lunes, 15 de febrero de 2010

La jauría mediática de Venezuela, contra el ministro cubano Ramiro Valdés.

En la foto, los comandantes Ramiro Valdés, Camilo Cienfuegos y Ernesto Che Guevara.
José Manzaneda, coordinador de Cubainformación.
“La calumnia es la venganza de los cobardes”. Jacinto Benavente.
A Ramiro Valdés, héroe de la República de Cuba
En las últimas semanas, el gobierno de Venezuela ha solicitado el apoyo de los gobiernos de Argentina, Brasil, Rusia, China y Cuba para superar la actual crisis energética que vive el país tras la sequía más intensa en los últimos cien años (1). Obviando al resto de países, los grandes medios privados de Venezuela que, a su vez, son fuente informativa de los canales internacionales, han centrado sus habituales ataques contra el gobierno de Hugo Chávez en el apoyo prestado por Cuba en esta crisis.
Para descalificar la capacidad del gobierno cubano como asesor en materia de gestión del sistema eléctrico, los medios han rescatado en sus informaciones la situación energética que vivió Cuba a comienzos de los años 90, haciéndola pasar por actual. El diario venezolano El Nacional reproducía el 4 de febrero las palabras de Víctor Poleo, asesor del Ministerio de Energía en la etapa anterior a Chávez (2). Éste afirmaba que “los cubanos sufren permanentes racionamientos, lo cual los lleva a celebrar los "alumbrones", pues es más el tiempo que están sin energía”. Hay que explicar que la expresión “alumbrón” se empleó en Cuba a comienzos de los 90, cuando, a causa de la desaparición de su comercio con la Unión Soviética, la Isla sufría diariamente cortes eléctricos de hasta 16 horas. Hoy, la situación es radicalmente distinta, pero los medios venezolanos siguen hablado de los “alumbrones” de Cuba como si fueran un fenómeno actual.
El apoyo cubano a Venezuela ha sido presentado por los medios como un factor de pérdida de soberanía, tratando de tocar los sentimientos patrióticos del pueblo venezolano. Enzo Betancourt, presidente del Colegio de Ingenieros, aparecía en varios canales con declaraciones como la siguiente: "Chávez decretó la cubanización de la energía eléctrica a pesar de que la capacidad profesional de los venezolanos es muy superior a la de Cuba, (y esto) es una falta de respeto a nuestros ingenieros" (3).
Pero el centro de la guerra mediática ha sido la visita a Caracas de Ramiro Valdés Menéndez, ministro de Informática y las Comunicaciones de Cuba, que ha sido objeto de una grosera campaña de descalificaciones, mentiras e insultos en medios venezolanos e internacionales. En una crónica titulada “Los cubanos controlan ya sectores claves de Venezuela”, Joaquim Ibarz, corresponsal en México del periódico catalán La Vanguardia, describía a Valdés, uno de las más destacadas figuras históricas de la Revolución cubana, como “un militar de 78 años experto en represión” (4). Resulta casi extravagante que se hable de represión en un país como Cuba, donde –al contrario que en tantos países vecinos- su población jamás ha sido testigo de escenas de brutalidad policial y de cargas antidisturbios, y donde no se ha probado un solo caso de tortura o de desaparición de personas.
Marcel Granier, director de Radio Caracas Televisión calumniaba a Valdés diciendo que su "única experiencia (...) es mandar a fusilar gente" (5). Recordemos que este canal televisivo y el propio Granier fueron organizadores del golpe de estado del 2002, en el que francotiradores contratados asesinaron a manifestantes a favor y en contra del gobierno para poder justificar la intervención del ejército (6).
El alcalde opositor de Caracas Antonio Ledezma pedía la “expulsión de Venezuela” del ministro cubano y le calificaba como “especialista (...) no en hacer proyectos de electricidad sino en electrocutar” (7). Este tipo de patrañas son habituales en boca de este político venezolano, responsable de centenares de muertos en el Caracazo, suceso ocurrido en 1989 cuando la policía que él dirigía como Gobernador de Caracas disparó contra la población indefensa que protestaba por el alza de precios de los productos básicos (8).
El Nuevo Herald, de Miami, unía la visita del Comandante de la Revolución con las recientes protestas del estudiantado venezolano de clase acomodada contra el gobierno de Hugo Chávez: “la presencia de Valdés en Venezuela es una prueba (sic) que la represión a las manifestaciones populares y los ataques a los medios de comunicación de Hugo Chávez recién están comenzando”, afirmaba el rotativo (9). El diario digital VenEconomía redondeaba esta tesis, repetida por todos los medios privados de Venezuela, afirmando que "la estrategia de Valdés sería doblegar con el terror las protestas de la población, con métodos que nunca se han empleado en el país, ni siquiera en tiempos de las dictaduras de Juan Vicente Gómez o Pérez Jiménez" (10). Todos estos desvaríos mediáticos se basan en que Ramiro Valdés fue uno de los organizadores del Departamento de Seguridad del Estado de Cuba, creado en 1959 en respuesta a los ataques armados y las agresiones terroristas desde EEUU.
Tras el mensaje del miedo, el dardo golpista se desliza en los medios con total naturalidad. El diario español ABC daba espacio a las declaraciones del vicealmirante venezolano retirado Iván Carratú, que afirmaba que “Valdés va a dirigir la represión con los milicianos cubanos. (...) Podría correr mucha sangre y tenemos que evitarlo” (11).
El portal argentino INFOBAE secuestraba el lenguaje clásico de la izquierda latinoamericana. Afirmaba que Ramiro Valdés “fue muy importante en el control de (...) los movimientos populares (en Cuba)” (12). Denominar movimientos populares a los grupos de la contrarrevolución cubana creados y financiados por el gobierno de EEUU y que no superan los 20 miembros es una de las más imaginativas creaciones de la guerra mediática.
Pero no la única. El diario también argentino La Nación sentenciaba que “Valdez (sic) vende radios comunitarias a Venezuela, que forman parte del emporio multimediático chavista” (13). El autor se refiere a las modestas radios alternativas ubicadas en las barriadas populares, muchas de las cuales existen hace décadas, que no han tenido jamás la más mínima relación con el gobierno cubano y, muchas de las cuales, aunque apoyan al presidente Chávez, realizan una labor informativa crítica. Pero este nuevo disparate no parte de la imaginación desubicada del periodista argentino, sino de un conocido catedrático venezolano antichavista, Antonio Pasquali, quien sentencia que el ministro cubano "pone a un cubanito en cada una (de dichas radios) para que no haya despistes ideológicos”.
Todas estas fechorías informativas contra Ramiro Valdés y contra el presidente Chávez son solo una pequeñísima muestra de la antología del disparate, la mentira y el engaño de los medios de comunicación en las últimas semanas. Estos ejemplos formarán parte, algún día, de la memoria histórica de la guerra mediática organizada por los sectores económicos más poderosos de América Latina contra los gobiernos y movimientos populares que hoy constituyen un peligro real para sus privilegios económicos y sus intereses de clase.

(1) http://www.cubadebate.cu/noticias/2010/02/05/tecnicos-de-cuba-brasil-y-argentina-apoyan-a-venezuela-para-resolver-crisis-electrica/
(2) http://el-nacional.com/www/site/p_contenido.php?q=nodo/121023/Econom%C3%ADa/Cuba-recibir%C3%A1-$-2,4-millardos-m%C3%A1s-por-asesor%C3%ADa-el%C3%A9ctrica
(3) http://www.lavanguardia.es/internacional/noticias/20100207/53885110693/los-cubanos-controlan-ya-sectores-claves-de-venezuela-valdes-chavez-ramiro-valdes-la-habana-internet.html
(4) Op. Cit.
(5) http://el-nacional.com/www/site/p_contenido.php?q=nodo/120998/Nacional/Granier:-La-%C3%BAnica-experiencia-de-Vald%C3%A9s-es-mandar-a-fusilar-gente
(6) http://www.youtube.com/watch?v=OuH2Zrtii5g
(7) http://www.diariocritico.com/venezuela/2010/Febrero/noticias/193484/ledezma-anuncia-marcha-en-apoyo-a-los-estudiantes.html
(8) http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/latin_america/newsid_7914000/7914048.stm
(9) http://www.elnuevoherald.com/noticias/ultimas-noticias/story/647494-p2.html
(10) http://www.lavanguardia.es/internacional/noticias/20100207/53885110693/los-cubanos-controlan-ya-sectores-claves-de-venezuela-valdes-chavez-ramiro-valdes-la-habana-internet.html
(11) http://www.abc.es/20100207/internacional-iberoamerica/cubanos-tratan-apuntalar-chavez-20100207.html
(12) http://www.infobae.com/mundo/499383-601275-0-Un-ministro-cubano-intenta-salvar-Chávez
(13) http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1228110

sábado, 13 de febrero de 2010

Recuerdos de un combatiente internacionalista ( V ).

El autor en la foto firmando ejemplares de su libro, ayer 12 de febrero en La Cabaña (foto: Sheyla).
Abelardo Rafael Cueto Sosa
Nuestro país es una nación mestiza nacida de la fusión de la savia europea y africana, con algunas gotas de sangre asiática. De ese explosivo cóctel nacemos los cubanos, y de ahí nos viene la hidalguía, el valor, la inteligencia, la generosidad y la paciencia, junto con una tremenda alegría de vivir que incluye el fabuloso don de saber burlarnos de nosotros mismos y de los errores que cometemos, paso primigenio para comenzar a rectificarlos.
Por todo esto se explica por qué no nos entienden y nos odian los políticos del Potomac, y se vuelven locos los analistas de la CIA y el Pentágono, pues a nosotros no hay quien nos siga el ritmo.
En Angola estaba muy bien representado todo el variopinto mosaico racial cubano. Blancos rubios, blancos trigueños, negros prietos, mulatos de esos que llaman “de pelo”, jabados de ojos claros, mulatos aindiados y chinos, algunos bien amarillitos y otros matizados con algunas cucharaditas de chocolate en la sangre.
Esa variedad de razas la tuvo también nuestro Ejército Libertador, y como nuestro papel en Angola fue eminentemente libertario, es por eso que he titulado así esta historia en reconocimiento a nuestros mambises y sus continuadores en tierras angolanas.
En el pelotón de Comandancia estaba el Chino Chiu. Flaco como un alambre, eso parecía: un alambre de cobre permanentemente cargado de corriente, coronado por pelos lacios y rebeldes que cobijaban unos ojos negros y grandes para que por ellos entraran todos los colores y paisajes. Artista plástico de profesión, cambió paletas y pinceles por el AK, y la tranquilidad del caballete por los peligros de la exploración, la escolta y cuando hizo falta, también por la brocha gorda.
El Chino Chiu cumplía sus deberes concienzuda y discretamente, sin alardes, con esa mesura propia de sus ancestros para hacerle frente a las más complicadas situaciones. Buen compañero, nunca tuvo espacio para mezquindades ni pendejadas, y bastante paciencia para sobrellevar las de otros que no se le igualaban.
Del otro chino no pude retener el nombre, pues lo conocí de una manera ocasional y compleja para él.
Habíamos ido como escolta de Acosta Sosa hasta Lubango y luego de que terminó sus asuntos en la Misión Militar, ordenó ir hasta el hospital. Al llegar, el Jefe se bajó sin decir media palabra, lo cual significaba claramente: siéntate y espera. Nos repantigamos en el jeep Tejeda el chofer, en el asiento delantero, y el que suscribe en la parte de atrás.
El estar en territorio amigo y la suave brisa hicieron lo suyo, y pronto estábamos dando cabezazos, hasta que un cláxon desesperado y un chillido de gomas nos sacaron de la modorra para hacernos apear a toda velocidad.
Había entrado un camión con heridos. Los habían autorizado a forrajear y habían ido a una aldea alejada, en la que al parecer, había operado la UNITA y dejado sus habituales sorpresas.
En las afueras del villorrio estaban unos corrales con cabras y en el momento en que los combatientes compraban algunas, dos animales escaparon. Los persiguieron, ignorando los gritos de advertencia de los aldeanos, y luego de unas decenas de metros de carrera, los animales volaron en una mina y las esquirlas hirieron a los que corrían tras ellos.
De los heridos, que eran cinco hombres, cuatro presentaban lesiones de poca consideración, pero el quinto, un chino cuarentón, arrugado y con una barba rala, había recibido varios fragmentos en el vientre.
Estaba consciente, aunque hacía muecas de dolor. En el momento de meterlo dentro del hospital encontró valor para hacerle una broma al médico. Con una
mueca que quería ser sonrisa le soltó: “médico, yo creo que de esta no me salva ni el médico chino”. A pesar de la seriedad del momento, lo inesperado del hecho y la comicidad con que el chino aflojó su frase, provocó en todos una sonrisa.
Pasaron como tres horas hasta el instante en que salió a tomar aire un enfermero y le preguntamos por el chino herido. La respuesta nos animó bastante. Concretamente nos dijo: “acabaron de operarlo, aguantó sin problemas la operación. Si no se complica, la pelea entre él y la pelona está cincuenta y cincuenta, pero con las ganas de vivir que tiene el tipo, seguro gana”.
Pasados unos minutos Acosta Sosa entró en el jeep y arrancamos para Matala y como tantas otras veces en la guerra, no tuvimos más información de aquel suceso.
Han pasado veinticinco años de aquellos días. Estoy seguro que el chino herido también anda por estos rumbos, y debe ser un abuelo jodedor y simpático. A él debe haberlo protegido Cuang Con, el guerrero líder, al que los cubanos llamamos San Fan Con; tiene que ser así, porque un hombre bravo y con tan buen humor, como siempre les digo, seguro que le ganó la pelea a la Vieja de la Guadaña.

viernes, 12 de febrero de 2010

Otras fotos del día inaugural de la Feria.

A la izquierda de Raúl, Zuleika Romay, la nueva presidenta del Instituto del Libro.Raúl felicita a María del Carmen Barcia.
Raúl y el canciller ruso Serguei Lavrov comparten con María del Carmen y Reinaldo González.
Tomadas de Cambios en Cuba, Granma y Juventud Rebelde.

jueves, 11 de febrero de 2010

Imágenes de la inauguración de la Feria Internacional del Libro de La Habana 2010.

Fotos: ArSant.
Aspecto del público antes del comienzo.
La doctora María del Carmen Barcia, Premio Nacional de Ciencias Sociales, pronuncia sus palabras de agradecimiento.
Reinaldo González, Premio Nacional de Literatura, pronuncia sus palabras de agradecimiento.
Raúl y los cancilleres de Cuba y de Rusia.
Un segmento del público.
Grupo ruso de jazz. Atrás, la Orquesta Sinfónica Juvenil del Conservatorio Amadeo Roldán.
El Ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa agradece la elección de su país como invitado de honor.
Con los poetas y amigos Aitana Alberti y Alex Pausides.

Mirar a Centro Habana.

Saludamos y recomendamos la reciente edición en Cuba de la novela El Rey de La Habana de Pedro Juan Gutiérrez, convertida en referente imprescindible del llamado “realismo sucio”. Estas reflexiones forman parte de un ensayo mucho más extenso en preparación.
Enrique Ubieta Gómez.
Vivo en Centro Habana, en el antiguo barrio de Colón, uno de los centros de la prostitución prerrevolucionaria, en un edificio de los años cincuenta que se encuentra junto a una de las cinco ciudadelas de la cuadra. Desde la ventana de mi apartamento interior, escucho la algarabía de los niños que entran a clases cada mañana en una Escuela Primaria, cuyas aulas puedo ver desde la ventana de mi cuarto. Pero entre la escuela y mi edificio hay una ciudadela. A veces, en la madrugada, llega un hombre borracho y le pega a su mujer. No la conozco, pero escucho los golpes, los gritos, las malas palabras, y me siento agraviado.
Hay diferentes maneras de querer la ciudad, diferentes estéticas, o quizás diferentes maneras de constatar un hecho: la realidad admite siempre otra interpretación. Si algo me desconcierta de los predicadores evangélicos de barrio es esa ingenua presunción de que la lectura que hacen de la Biblia, es La Lectura, que entre el texto y el oyente no media más que un significado, aquel que confirma la aseveración hecha; a la lectura –en su doble sentido, como acto de reproducción mental o a viva voz de un texto, y como interpretación--, le sigue el concluyente “palabra de Dios”. Ignoran que ese texto alberga diferentes interpretaciones.
Durante la pasada fiesta cederista en ocasión del 28 de septiembre, bajé a compartir con mis vecinos, porque en realidad llego cada día tarde a casa y tengo poco contacto con ellos. El hombre que estuvo recogiendo en mi edificio el aporte de cada familia a la fiesta colectiva, me dijo de repente, quizás un poco ebrio, “yo fui quién compró todas esas cosas” (se refería por supuesto a los comestibles de la shopping que estaban en la mesa), “porque me gané la bolita”. Los cubanos sabemos que el juego (y “la bolita”) son ilegales en el país, pero que muchos siguen los conteos por estaciones latinoamericanas o miamenses de radio, y participan de apuestas internas.
Cada nuevo edificio rescatado o construido en la ciudad me alegra como si hubiese dispuesto en mi casa un mueble nuevo. La Habana es un lugar recurrente en la literatura y las artes contemporáneas. Jorge Fornet, en un polémico e inteligente ensayo sobre lo que llama literatura del desencanto lo explica así, a propósito de la obra narrativa de uno de los autores cubanos más exitosos en el mercado internacional:
"La Habana ha conservado, multiplicado, un extraordinario valor simbólico: su nombre. En los años noventa, un editor de la experiencia y olfato de Jorge Herralde decidió publicar, en un mismo volumen, tres colecciones de cuentos de Pedro Juan Gutiérrez. Y le dio el nombre de Trilogía sucia de La Habana (1998). Poco después, el mismo autor publicaría El Rey de La Habana (1999) (…) Si por una parte borró sus peculiaridades para igualarla a cualquier urbe pobre latinoamericana, la singularidad encerrada en el nombre es la que la hace cautivadora y fascinante. ¿Se imagina el lector un libro titulado, pongamos por caso, Trilogía sucia de Managua?, ¿o, El Rey de San Pedro Sula? Tal vez el lector lo imagine; el editor no. La Habana tiene un logo con alto valor en el mercado, que encierra una atractiva paradoja: la hace distinta, incluso cuanto más se empeñe el autor en difuminar esas peculiaridades".
Que esa ciudad símbolo sea tratada, expuesta, como lo sería Managua o San Pedro Sula, es lo que cautiva la sensibilidad cínica finisecular. Es un placer morboso: después de cuarenta y ocho años, al terminarse un siglo e iniciarse otro, que la numantina ciudad sea condenada a ser lo que era al inicio de su inaceptable rebeldía, pero en ruinas. El Mito que había nacido en 1959, parecía retornar al punto de partida y avanzar en dirección opuesta. Desde Barcelona, Iván de la Nuez sentencia:
"Hay, en todo esto, algo de eterno retorno al momento previo a la Revolución en el que los cubanos eran simples objetos de todas las miradas, y no el sujeto en que la Revolución inicialmente los convirtió. (…) Nuestro hombre en La Habana [novela de Graham Greene escrita en 1958] es el inicio de un círculo absoluto que va desde los cubanos como objeto hasta los cubanos como objeto. Es la última obra sobre el cubano como objeto de la mirada, en la época inmediatamente anterior a la Revolución, y es, por eso mismo, el paradigma del regreso de esa mirada en los años noventa".
Los mismos coches, los mismos edificios ahora en ruinas y en las aceras cuarteadas, los mismos nombres de tiendas y bares. En cualquier rincón del barrio de Centro Habana –otrora centro comercial de la capital--, una mano de pintura deteriorada deja entrever no el anterior, sino el nombre primigenio, quizás un anuncio de alguna marca ya desaparecida, jeroglíficos modernos que testifican la existencia de otro país, desconocido para dos terceras partes de la población. Pero en realidad, lo que advierte De la Nuez es aún más grave: esos visitantes provienen de sociedades escépticas, desinformadas, soberbias, y si nos miran hoy como objeto, como paisaje urbano es, sobre todo, porque han perdido la capacidad de ver. Porque no quieren ver. Los visitantes –después de una década de indigestión mediática deconstructora--, vienen de Europa y de Norteamérica para confirmar lo que creen saber, conversan en una esquina con un pillo, se dejan estafar, se acuestan con una puta –Una prostituta en La Habana, podría ser también el título de una novela, si Amir Valle no hubiese ya explotado ese filón de mercado, usando un término más local y por eso más redituable, el de Jineteras (prostitutas hay en todas partes)--, y se van tranquilos, después de “constatar” que la isla Utopía no existe.
Claro que De la Nuez diluye tanto el concepto de “intelectual de izquierda” que en él cabe cualquiera; porque existe una izquierda revolucionaria que sigue viéndonos y defendiéndonos como sujetos de la historia. Una izquierda que no pretende reproducir modelos inexistentes, pero que sabe que los procesos revolucionarios que hoy existen en América Latina son hijos de Cuba. Pero lo importante, desde luego, no es si nos ven de una forma o de otra –siempre pendientes de la mirada ajena--, sino cómo nos vemos nosotros, y en este punto creo que la respuesta será diferente, si hemos roto o no –como individuos--, con la Revolución.
Por otra parte, en sectores intelectuales se abrió desde la primera mitad de los años noventa un fuerte debate en torno a la historia. Tres fechas marcaron de manera oportuna la discusión: 1995, centenario de la caída en combate de José Martí; 1998, centenario de la intervención norteamericana en la guerra hispano cubana; y 2002, centenario de la instauración de la República. Y una que las antecedía y determinaba a todas, dotándolas de un sentido histórico nuevo: el derrumbe en 1991 de lo que se llamó el campo socialista. Una tendencia revisionista de la llamada historia oficial de la Revolución se enmascaró entre quienes abogaban con razones plausibles a favor de una comprensión de la historia más abarcadora, que superara sectarismos u omisiones. Para la restauración del capitalismo era necesaria una nueva mirada al pasado, que repusiera en sus antiguos pedestales a los representantes de la tradición liberal. La literatura de la restauración ha acumulado ya una profusa lista de títulos, desde Cuba: fundamentos de la democracia. Antología del pensamiento liberal cubano desde fines del siglo XVIII hasta fines del siglo XX, que compilara Beatriz Bernal y prologara Carlos Alberto Montaner en 1994, hasta los más recientes ensayos “históricos” de Rafael Rojas.
En dos circunstancias al parecer favorables se apoya la operación: el sentido pendular de la sensibilidad social, cansada de una retórica y dispuesta a construir otra que al menos parezca nueva y el hecho de que más de la mitad de la población cubana creció o nació después de 1959. Los promotores y cultivadores de ese “revisionismo” de intenciones marcadamente políticas, tratan de acaparar para sí los resultados de brillantes historiadores revolucionarios que desentumen los estudios del pasado sin guiones previos. Pero ese pasado –revisitado con una mirada más amplia, liberada de sectarismos y falsos conceptos seudomarxistas--, también iluminaba las razones de un proceso que sorpresivamente había saltado por encima del muro que la caída del Muro había establecido.
Cuando leí la novela El Rey de La Habana, al principio me desconcertó su extrema descontextualización de la vida nacional, y la atribuí al interés comercial de que cualquier lector pudiese hallar en sus páginas un fragmento de su ciudad. Después comprendí que la intención del editor –como apunta Fornet--, era más sutil: La Habana es hoy Managua. Ese tratamiento despectivo tiene un escenario privilegiado: el barrio de Centro Habana, lugar de pobreza, pero más que nada, como advierte el crítico literario, imagen de decadencia: “Su atractivo para la literatura (y el cine cubano y extranjero, que lo han explotado hasta el cansancio) radica precisamente en que allí, en esos palacetes y grandes mansiones derruidas, se resume una historia de decadencia y caída”.
Existen, desde luego, diferentes formas de mirar y describir la pobreza. El excelente y atípico documental –por su cercanía a la ficción--, de Fernando Pérez Suite Habana (2003), se desarrolla también en Centro Habana. Usufructúa, sin dudas, ese contraste entre el esplendor pasado y la decadencia actual de las construcciones de principios de siglo XX, ya por cierto devaluadas en 1959, pero enfoca su narración en personajes pobres que se revelan espiritualmente ricos. No aspiro a que mi lectura de la película coincida totalmente con la del director; pero en realidad eso es secundario, porque ya no le pertenece. De alguna manera cada quien ve –como suele decir el propio Fernando--, lo que lleva dentro. En un artículo que publiqué en los días de su estreno capitalino en Juventud Rebelde, escribí:
"La Habana que representan guarda secretos de espiritualidad, de ternura, y revela caminos desconocidos. (…) Los que solo ven casas maltrechas, viejos carros y rostros apesadumbrados no entienden esta ciudad, este país único. No conocen las claves humanas, individuales y colectivas, de la resistencia, de la creación. No han visto cómo se estrella la furia del mar contra la ciudad-roca. En un salón de baile, en la azotea de una humilde casa, en un teatro, en una escuela, en una iglesia, en un estadio de pelota, en un centro nocturno, se cumple algún sueño cada día, cada noche, y se fundan otros. Es una ciudad que aprendió a soñar, y a luchar por sus sueños".
Fernando Pérez, el director más creativo de la última década del cine cubano, presenta en Suite Habana una paradoja artística. Una mirada atenta sobre la pequeña cotidianidad devela la grandeza de lo humano, y descubre lo épico en lo íntimo, lo extraordinario en lo ordinario, incluso en lo mediocre. Para el crítico Dean Luis Reyes, este es, no obstante, el lado débil del filme: “Lo cierto es que no debieron ser tan puros los seres de su película, como faltos de demonios (...)”, dice, y añade que ello permite que sea reivindicada por “la vieja izquierda”. Término temible, estigmatizador.
El crítico, inconforme, denuncia el pecado original: Fernando pertenece a una generación “que cumplió sus rituales de iniciación en los años 60 cubanos” lo que implica la asunción de una actitud vital de “fiero humanista”. ¿Cómo salvarlo de esa fatal desviación? Suite Habana es, dice él, “la expresión de una angustia errática, de una honestidad que ansía rebelarse frente al estado de cosas y a seguidas quiere rectificar, aducir que todavía puede ser la concordia”. Sólo pensándolo contradictorio consigo mismo –contradicción entre el creador y el mortal (aunque parezca increíble este crítico supone que el creador es o debe ser “realista”, mientras que el mortal puede permitirse el lujo de ser romántico, o “idealista”)--, es decir, desgarrado en dos, entre la verdad (que para él es: el mundo es feo, insalvable) y la mentira (que es: el mundo es hermoso), puede salvar a Fernando. Salvarlo, pero no absolverlo: “El creador es sobre todo un hombre capaz de emular con Dios, pero ello no lo absuelve de sus idealismos”.
Suelo aceptar todos los caminos en el arte, porque lo que importa es el caminante y su capacidad para descubrir ángeles. Si Santiago Álvarez, un documentalista con el que se formó Fernando, encontraba a sus héroes en el fervor de la epopeya colectiva, Fernando los descubre en la intimidad de sus vidas. Decir que no pueden ser repetidas las soluciones artísticas de Santiago Álvarez constituye una perogrullada: los clásicos siempre son irrepetibles, y de ellos siempre se aprende. Y quien los reduzca a fórmulas, fracasa. Fernando, que ya es un clásico aunque nos depare aún nuevas sorpresas, lo sabe.
También son diametralmente opuestas las descripciones de Pedro Juan Gutiérrez y de, por ejemplo, el filósofo español Carlos Fernández Liria. Ambos se sitúan en una azotea centrohabanera, miran lo mismo y ven cosas distintas, sobre todo porque el segundo se propone expresamente ver no sólo lo que iguala a la pobreza, hállese donde se halle, sino lo que la diferencia en un país como Cuba. Y no es poco, ni superfluo. La apoliticidad de Gutiérrez es programática: sin reparar en horizonte alguno, la descripción minuciosa, naturalista, lo lleva a omitir, concientemente, cualquier dato que disloque su lógica. Si Reynaldo, el personaje de la novela El Rey de La Habana, vivía “al minuto”, porque olvidaba lo sucedido en el minuto anterior y no pensaba en lo que ocurriría al minuto siguiente, la mirada de Gutiérrez, el autor, a ras de suelo, describe un universo minúsculo, detallista y carente de esencialidades. No es extraño entonces que el mundo empiece y acabe en lo físico inmediato: la pared en ruinas y el cuerpo humano. Dos tópicos del arte contemporáneo. El sexo, despojado de sentimientos (también, por supuesto, la droga), es acaso el instante de gloria que no precisa ni de pasado ni de futuro. Los personajes de Gutiérrez no piensan, solo sienten la vida en sus formas primarias: olores, deseos, instintos. Los de Fernández Liria –y se refiere también a los centrohabaneros--, razonan, todo el tiempo argumentan y razonan. “No creo que haya habido en la historia muchas otras sociedades en las que el espacio político y la argumentación estén tan vinculadas como en Cuba”, escribe.

La Feria del Libro se inaugura oficialmente hoy.


Hoy será la inauguración de la Feria Internacional del Libro de La Habana. Pero la fiesta ya empezó. Ayer en el Pabellón Cuba había que ser muy rápido porque las novedades que alguien demoraba en adquirir, desaparecían en minutos. Hasta que volvían a traer otros ejemplares del almacén. Prometo fotos del acto inaugural.

¿Arreglos internos en Penúltimos días?

Una observación (sin comentarios): Desde la última visita de Hernández Busto a Miami, el colocador de bombas en cines de La Habana Carlos Alberto Montaner es el personaje más citado y recurrido de su blog. Empieza a desplazar a Yoani.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Recuerdos de un combatiente internacionalista ( IV ).

Abelardo Rafael Cueto Sosa.
Se decidió operar sobre Tumena en dos frentes. Un grupo de compañeros la cercarían por tierra, y otro grupo iría por el río: así vuelvo a la Marina en la nada envidiable condición de remero.
El destacamento de los “fluviales” estaba compuesto por soldados de Comandancia y zapadores, al mando estaba Porro, el Jefe de la Compañía de Ingeniería, un oficial muy combativo, valiente, que conocía su profesión y cuidaba mucho a su gente. Sin embargo, la idea de ir bajo su mando a mi no me seducía mucho. Mis temores se basaban en dos cuestiones concretas. Para Porro, el mundo empezaba y terminaba en los zapadores, los demás combatientes eran otra cosa, sobre todo los de Comandancia, que tengo la impresión que consideraba una especie de parásitos amamantados en la jefatura. Además era algo propenso al gesto brusco y la mala palabra cuando se molestaba.
(...) Los que íbamos por el río partimos mucho antes que los “terrestres” y llegamos después de la medianoche a nuestro destino, distante del objetivo entre siete y nueve kilómetros río abajo. Ahí empezaron los problemas. Teníamos que hacer la operación contra corriente, pues era imposible efectuarla sin delatarnos, si nos metíamos al agua más arriba de Tumena. Los botes para la tarea eran tres antiguas lanchas del ejército portugués de plástico y fibra de vidrio; originalmente de motor, pero estos, además de que hacía tiempo que habían pasado a mejor vida, no podían ser usados por razones de enmascaramiento, dado el ruido terrible que hacían.
Había pues que remar, lo más silenciosamente posible, con la agravante de que, por su diseño, ninguna de las lanchas tenía estrobo para fijar el remo y hacer menos pesada la boga. A mí me designaron primer remo del lado derecho de la primera lancha, precisamente en la que iba Porro. La complicación era mayor aún pues los remos delanteros marcan el rumbo.
Desde la primera paletada me di cuenta que la cosa iba a ser muy dura. El Chiluango no es un río muy caudaloso, pero sí rápido y la corriente es fuerte. A eso había que unir que yo había salido de Cuba con 155 libras de peso, y con el tren de trabajo que llevaba en Cabinda había bajado ya a 135, por lo que no era un Hércules ni mucho menos.
Me aferré al remo y le puse todo lo que tenía. Las cosas marcharon bien hasta que las fuerzas empezaron a fallarme y por mucho esfuerzo que hice, la lancha se fue contra la orilla deteniéndose entre las raíces de unos árboles que se hundían en el agua. Yo me moría de la vergüenza, podíamos zozobrar y en el Chiluango abundaba el yacaré, la variante angolana del cocodrilo, además de que las raíces contra las que habíamos ido a dar eran refugio natural de cobras y otros bichos.
Porro me propinó un regaño en vos baja y con la ayuda de Enrique, un compañero mío de Comandancia que era el primer remo izquierdo, salí del atolladero. Seguí en la brega, pero unos mil metros adelante, a pesar de los esfuerzos titánicos de Enrique por impedirlo, me volví a meter contra la orilla. La reacción de Porro no demoró.
Se me encimó, y con cara de pocos amigos, me espetó que si yo no tenía vergüenza y terminó la frase con la castiza expresión que los cubanos usamos para designar las glándulas genitales masculinas. Aquello fue como un latigazo. Le respondí de inmediato que vergüenza tenía para regalar al igual que de lo otro que él me había tirado a la cara, y al mismo tiempo hice fuerza y metí de nuevo el bote en la corriente. Porro me contestó que al acabar la operación ventilaríamos el asunto.
El tramo que restaba hasta llegar al embarcadero de Tumena fue un verdadero infierno, me dolían hasta las pestañas y terminé remando, no con los músculos y sí con aquellos órganos viriles que Porro me había mencionado.
El desembarco fue rápido y silencioso, pero al iniciar el avance hacia nuestras posiciones al fondo de la aldea, un zapador se desplomó de espaldas sin exhalar un quejido. Aquello paralizó nuestros movimientos, pensamos que nos habían descubierto y que al compañero lo habían matado con un dardo o una flecha con veneno, cada cual se parapetó como pudo y aguardamos el ataque.
Pasaron unos minutos angustiantes y el ataque no se produjo. Auxiliamos al compañero caído y vimos que no tenía ninguna herida y respiraba casi normalmente; unas palmadas en la cara y unos sorbos de agua acabaron de reanimarlo por completo, más Porro decidió dejarlo al cuidado de las lanchas, y que no pasara hasta las posiciones del cerco.
Avanzamos sobre la aldea y montamos un verdadero anillo alrededor de las casas, prácticamente imposible de vulnerar para acceder al río. Los combatientes que venían por tierra actuaron de manera sincronizada con nuestro grupo, e inmediatamente después que nosotros ocupamos posiciones, ellos entraron en el pueblo y se inició el tiroteo.
El intercambio de disparos fue intenso, duró alrededor de treinta minutos y por la parte del río no pudo escapar nadie. Al cesar la balacera nos mantuvimos unos instantes en nuestras posiciones, hasta que Porro dio la orden de avanzar y entramos en la aldea para tropezar de inmediato con nuestra gente. La operación había sido un éxito.
A esa hora afloró la gracia criolla y los guapos comenzaron a contar sus hazañas y cada cual recreó, con los ojos de la imaginación, su participación en la acción.
Por parte de los terrestres el suceso más divulgado fue la ráfaga que otro cubano descargó contra Santana, el panadero de Comandancia. Entre las dos luces del amanecer y al parecer con algo de miedo, el tipo le aflojó varios tiros que, afortunadamente, la “mieditis” tornó imprecisos. Con uno lo podía haber matado pues le dio en la cabeza, pero por suerte, el panadero tenía puesto un casco portugués de trofeo y el proyectil impactó el acero de lado, gracias a eso, Santana se le escapó a la Vieja de la Guadaña.
En el grupo “marítimo” el comentario general era el misterioso desmayo del zapador. Algunos lo achacaban al miedo, opinión que yo no compartía pues lo había visto actuar bien en otras oportunidades, otros dijeron que fue una fatiga por el ejercicio con el remo y no faltaron “doctores a la carrera” que diagnosticaron un bajón de presión o una hipoglicemia.
Yo participé en los comentarios marginalmente, mi pensamiento andaba por los caminos del encuentro que tenía pendiente con Porro. Una discusión con un oficial en el cumplimiento de una acción de combate podía ser un lío gordo que arruinara mi misión. Dudaba si parlamentar o mantenerme en mis trece, postura que a la larga pensé que era la más correcta, yo tenía la razón y no tenía que arriar bandera.
En Tumena estuvimos hasta bien entrada la tarde, momento en que regresamos a nuestra base. Llegamos ya de noche y por suerte había comida caliente. Comí, me di un baño y para que mi dicha fuera completa, no tenía guardia hasta el otro día a las ocho de la mañana. Pude dormir casi seis horas de un tirón.
Bañado, afeitado y adolorido, entré de guardia en la casa de la Jefatura. Sobre las nueve de la mañana apareció Porro. Vino hacía mí, lo saludé de acuerdo al reglamento, y entramos en lo que se llamaría en el argot del boxeo, un cuerpo a cuerpo verbal:
Porro: ¿Usted es reservista?
Cueto: Sí Compañero Jefe de la Compañía de Ingenieros.
Porro: ¿Usted es militante de la UJC?
Cueto: Sí, este año cumplo diez años como militante.
Porro: ¿Usted sabe cual puede ser la sanción para un soldado que es militante y le faltó el respeto a un oficial durante un combate?
Cueto: No, pero pienso que debe ser algo menor que la que le corresponde a un oficial que es militante y le faltó el respeto a un subordinado en un combate.
Porro: Usted lo que es un jorocón y un fresco, mire yo voy a dejar el asunto aquí, pues ayer lo vi desempeñarse correctamente y todas las referencias que tengo de usted son muy buenas, pero lo prevengo de que no vuelva a chocar conmigo. ¿Está claro?
Cueto: Sí, está claro.
Ahí terminó la conversación y aquel incidente. Yo libré, pero el zapador del desmayo no tuvo tanta suerte; Porro se empecinó en la idea de que se había acobardado y lo transfirió a un punto cercano a la frontera con Zaire, donde el peligro más chiquito eran las serpientes, que en aquel lugar abundaban con una profusión tal, que se podía poner una enlatadora de carne de ofidios.
En cuanto a la prevención que me hizo de no volver a tropezar con él, desafortunadamente, no sirvió de nada, él tropezó conmigo. Meses después, ya en el Frente Sur de Angola, por una prepotencia suya, varios compañeros volvimos a chocar con él de mala manera.
La cuestión cobró tal magnitud, que la Jefatura decidió nombrar un oficial, el mayor Lorenzo, para que hablara con los combatientes implicados y nos halara las orejas, pues todos éramos militantes del Partido, incluyéndome, pues estaba recién ingresado en un proceso que me habían terminado de hacer.
Lorenzo comenzó muy severo, pero los argumentos que teníamos contra Porro eran tales que, a la larga, tuvo que darnos la razón.
Lamentablemente, pocos días después de aquel incidente, a Porro le dio un principio de infarto. Le tocó a los combatientes de Comandancia escoltarlo en su evacuación hasta el hospital de Sa da Bandeira (actualmente Lubango) y acompañarlo en las primeras horas de su ingreso. Aunque a algunos les pueda parecer hipócrita, yo y los otros compañeros que habían chocado con él lo sentimos, pues a pesar de su grosería y prepotencia ocasionales, Porro era un revolucionario cabal y un oficial aguerrido.
Hoy, con canas en el pelo y el alma, producto de la juventud acumulada que tengo y ya con el ego reducido al tamaño de mi estatura, lo cual significa que tiene una talla razonable propia solamente para conservar la autoestima, vuelvo a recordar la operación de Tumena y pienso que actué bien. También siento dolor por Porro. Poco después de su enfermedad, a nuestro regimiento lo evacuaron para Cuba y no supimos más de él. Espero que, con su bravura, se le escapara a la Vieja de la Guadaña, y esté, como yo, contándole estas historias a los jóvenes.

martes, 9 de febrero de 2010

La media rueda.

Antonio Rodríguez Salvador.
Especial para La Calle del Medio
En este 2010 cumplo cincuenta años. Ciertamente, siempre hay amigos y familiares que se ocupan de recordar las fechas redondas. Y puede que las vean como una excelente ocasión para celebrar; pero ahora –y al contrario de cuando, por ejemplo, yo estaba por llegar a los treinta– no he respondido con igual jovialidad.
Uno dice “la media rueda”, y hay en la frase bastante de irracional optimismo. Primero, porque imagina que montado sobre cajas de bolas llegará feliz a los cien años. Si hasta hoy ha sido así, mañana tendrá que ser igual, uno se dice, y sin embargo no tiene en cuenta que las tozudas estadísticas de la Organización Mundial de la Salud indican que solo con buena suerte los hombres alcanzarían a cumplir los setenta y cinco. Naturalmente, hablo de los hombres que viven en algunos países del Primer Mundo –no en todos– y vean qué sorpresa, también de aquellos que viven en Cuba.
Exactamente, la esperanza masculina de vida para Cuba es de 75,4. O sea, que ya no estoy fifty-fifty en este excepcional negocio que es vivir, sino llegando a mi tercer cuarto de rueda: la verdadera mitad debí haberla celebrado cuando cumplí 37 años, nueve meses y once días. No obstante, veamos cómo todo es relativo. Por ejemplo, los hombres que ahora mismo viven en los Estados Unidos, estarían celebrando su media rueda un poco antes que los cubanos: un privilegio ganado gracias a que la esperanza de vida en ese país es de 75,1; o sea, como promedio se mueren unos cuatro meses antes.
Ahora bien, si mirásemos el asunto desde ojos alienígenas, nuestra media rueda en verdad tendríamos que celebrarla más o menos al arribar a los 31: tengamos en cuenta que la esperanza global de vida masculina se acerca hoy mismo a los 62. Claro está, cualquiera diría: No estoy de acuerdo con ese cálculo, y la protesta sería comprensible. Saber que de pronto a uno le quedan escasos doce años de vida por delante, le quita a cualquiera las ganas de celebrar. Por eso es mejor entretenernos mirando películas de Hollywood –donde los viejitos de 90 suelen hacer jogging en los parques–, antes que dar un costoso viaje hasta Botswana, solo para enterarnos que allí los hombres viven como promedio hasta los 34.
Admirémonos entonces de cómo para ciertas cosas conviene hablar de globalización, y para otras no. Me explico: Hoy apenas se discute que el mundo es global; semejante discurso uno lo escucha lo mismo en Londres, que en Lima o Singapur. Globalizadas están las modas, los gustos, el tema de los derechos humanos… Sin embargo, no lo están las películas de Bostwana, ni tampoco las celebraciones de la media rueda. Por ejemplo, mientras en Japón o Islandia los hombres suelen festejarla a los 39 años, los de Sierra Leona –y también los de Liberia, Lesotho y Angola–, lo hacen a los 19. El hambre, el sida, y muchas enfermedades curables no los dejan llegar a los cuarenta.
Ahora bien, hay un segundo factor que uno también pretende ignorar, y es que la primera media rueda no camina igual que la segunda. Mi amigo, el escritor espirituano Esbértido Rosendi Cancio, me ha dicho: “El problema no es que las muchachas no nos miren; es que ya no nos ven”. Por Internet circulan otros chistes en relación con el tema: Si tienes veinte años, y al levantarte por la mañana no consigues hacer pis, entonces debes esperar a que ceda la erección; pero si el hecho ocurre a los setenta, con absoluta seguridad necesitas urgente tratamiento de la próstata.
Puede que algún lector señale que de pronto acudo a demasiadas referencias eróticas: Sin embargo, este es un tema de interés general, no solo preocupa a quienes ya van camino de la tercera edad. Por ejemplo, una de las frases más divulgadas del 2009 fue dicha por el famoso oncólogo brasileño Drauzio Varella, Premio Nóbel de Medicina: “En el mundo actual, se está invirtiendo cinco veces más en medicamentos para la virilidad masculina y silicona para las mujeres, que en la cura del Alzheimer. De aquí a algunos años, tendremos viejas de tetas grandes y viejos con pene duro, pero ninguno de ellos se acordará para que sirven”.
En fin, la garantía de la próstata expira a los cincuenta años; después, por lo común, esta comienza a crecer y a crecer, y algunas veces llega a comprimir la uretra. La buena noticia para los hombres de Zambia y de otros veintitantos países de África Subsahariana –cuya esperanza de vida apenas rebasa los 45 años– es que en su segunda media rueda no se les augura problemas para orinar. Puede, además, que no consigan entender muchos de los chistes que hoy circulan por Internet, sobre todo teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de ellos nunca necesitará acudir a los auxilios del Viagra.
Incluso, muchas de las enfermedades que por lo común atormentan a los europeos: las cataratas, la osteoporosis, la demencia senil, son casi desconocidas por los hombres que viven en África Subsahariana. Estos se mueren con mente clarita, huesos duros y visión 20-20; lástima que sus cuerpos no consigan acostumbrarse al no comer.
Obviamente, es este un chiste macabro, pero más macabro aún es el hecho de que algunos países ricos pretendan aumentar la esperanza de vida de los africanos –y también de ciertos pueblos asiáticos-- no con ayudas para el desarrollo o vacunaciones masivas, sino con terapias de armas y soldados.
Según informan diversos medios –todos sabemos cuáles--, ello se hace para que en esos países flameen las banderas de la libertad. Algo que sin duda consiguen, pues, por ejemplo, si un norteamericano de 35 años fuese condenado a prisión perpetua, y agreguemos que sin derecho a libertad condicional; de acuerdo con su esperanza de vida tendría que pasar otros 40 tras las rejas. Sin embargo, si quien recibiera tal sanción fuese un afgano de la misma edad, entonces solo tendría que estar preso unos 5 años. Naturalmente, hablamos de un convicto norteamericano blanco, quizá nacido en Beverly Hills; si por casualidad fuese un negro de Harlem, tendría que estar encarcelado diez años menos. Apreciemos entonces cómo los Estados Unidos avanzan en el tema del racismo.
Y también adelantan bastante en la lucha contra sus enemigos ideológicos. Por ejemplo, durante la era soviética los rusos tenían que esperar más de dos años para celebrar su media rueda. No es justo que una persona tenga que esperar tanto para divertirse, y por eso ahora los rusos se mueren como promedio cuatro años antes.
En fin, estimado lector, en estas cosas pienso cuando algunos amigos avisan de mi próximo cumpleaños. Vean entonces cómo me da por hacer cálculos, y perderme en arduos laberintos: esa es otra diferencia entre la primera y la segunda media rueda. Durante la adolescencia, todo parece color de rosas: nada preocupa, y mucho menos ocupa. Por eso a veces pienso que lo mejor sería vivir en Suazilandia, país donde celebran la media rueda a los 16. Desde luego, como en Suazilandia la esperanza masculina de vida es de apenas 32 años, de pronto me entran escalofríos: ciertamente, no hubiese tenido que sacar tantas cuentas, pero quién sabe si ya me hubiera muerto hace 18.

domingo, 7 de febrero de 2010

Supe que Bertolt Bretch aún vive en Berlín.

Enrique Ubieta Gómez.
Fotos de Conde.
Los alemanes aún recitan de memoria sus versos, y el Berliner Ensemble sigue reponiendo sus obras. Veinte años después de la caída del muro, y de la desaparición de la Alemania del Este, de la que fue crítico y defensor, y a más de medio siglo de su muerte, la obra de Bertolt Bretch --poeta y dramaturgo comunista--, sigue siendo actual. La casa que habitó en la zona oriental de Berlín es hoy un museo privado. Para los poetas y trovadores cubanos de la generación de Silvio, fue un paradigma literario. Estuve en su tumba, vecina de la de Hegel. Pero en la suya no hay mármoles ni bustos: solo una piedra con su nombre. Muy cerca está el zaguán que conduce a la parte posterior del edificio que habitó en los últimos años de su vida (1953 – 1956). Se sentaba a escribir en la esquina de una habitación enorme, junto a la ventana que daba al cementerio donde reposaría después. A veces se paraba y daba vueltas en redondo, a grandes pasos, buscando la palabra perdida. El dormitorio en cambio era muy pequeño, apenas suficiente para acoger la cama personal –donde moriría--, y una mesita con algunos libros. El dormitorio y la tumba se parecen: en ellos, solo lo imprescindible. La habitación de crear era por el contrario la Vida –su actitud ante ella--: amplia, con grandes ventanas sin cortinas, un lugar para el encuentro.
Placeres
La primera ojeada por la ventana al despertarse
el viejo libro recién encontrado
rostros entusiasmados
nieve, el cambio de las estaciones
el periódico
el perro
la dialéctica
darse una ducha, nadar
música vieja
zapatos cómodos
comprender
música nueva
escribir, sembrar
viajar, cantar
ser amable.
El guía del museo nos muestra su biblioteca, y comenta, "leía de todo y a todos": un estante contiene los libros del nazismo; más abajo, las obras de Marx y Engels, las de Lenin, las de Trotsky, las de Stalin. La Enciclopedia de los hermanos Grimm. Clásicos de las literaturas alemana, inglesa y francesa. Novelas policíacas en inglés. En la pared, dos dibujos chinos: en uno, un poema de Mao Tse Tung; en el otro, el rostro de Confucio. También, tres máscaras del teatro No japonés.
En una de ellas se inspiró para escribir un poema:
La máscara del mal
De mi pared cuelga una talla de madera japonesa,
máscara de un pérfido demonio, pintada de oro.
Compasivamente veo
las venas hinchadas de la frente que revelan
lo fatigoso que resulta ser malo.
Bretch admiraba los autos modernos –siempre tuvo uno--, como los poetas futuristas, aunque él peleaba por otro futuro. Peleó duro, con impaciencia, hasta su muerte.
Cambio de rueda
Estoy sentado al borde de la carretera,
el chofer cambia la rueda.
No me gusta el lugar de donde vengo.
No me gusta el lugar a donde voy.
¿Por qué miro el cambio de rueda
con impaciencia?
Amó intensamente, como un verdadero revolucionario.
Debilidades
Tú no tenías ninguna.
Yo tenía una:
Amaba.

Cuando visité su tumba y su casa era invierno y nevaba en Alemania. Pero supe que Bertolt Bretch aún vive en Berlín.

Recuerdos de un combatiente internacionalista ( III ).

Abelardo Rafael Cueto Sosa.
El Jefe de Regimiento dio las órdenes pertinentes a los jefes de las unidades que tirarían el cerco; estos partieron, y él se dedicó a seguir el curso de los acontecimientos por radio. Pero Acosta Sosa no era hombre de estar dando órdenes desde un Puesto de Mando en el momento en que sus combatientes estaban a punto de entrar en fuego.
Agarró el radio, transmitió a nuestra gente que entraría al cerco a peinar por tales y tales coordenadas, y arrancó. Con él nos fuimos un grupo de combatientes de Comandancia, algunos zapadores y un radista, en total no más de veinte hombres. Avanzamos un buen tramo bastante rápido, con todas las medidas de precaución de rigor, y sin ningún tropiezo. En nuestro movimiento, entramos en un yerbazal de algo similar a lo que aquí en Cuba conocemos como Hierba de Guinea, pero con una exuberancia tal, que a los más altos les daba casi en la cintura y a mí un poquito más arriba; la visibilidad para un enemigo oculto en aquel lugar era excelente, para nosotros muy mala. Sin embargo, pienso que en ese momento a todos nos preocupaba más la posible mordedura de una serpiente que un encuentro con el FLEC.
No habíamos caminado treinta metros dentro de la maleza y abrieron fuego contra nosotros. Acosta Sosa demostró que tenía muy bien puesto el sobrenombre de “Caballo Loco”: fue el primero en reaccionar, y mientras disparaba en la posición de rodilla, nos ordenó que respondiéramos con todo. Varios fusiles AK y dos ametralladoras ligeras RPK comenzaron a disparar y el aluvión de plomo que desatamos fue, realmente, del carajo y no creo que exista otra palabra más clara que esa en la lengua castellana para calificar aquel momento.
Aquí la baja estatura actuó a favor y en contra mía al mismo tiempo. En contra, porque hasta que nuestros tiros y los del enemigo no chapearon un poco la manigua, tuve que tirar de pie, no por guapo, pues si lo hacía de rodillas o de tendido no veía nada. Actuó también a favor, pues al ser uno de los más pequeños y estar bastante flaco, ofrecía menos blanco.
El momento no era para grandes meditaciones, ni reflexiones trascendentales sobre el coraje o los valores del deber. Yo solamente pensaba que mientras estuviera disparando estaba vivo y quizás, un poco egoístamente, que con tanto soldado grande a mí lado no me iba a poner tan fatal de que me tocara a mí.
Por espacio de unos veinte minutos se mantuvo el intercambio de disparos, hasta que el enemigo dejo de tirar y se retiró. El Jefe no dejó que saliéramos en su persecución, planteando que de seguro chocaban con nuestra gente en el cerco; un fuerte tiroteo pocos minutos después confirmó su punto de vista. De nuestro grupo nadie tenía un rasguño.
Reemprendimos el avance y al poco rato se puso nuevamente a prueba la capacidad de reacción de Acosta Sosa. Nos tropezamos con nuestra gente y si no es por él, que fue otra vez el primero en percatarse y lanzó un sonoro: “no tiren carajo que somos cubanos”, más efectivo que cualquier contraseña, hubiéramos caído bajo el fuego de la tropa cubana. Hubiera sido del diablo que a uno le pasaran la cuenta los propios hijos de Liborio.
El Jefe de Regimiento comenzó a recibir los partes de los jefes de unidades, y a dar las órdenes pertinentes para contabilizar los muertos, heridos y prisioneros que le habíamos hecho al FLEC, recuperar sus armas, contar nuestras bajas y tomar las disposiciones necesarias para curar rápidamente a los heridos de ambos bandos. Todo este ajetreo suyo me dio a mí la oportunidad de pensar un poco.
En mi soliloquio me decía: “bueno Cueto, te portaste como un hombrecito, no te paralizaste y pudiste disparar, no te orinaste, ni te defecaste en los pantalones, ni te dio por gritar, correr o tirarte boca abajo contra el suelo. Decididamente estuviste bien”. Dejé volar la imaginación y ya me veía dejando chiquitos a Napoleón y a Suvorov, protagonista de hazañas sin cuento. El grito de Acosta Sosa de “Comandancia a los camiones”, me sacó de mis ensoñaciones.
Pero, todavía en el camino de regreso a nuestra basificación, a pesar de las tensiones de la escolta, yo iba dándole vueltas a mis sueños y muy satisfecho conmigo mismo. Había ganado mi primera batalla contra el miedo, lo había superado y cumplido con mi deber.
Al otro día, aún con la satisfacción saliéndoseme a chorros por todos los poros me comunicaron que tenía que salir en una misión de escolta con Guada, el Jefe de Estado Mayor.
Me acerqué a su jeep y al verme Guada me llamó para sostener, más o menos, el siguiente dialogo:
-Rubio. ¿Tú estuviste en la escaramuza de ayer?
-Sí Jefe, estuve en el combate de ayer.
-Combate, a cualquier cosa le dicen combate. ¿Cuantos cartuchos gastaste?
-Un cargador y medio.
-¡Cuarenta y cinco tiros! Con eso un soldado rebelde peleaba una semana.
Adiós Napoleón y Suvorov, en menos de un minuto Guada había volcado un cubo de agua fría en mis sueños heroicos.
Ante la burlona mirada de Gustavo, jodedor e hijo de mujer pública como casi todos los choferes de los jefes, me senté en el jeep, cargué el AK, puse el selector en ráfaga y con una cara más larga que el hambre de un pobre, me puse a esperar a Guada. A los pocos minutos se subió, acomodó su fusil y partimos.
Habíamos caminado un tramo en silencio hasta que se viró para mí y me dijo:
-¿Estas bravo Rubio?
-No Jefe, para nada.
-No sea mentiroso soldado. Cambie la cara, aprenda a ahorrar los cartuchos y no se preocupe que yo sé que usted y todos los de Comandancia se portaron bien ayer.
Napoleón y Suvorov regresaron a la carrera a mi mente y entonces, paladeando el dulce y frío plato de la venganza, le devolví la mirada burlona a Gustavo, acompañada con una sonrisa de oreja a oreja.

sábado, 6 de febrero de 2010

48 años de bloqueo ¿o embargo?

Arnaldo Hernández García.
El 7 de febrero de 1962 entró en vigor la orden del presidente John F. Kennedy de iniciar el bloqueo contra Cuba, invocando la “Ley de Comercio con el Enemigo” de 1917.
El 11 de septiembre del año pasado, precisamente en la fecha que recuerda el terror desde el golpe militar fascista contra el presidente Allende en Chile hasta el crimen contra las Torres Gemelas en New York, el presidente Barack Obama le notificó al Congreso, como lo establece la “Ley de Poderes Económicos de Emergencia”, que seguía siendo de “interés nacional para EEUU” ratificar el empleo de la “Ley de Comercio con el Enemigo” contra Cuba. Por supuesto que se aprobó de inmediato y se comunicó a la opinión pública 3 días después. Hoy Cuba es el único país del mundo contra el cual se utiliza esa ley.
Se aplicó una medida concebida para ser utilizada contra países con los cuales EEUU está en guerra, pero ni entonces ni ahora hubo una declaración de guerra de EEUU contra Cuba, ni siquiera una guerra no declarada en el sentido militar. Paradójicamente, esa acción de guerra fue denominada “embargo”.
El autor de estos comentarios era un adolescente de 13 años de edad que regresaba de la campaña de alfabetización y no tenía ropa que ponerse salvo los uniformes. Recuerdo la angustia de mi madre en esos días, caminando conmigo por las desabastecidas tiendas de La Habana.
Realmente las agresiones económicas habían comenzado mucho antes: a pocos días del triunfo de la Revolución el gobierno de los EEUU se negó a devolverle a Cuba los 424 millones de dólares robados al tesoro de la República por Batista y su camarilla, que se llevaron en su huida en la madrugada del primero de enero de 1959. No devolvieron un centavo.
EEUU era el proveedor del 80% de las importaciones cubanas y recibía el 60% de las exportaciones. La población tenía plena conciencia de que cualquier medida en este sentido podía ser desastrosa, sobre todo si era adoptada repentinamente.
Se trataba del principal mercado del azúcar cubana, de manera que la drástica reducción de las compras que fue escalando hasta que la suspendieron por completo en marzo de 1961, constituyó un golpe brutal. Igual pasó cuando suspendieron la venta de petróleo y las refinerías de los consorcios norteamericanos en Cuba decidieron no refinar combustible soviético.
Los fondos cubanos depositados en bancos norteamericanos fueron embargados.
En septiembre de 1960 paralizaron las operaciones de la planta de procesamiento de níquel en Nicaro y comenzaron las presiones para impedir el turismo de ciudadanos norteamericanos en Cuba, que entonces eran los principales clientes en esa rama. En ese mismo mes ordenaron suprimir los créditos concedidos por la banca privada norteamericana.
En octubre prohibieron las exportaciones norteamericanas a Cuba y comenzaron a presionar a sus aliados de Europa y Canadá para que se sumaran a su agresiva política.
No sólo prohibieron la importación de productos cubanos, sino también de productos de otros países que tuvieran componentes cubanos, así como la venta a Cuba de equipos y mercancías producidos en el extranjero que tuvieran componentes norteamericanos, el comercio con Cuba de filiales de empresas norteamericanas establecidas en terceros países y el acceso a puertos norteamericanos de buques que hubiesen entrado a puertos cubanos.
Se realizaron numerosas acciones terroristas contra objetivos económicos de todo tipo, incluyendo cines y grandes tiendas por departamentos en horas de mucha afluencia de público, como “El Encanto”. Entre octubre de 1959 y abril de 1961, víspera de Playa Girón, se efectuaron más de 50 bombardeos aéreos de la CIA contra industrias y campos de caña, incluyendo el ataque de una lancha pirata contra la refinería de Santiago de Cuba.
La audacia y la visión de los dirigentes cubanos, junto a la solidaridad de la URSS y el resto del Campo Socialista, hicieron posible el funcionamiento de la economía nacional y sustituir todo lo que tradicionalmente venía de EEUU por tecnologías distintas, equipos distintos, materias primas distintas y mercancías de amplio consumo. No siempre fueron las mejores o las que específicamente más nos convenían o interesaban, pero eran las que podíamos adquirir.
Sobre la marcha y muchas veces en condiciones muy dramáticas hubo que realizar ajustes y cambios en los procesos productivos y entrenar a los trabajadores en la nueva técnica.
En esas condiciones el país emprendió la construcción de su socialismo y se alcanzaron logros extraordinarios. Se acabaron el hambre, la miseria y la incultura, se construyó un sistema de salud que cubría a toda la población; se mecanizó y se humanizó la agricultura; se multiplicaron las universidades, los profesionales y los especialistas que sustituyeron a los que en los primeros años se fueron del país tentados por las ofertas del imperialismo. Cuba se llenó de fábricas y talleres y se introdujeron nuevos renglones en la economía a partir del desarrollo científico en la biología y la informatización.
Eso fue en los 80, cuando se restableció e inició un mercado de mercancías de amplio consumo que mejoró notablemente los niveles de vida y acrecentó la expectativa de un futuro mucho más agradable.
No obstante la bonanza, la madurez alcanzada permitió percibir que no todo estaba bien y se inició un profundo proceso de rectificación de errores y tendencias negativas, cuyo primer paso era revisar críticamente lo que hacíamos e identificar con precisión los problemas a resolver.
Se produjo entonces la disolución del llamado campo socialista y el derrumbe de la Unión Soviética. No es ocioso repetir una vez más que fue un golpe demoledor. El país quedó a merced del bloqueo, intensificado por el odio oportunista de los enemigos de siempre y la traición. Cuba estaba bajo un doble bloqueo, que en muy poco tiempo se complicó todavía más por la agresiva “Ley Torricelli”.
Casualmente por esa época comenzaron a desclasificarse documentos oficiales del gobierno de los EEUU sobre sus planes contra Cuba 30 años atrás, que el Dr. Andrés Zaldívar Diéguez, un estudioso del conflicto de EEUU contra Cuba, los recoge en detallado inventario en su obra “Bloqueo: el asedio económico más prolongado de la historia”.
Por ejemplo, el 17 de marzo de 1960 el Consejo Nacional de Seguridad aprobó un “Programa de Presiones Económicas contra el Régimen de Castro” que formaba parte del plan de acciones terroristas encubiertas que debía preparar condiciones propicias para ejecutar lo que después fue la agresión por Playa Girón.
Apenas 15 días después, el 6 de abril, un año antes de la invasión mercenaria, el Subsecretario del Departamento de Estado para Asuntos Interamericanos, Lester Dewit Mallory, afirmó en un memorando que “…el único medio previsible que tenemos hoy para enajenar el apoyo interno a la Revolución es a través del desencanto y el desaliento basados en la insatisfacción y las dificultades económicas. Debe utilizarse prontamente cualquier medio concebible para debilitar la vida económica de Cuba. Negarle dinero y suministros a Cuba para disminuir los salarios reales y monetarios, a fin de causar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno”.
Dos meses y medio después, el 27 de junio, en una reunión de los Secretarios de Estado, Tesoro y Defensa, jefes de la CIA y altos funcionarios de la Casa Blanca y del Dpto. de Agricultura, se decidió incrementar todavía más la guerra económica contra Cuba.
El 19 de octubre el Subsecretario Mallory insistió en afirmar que medidas como las descritas “…contribuirán al creciente descontento y malestar en la Isla… apoyarán a los grupos de oposición que ahora están activos en Cuba”.
En mayo de 1961, un mes después de la humillante derrota que sufrieron en Girón, un asesor especial del Presidente Kennedy recomendaba que “las posibles sanciones económicas contra Cuba deben ser cuidadosamente revisadas, no está claro cual puede ser su efecto, o si deben ser aplicadas bajo la ‘Ley de Comercio con el Enemigo’, la ‘Ley Battle’ o un embargo directo”. Ocho meses después, al parecer concluida la “revisión”, Kennedy decidió invocar la “Ley de Comercio con el Enemigo” y calificarla de “embargo”, afectando el significado de la palabra y del término legal.
En agosto de ese año, el grupo de tarea sobre Cuba dirigido por Richard Goodwin encargado de ejecutar la “Operación Mangosta” definió que “las acciones encubiertas deberán ser dirigidas contra la destrucción de importantes objetivos de la economía tales como refinerías e industrias con equipamiento de Estados Unidos… y sugerir objetivos cuya destrucción implique el máximo impacto económico… Debemos intensificar nuestra vigilancia del comercio cubano con otros países y especialmente con las subsidiarias norteamericanos en terceros países para emplear métodos informales… privando a Cuba de mercados y fuentes de abastecimientos…”.
De las 32 tareas de la “Operación Mangosta”, reconocida por el propio gobierno de los EEUU como un vasto plan terrorista para derribar a la Revolución Cubana después de la derrota en Playa Girón, 15 de ellas, de la 11 a la 24 y la 30, ordenan acciones contra la economía. De las 5780 acciones terroristas registradas durante los 14 meses en que se estuvo ejecutando la ofensiva de terror, 716 fueron contra objetivos económicos.
Había que impedir que la economía cubana funcionara y lo que no se lograra con la guerra económica, debía resolverse con el terrorismo, que hipócritamente denominaban “acciones encubiertas” o “paramilitares” o “métodos informales”. Es el mismo cinismo que encierra el concepto de “daños colaterales”, o “bajas por fuego amigo” cuando se refieren al millón de civiles inocentes muertos por la aviación y los soldados norteamericanos en Iraq.
Es lo mismo que calificar como “embargo” al bloqueo y la guerra económica, comercial y financiera que ejecuta el gobierno de los EEUU contra Cuba desde hace 48 años.
Los sucesores del señor Mallory de fines del siglo XX y principios del XXI trabajan igual que él y creen, como él, que los efectos del bloqueo son los adecuados para alcanzar sus objetivos. Quizá piensan que con el efecto acumulativo del tiempo se acerca la fecha en que alcanzarán sus objetivos. Cuando la historia se repite, una vez es tragedia y otra es comedia. Entonces fueron derrotados, ahora hacen el ridículo.
Ya no es noticia que a lo largo de 48 años el bloqueo haya fracasado y haya sido abrumadoramente condenado por 18 años consecutivos en la Asamblea General de la ONU. Tampoco es noticia decir que la mayoría del pueblo norteamericano lo rechaza y es castigado con la prohibición de viajar a Cuba supuestamente para “no ayudar a Fidel Castro”, el mismo pretexto que utilizan para ocultar el odio con que castigan a todo el pueblo cubano por resistir con éxito a sus planes de dominación.
Una pregunta periodística importante es saber por qué EEUU sigue aferrado al bloqueo si tantos políticos, empresarios, “tanques pensantes”, medios de prensa del “stablishment” y el actual presidente en su campaña electoral han planteado que debe ser cambiado. No es el Congreso el que impide el cambio, ese es el cuento para encubrir el odio obsesivo que sienten contra Cuba y que el poder de la extrema derecha sigue siendo el que manda. Esas realidades y sentimientos que revelan la naturaleza del sistema imperialista son tan repudiables, que la hipocresía, la complicidad y el miedo imperantes no permiten que se les diga.
Periodísticamente hablando, el recuento vale como noticia porque los consorcios mediáticos que dominan la difusión masiva en el planeta evaden referirse a estos hechos que revelan cuán agresiva, injerencista, mentirosa y criminal por sus efectos humanos ha sido la política del gobierno de los EEUU contra Cuba y las responsabilidades de los 11 últimos presidente norteamericanos que la han sostenido.
La noticia más importante es que Cuba resistió exitosamente, que el socialismo concebido por los cubanos --no obstante sus problemas de administración más allá del bloqueo--, ha soportado por sí mismo la más brutal y prolongada guerra económica recogida en la historia de la humanidad en las condiciones de un país pequeño, de muy limitados recursos naturales y alta densidad de población, sin muertos de hambre ni pandemias desoladoras, sin cerrar escuelas ni centros de salud, sin mendigos en las calles.
En un lapso de 30 años Cuba ha perdido en dos oportunidades de manera repentina y dramática sus proveedores de equipos y tecnologías, créditos y mercancías de amplio consumo y de todo tipo, así como de los mercados para colocar sus productos. Eso hace más grande la proeza de los cubanos y de sus dirigentes.
Países mucho más grandes en extensión y recursos, algunos con antecedentes de haber sido potencias coloniales durante siglos, con un desarrollo industrial y agrícola muy alto, no podrían soportar un bloqueo como este durante 48 días. Algunos no hubieran durado 48 minutos. Otros ni siquiera se les ocurriría pensarlo 48 segundos.
Pero Cuba demostró que aún en condiciones tan adversas, el socialismo puede resistir exitosamente el embate del imperio y es una opción viable y sustentable frente al capitalismo. Por eso no es exagerado pensar que Cuba es el mayor desafío ideológico que enfrentan EEUU y sus aliados.