jueves, 27 de noviembre de 2014

Crónica de una parodia anunciada

René González Schweret
Blog Soy un espía, dicen
Hoy 27 de noviembre se cumplen 14 años del comienzo del juicio. Como se informó previamente, se irá haciendo la crónica de lo que sucedió en aquellos meses. Simultáneamente se irán situando en el blog las transcripciones oficiales de la corte.
Todo comenzó el 12 de septiembre de 1998, cuando en la madrugada de aquel sábado fuimos detenidos por el FBI diez personas. Tras el asalto que constituye un arresto USA y los interrogatorios en el cuartel del cuerpo en Miami, fuimos llevaros al FDC  (Centro Federal de Detención) de Miami y puestos en confinamiento solitario en el piso 13, que a la sazón estaba vacío.
El circo dio inicio el próximo lunes, cuando sin habernos podido siquiera asear o pasarnos un peine por el cabello nos bajaron directamente de las celdas a la corte con los ya conocidos overoles anaranjados que se usan en muchas prisiones norteamericanas. La voz se había corrido en la ciudad y el espectáculo ofrecía una multitud entre curiosa y delirante. Era la primera vez que “espías castristas” eran exhibidos como trofeo ante el público miamense. La tónica de revancha y desquite que aquella escena representaba determinaría el espíritu de la actuación de la fiscalía y el funcionamiento de las ruedas de la justicia federal desde entonces hasta nuestros días.
Desde los primeros días se evidenció que de los diez detenidos sólo cinco habíamos decidido enfrentar la presión y el chantaje de los fiscales. El resto se decantó aceptando cooperar con la fiscalía a cambio de sentencias drásticamente benignas. Así comenzó para nosotros el tortuoso camino de enfrentar un aparato legal que de antemano estaba afinado para que se nos encontrara culpables.  Poco a poco se fue acumulando la copiosa documentación que en estos casos enmascara la esencia del funcionamiento del sistema.
Aunque el acta de acusación constaba de 26 cargos, en concreto los Cinco enfrentábamos tres cargos sustantivos: Tres cargos de conspiración para cometer espionaje pesaban sobre Manuel Viramontes, Luis Medina y Antonio Guerrero. Sobre los Cinco –incluyendo ahora a Rubén Campa y a René González-  pesaba un cargo per cápita de actuar como agente extranjero no registrado ante el procurador general. También sobre los Cinco otro cargo algo raro por cabeza: Conspirar para lo mismo de lo que habíamos sido acusados en el segundo cargo. En otras palabras, ya por un mismo delito teníamos dos cargos:  Un cargo por cometer el delito y otro cargo  por conspirar para cometerlo.
El día 29 de septiembre, al regresar de una audiencia de fianza, el elevador se detuvo en el piso 12 del FDC. Se oficializaba así nuestra permanencia definitiva en celdas de castigo, o lo que se conoce como Special Housing Unit (SHU) o el Hueco. A partir de ahí el trato a los Cinco tuvo un carácter especial que se prolongaría por 17 meses.

Entre tanto, el engranaje legal comenzaba a girar en sentido contrario a la suerte de los acusados. Mientras éramos confinados en el hueco otro hueco, a muy buena distancia, se habilitaba para ingresar en él la evidencia. Todo ello aplicando indiscriminadamente el cuño de “SECRETO” a cuanto documento había sido hallado en nuestra posesión. La movida nos permitiría sólo el acceso a una pequeña porción de los documentos que supuestamente incriminaban a los acusados.
El 7 de mayo de 1999 aparece una segunda acta acusatoria enmendada, en la que se acusa a Manuel Viramontez -ahora bajo su nombre real de Gerardo Hernández- de conspiración para cometer asesinato en relación al derribo, el 24 de febrero de 1996, de dos aviones de la organización Hermanos al Rescate, con el resultado de cuatro personas muertas. Sin que haya aparecido evidencia nueva, o algún testimonio, la fiscalía ha sumado este cargo tras una campaña de prensa dirigida a exigir el encausamiento de Fidel Castro a propósito del derribo, y tras repetidas reuniones tanto con políticos cubanoamericanos como con familiares de los pilotos muertos. Se sella así la politización irreversible del juicio, que ahora girará sobre la acusación de conspiración para asesinar y enreda el caso en la madeja de resentimientos y deseos de revancha contra Fidel de los grupos contrarrevolucionarios de Miami.
En agosto de 1999 comienza la puja cuesta arriba de la defensa por lograr que el juicio se celebre fuera del ambiente viciado de Miami. El abogado William Norris, representando a Luis Medina, pide fondos para realizar una encuesta sobre las opiniones predominantes en la ciudad relativas al juicio de los Cinco. Varias mociones solicitando el cambio de sede se suceden. El precedente en que descansan es el caso Pamplin vs Mason, que justifica relocalizar la venia del juicio si los prejuicios de la comunidad son tan fuertes que impiden un juicio justo a los acusados. La fiscalía aduce que la ciudad de Miami es muy grande y heterogénea y que los prejuicios de la comunidad cubana no tienen suficiente impacto como para determinar que el juicio no sea justo.
No pasará mucho tiempo antes de que en otro caso, en que el gobierno hacía de defendido, los fiscales den un giro de 180 grados y apelen a Pamplin vs Mason para aducir que el sentimiento anticubano en Miami no les permitiría un juicio justo. En ambos casos los jueces darán la razón al gobierno: En el nuestro para negarnos el cambio de sede. En el otro -Ramírez vs Ashcroft- para acceder a la petición de la fiscalía y mover el juicio hacia Tampa.
Entretanto, los Cinco luchamos porque se nos saque de las condiciones de castigo con que se ha impedido que nos preparemos para una adecuada defensa. Tras una primera audiencia ante un magistrado, en que se nos niega la solicitud, comenzamos un proceso administrativo en la propia prisión. Nuestros formularios “se pierden” uno tras otro. El personal se ríe abiertamente de nuestras solicitudes. Con paciencia, vamos registrando cada petición que “se perdió”, cada solicitud de cuidado médico ignorada, cada visita de mis hijas “que no se pudo dar” o cada formulario sin respuesta. Con la lista en mano regresamos a la corte. El magistrado aconseja a los fiscales: “Este caso de perfil alto. Mejor consideran quitar a los defendidos de las celdas de castigo o la cosa se puede complicar”. Da una semana a las partes para ponerse de acuerdo.
Momentáneamente tenemos una posición de “fuerza” y exigimos que se nos ponga en una misma unidad: “Ustedes llevan año y medio argumentando que nos tienen que mantener en el ala de castigo por nuestra protección” -refutamos- “Ahora nos tienen que poner juntos porque es más seguro para nosotros”. El atrevimiento da frutos. Advertidos por el magistrado del mal efecto de la publicidad los carceleros ceden y en febrero de 2000 nos ubican a los Cinco en la sección 7E. Una pequeña victoria que celebrar.
El asunto del cambio de sede está en el aire hasta que se celebra una audiencia. Nuestros abogados van armados de la encuesta realizada por el profesor Gary Morán, cuyo presupuesto y tamaño de muestra han sido aprobados previamente por la jueza. Llevan también un fajo de artículos de prensa -luego, se descubriría, pagada subrepticiamente por el gobierno- en que se vilifica a los Cinco desde el primer día del arresto. El profesor Morán misteriosamente ausente. Los fiscales van con las manos vacías, pero no necesitan llenarlas para respaldar sus argumentos:
“El tamaño de la muestra no es suficiente como para conocer los sentimientos de la comunidad. El profesor Morán siempre llega a las mismas conclusiones. Pamplin vs Mason no califica porque la ciudad es grande y los cubanos son sólo un grupito ahí que no tiene importancia. Los artículos de prensa en que se dice que “los espías fueron entrenados con alucinógenos” o que “atacaron el mismo corazón de la seguridad nacional” son inocuos, sanos, imparciales, balanceados, inmateriales.”
Uno tras otro van cayendo la muestra previamente aprobada por la jueza, el precedente de Pamplin vs Mason, los artículos de periódico con que se ha atiborrado la ciudad por casi dos años, la conocida historia de Miami y los prejuicios sembrados en ella. Caso por caso la jueza va sustituyendo la evidencia presentada por la defensa con los argumentos sin respaldo de la fiscalía. En cuanto al experto Morán luego sabríamos que la jueza retuvo su pago y en represalia este no se presentó a defender su encuesta.
Poco después sabríamos más: El señor Morán y la honorable Joan Lenard habían tenido problemas en un caso previo. La Jueza nunca informó a las partes del conflicto de intereses. Otra flagrante violación de las leyes.
El 27 de julio de 2000, cuando la Jueza negó sumariamente todos los argumentos para mover el juicio fuera de Miami, la suerte de los Cinco quedó echada.
A principios de agosto los fiscales nos proponen declararnos culpables de los cargos a cambio  de unas sentencias absurdas. De todos modos no vamos a aceptar a esas alturas declararnos culpables de alguno de los cargos falsos que construyó la fiscalía. No nos vamos a poner a mentir por ellos en el estrado para que usen nuestras mentiras como pretexto para acusar a Cuba.
La propuesta que me toca viene acompañada de una velada amenaza: Recuerda que tu esposa no es ciudadana y la podemos someter a un proceso de deportación. El domingo 13 de agosto, en mi cumpleaños, le digo en la visita que se prepare para cualquier cosa. El día 16 se presenta inmigración a su casa y es llevada a la cárcel para ser deportada.
Siempre quedan escaramuzas. El 23 de octubre la fiscalía saca la garra de la preocupación por lo que puede revelar la evidencia y pone una moción para que no se hable de ciertas cosillas. Tiene un título raro. Moción para eliminar del juicio ciertos temitas ahí, vaya, que tienen que ver con una “percepción” de Cuba sobre algunas actividades digamos, así por decir como de terrorismo, que se estarían preparando en la Florida. Lo que quiere decir en lenguaje vulgar es que mejor no se toque el tema del terrorismo en el juicio. Que la evidencia sobre terrorismo es inmaterial, sin importancia y no es pertinente. Que el combatir el terrorismo es la motivación de los acusados, pero las motivaciones no se deben de ventilar ante el jurado. La moción es tan absurda que ni la propia Lenard la aprueba. Se le acaba de virar el plato de frijoles del terrorismo a la fiscalía sobre la mesa.
Todo listo para comenzar el juicio y cinco días antes, el 22 de noviembre, se materializa la deportación de mi esposa. El 27 nos presentamos en la sala y se comienza a transcribir el documento oficial que irá apareciendo en este blog. Como cumplimiento de una promesa a mi esposa, escribo las primeras palabras del diario del juicio, del que irán apareciendo algunos fragmentos de entre los que inspiran esta Crónica de una Parodia Anunciada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada