lunes, 1 de marzo de 2010

Cuba: el suicidio de un "disidente".

Atilio A. Borón
Haciendo una vez más gala de su proverbial falta de escrúpulos El País de Madrid informó en su edición digital del 27 de Febrero que “La disidencia cubana sigue movilizada por la muerte del prisionero de conciencia Orlando Zapata Tamayo.” Afirmación tan rotunda como falsa cuya intención no es otra que la de llevar agua para el molino de la permanente campaña de ataques y agresiones contra la Revolución Cubana y alimentar los prejuicios de una gran parte de los lectores de ese periódico que no siempre tienen tiempo, posibilidad o interés en corroborar la veracidad de las informaciones que les proporcionan los grandes medios de comunicación.
Afortunadamente, una oportuna nota publicada por el prestigioso intelectual cubano Enrique Ubieta Gómez permite echar luz sobre este penoso episodio y desmontar la mentira urdida por el periódico madrileño. (http://www.cubadebate.cu/opinion/2010/02/26/orlando-zapata-tamayo-la-muerte-util-de-la-contrarrevolucion/). En ella se demuestra que el supuesto “prisionero de conciencia” no era tal; por eso nunca figuró en la lista de “prisioneros políticos” elaborada por la ya disuelta Comisión de Derechos Humanos de la ONU en 2003, reemplazada a causa de sus serios vicios y su manifiesta arbitrariedad al servicio de los intereses de los Estados Unidos por el Consejo de Derechos Humanos. ¿Cómo es posible que un “prisionero de conciencia” cuya identificación con el proyecto político lo llevó a inmolarse con tal de no traicionar sus ideas hubiera pasado desapercibido ante los atentos ojos de la Comisión?
La respuesta es bien simple: Zapata Tamayo, nos dice Ubieta Gómez, era un preso común cuyos problemas con la justicia comenzaron en 1988, es decir, quince años antes de la confección de la famosa lista. En su larga carrera delictiva fue procesado por "violación de domicilio" (1993), "lesiones menos graves" (2000), "estafa" (2000), "lesiones y tenencia de arma blanca" (2000: heridas y fractura de cráneo a una víctima utilizando un machete), "alteración del orden" y "desórdenes públicos" (2002), entre otras causas que, como puede observarse, nada tienen que ver con la protesta política y sí con delitos comunes. En un alarde de generosidad la justicia cubana dispuso que Zapata Tamayo fuese liberado bajo fianza el 9 de Marzo de 2003. Sin embargo, pocos días después reincidiría en sus delitos y sería detenido y condenado a tres años de prisión. Pero, en esta ocasión, su sentencia se fue extendiendo a causa de su agresiva conducta en la cárcel. Es precisamente en este marco cuando se produce su milagrosa metamorfosis: el maleante repetidamente encarcelado por la comisión de numerosos delitos comunes se convierte en un ardiente ciudadano que decide consagrar su vida a la promoción de la “libertad” y la “democracia” en Cuba. Astutamente reclutado por sectores de la “disidencia política” cubana, siempre deseosa de contar con un mártir en sus magras filas, se lo impulsó irresponsablemente y con total desprecio de su persona a llevar a cabo una huelga de hambre hasta el final, a cambio de quien sabe cuales promesas o contrapartidas de todo tipo que, seguramente, el paso del tiempo no tardará en aclarar.
El caso de esta víctima es aleccionador del talante moral de quienes pugnan por lograr el “cambio de régimen” en Cuba; también de la catadura moral de medios como El País, y otros similares, que ponen su inmenso poder mediático, formador y deformador de conciencias, al servicio de las más innobles causas. Nada dicen, por ejemplo, que la desgraciada vida del suicida fue vilmente manipulada por la “disidencia” y sus mandantes, que pretenden hacer pasar por un “preso de conciencia” a quien no fue otra cosa que un delincuente común. También ocultan que la sedicente “disidencia política” es, en realidad, algo bien distinto: el caballo de Troya de la anhelada reinstauración de la dominación imperialista en Cuba. “Disidentes” se les llama a quienes fueron filmados mientras recibían importantes sumas de dinero en la Sección de Intereses de Estados Unidos en La Habana para financiar sus actividades subversivas de la constitución y las leyes de la república. Es decir, para trabajar conjuntamente con el gobierno de un país que hace medio siglo le ha declarado la guerra a Cuba, que mantiene contra esa isla un bloqueo criminal unánimemente condenado por la comunidad internacional y que ha hecho más de seiscientos intentos de asesinar al líder de la revolución cubana. ¿Cómo reaccionaría Washington si hoy sorprendiera a un grupo de sus ciudadanos recibiendo generosas sumas de dinero, equipos de comunicación y consejos prácticos acerca de cómo derrocar al gobierno de Estados Unidos en la embajada de Afganistán en Washington? ¿Hubiera considerado El País a esos subversivos como “disidentes políticos” o como traidores a su patria? Además, a diferencia de lo ocurrido con los mercenarios cubanos, lo más probable es que los estadounidenses hubieran sido inmediatamente ejecutados, acusados del infame delito de traición a la patria por su desembozada y antipatriótica colaboración con una potencia agresora. Por mucho menos que esto la “democracia norteamericana” envió a la silla eléctrica a los esposos Julius y Ethel Rosenberg en 1953 en un juicio (como el ahora perpetrado contra “los 5”) que fue una verdadera burla a la justicia. Pero nada de eso ocurre en Cuba. Y nada de esto se informa a la opinión pública mundial. No hay en la isla cárceles secretas, ni legalización de la tortura, ni traslado de prisioneros para ser torturados en terceros países, ni desaparecidos, ni vuelos ilegales, ni detenciones arbitrarias sin plazos ni juicios y tantas otras prácticas que rutinariamente se llevan a cabo en las mazmorras estadounidenses y que son sistemáticamente silenciadas y ocultadas por la “prensa seria” cuya supuesta misión es informar. Para la prensa del imperio, como El País, todas estas son minucias sin importancia. Negocios son negocios y si hay que mentir se miente una y cien veces con la certeza que otorga la impunidad que le confiere la indefensión, la credulidad o la apatía de sus lectores, aletargados por la propaganda y cuidadosamente desinformados y embrutecidos por los grandes medios. En un luminoso pasaje de El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte Marx decía que, ante su orfandad, la contrarrevolución bonapartista extraía sus cuadros y sus héroes del lumpenproletariado de Paris. Lo mismo ocurre en nuestros días con los autoproclamados adalides de las libertades y la democracia en Cuba y sus compinches en la “prensa seria” internacional. Por eso, si es necesario decir que Barrabás era Jesucristo se dice. Y si hay que decir que Zapata Tamayo era un “prisionero de conciencia” también se dice y sanseacabó.

domingo, 28 de febrero de 2010

Una postal desde Sancti Spíritus.

Acabo de recibir "una postal" desde Sancti Spíritus, donde la Feria del Libro finaliza. Se anuncian nuevos proyectos de colaboración con La Calle del Medio. En la foto, los escritores Alpidio Alonso, Rubén Fernando Alonso y Antonio Rodríguez Salvador (Chichito), junto a Yulieski Gourriel. A pesar de que la serie actual enfrenta a los equipos de Sancti Spíritus e Industriales --que es el mío, por supuesto--, comparto la admiración por este muchacho que todos los scouts del mundo desean comprar sin éxito.

NUESTRA AMÉRICA CAPAZ E INFATIGABLE.

Hace unos días recibí este texto inspirado en la reciente conformación de una nueva organización continental que prescindía --por primera vez en la historia--, de la tutela norteamericana o hispano-lusitana. La campaña mediática contra Cuba y Venezuela --avanzada de esa creciente integración regional de pueblos y gobiernos--, se hace más intensa precisamente allí donde antes estuvieron los centros de poder metropolitano: España y Estados Unidos. En esa campaña neocolonizadora participan activamente los cubano-americanos y los cubano-españoles, pero el griterío es de impotencia.
Carlos Rodríguez Almaguer.
“¿Adónde va la América, y quién la junta y guía?
Sola, y como un solo pueblo se levanta.
Sola pelea. Vencerá, sola.”
José Martí.
Discurso ante los delegados de nuestra América.
Nueva York, 19 de diciembre de 1889
“Apenas acierta el pensamiento, a la vez trémulo y desbordado, a poner, en la brevedad que le manda la discreción, el júbilo que nos rebosa de las almas en esta noche memorable.” Tales eran las palabras con que en la noche del 19 de diciembre de 1889 iniciaba José Martí su discurso ante los representantes de las naciones hispanoamericanas que asistían a la Conferencia Internacional Americana, al llamado de los Estados Unidos. Y tales son las palabras que nos salen del alma este 23 de febrero de 2010, cuando en los medios de información de todos los continentes repican, como campanas al aire, las noticias que anuncian que luego de dos siglos de dura brega entre el desinterés y la codicia, y entre la solidaridad y el egoísmo, han logrado, al fin, los pueblos de América Latina y el Caribe, sin que ningún extraño los hubiere convocado sino su propia historia, iniciar el parto por el que verá la luz esa criatura largamente anunciada y deseada: la unidad de nuestra Madre América.
En México fue la Cumbre memorable, y no podía ser otra la tierra donde habrían de fraguarse las uniones del destino final de nuestros pueblos sino en la patria del Benemérito de las Américas, el indio Benito Juárez; como no podría ser otra la nación donde nacerá, en julio de 2011, esta unión de repúblicas sino la patria de aquellos que con el filo de su espada, el calor de su corazón y la amplitud de su mente crearon los cimientos de ideas y de libertades en los que se ha apoyado durante estos dos siglos esa idea salvadora: la cuna del Precursor, Francisco de Miranda, y del Libertador, Simón Bolívar: la heroica Venezuela, madre de nuestras repúblicas.
Por fin va amaneciendo en la noche de los padres fundadores. No araron en el mar como creyó Bolívar en su lecho de muerte. Tierra fértil acogió aquellas semillas de integración libertaria; tan fértil, que no han bastado doscientos años de amenazas, invasiones, engaños y traiciones, flojedades de espíritus aparte, para impedir la mañana feliz de la vendimia, tanto tiempo esperada, en que se acendrará una “libertad que no tendrá, acaso, asiento más amplio en pueblo alguno (…) que el que se le prepara en nuestras tierras sin límites para el esfuerzo honrado, la solicitud leal y la amistad sincera de los hombres.”
Como texto obligado en las escuelas americanas debiera estudiarse a partir de hoy aquel ensayo luminoso del Apóstol de Cuba: Nuestra América. Allí está, en esencia, lo que no puede faltar en lo adelante, que es la prudencia que mantiene el equilibrio entre la vanidad aldeana y la falsa erudición; y el amor infinito por todo lo que sea de nuestras sufridas repúblicas americanas, para ensalzarlo o para corregirlo. Y la Carta de Jamaica, de Bolívar, y tanta historia augusta que nos ha sido falseada o secuestrada, porque, como quería Martí, “la historia de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria”.
“Somos el mundo nuevo”, dijo este día en conferencia de prensa el hijo de Bolívar, el presidente Hugo Chávez, y es todo un símbolo la frase porque ubica, a dos siglos de distancia, las palabras en su sitio justo: ya dejamos de ser “el Nuevo Mundo” del que hablaban nuestros dueños, para empezar a ser “el mundo nuevo” a cuyo influjo vigoroso y noble ha de salvarse acaso del desastre la humanidad entera. Nada nuevo tiene ya que ofrecer la decadente Europa a la necesidad imperante de ideas frescas. Nada o poco tienen ya que ofrecer los Estados Unidos viciados y corrompidos por el uso dilatado de una prosperidad sangrienta y un poderío descomunal carente de la fuerza moral que lo encausa y embrida. Solo allá en el Oriente, en la filosofía más antigua preservada con respeto y cariño por sus pueblos, puede haber similar para esta filosofía legendaria que ha sobrevivido cinco siglos mezclada en la cultura o protegida en su pureza por los herederos de aquella “raza original, fiera y artística” de la que provenimos.
Aunque los desafíos son cada vez mayores, también mayor es la disposición de nuestros pueblos a no ceder un ápice en el camino emprendido en pos de su integración, y en ese ascenso, serán también una verdad rotunda estas palabras pronunciadas por Martí, aquella noche memorable, a los delegados de las repúblicas americanas: “Todo lo vence, y clava cada día su pabellón más alto, nuestra América capaz e infatigable”.

sábado, 27 de febrero de 2010

Entregan el Premio de la Academia a la Historia de la literatura cubana.

Encuentro de viejos amigos y colegas. Cira Romero recibe el Premio a nombre del colectivo de autores en La Cabaña y lo dedica a la memoria del maestro José A. Portuondo. Las fotos, de no buena calidad y sí buena intención, fueron tomadas por Marta Lesmes. En la primera foto, Ricardo Hernández Otero, Enrique Saínz y yo. En la segunda, Ileana Mendoza y yo. Estuvieron además Zaida Capote y Sergio Chaple. Han pasado casi dos décadas...

viernes, 26 de febrero de 2010

¿Quiénes son los enemigos del pueblo cubano?

Un amigo paciente se tomó el trabajo de revisar la gran prensa digital, para definir el origen de la campaña mediática contra Cuba, a propósito de la muerte de Zapata Tamayo. El resultado es revelador; de 100 titulares de prensa en el mundo referidos a este suceso, 93 proceden de dos países: España (52) y Estados Unidos (41). En el caso de España, de esos 52 titulares, 14 pertenecen a El País, 12 a El Mundo y 12 a ABC. Los restantes se distribuyen en otros nueve medios. En Estados Unidos, de los 41 titulares, se publicaron 24 en la prensa hispana (11 de ellos en El Nuevo Herald y 7 en el Diario de las Américas) y 17 en la anglosajona, repartidos en 5 medios, aunque solo en The Miami Herald aparecieron 11. No incluimos en esta lista, por supuesto, a los blogs.

¿Para quién la muerte es útil?

Enrique Ubieta Gómez
Tomado de Cubadebate
La absoluta carencia de mártires que padece la contrarrevolución cubana, es proporcional a su falta de escrúpulos. Es difícil morirse en Cuba, no ya porque las expectativas de vida sean las del Primer Mundo -nadie muere de hambre, pese a la carencia de recursos, ni de enfermedades curables-, sino porque impera la ley y el honor. Los mercenarios cubanos pueden ser detenidos y juzgados según leyes vigentes -en ningún país pueden violarse las leyes: recibir dinero y colaborar con la embajada de un país considerado como enemigo en Estados Unidos, por ejemplo, puede acarrear severas sanciones de privación de libertad-, pero ellos saben que en Cuba nadie desaparece, ni es asesinado por la policía. No existen “oscuros rincones” para interrogatorios “no convencionales” a presos-desaparecidos, como los de Guantánamo o Abu Ghraib. Por demás, uno entrega su vida por un ideal que prioriza la felicidad de los demás, no por uno que prioriza la propia.
En las últimas horas, sin embargo, algunas agencias de prensa y gobiernos se han apresurado en condenar a Cuba por la muerte en prisión, el pasado 23 de febrero, del cubano Orlando Zapata Tamayo. Toda muerte es dolorosa y lamentable. Pero el eco mediático se tiñe esta vez de entusiasmo: al fin -parecen decir-, aparece un “héroe”. Por ello se impone explicar brevemente, sin calificativos innecesarios, quien fue Zapata Tamayo. Pese a todos los maquillajes, se trata de un preso común que inició su actividad delictiva en 1988. Procesado por los delitos de “violación de domicilio” (1993), “lesiones menos graves” (2000), “estafa” (2000), “lesiones y tenencia de arma blanca” (2000: heridas y fractura lineal de cráneo al ciudadano Leonardo Simón, con el empleo de un machete), “alteración del orden” y “desórdenes públicos” (2002), entre otras causas en nada vinculadas a la política, fue liberado bajo fianza el 9 de marzo de 2003 y volvió a delinquir el 20 del propio mes. Dados sus antecedentes y condición penal, fue condenado esta vez a 3 años de cárcel, pero la sentencia inicial se amplió de forma considerable en los años siguientes por su conducta agresiva en prisión.
En la lista de los llamados presos políticos elaborada para condenar a Cuba en 2003 por la manipulada y extinta Comisión de Derechos Humanos de la ONU, no aparece su nombre -como afirma, sin verificar las fuentes y los hechos, la agencia española EFE-, a pesar de que su última detención coincide en el tiempo con la de aquellos. De haber existido una intencionalidad política previa, no hubiese sido liberado once días antes. Ávidos de enrolar a la mayor cantidad posible de supuestos o reales correligionarios en las filas de la contrarrevolución, por una parte, y convencido por la otra de las ventajas materiales que entrañaba una “militancia” amamantada por embajadas extranjeras, Zapata Tamayo adoptó el perfil “político” cuando ya su biografía penal era extensa.
En el nuevo papel fue estimulado una y otra vez por sus mentores políticos a iniciar huelgas de hambre que minaron definitivamente su organismo. La medicina cubana lo acompañó. En las diferentes instituciones hospitalarias donde fue tratado existen especialistas muy calificados -a los que se agregaron consultantes de diferentes centros-, que no escatimaron recursos en su tratamiento. Recibió alimentación por vía parenteral. La familia fue informada de cada paso. Su vida se prolongó durante días por respiración artificial. De todo lo dicho existen pruebas documentales.
Pero hay preguntas sin responder, que no son médicas. ¿Quiénes y por qué estimularon a Zapata a mantener una actitud que ya era evidentemente suicida? ¿A quién le convenía su muerte? El desenlace fatal regocija íntimamente a los hipócritas “dolientes”. Zapata era el candidato perfecto: un hombre “prescindible” para los enemigos de la Revolución, y fácil de convencer para que persistiera en un empeño absurdo, de imposibles demandas (televisión, cocina y teléfono personales en la celda) que ninguno de los cabecillas reales tuvo la valentía de mantener. Cada huelga anterior de los instigadores había sido anunciada como una probable muerte, pero aquellos huelguistas siempre desistían antes de que se produjesen incidentes irreversibles de salud. Instigado y alentado a proseguir hasta la muerte -esos mercenarios se frotaban las manos con esa expectativa, pese a los esfuerzos no escatimados de los médicos-, su nombre es ahora exhibido con cinismo como trofeo colectivo.
Como buitres estaban algunos medios -los mercenarios del patio y la derecha internacional-, merodeando en torno al moribundo. Su deceso es un festín. Asquea el espectáculo. Porque los que escriben no se conduelen de la muerte de un ser humano -en un país sin muertes extrajudiciales-, sino que la enarbolan casi con alegría, y la utilizan con premeditados fines políticos. Zapata Tamayo fue manipulado y de cierta forma conducido a la autodestrucción premeditadamente, para satisfacer necesidades políticas ajenas. ¿Acaso esto no es una acusación contra quienes ahora se apropian de su “causa”? Este caso, es consecuencia directa de la asesina política contra Cuba, que estimula a la inmigración ilegal, al desacato y a la violación de las leyes y el orden establecidos. Allí está la única causa de esa muerte indeseable.
Pero, ¿por qué hay gobiernos que se unen a la campaña difamatoria, si saben -porque lo saben-, que en Cuba no se ejecuta, ni se tortura, ni se emplean métodos extrajudiciales? En cualquier país europeo pueden hallarse casos -a veces, francas violaciones de principios éticos-, no tan bien atendidos como el nuestro. Algunos, como aquellos irlandeses que luchaban por su independencia en los años ochenta, murieron en medio de la indiferencia total de los políticos. ¿Por qué hay gobernantes que eluden la denuncia explícita del injusto confinamiento que sufren cinco cubanos en Estados Unidos por luchar contra el terrorismo, y se apresuran en condenar a Cuba si la presión mediática pone en peligro su imagen política? Ya Cuba lo dijo una vez: podemos enviarles a todos los mercenarios y sus familias, pero que nos devuelvan a nuestros héroes. Nunca podrá usarse el chantaje político contra la Revolución cubana.
Esperamos que los adversarios imperiales sepan que nuestra Patria no podrá ser jamás intimidada, doblegada, ni apartada de su heroico y digno camino por las agresiones, la mentira y la infamia.

Yoani miente en El País.

¿Dónde está la fina línea que marca la diferencia entre una interpretación y una mentira? En el caso de Zapata Tamayo, los medios no investigan, no preguntan, simplemente reproducen las indicaciones que reciben: de delincuente a político, de víctima de sí mismo y de sus instigadores, a mártir. Yoani Sánchez se sabe el libreto. Ni siquiera tiene que leer dos veces las instrucciones. Y no siente vergüenza de mentir, porque ni siquiera quiere saber si es verdad o mentira lo que repite. El País --que ya es un periódico más de la derecha española--, reproduce solícito el guión.
Ayer estuve conversando con los médicos que atendieron a Zapata Tamayo en el Hospital Nacional de Reclusos. Son tan contundentes las pruebas médicas, que Yoani hará el ridículo.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Preguntas en torno a la muerte de Zapata.

Hatuey
¿A quien beneficia la lamentable muerte de Orlando Zapata Tamayo?
¿Por qué se desconoce el prontuario de delitos comunes de Orlando Zapata Tamayo y se le asigna la categoría de Preso Político”.?
¿Por qué razón ninguna organización contrarrevolucionaria del exterior y de los grupúsculos internos, conminó a Orlando Zapata para que abandonara la huelga?
¿Es verdad que cuando el contrarrevolucionario Guillermo Fariñas protagonizó una huelga, se le trató de convencer de que abandonara su postura con el argumento de era más útil vivo que muerto? ¿Por qué ahora no se hizo lo mismo?
¿Es cierto que las transmisiones de las emisoras subversivas contra Cuba incentivaron la huelga?
¿Es cierto que los analistas de la mal llamada Radio Martí sostuvieron en sus análisis que la muerte de Orlando Zapata tendría un alto costo político para las autoridades cubanas?
¿Es verdad que la muerte de Orlando Zapata se inserta en los planes para propiciar la unidad en la atomizada contrarrevolución?
¿Qué explica que las autoridades de salud cubana en marzo del 2009, le salvaran la vida a Orlando Zapata al extraerle una tumoración en el cerebro?
¿Puede un ser humano con un organismo afectado de anteriores eventos de huelga, sobrevivir 85 días, sin una esmerada atención médica?
¿Cuántos niños a esta hora y este hipócrita mundo habrán fallecido de hambre, sin haber tenido ni tan siquiera el derecho a optar por la huelga?

Zapata: ¿un muerto útil?

Enrique Ubieta Gómez
La absoluta carencia de mártires que padece la contrarrevolución cubana, es proporcional a su falta de escrúpulos. Es difícil morirse en Cuba, no ya porque las expectativas de vida sean las del Primer Mundo –nadie muere de hambre, pese a la carencia de recursos, ni de enfermedades curables--, sino porque impera la ley y el honor. Las Damas de Blanco y Yoani pueden ser detenidas y juzgadas según leyes vigentes –en ningún país pueden violarse las leyes: recibir dinero y colaborar con la embajada de Irán (un país considerado como enemigo) en Estados Unidos, por ejemplo, puede acarrear la pérdida de todos los derechos ciudadanos en aquella nación--, pero ellas saben que en Cuba nadie desaparece, ni es asesinado. Por demás, uno entrega su vida por un ideal que prioriza la felicidad de los demás, no por uno que prioriza la propia. Así que la lamentable muerte de Orlando Zapata, un preso común –de largo historial delictivo, en nada vinculado a la política--, regocija íntimamente a sus hipócritas “dolientes”. Transformado después de muchas idas y venidas a prisión en “activista político”, Zapata fue el candidato perfecto para la autoejecución. Era un hombre “prescindible” para los grupúsculos, y fácil de convencer para que persistiera en una huelga de hambre absurda, de imposibles demandas (cocina y teléfono personales en la celda) que ninguno de los cabecillas reales tuvo la valentía de mantener. Cada huelga anterior de los instigadores había sido anunciada como una probable muerte, pero los huelguistas siempre desistían en buen estado de salud. Instigado y alentado a proseguir hasta la muerte –esos mercenarios se frotaban las manos con la expectativa de que muriese, pese a los esfuerzos no escatimados de los médicos--, el cadáver de Zapata es ahora exhibido con cinismo como trofeo colectivo.
Como buitres estaban los medios –los mercenarios del patio y la derecha internacional--, merodeando en torno al moribundo. Su deceso es un festín. Asquea el espectáculo. Porque los que escriben no se conduelen de la muerte de un ser humano –en un país sin muertes extrajudiciales--, sino que la enarbolan casi con alegría, y la utilizan con premeditados fines políticos. El caso de Zapata me recuerda el de Pánfilo: los dos fueron manipulados y de cierta forma conducidos a la autodestrucción de forma premeditada, para satisfacer necesidades políticas ajenas: uno, llevado a una persistente huelga de hambre de 85 días (había realizado ya otras anteriores que afectaron su salud); el otro, en pleno proceso de desintoxicación alcohólica, invitado a beber para que dijera frente a las cámaras lo que querían oir. Me pregunto si eso no es una acusación contra quienes ahora se apropian de su “causa”. Tienen razón al decir que fue un asesinato, pero los medios esconden al verdadero asesino: los grupúsculos cubanos y sus mentores trasnacionales. Zapata fue asesinado por la contrarrevolución.

martes, 23 de febrero de 2010

Premio de la Academia a Historia de la literatura cubana.

El pasado 13 de febrero la Academia de Ciencias de Cuba otorgó su Premio Anual para investigación literaria a la Historia de la literatura cubana en tres tomos que realizara un colectivo de autores en el Instituto de Literatura y Lingüística, a fines de la década del ochenta e inicios de los noventa. Los tomos, de alrededor de mil páginas cada uno, fueron publicados sucesivamente en los años 2002, 2005 y 2008. Entre sus autores se encuentran prestigiosos críticos y ensayistas de varias generaciones. Para algunos --como para mí--, fue una segunda universidad.

lunes, 22 de febrero de 2010

¿A juicio la solidaridad?

E. U. G.
Finalizada la Cumbre de Trinidad y Tobago en 2009, un Obama que todavía interpretaba con cierta credibilidad su papel de “político del cambio” –quizás impresionado por la avalancha de exhortaciones que recibiera para desarticular el bloqueo a Cuba--, afirmó frente a las cámaras que la decisión cubana de enviar médicos, en lugar de soldados, debía ser imitada por Estados Unidos, porque evidentemente generaba muchas simpatías. Unos meses después, uno de los periodistas oficialistas de Estados Unidos –sea cual sea su gobierno, oficialista de la política imperial--, para América Latina, el chileno-americano Andrés Oppenheimer, exhortaba al gobierno ¿de su país? que aumentara la oferta de becas a estudiantes latinoamericanos, pues Cuba (un estado pobre y bloqueado, esto no lo decía claro) empezaba a sobrepasar los índices de preferencia de la juventud regional como centro de estudios.
Durante años los medios han tratado de denigrar la solidaridad cubana. Es un hecho muy molesto, que no encaja en el discurso editorial anti-cubano. Hay varios factores que irritan especialmente a los ideólogos de la contrarrevolución: 1. que un Estado pobre actúe según criterios humanistas y no netamente mercantiles (los beneficios mutuos que propicia el ALBA –muy recientes--, nada tienen que ver con una práctica iniciada en 1963 y que se extiende en el tiempo a más de 60 países del mundo); 2. que individuos altamente capacitados de un Estado pobre –no cien o doscientos, sino decenas de miles--, se ofrezcan voluntariamente para ejercer su profesión según criterios humanistas y no mercantiles; 3. que ese Estado sea Cuba y esos miles de voluntarios sean cubanos, hijos de su Revolución. Por eso organizaron una red para ofrecer a los voluntarios la posibilidad de “escapar” y la garantía de vivir y ejercer en el Primer Mundo –según criterios mercantiles, naturalmente--, el sueño dorado de cualquier profesional del Tercer Mundo. La operación intenta un doble beneficio: el tradicional robo de cerebros, y la guerra ideológica contra un concepto de vida esencialmente opuesto al capitalista. Con ella captan desde luego a algunos cientos, ampliamente divulgados por la gran prensa, y fracasan ante decenas de miles de colaboradores, que nadie promociona.
Que algunos médicos renuncien a la solidaridad internacionalista en aras de obtener beneficios personales mediante el ejercicio de profesiones bien cotizadas en el mundo del mercado, se promociona como una victoria de la libertad individual. ¿Qué defienden los que enarbolan el egoísmo? El capitalismo; el concepto de que la solidaridad es inviable, porque el ser humano es naturalmente egoísta; que un mundo mejor no es posible. Por eso es repulsivo el anuncio de que siete médicos desertores intentan enjuiciar a quienes defienden la solidaridad, y que pretendan condenarlos judicialmente. Y que “la denuncia” –en primera plana de El Nuevo Herald--, se proponga recabar millones de dólares de “compensación”, que les permita a esos mercenarios una vida de lujos, opuesta a la de sus condiscípulos y ex colegas, pero sobre todo, indiferente al dolor de aquellos seres humanos que reciben o recibieron la ayuda humanitaria de sus condiscípulos y ex colegas. Es repulsiva la idea de que un tribunal enjuicie a quienes practican la solidaridad y no a quienes la niegan. De cualquier manera, allí están, allí estarán los médicos y paramédicos cubanos; y mientras en Haití proyecten y construyan un sistema nacional de salud, conjuntamente con los países del ALBA, y el ejército sea la única respuesta posible de Estados Unidos, ellos quizás encuentren el oro que buscan y el capitalismo los aplauda como ejemplos a seguir.

domingo, 21 de febrero de 2010

Prólogo al libro Y seguimos filosofando (Editorial de Ciencias Sociales, 2010)

Enrique Ubieta Gómez
Este es, en primer término, un prólogo para lectores cubanos, pero confío en que ese énfasis inevitable, no me distancie demasiado de otros posibles lectores. Como prologuista cubano de Horacio Cerutti Guldberg, un filósofo argentino – mexicano que se apropia críticamente de la filosofía de la liberación y de la historia de las ideas y las rebasa, debo empezar por exponer el breve itinerario personal que me acercó a su ya copiosa obra: cuando en 1983 culminé los estudios de filosofía marxista en la Universidad de Kiev, capital de la actual República de Ucrania, entonces parte del territorio de lo que fue la Unión Soviética, había leído muy poco –y por cuenta propia--, de la tradición latinoamericana de pensamiento.
Mi vocación me condujo sin embargo en 1985 al habanero Instituto de Literatura y Lingüística, que entonces presidía el doctor José Antonio Portuondo, y mi participación en la investigación colectiva de la historia de la literatura cubana, a la lectura de sus principales ensayistas –escritores, artistas, filósofos, políticos, revolucionarios--, de los siglos XIX y XX. Casi diez años duró ese período de aprendizajes. La ironía de ese itinerario es que no fue hasta 1987, en Moscú, durante una beca de investigación concedida por el Instituto de Literatura Mundial Máximo Gorki, que descubrí y leí a Leopoldo Zea, no sin cierto deslumbramiento, un autor más cercano al poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar –autor del archiconocido ensayo Calibán (1971)--, que a los filósofos cubanos del período revolucionario. Precisamente Zea (como también Retamar) era estudiado por los “latinoamericanistas” soviéticos –críticos de arte y de literatura, especialistas en política exterior--, y no por los filósofos.
Así que cuando en 1988 recibí otra beca de investigación, esta vez en El Colegio de México, llevé conmigo una carta de recomendación dirigida al maestro Zea escrita por el bondadoso amigo y maestro Portuondo. Fue entonces que conocí a Horacio, quien desde 1987 se desempeñaba como Coordinador del Colegio de Estudios Latinoamericanos que fundara Zea en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, y era por entonces un cercano colaborador suyo. Por supuesto que aproveché todo lo que pude la excelente biblioteca que tenía El Colegio de México, pero no me sentí nunca a gusto con su aséptico concepto de “excelencia académica”, ya para entonces muy alejado del espíritu de sus fundadores; me atraía en cambio el ambiente rebelde que imperaba en los pasillos de la UNAM y su vocación latinoamericanista.
Horacio, un argentino exiliado durante los años de la dictadura, me acogió en su grupo de trabajo. A pesar de su apariencia de hombre circunspecto, de “cuello y corbata” según decimos en Cuba, Horacio es un ser humano muy asequible, cuya amabilidad nunca es impostada, un espécimen raro en el mundo académico, capaz de propiciar el triunfo ajeno y disfrutarlo como propio. Su liderazgo surge naturalmente de su tesón por aunar voluntades y propiciar el diálogo mediante proyectos colectivos, de su vocación de promotor y su naturaleza de maestro. Organizador de innumerables congresos latinoamericanistas –fue presidente de la Asociación Filosófica de México, país en el que se nacionalizó y fundador de la Sociedad Iberoamericana de Filosofía y Política--, de revistas, antologías de homenaje y libros colectivos, es un consecuente hombre de “izquierda”, abierto por igual a la obra de los autores más diversos, reconocidos o no, y del texto mayor que es la propia vida. Solidario con la Revolución cubana –fue también protagonista del encuentro de intelectuales que lanzó en México la Red de Redes En Defensa de la Humanidad--, y con la Revolución venezolana, sin dejar de analizar a su modo, con sumo respeto, las naturales contradicciones de esos procesos. Nunca –en ambos casos--, su acercamiento ha sido “profesoral”: las preguntas que le formula a las revoluciones reales no son para enseñar, sino para aprender.
Este libro, integrado por ensayos, conferencias e intervenciones de tono confesional es casi una propuesta autobiográfica. Introducción y mapa de su obra. No solo porque incluye un texto en el que aborda críticamente su propia trayectoria –humana y profesional, porque en Horacio el hombre y el filósofo se funden--, sino porque desnuda sus más íntimas preocupaciones y obsesiones teóricas, calzadas a pie de página por los numerosos estudios anteriores de su bibliografía personal. La primera, quizás no desde el punto de vista cronológico, pero sí lógico, es sobre el sentido de su profesión –en el que se imbrican forma y contenido--, que Horacio desarrolla aquí en una minuciosa crítica de la propuesta canónica de Francisco Romero sobre la llamada “normalidad filosófica”, excluyente de cualquier “impureza” no teórica (política). Horacio reclama para la filosofía además de rigor, trabajo y asimilación de un pasado teórico, pasión, sensibilidad, y compromiso político. Porque lo conozco personalmente, sé cómo sufre –y cómo busca y se busca--, esta conclusión que comparto: “En momentos como los actuales, en que hay movimientos sociales, emergencia social, apertura de ciertas posibilidades en nuestra región –incluso me gustaría usar la metáfora de lucecitas al final del túnel--, ¿qué están haciendo quienes se dedican académicamente a la filosofía? En la mayoría de los casos producen trabajos interesantes y hasta bien escritos, que no les interesa a nadie, que no lee nadie…”. Y advierte: “la filosofía es demasiado importante para dejarla en manos de los profesionales de la filosofía… Es lo mismo que ocurre con la política”. Con rigor, pero también con pasión y compromiso político, escribe Horacio Cerutti Guldberg. Por eso (se) pregunta: “¿Qué es filosofar en serio? ¿Lo que prescribe la academia? ¿Lo que las rutinas académicas han sancionado? ¿Lo que pretenciosamente se presenta como tal? ¿Lo que está de moda cada vez? (…)”. Esta angustia se enlaza a otros temas, no menos importantes: el de la identidad del ser y del filosofar latinoamericanos, el del Otro (el oprimido) y su liberación, entendidos de forma histórica, nunca ontológica, no como algo dado, sino como un proyecto que incluye la dimensión utópica, que “concibe al ser como siendo”; y consecuentemente, el tema de los estudios filosóficos en América Latina, y de forma especial, sobre América Latina: “Lo que dificulta la labor formativa y el reconocimiento académico es que intentamos formar un profesional que no sea especialista en una disciplina, aunque deba dominar muchos de los elementos básicos de cada una de ellas, sino un/a experto/a en una región socio-histórico-cultural que incluye, para complicar más el asunto, muchas variantes sociales, históricas y culturales y que es ‘una’, más por decisión, voluntad política, antecedentes más o menos comunes –imaginario a compartir--, que por la homogenidad, presunta sustancialidad o esencialidad del objeto estudiado”.
Pero Horacio tiene que enfrentar numerosos escollos. Es un hombre de la Academia, y a la vez un impugnador de la Academia. Al lector cubano podrá parecerle, por eso, que pelea contra fantasmas; sus aproximaciones a ciertos temas de la teoría política se (de)baten contra una madeja de conceptos y definiciones (de obstáculos académicos) que enrarecen la comprensión. Su misión no es llegar (meta por demás siempre renovable), sino allanar el camino de la comprensión. A veces también, y por la misma causa, el lector echará de menos en el análisis una mirada más explícita a situaciones y procesos que son colosales ejemplos abiertos al estudio, desde la relación “aérea” de Hugo Chávez y las capas más humildes de la población venezolana –uso esa palabra para significar la ausencia de intermediarios--, y la rearticulación de la participación popular en las misiones sociales, al margen de una institucionalidad y de un funcionarato que actúa como rémora, hasta el precario liderazgo de Zelaya en Honduras. Un análisis que debe llevarnos no a situaciones ideales, sino a la comprensión de realidades prácticas: sin el liderazgo de Chávez --o de Fidel, o de Martí en su momento--, ¿hubiese sido posible el avance del proceso revolucionario?, ¿hoy por hoy, es posible una revolución bolivariana sin Chávez? La teoría política contemporánea –al servicio de cierta política, porque no hay teoría política sin sujeto político--, ha puesto de moda términos generales (abstractos) que eluden la descripción de las motivaciones, de los intereses de clase que subyacen y determinan las apariencias, como los de totalitarismo o populismo. Con la manga al codo, Horacio acepta el difícil reto de aceptarlos para rebatirlos.
Porque, ¿qué es el populismo? El autor señala dos características fundamentales: 1. “el populismo es un tipo de manipulación política donde, en nombre del pueblo, lo que se hace es intentar neutralizar el conflicto social”, de ahí su sentido explícitamente contrarrevolucionario; 2. “jamás un populista buscará –ni menos permitirá-- que se concrete la organización popular: la participación efectiva en la toma de decisiones por parte de los mismos afectados”. En consecuencia, tal como señala Manuel Corral y cita Cerutti, el problema a discernir “es si hay o no hay un cuestionamiento radical del capitalismo”. Podemos añadir algunas perogrulladas: populismo es una expresión peyorativa que alude a las tendencias políticas que enfatizan a nivel retórico –nunca práctico--, las demandas populares, para obtener el control político y luego diluirlas, lo que no excluye que se adopten medidas efectistas, de carácter superficial.
Como bien apunta Horacio, populistas fueron Collor de Melo, Menem, Fujimori y Carlos Andrés Pérez, quienes luego implementaron políticas neoliberales. Pero sucede que la oligarquía utiliza el término para desacreditar cualquier intento verdadero por satisfacer esas demandas populares. Si nos detenemos en el caso venezolano, veremos que las misiones sociales chavistas –que garantizan la participación social de los involucrados--, fueron sustituidas en Zulia por “misiones” efectistas, pero efímeras, del gobierno opositor de Manuel Rosales. La gran prensa hablaba del “populismo” de Chávez, no del de Rosales. “Barrio a Barrio” –contraparte populista de Barrio Adentro--, seguía esa lógica: grandes operativos en los que se regalaban medicinas y alimentos. Pero en la noche, al día siguiente, la población tenía que acudir, si se enfermaba, a los médicos cubanos de Barrio Adentro. Los operativos populistas de Rosales se incrementaban en época de elecciones, y desaparecían en los períodos intermedios.
Otros temas abordados por Cerutti son especialmente actuales, por ejemplo el de la violencia revolucionaria. Todo aquel que haya seguido el proceso posterior al golpe de estado en Honduras, podrá distinguir esa contradicción especialmente indigna: el golpe de estado apoyado ya de forma bastante explícita por importantes fuerzas de poder en Estados Unidos, es de por sí un acto de violencia. Desde la violencia consumada –muertos y heridos incluidos, en una represión anunciada--, Hillary Clinton le pide a Zelaya que se abstenga de convertirse en bandera. Ella sabe lo que dice, pero el pueblo hondureño sabe lo que hace. La violencia es intrínsicamente contrarrevolucionaria, pero la pasividad ante ella lo es aún más. Al cumplirse el cuarenta aniversario del asesinato del Che Guevara en Bolivia, El País –diario español que todavía algunos lectores ubican en la izquierda, aunque fue adquirido por el grupo PRISA de capital mayoritariamente estadounidense--, lo acusaba doblemente en su Editorial: de matar y de dejarse matar. En América Latina transcurren sin embargo procesos esperanzadores, que ponen a prueba caminos alternativos para la liberación. ¿Podrán consumarse plenamente sin violencia?
Este es un libro provocador, inteligente, honesto, escrito por un hombre de iguales características. El lector cubano debe dejar sus juicios-previos (o pre-juicios) en la puerta, y adentrarse en las reflexiones de Horacio Cerutti Guldberg con la seguridad de que encontrará un campo fértil para la discusión, sembrado de ideas especialmente sugerentes, hijas de una tradición de pensamiento que también nos pertenece.