miércoles, 22 de agosto de 2012

Julian Assange, el superman de la libertad de información

Julian Assange y Baltasar Garzón
Enrique Ubieta Gómez
La persecusión y el acoso a Julian Assange se tornan críticos. La soberana decisión del gobierno ecuatoriano de otorgar asilo diplomático al fundador de WikiLeaks ha desatado la furia imperialista de viejas y menos viejas metrópolis. Solo un país en "revolución ciudadana", para usar sus propios términos, puede interesarse en la verdad. Declaro mi apoyo absoluto a la posición adoptada por el presidente Correa y respaldada por los países del ALBA y de UNASUR. A continuación, reproduzco un fragmento de mi libro Cuba: ¿revolución o reforma? en el que expongo mi criterio sobre la labor de Assange y del ex juez Garzón, dos personas que ahora se unen en la vida "real", al convertirse el segundo en abogado defensor del primero. En un reciente articulo publicado por El País de España, se reproducen las declaraciones de Garzón: “El exjuez español, convertido ahora en abogado defensor del exhacker, ha informado de que su cliente se encuentra "fuerte de espíritu" y está agradecido con "el pueblo ecuatoriano y, en particular, con su presidente Rafael Correa" por la concesión de asilo diplomático concedido el pasado jueves. Garzón ha insistido en que su cliente defiende la libertad y los derechos humanos y que está siendo víctima de una "persecución política".”
Fragmento de mi libro (páginas 152 y 153)
Recientemente, la editora de Superman, DC Comics, realizó una operación de marketing que apostaba al escándalo:
"En uno de sus episodios, el superhéroe asistía a una manifestación contra el presidente de Irán, Ahmadineyad, tras lo cual recibió numerosas críticas. Por ello, en DC pensaron que la mejor idea era que el personaje del cómic renunciara a su ciudadanía estadounidense, pero seguramente no pensaron la que se les vendría encima.
“Pretendo hablar en Naciones Unidas mañana e informarles de que renuncio a mi ciudadanía estadounidense. Estoy cansado de que mis acciones se interpreten como instrumentos de la política de EE.UU.”, ha sido la frase de la polémica."

La jugada, que el diario español Público (29 de abril de 2011) se toma en serio, provocó la reacción esperada, la única posible y coherente, más allá de la filiación conservadora o no de los lectores sorprendidos y agraviados:
"Es el caso de Jonathan Last, redactor de la publicación conservadora The Weekly Standard, que calificó la decisión de DC como “la mayor tontería que DC Comics podía hacer”, al tiempo que insistió en que lo “único realmente interesante del personaje es su devoción completa a EE.UU., que establece sus límites morales”. “¿Cree en el intervencionismo británico o en la neutralidad suiza? Si Superman no cree en Estados Unidos no cree en nada”, añade, según informa The Guardian.
[...] La historia de Superman ha estado ligada desde sus inicios en 1938 a EE.UU., con un traje que evoca los colores de la bandera del país y con portadas como una de 1942 que se convirtió en un símbolo
de su patriotismo en plena Segunda Guerra Mundial, cuando posó con el escudo de las barras y estrellas y un águila en su brazo."

Superman es el símbolo más logrado del sistema: no es que crea en los Estados Unidos, él es “los Estados Unidos”. Su existencia en el imaginario social solo tiene sentido como una metáfora “buena” del imperio. No hay que descartar, sin embargo, que el extraño intento de desnacionalizar ese símbolo sea un acto de trasvestismo político: los Estados Unidos se disfrazan de ONU o de OTAN, la “justicia” imperial se transforma en “justicia transnacional”, en su afán de imponerse como juez y gendarme del orden mundial:
"Desde DC Comics se argumentó que el plan del personaje a partir de ahora era dar un “enfoque global a su batalla interminable, aunque siempre vaya a estar comprometido con su hogar adoptivo y sus raíces de niño de granja en Kansas”.
Según The Hollywood Reporter, detrás de la declaración de intenciones de Superman está la voluntad de la editorial y de los estudios de cine para consolidar al Hombre de Acero como un personaje transnacional que atraiga a un mayor número de audiencia y de taquilla en todo el mundo."

Me vienen a la mente ahora dos personajes reales que se comportan como superhéroes trasnacionales de ficción: Julian Assange y Baltasar Garzón.
Permítame el lector una breve reflexión previa, porque desde los años noventa del pasado siglo se ha estimulado la descontextualización de la verdad y la mentira, del bien y del mal, para extirpar del análisis histórico el sentido opresor o liberador, clasista, de cada suceso.
El primer y más abarcador intento poscomunista –para utilizar un término adorado por los teóricos de la desesperanza–, de borrar todo análisis de contexto, fue la sustitución de conceptos como fascismo o comunismo, por el de totalitarismo. La sustitución de esencias, por “ciertas” apariencias formales. Es lo que nos permitiría decir que en España y en Chile hubo transiciones a la “democracia” cuando en realidad, en esos países, momentáneamente ahogados los movimientos de resistencia, se produjeron simples cambios de forma en la implementación del capitalismo y de su represión interna. Franco y Pinochet diseñaron esa transición; Franco y Pinochet, que fueron, durante muchos años, los “superhéroes” del capital.
Pero el sistema puede prescindir, una vez logrado sus objetivos, de servidores como ellos, y producir nuevos superhéroes que condenen a posteriori sus actos criminales. Precisamente, en el camino de esta posición abstracta hallamos a un magistrado español, ampliamente promovido por los medios: Baltasar Garzón.
La orden de detención contra Pinochet durante su paso por Londres, moralmente irreprochable y ampliamente aplaudida por todos los hombres y mujeres honestos del mundo, creaba sin embargo un precedente jurídico que sería utilizado por el más fuerte, que no es precisamente el más justo. La inmediata promoción mediática que tuvo el hecho ubicó a Garzón como un Superman real, una representación de la justicia humana (divina, supranacional), por encima de tendencias sociales o intereses terrenales.
Fijada en la mente de los ciudadanos esa imagen, Garzón entonces continuó su deambular “justiciero” de un lado y del otro del espectro social: contra la guerra sí, la de los invasores y ya que esta era imparable, con especial énfasis la de los invadidos; contra los ahogadores, al menos en su discurso, pero también contra el pataleo de los ahogados. ¿Habría podido Garzón irrumpir en el escenario internacional como héroe si el detenido en Londres no hubiese sido Pinochet, sino Henry Kissinger? ¿La justicia británica se hubiera atrevido a procesarlo?
Los invasores, los opresores, tienen los recursos –la fuerza del dinero, de la prensa y de las armas– para eludir y enterrar las acusaciones; los invadidos y oprimidos, no. Pero, ¿acaso la actuación individualizada de Garzón no apela a las mismas razones que el gobierno estadounidense para atribuirse la ejecución de una justicia supranacional, casi divina, previa división de la humanidad en buenos y malos, según sus intereses?
Pasado el torbellino mediático de los documentos imperiales revelados por WikiLeaks, los acusados claman con aparente sentido de equidad: esperamos ahora que aparezcan los documentos secretos de los estados “enemigos”, de los movimientos de oposición al capital. En un mundo tan brutalmente manipulado, tan orweliano, estos hechos producen infinitas sospechas, y los medios se complacen en divulgarlas. Pero no se trata de atribuir “malas”
intenciones a quienes entienden literalmente (el sistema jamás es literal, recuérdese esto) los principios de la libertad de información o de la justicia sin fronteras. De alguna manera, los “locos” siempre pueden mediatizarse o en su defecto, enjuiciarse: los individuos son prescindibles. Tan prescindible era Pinochet como Garzón, que no lo dude, si es que quiere de verdad hurgar en el pasado franquista. Que Franco no era chileno, sino español. E igual de prescindible es Julian Assange.
La discusión no es si son o no personas sembradas para servir oscuros intereses; eso qué importa, si parten de principios abstractos. Ellos creen en lo que hacen, supongo. Si es sincero, Julian Assange es un kamikaze de la libertad de información, una persona que se tomó en serio un eslogan publicitario del capitalismo, que nunca fue concebido para más. Assange y
Garzón se parecen más a los héroes de los comics, que a los de las grandes batallas sociales de la historia humana. En un mundo donde las empresas mediáticas existen para construir estados de opinión, y conducir como rebaño a las masas políticamente analfabetas, que Assange crea en la libertad de información parece una locura. Ha sido apresado, por un delito fabricado de acoso sexual. Assange y sus seguidores quizás comprendan esta vez que el único proyecto social que necesita la verdad es el socialismo. Que la verdad no es neutra. Y la justicia tampoco.

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