viernes, 29 de mayo de 2009

Sabor a Infierno.


Omar Rafael García Lazo

Nadie escarmienta por cabeza ajena, dice el refrán. ¡Cómo hemos visto todos los cubanos testimonios de este tipo durante cinco décadas, en la tele, en el barrio, en la bodega, en la escuela, en la universidad, en la familia! Aunque si revisamos las páginas anteriores a 1959, con total seguridad encontraremos historias tan o más dolorosas que esta que nos cuenta “El Médico de la Salsa”, sobre todo en los sectores de la cultura y el deporte. También es cierto que las hay muy diferentes, pero los costos personal, moral y familiar, muy pocos los sopesan.
No sería inapropiado recordar que el capitalismo, desde su surgimiento, ha tenido como palancas de desarrollo la explotación de unos por otros y el interés individual en la ganancia, en el lucro, y esa tendencia, a lo largo de los años, ha estado en constante antagonismo con el sentimiento de solidaridad humana, con lo colectivo, con la bondad.
El arte ha sido víctima también de los engranajes productivos de ese sistema y de sus consecuencias sociales y políticas manifestadas en algunos artistas, quienes, condicionados u “obligados”, han puesto de una forma ciega su obra al servicio del mercado. No es mi interés hablar sobre la “contradicción” o “conciliación” entre arte y mercado, existen muchas variables presentes en ese fenómeno y no se deben descuidar antes de hacer un análisis. En todo caso invito siempre a que se tenga en cuenta la idea martiana de que “arte es huir de lo mezquino”.
Manolín prefirió dejar su público, teóricamente su razón de ser, por la conquista de otros, (prefiero pensar así). Aunque por lo que dice, parece que el brillo enlatado y el tin tin de los metales preciados que compraron la muerte de Jesús pesaron más en la balanza que inclinó su decisión.
No obstante, sirve el testimonio de Manolín para reafirmar lo que algunos todavía no comprenden y lo que quizás otros negarán. El capitalismo ha creado increíbles, pero finitas riquezas, gracias a que ha exacerbado el interés material por encima del culto al espíritu en un ciclo que no cierra pero se amplía hasta el punto en que nada importa más que la ganancia, ni siquiera el planeta en que vivimos.
Y si se habla de “baile”, hablemos pues de la “casa del trompo”: Estados Unidos. Y me ayudan las palabras del Apóstol, quien sinceramente elogió a ese país una vez que puso sus pies en él, pero en la medida en que lo fue conociendo de cerca, palpando sus hilos más íntimos, como él sabía hacer, dejó de creer en el incipiente “sueño americano” y le dejó a todos los habitantes del sur del Bravo una clara caracterización de su “paradigmático” vecino y una clara advertencia: “…en este pueblo revuelto (se refiere a Estados Unidos), suntuoso y enorme, la vida no es más que la conquista de la fortuna: ésta es la enfermedad de su grandeza. La lleva sobre el hígado: se le ha entrado por todas las entrañas: lo está transformando, afeando y deformando todo. Los que imiten a este pueblo grandioso, cuiden de no caer en ella. Sin razonable prosperidad, la vida, para el común de la gentes, es amarga; pero es un cáncer sin los goces del espíritu”.
Dice el refrán que el que por su gusto muere, la muerte le sabe a gloria, a Manolín, como él mismo afirma, el paso dado le sabe a infierno. Siente en su cuerpo el golpe de una realidad hostil. Se lamenta, le duele, quizás porque sobrevive en él algo que aprendió aquí, en su tierra, en nuestras escuelas: hay cosas en la vida que no tienen precio. “Las verdades reales -sentenció el Apóstol- son los hechos”.

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