo agradecido, con la seguridad de que pronto podremos dártelo en esta ciudad, en esta tierra que se enorgullece de ti.

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