martes, 26 de agosto de 2014

Gaza y sus monstruos

Atilio A. Boron
De golpe me desperté, sobresaltado y bañado en sudor, en la mitad de la noche. Miré al reloj y eran las 3.25 de la madrugada. Habían regresado violentamente a mi cerebro las espeluznantes imágenes que viera pocas horas antes en Dossier, el notable programa de Walter Martínez que Venezolana de Televisión y TeleSUR ponen al aire para decir y mostrar lo que los medios hegemónicos ni dicen ni muestran. Siento como si estuviera en Gaza en el momento en que las cobardes Fuerzas de Defensa Israelí (FDI) hacen saltar por el aire un edificio de doce pisos, reducido a llameantes escombros en un abrir y cerrar de ojos, cegando quien sabe cuántas vidas, proyectos, ilusiones, anhelos de gentes cuyo único pecado era ser palestinos y en donde, presumiblemente, habitada un jefe militar de Hamas. Es un insulto a la inteligencia aducir que un personaje de ese rango estaría, en medio de la agresión israelí, sentado confortablemente en su casa disfrutando del paisaje del Mediterráneo mientras conversaba con su familia. Cobardes, repito, porque quienes así actúan no son guerreros –que antaño compartían un código de honor- sino feroces asesinos que desde sus aviones, drones, helicópteros, tanques, buques de guerra descargan su violencia genocida sin arriesgar su pellejo mientras perpetran sus crímenes. Para justificarse, el gobierno israelí dice que todo es respuesta al infame secuestro y muerte de tres jóvenes colonos judíos en la Ribera Occidental, aunque no hay pruebas definitivas al respecto. Pero aún si las hubiera, la astronómica desproporción de las víctimas condena sin atenuantes a las hienas que desde Tel Aviv y Jerusalén gobiernan en Israel. La maldad e inhumanidad de esta pandilla dirigente no tiene límites, y en una repugnante involución genética –una kafkiana metamorfosis- se convirtieron en la actual reencarnación de Hitler y su horda asesina. Bombardean Gaza con más saña que la que emplearan las tropas nazis para destruir el Gueto de Varsovia, y el ataque de su aviación es infinitamente más letal que el que Hitler, con la complicidad de Mussolini y Franco, ordenara para destruir a la heroica Guernica en Euskadi.
Pero su inmenso aparato propagandístico, extendido como una plaga infecciosa por casi todo el mundo, nos informa que las hienas habían advertido a los gazatíes que deberían marcharse, que la vecindad  sería atacada en pocos minutos más. ¡En pocos minutos más! ¿Cómo hacer para abandonar en tan breves instantes un hogar, porque se trata de un hogar, no de una guarida? Un hogar con niños, con ancianos, con hombres y mujeres aterrorizados por la infernal orgía de sangre desatada desde hace varias semanas. Pero aún si pudieran hacerlo: ¿adónde irían? Si todos saben que no hay lugar seguro en Gaza, que ni siquiera las mezquitas o las escuelas de la ONU, para no hablar de los hospitales, son refugio seguro contra la barbarie de las FDI. ¿Dónde podían ir? ¿Al Greenwhich Village, al Central Park, al Upper West Side neoyorkino, al Barrio Latino de París, a Trafalgar Square en Londres ? Están atrapados y no tienen escapatoria. Son como los animales de laboratorio, víctimas condenadas a morir en un experimento de “limpieza étnica” meticulosamente planificado, como hacía el monstruoso doctor Josef Mengele con los judíos en el campo de concentración de Auschwitz. Gentes condenadas a estallar por los aires, ante la indiferencia de los custodios de la “civilización occidental y cristiana” que se nutre de la noble tradición judía sobre la cual vomitan los actuales gobernantes de Israel.    
Ante tanta barbarie flota un silencio cómplice, como el que hubo cuando Hitler masacraba a seis millones de judíos ante la pasividad generalizada de Occidente. Silencio de los gobiernos pero silencio aún más pesado e insoportable, en el caso argentino, de los intelectuales judíos –inclusive de quienes son conocidos por sus posturas progresistas y, en algunos casos, de izquierda- que salvo pocas y honrosas excepciones se han llamado a un mutismo absoluto que no los librará de su responsabilidad ante la historia y los pueblos.[1] Tan vergonzosa ha sido su capitulación que quedaron situados a la derecha de Mario Vargas Llosa, que criticó con durísimos términos la conducta del régimen israelí a quien acusó de convertirse de víctima en victimario. En Israel, en cambio, no son pocos los que haciendo honor a la gran tradición humanista del judaísmo han venido denunciando públicamente la “limpieza étnica” y los crímenes de guerra del régimen de Netanyahu. Y para honor de Nuestra América hubo miles de personas que firmaron el Manifiesto titulado “En Defensa de Palestina” propiciado por una iniciativa del Presidente Evo Morales y promovido por la Red en Defensa de la Humanidad. Pero en Gaza la muerte sigue su curso, y la putrefacción del sistema de Naciones Unidas muestra toda su ineptitud para detener esta carnicería. Los medios hegemónicos, a su vez, pretenden re-editar la teoría de “los dos demonios” y mostraron días pasados la foto de un niñito israelí, hijo de inmigrantes argentinos, muerto a causa de un ataque de Hamas. Se lo presenta luciendo una camiseta de la selección argentina de fútbol y cualquier persona de buenos sentimientos no puede sino horrorizarse ante una vida tronchada de esa manera, por culpa de la violencia desatada por sus propios gobernantes. Pero esa misma prensa no exhibe fotos similares de los niños palestinos cuando aún estaban vivos; sólo los muestran una vez que están muertos. No se trata de jóvenes vidas segadas criminalmente sino de una interminable sucesión de imágenes horrorosas de niños despanzurrados, reventados, acribillados. En un cierto sentido se los presenta como si jamás hubiesen estado vivos, como sí lo hicieron en el caso  del niño israelí. El metamensaje sería algo así como que los palestinos siempre estuvieron muertos; esto, lo de Gaza hoy, no es sino la confirmación de algo que ya sabíamos, que estaban muertos y por lo tanto no se puede hablar de asesinato. En cambio el otro, el israelí, estaba vivo y unos desalmados lo mataron.
El infierno gazatí ha producido un sinfín de monstruosas aberraciones. Entre ellas hay una que no ha tenido la atención que se merece y que ha sido destacada por un agudo analista norteamericano, el profesor Immanuel Wallerstein. Según él, resulta que el “Califato del Estado Islámico”, a veces también llamado ISIS o ISIL, parecería ser “la fuerza militar más entrenada y comprometida de la región” a excepción, claro está, del ejército israelí. La pregunta que surge de inmediato es la siguiente: ¿cómo es esto?, ¿quién reclutó, financió, armó y entrenó a una fuerza militar tan poderosa? La respuesta es clara: Estados Unidos, sus “lamebotas” europeos y sus compinches en las reaccionarias e hipercorruptas monarquías del Golfo Pérsico. ¿Por qué lo hicieron? Porque querían producir un “cambio de régimen” (léase: golpe de estado) para acabar con el gobierno de Bashar al-Asad en Siria y para eso armaron un ejército de mercenarios, una verdadera “armada Brancaleone” en la cual agruparon a matones, ladrones, violadores, prófugos de la justicia y mercenarios de todo tipo y pelaje que los aparatos ideológicos del imperio rápidamente ennoblecieron -como lo hicieran con los “rebeldes” en Libia, y antes en Nicaragua- llamándolos “combatientes por la libertad”. Con esta manipulación informativa pretenden disimular lo que no es otra cosa que un sangriento asalto al poder y la destrucción de un país como si fuera una “guerra civil” entre un régimen despótico y unas buenas almas democráticas y libertarias, que lo combaten con las armas y la cobertura política y mediática que le proporcionan los gobiernos -¡malditos gobiernos, una y mil veces malditos!- de Occidente, entendido éste no como un dato geográfico sino como la expresión geopolítica de la dominación del capital en el plano mundial. Receta probada “exitosamente” en Libia y en Irak y que desde hace poco más de tres años desangra a Siria, que el imperio necesita subordinar para aislar a Irán y entorpecer los planes de Rusia en la región. Y como la historia tiende a repetirse días pasados el Califato decapitó públicamente al periodista estadounidense James Wright Foley, y amenaza con convertir esta bárbara práctica en una rutina periódica como respuesta al nuevo bombardeo de Washington en Irak. Ocurre con ese nefasto engendro de Occidente lo mismo que antes sucediera con Saddam Hussein, con Osama bin Laden, con Netanyahu y la dirigencia neonazi del estado de Israel: Estados Unidos y sus clientes arman a estos rufianes hasta los dientes –en el caso de Israel, con un impresionante arsenal nuclear- para que sirvan como peones de sus estratagemas geopolíticas para luego observar, impotentes, como, sus creaturas se independizan de sus creadores y se convierten en sus enemigos o, en el caso de Israel, en incontrolables y criminales aliados. Se confirma así la tesis de que el imperialismo es una máquina imparable de crear monstruos políticos que asolan pueblos enteros y que, tarde o temprano, se vuelven contra sus creadores.  
La súbita irrupción del Califato y sus crímenes transmitidos en tiempo real es otro desafío ante el cual no podemos permanecer en silencio y que debemos condenar sin atenuantes. Pero ¿cómo harán quienes han sido cómplices de las atrocidades de Israel para rasgarse sus vestiduras ante los crímenes del Califato? ¿Con qué autoridad moral podrían hacerlo? Quienes firmamos el manifiesto “En Defensa de Palestina” podemos juzgarlos y condenarlos, pero quienes callaron ante los crímenes de guerra perpetrados en Gaza deberán permanecer en silencio, ahora y siempre. Su autocastración moral es una desgracia, no sólo para ellos, sino para la humanidad. Y es irreparable. Recuerdo una frase que me impresionó de la Divina Comedia. Es la que el Dante colocó a la entrada del Séptimo Círculo del Infierno. Decía textualmente: “este lugar, el más horrendo y ardiente del Infierno, está reservado para aquellos que en tiempos de crisis moral optaron por la neutralidad.” Dicho en términos actuales, ese horrendo y ardiente lugar está reservado para quienes ante los crímenes del estado de Israel optaron por el silencio. Para siempre.


[1] Hay que destacar algunas alentadoras excepciones: Bolivia y Venezuela rompieron relaciones con Israel mientras que Chile, Ecuador, Brasil y Perú han llamado a consultas a sus embajadores en Tel Aviv. La República Bolivariana de Venezuela, además, ha enviado una importante ayuda humanitaria para los habitantes de Gaza. Pero aún está sin revisar el Tratado de Libre Comercio entre el Mercosur e Israel.

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