jueves, 28 de mayo de 2009

Zoe Valdés visita Haití

El mar: imprescindible en la vida de los haitianos

Este texto fue acogido inicialmente por el blog de Daynet Rodríguez. El fragmento de mi libro que reproduzco también fue seleccionado por ella. Quisiera ahora compartir esos textos y algunas fotos que tomé en Haití con mis lectores invisibles.


Entierro en Haití

Por Enrique Ubieta Gómez

Zoe Valdés visita Haití. Se hospeda en uno de los más lujosos hoteles de Puerto Príncipe. "Las dimensiones espaciosas del cuarto me asombraron –escribe en su blog--, solamente en la cama cabían cuatro más igual que yo. Tenía aire acondicionado, televisión con todos los canales del área, incluido Estados Unidos y República Dominicana. El baño también grande, a cuerpo de rey. Tomé una ducha, me recosté en la cama, cogí el libro de la mesa de noche para leer un rato, pero me quedé rendida. Soñé con una noche azul, y mucha gente alrededor mío. Dormí plácidamente, como hacía muchos años que no dormía". Pero en Haití es imposible no topar con la pobreza, es decir, con la extrema pobreza que golpea y persigue al visitante más imperturbable. Compasiva, Zoe se niega a desayunar a cuerpo de rey: "Desayuné frugalmente –dice, sintiéndose una persona "buena"--, me molestaba comer tanto en un país que tiene fama de ser uno de los más pobres y hambrientos del mundo". Tiene como referente a una buena francesa que huye de la bárbara civilización y que trata de ayudar al pueblo haitiano escribiendo de sus penurias. ¿Por qué no salen de la pobreza?, balbucea con ingenuidad devastadora. Y su amiga responde: "Porque los explotan, porque no les dan trabajo para que puedan comer, o tienen para comer pero no tienen lo demás para vivir". De tan sencilla explicación deduce otra aún más elemental: el problema es que los haitianos ricos no se preocupan por los haitianos pobres. Zoe ni siquiera sospecha que los ricos haitianos son meros instrumentos de otros ricos. Que sean tan "malos", la perturba unos minutos. Entonces claro, aparecen los médicos cubanos –cientos de trabajadores de la salud que prestan sus servicios en los rincones más intrincados y desprotegidos del país--, esos hombres y mujeres que no practican la compasión, sino la solidaridad. Y se escuda en una mentira con apariencia de verdad, que el lector europeo tragará sin masticar como hace todos los días con la "información" chatarra que depositan sobre su mesa: "Ese médico en Cuba no tenía nada, ni casa propia, ni comida, ni ropa, el Estado le pagaba con un miserable salario. Comía comprando y rapiñando en el mercado negro". Porque ese médico posiblemente no tenga casa propia –como por cierto, miles de europeos--, pero tiene casa, come y se viste (no a la moda parisina, ni con ropa de marca) y está socialmente protegido como todo cubano. Entonces finge una tímida "defensa": "Pero en Haití hay más hambre que en Cuba". Para que la francesa rectifique: "No, están parejos, pero en Cuba han sabido taparlo y la gente que viaja a Cuba no quiere verlo". Zoe se siente muy triste, no hay esperanza. "No la hay –dice su amiga--, pero debemos inventarla, cada día, e intentar sostener a los que nos rodean, ayudar a nuestro entorno. No más". Ya se siente bien, duerme como "un recién nacido", sabe que no es culpa suya la pobreza de los desposeídos. Y decide ir al mercado de artesanías. Su amiga francesa la conduce al lugar exacto: "Delphine posee muy buen gusto y ojo para ese tipo de arte popular, una variedad de escenas pintadas en cuadros de desiguales tamaños, desde los más diminutos hasta algunos que medían cerca de cincuenta o setenta centímetros –nunca más grandes que eso--, mostraban cañaverales y negros cortando caña, el mar y gente pescando, bohíos con familias trabajando en labores agrícolas". Zoe viajó a Haití para filmar un documental, que no creo que aporte mucho, pero en cambio consiguió paz espiritual y excelentes pinturas para su apartamento parisino. Sálvenos Dios de "intelectuales" como ella.

Escena cotidiana
No me gusta la carne de buey

(Fragmento de un capítulo de mi libro La utopía rearmada, La Habana, Casa Editora Abril, 2002, Premio de la Crítica)

Haití subyuga al visitante por la originalidad y la fuerza de su cultura, pero también lo golpea por la miseria en que viven o sobreviven sus pobladores. Los pintores populares recogen fielmente en sus lienzos el abigarramiento de colores y formas de sus pueblos y ciudades. Carros, camiones, transformados en ómnibus de vivos colores, motos que sirven de taxis, bicicletas, burros cargados de mercancías y transeúntes se mezclan sin orden. No hay semáforos y no hay señales viales, no existen o no se acatan leyes de tránsito. Rodeándolo, invadiéndolo todo, cientos, miles de vendedores callejeros deambulan o esperan con sus cestas en la cabeza; la mayoría son mujeres que aguardan en cuclillas la llegada de algún comprador ocasional. Son tantas que no sé qué posibilidades de venta tengan, aunque sin duda sobreviven. Las opciones de trabajo son mínimas y el sector informal lo acapara casi todo. Probablemente más de la mitad del país carece de energía eléctrica. En los pueblos los vendedores, insistentes, se auxilian de velas o de mechas de keroseno. Al filo de la carretera se distinguen de noche por la luz tenue y nerviosa de la llama. En los pueblos donde hay instalaciones eléctricas, la luz se administra en horarios nocturnos. Las carreteras son precarios caminos de polvo blanco y de piedras. La escasa vegetación permanece durante los meses de seca teñida de blanco. Haití es un país desforestado. Los haitianos suelen exhibir sus sentimientos con cierta espontánea teatralidad. Ello no significa que muestren fácilmente su mundo interior. En el pequeño poblado sureño de Les Anglais, una mujer joven que llevaba en su mano una carta abierta bailaba al caminar, contoneaba la cintura al ritmo de una música imaginaria, miraba al cielo con los brazos en alto y reía. Quería que todos supiéramos de su felicidad. La gesticulación corporal es para los haitianos –de forma similar que para los cubanos, aunque de códigos diferentes--, un acto imprescindible de comunicación. Ese júbilo ostentoso se manifiesta en el recibimiento a los médicos cubanos que regresan. En Okay, nombre criollo, que es Les Cayes en francés --así aparece señalado en los mapas--, vi cómo corrían a abrazarlos, con los brazos abiertos, gritando de la emoción. Jorge Tey, licenciado en radiología que volvía de sus vacaciones en Cuba, de pie en la cama de la camioneta junto a los nuevos brigadistas, saludaba a los transeúntes, a los vendedores del mercado, a los niños alborozados, como un alcalde auténtico. Okay, por momentos, se asemeja a ciertos fragmentos de La Habana: casas de dos pisos de estilo ecléctico (¿o sin estilo?), portales flanqueados por columnas, que sirven de acera. Y muy cerca, el mar..., ah, el mar. Pero más abajo cesa el asfalto y viven hacinados los pescadores.
Ningún blanco se atreve a caminar por esos barrios. Excepto los médicos cubanos. Recorro esas calles, que en ocasiones son pasillos de arena y fango, con Jean Dieuseul Brunette, un joven haitiano de gran ascendencia en la zona. Habla español e inglés. “Conmigo nadie puede tocarte”, me dice. Los pobladores, orgullosos, no permiten que un extranjero fotografíe su pobreza, pero Brunette aclara: es cubano. Entramos a un pequeño cementerio sin cercas a mitad de cuadra. Entre los mausoleos católicos de mármol hay algunas viviendas muy pobres. Las tumbas están descuidadas, algunas son de finales del siglo XIX y principios del XX y tienen inscripciones en alemán. Un grupo de muchachos, sentados sobre una de ellas, juega a las cartas. “Si tienes problemas, entras a un cementerio –afirma Brunette--, allí siempre estarás protegido”. Pasamos frente a una humilde iglesia pentescostal. Mi guía me presenta y nos hacen pasar. Los fieles danzan en círculo al ritmo de los tambores. En el centro, varias mujeres vestidas de blanco permanecen estáticas, petrificadas, en meditación profunda. De los danzantes, cae en éxtasis primero uno y después otro, dando vueltas sobre sí como trompo humano, hasta desplomarse. Mi conocida mambo se quejaba de la guerra desculturizadora que las iglesias protestantes hacen en Haití contra el vudú, especialmente contra el uso tradicional de la medicina verde. Salimos. Muy cerca, la algarabía de los apostadores nos conduce hasta la valla de gallos. En Haití hay dos pasiones: el fútbol y las peleas de gallos. Brunette habla por mí y nos permiten presenciar el espectáculo de los pequeños gladiadores. Los gallos son hermosos. La pelea es cruenta. El dinero va y viene. Un aficionado tras de mí me dice al oído, en español: “usted puede venir aquí cuando quiera, porque es cubano”. La sangre de los gallos salpica el muro blanco. De repente, cae derribado uno y agoniza en la arena. Nos sentamos de cara al mar, Brunette y yo, a conversar. Habla con pasión de su país, de la amistad con los médicos cubanos. Me cita de memoria un fragmento del Ensayo sobre las costumbres de Voltaire y comenta en tono confidencial: “no me gusta comer carne de buey, uno nunca sabe cuando es un buey de verdad o cuando es un hombre transformado en buey”.

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