domingo, 7 de febrero de 2010

Recuerdos de un combatiente internacionalista ( III ).

Abelardo Rafael Cueto Sosa.
El Jefe de Regimiento dio las órdenes pertinentes a los jefes de las unidades que tirarían el cerco; estos partieron, y él se dedicó a seguir el curso de los acontecimientos por radio. Pero Acosta Sosa no era hombre de estar dando órdenes desde un Puesto de Mando en el momento en que sus combatientes estaban a punto de entrar en fuego.
Agarró el radio, transmitió a nuestra gente que entraría al cerco a peinar por tales y tales coordenadas, y arrancó. Con él nos fuimos un grupo de combatientes de Comandancia, algunos zapadores y un radista, en total no más de veinte hombres. Avanzamos un buen tramo bastante rápido, con todas las medidas de precaución de rigor, y sin ningún tropiezo. En nuestro movimiento, entramos en un yerbazal de algo similar a lo que aquí en Cuba conocemos como Hierba de Guinea, pero con una exuberancia tal, que a los más altos les daba casi en la cintura y a mí un poquito más arriba; la visibilidad para un enemigo oculto en aquel lugar era excelente, para nosotros muy mala. Sin embargo, pienso que en ese momento a todos nos preocupaba más la posible mordedura de una serpiente que un encuentro con el FLEC.
No habíamos caminado treinta metros dentro de la maleza y abrieron fuego contra nosotros. Acosta Sosa demostró que tenía muy bien puesto el sobrenombre de “Caballo Loco”: fue el primero en reaccionar, y mientras disparaba en la posición de rodilla, nos ordenó que respondiéramos con todo. Varios fusiles AK y dos ametralladoras ligeras RPK comenzaron a disparar y el aluvión de plomo que desatamos fue, realmente, del carajo y no creo que exista otra palabra más clara que esa en la lengua castellana para calificar aquel momento.
Aquí la baja estatura actuó a favor y en contra mía al mismo tiempo. En contra, porque hasta que nuestros tiros y los del enemigo no chapearon un poco la manigua, tuve que tirar de pie, no por guapo, pues si lo hacía de rodillas o de tendido no veía nada. Actuó también a favor, pues al ser uno de los más pequeños y estar bastante flaco, ofrecía menos blanco.
El momento no era para grandes meditaciones, ni reflexiones trascendentales sobre el coraje o los valores del deber. Yo solamente pensaba que mientras estuviera disparando estaba vivo y quizás, un poco egoístamente, que con tanto soldado grande a mí lado no me iba a poner tan fatal de que me tocara a mí.
Por espacio de unos veinte minutos se mantuvo el intercambio de disparos, hasta que el enemigo dejo de tirar y se retiró. El Jefe no dejó que saliéramos en su persecución, planteando que de seguro chocaban con nuestra gente en el cerco; un fuerte tiroteo pocos minutos después confirmó su punto de vista. De nuestro grupo nadie tenía un rasguño.
Reemprendimos el avance y al poco rato se puso nuevamente a prueba la capacidad de reacción de Acosta Sosa. Nos tropezamos con nuestra gente y si no es por él, que fue otra vez el primero en percatarse y lanzó un sonoro: “no tiren carajo que somos cubanos”, más efectivo que cualquier contraseña, hubiéramos caído bajo el fuego de la tropa cubana. Hubiera sido del diablo que a uno le pasaran la cuenta los propios hijos de Liborio.
El Jefe de Regimiento comenzó a recibir los partes de los jefes de unidades, y a dar las órdenes pertinentes para contabilizar los muertos, heridos y prisioneros que le habíamos hecho al FLEC, recuperar sus armas, contar nuestras bajas y tomar las disposiciones necesarias para curar rápidamente a los heridos de ambos bandos. Todo este ajetreo suyo me dio a mí la oportunidad de pensar un poco.
En mi soliloquio me decía: “bueno Cueto, te portaste como un hombrecito, no te paralizaste y pudiste disparar, no te orinaste, ni te defecaste en los pantalones, ni te dio por gritar, correr o tirarte boca abajo contra el suelo. Decididamente estuviste bien”. Dejé volar la imaginación y ya me veía dejando chiquitos a Napoleón y a Suvorov, protagonista de hazañas sin cuento. El grito de Acosta Sosa de “Comandancia a los camiones”, me sacó de mis ensoñaciones.
Pero, todavía en el camino de regreso a nuestra basificación, a pesar de las tensiones de la escolta, yo iba dándole vueltas a mis sueños y muy satisfecho conmigo mismo. Había ganado mi primera batalla contra el miedo, lo había superado y cumplido con mi deber.
Al otro día, aún con la satisfacción saliéndoseme a chorros por todos los poros me comunicaron que tenía que salir en una misión de escolta con Guada, el Jefe de Estado Mayor.
Me acerqué a su jeep y al verme Guada me llamó para sostener, más o menos, el siguiente dialogo:
-Rubio. ¿Tú estuviste en la escaramuza de ayer?
-Sí Jefe, estuve en el combate de ayer.
-Combate, a cualquier cosa le dicen combate. ¿Cuantos cartuchos gastaste?
-Un cargador y medio.
-¡Cuarenta y cinco tiros! Con eso un soldado rebelde peleaba una semana.
Adiós Napoleón y Suvorov, en menos de un minuto Guada había volcado un cubo de agua fría en mis sueños heroicos.
Ante la burlona mirada de Gustavo, jodedor e hijo de mujer pública como casi todos los choferes de los jefes, me senté en el jeep, cargué el AK, puse el selector en ráfaga y con una cara más larga que el hambre de un pobre, me puse a esperar a Guada. A los pocos minutos se subió, acomodó su fusil y partimos.
Habíamos caminado un tramo en silencio hasta que se viró para mí y me dijo:
-¿Estas bravo Rubio?
-No Jefe, para nada.
-No sea mentiroso soldado. Cambie la cara, aprenda a ahorrar los cartuchos y no se preocupe que yo sé que usted y todos los de Comandancia se portaron bien ayer.
Napoleón y Suvorov regresaron a la carrera a mi mente y entonces, paladeando el dulce y frío plato de la venganza, le devolví la mirada burlona a Gustavo, acompañada con una sonrisa de oreja a oreja.

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