jueves, 24 de octubre de 2013

De la AHS, con la mente proscrita de siempre

Con mi hermano el Fide, en su, nuestra, Utopía
Fidel Díaz
Cuando me pidieron que escribiera algo sobre “mi etapa” en la AHS, a propósito del Congreso, pensé de inmediato hacerlo de ahora mismo, pues no siento haber salido nunca de la Asociación Hermanos Saíz. No lo digo como frase retórica, quizá de cortesía (“yo siento que sigo siendo parte de la organización...”), es que sigo siendo de la organización —aunque la edad hace tres lustros que me lo impide formalmente—. A propósito, debo haber sido el asociado que llegó a más edad dentro de las filas pues, por formar parte entonces de la Dirección Nacional, llegué casi hasta los 40 militando, cuando el límite permitido es 35 años. Recuerdo que nos despidieron en el teatro Amadeo Roldán, tras una jornada de debate; sería año 2000 más o menos, leyeron halagos personales sobre cada uno, nos regalaron una obra plástica...; salimos entonces Fernando Rojas, Jacomino, Zurbano, Palomino... no recuerdo si Alexis Triana... algunos siguieron unos
añitos más como Omar Valiño, Normita Derivet y Alpidio (que pasó a ser presidente). Entregábamos nuestro mandato tras una etapa importante, pues se reestructuró la organización, se hizo reconocible para la sociedad; se estrechó la interacción con las instituciones, y surgieron maneras de financiar los proyectos artísticos como la Junta de Patrocinio que obligaba al ICRT, MINCULT, UJC, Poder Popular y otros factores a viabilizar la ejecución de los proyectos. Se fundaron las Becas de Creación y de Pensamiento, las Jornadas de Reflexiones en las que debatíamos sobre el país y sus diversos caminos de transformación mediante el arte y los medios, a partir de textos cardinales: recuerdo, por ejemplo, el análisis de El socialismo y el hombre en Cuba, del Che Guevara. Se afianzaron y crearon nuevos eventos, como
las Romerías de Mayo, el Longina de la trova, el Festival de Rap de Alamar, el Almacén de la Imagen y el Antonio Lloga en la Sección de Cine, Radio y TV, por mencionar algunos. Se solidificaron las Casas del Joven Creador... Todos los meses —a veces más de una vez— nos reuníamos en una provincia distinta, para discutir tanto con la membrecía como con las instituciones y organizaciones, especialmente con la UJC, o para limar asperezas, o compulsar a que se adentraran en los proyectos culturales.  Esta etapa con Rojitas, nos sacó de la anterior en la que éramos algo así como forajidos. Yo venía, incluso, de la Brigada Hermanos Saíz, desde antes que se fundiera con el Movimiento de la Nueva Trova y la Brigada Raúl Gómez García. Recuerdo que, por momentos, no estaba seguro de pertenecer realmente a algo, y de pronto se hacían un par de acciones y me enorgullecía de integrar esa especie de secta clandestina. Surgía tempestivamente un encuentro y me veía el fin de semana en un campismo, donde poetas, trovadores, y realizadores amasábamos nuevos proyectos de promoción, o planeábamos una carta al Partido o al Ministro de Cultura porque habían botado a alguien de una emisora, habían bajado unos cuadros de una exposición o censurado una canción o de Carlos Varela, o de Silvio Rodríguez que ya era Silvio. Bueno, a mí me llamó a la cabina el jefe de música de Radio Cadena Habana, tras la emisión de uno de los programas que dirigía (Formato abierto), que bajara urgente. El hombre me recibió muy serio, me compulsó a que confesara, que era obvio que tenía problemas ideológicos... en fin, que reconociera el delito, que yo sabía muy bien lo que había hecho. Me encogí de hombros pues se trataba de un programa casi light, una revista de variedades que hacía más bien por completar el contenido de trabajo —lo cual no quiere decir que la tirara a mondongo sino que me forzaba a un esquema caduco para mis “creencias”, más que conceptos, de entonces—; el hombre se acaloró y me dijo:
—¡Tú sabes bien que pusiste a Santiago Feliú!
Mi respuesta no podía ser larga: “...Y...” Casi se hincha el sujeto espetando que yo sabía de sobra que “Para
Bárbara” no era una canción para poner por la mañana, que eso iba en contra del gusto del pueblo y hasta me argumentó con una supuesta política cultural que él se imaginaba... pues lo cuento y me parece que lo estoy inventando, que no pudo ser. Se imaginará, amigo lector que, aquello terminó de piñazos —por suerte, sobre ambos lados del buró— y luego un amotinamiento de asociados llamando por teléfono a la dirección de la emisora. El agua no llegó al río, y el río, con el tiempo, se llevó lo que había de suciedad. Ahora lo recuerdo y no lo creo.


Otra vez, hice una semidramatización acerca de “Hoy mi deber” de Silvio Rodríguez, en un programa más acorde a mis intereses, o sea, más polémico y con otra dinámica, y aquello terminó con que el departamento de música puso la canción en un listado negro que inventó el mismo departamento (o su sector conservador). Sería año 85 más o menos, pues recuerdo que fui por entonces a ver a Silvio a un ensayo con Afrocuba en el cine 23 y 12, por otra razón: un amigo, Rafael López, había pintado un cuadro del viejo de la bombilla verde, partiendo de una canción que luego se llamó “Monólogo”. Yo, que ya trovaba, solía despedir con ella nuestras descargas. Rafaelito se enamoró de la canción, pintó el cuadro y quiso regalárselo a Silvio. Cuando lo llamó, le dijo el trovador que tenía ese texto extraviado y yo aproveché para ir con él y conocer personalmente al “Ayatola”. Fue una charla breve, cuando terminó el ensayo le comenté que me parecía excelente el arreglo de “Canción en harapos” que acaba de presenciar; él se asombró de que conociera la pieza. Quizá por ahí, por lo duro de ese texto, fue que le comenté lo de “Hoy mi deber” prohibido en la emisora; me hizo un par de preguntas al respecto pero no le dio mucha importancia —según creí—. Al otro día, cuando fui a la emisora, una amiga asesora (de nuestra cofradía Saíz) me dijo que de la redacción musical me mandaban a decir que ya no había ningún problema con la canción de Silvio, ni con esa, ni con ninguna otra. Parece que Silvio no lo cogió tan a la ligera como me pareció. Ahora comprendo eso y otras cuestiones, con mayor claridad. En aquellos años 80, nos miraban de reojo, ¡muy de reojo!, —no sé si en parte lo merecíamos— y es que fue una generación de herejes con respecto a una institucionalidad que empezaba a quedarse chiquita —quizá también se anquilosaba— ante la primera generación de creadores que emergía de la Revolución; fuimos los nacidos entre el fin de los 50 e inicio de los 60, crecimos cuando se viraba esta tierra de una vez, fuimos la explosión de pensamiento que trajo la alfabetización, la diseminación de escuelas de arte, los talleres literarios, los instructores de arte; fuimos los que, pasando la mitad de los 80, trajeron la primera cosecha de ideas sembrada por la Revolución, un cataclismo por demás bien crítico, en medio de una campaña para revolcar conceptos que lanzó Fidel llamada “etapa de rectificación de errores”; fuimos los más críticos pues no sentíamos que la Revolución nos había liberado, no vivimos el cambio de sistema, no nos libró de la dictadura, crecimos ya como hijos de la Revolución, con las quimeras de las luchas ya logradas. Para esa generación la Revolución no había llegado, éramos ella. Y más allá de los excesos que hayamos tenido (unos lógicos y otros no, porque las vanguardias no son homogéneas), y de los que hubo en incomprensiones y esquemas de la otra parte del asunto, nos albergaban nuevos sueños libertarios, altruistas, de profundo amor a la cultura, en contra de la globalización —no empleábamos ese término, me parece que usábamos “penetración”— de toda la bazofia seudocultural del american way of life. Ahora, muchos ven ese fenómeno como algo nuevo, pero solo han cambiado las denominaciones, nuestro enfoque de entonces era precisamente el de enfrentamiento a esa cultura consumista, descerebradora, desmovilizante, que ya campeaba por sus respetos entre nosotros, y abogábamos por una cultura integradora latinoamericana que enfrentara esa feria de ilusiones yanqui, con un seudoarte comercial con que pretendían extinguir las culturas auténticas, incluyendo la propia estadounidense, pues a la vez defendíamos el buen rock, la buena literatura, el cine alternativo norteamericano... Estas ideas, sobre el arte a promover y el sentido de nuestra creación, sumadas a otros conceptos, solíamos llamarlas Pensamiento AHS. Leyendo ahora el informe de los debates al II Congreso de la AHS, veo en esencia ese mismo pensamiento. Algunos creen que el “enemigo” es nuevo, y ven la
banalización, la pérdida de valores, la entronización del consumismo, y toda esa proliferación de la cultura chatarra de mal gusto, como consecuencia de los nuevos tiempos, y las nuevas tecnologías; sin embargo —y reconociendo que en la actualidad esa cultura depredadora de la humanidad está más globalizada y se hace más visible—, estamos ante un combate que incluye las artes, la prensa, los medios masivos, que viene librándose desde los años 80, y que parece recobrar bríos tras unos añitos de defensa algo caída. Creo que los que vienen traen ese espíritu hereje, creo también que entre la generación aquella —la que me toca biológicamente, pues me aferro a ser de esta que surge— hay algunos o, no pocos, a quienes el tiempo les ha robado espíritu y se han o acomodado, o adaptado, sea por estatus material o resonancia de su obra, o por esas trampas que ponen los años, por lo que prefieren sentarse en alguna de esas sillas que, como dice Silvio, están al borde del camino entre la rapiña que merodea este lugar. Yo pensaba hacer una croniquilla sobre “mi etapa” en la AHS, y se me va convirtiendo en un megatexto sobre tiempos diversos. Todavía me queda justificar por qué soy ahora mismo, a los 52 años, de la AHS; tendré que escribir nuevamente al respecto. Ahora, me interesa más probar lo antigua que se hace esta lucha que se proponen los que vienen, con un par de fragmentos de mi primer artículo en El Caimán Barbudo, en 1997, y el título ya declara su credo:

“Making off de la mente proscrita”

“Nos insertamos en el capitalismo, con algunos de sus mecanismos, desde nuestra perspectiva, no para viajar hacia él. (...) La sociedad de consumo requiere un hombre de consumo que es un ser humano con
expectativas a ritmo del mercado. Basado en la libre —e incontrolable— competencia, no es aquel un mercado diseñado para satisfacer las necesidades del hombre, es al hombre al que se diseña para satisfacer
las necesidades del mercado. Esta especie de dios, que crea un hombre para su mundo, es un fenómeno llamado mass cultura o cultura masiva.
“Esta cultura no es más que la amplificación, mediante el poderío mass media (medios masivos de difusión), del espíritu de la propaganda comercial. (...) Frivolidad, banalidad y ostentación son presupuestos de esa mass culture que tiene como objetivo inventar una especie de felicidad asociada y dependiente de marcas y etiquetas, en otras palabras, el american way of life. Es seudocultura, pues responde a los intereses del mercado y no al hombre. Es cultura de la incultura, pues en lugar de la evolución espiritual, persigue la involución del hombre, limitar su mentalidad a la ambición material. Es contra-cultura, ya que se opone a la poesía, al arte profundo, y no por azar sino por esencia: a más pensamiento menos consumo de lentejuelas, un hombre culto es la sentencia de muerte del mercado.
“(...) Con el pretexto teórico de que el hombre de este fin de siglo no asimila el arte que lo haga meditar, —pues no está en su ánimo profundizar, ‘romperse la cabeza’, sino despejar, recrearse— se ha ido tejiendo una dicotomía entre ejercicio intelectual y entretenimiento, que despoja al verdadero arte de su capacidad intrínseca de distracción. La realidad de esta época no es que el hombre no quiera pensar, es que no lo dejan, que le han inculcado el ‘habito’ de digerir esa seudocultura que lo acosa por todos lados reduciendo —casi hasta la nulidad— su disposición hacia la reflexión; no lo pueden dejar pensar, porque de pensar comenzaría a escaparse de las redes del ‘tener o no tener’ hacia el ‘ser o no ser’ y dejaría su estado de homo de consumo.
“(...) Se despide este siglo con el fenómeno llamado globalización que no es más que la expansión hacia el Sur de esa cultura masiva del Norte como preludio que asegura la invasión de su mercado; la nueva colonización que —en lugar de carabelas— llega por vía satélite. Debemos estar alertas ante la mentalidad de Cupet que se filtra en las calles y su traducción literaria en nuestros medios masivos y el arte: ‘Mucha tienda, poca alma’ nos advertía Martí y como aludiendo a la esencia espiritual de nuestro pueblo repuntaba: ‘Quien tiene mucho adentro necesita poco afuera’.
“(...)Nuestro enemigo es el seudoarte de los que no dicen nada, el de modas y lentejuelas, el del entretenimiento superficial y hueco, el del mimetismo norteño, el del populismo banal que brota de mentes
Malinches. Nuestro aliado es el amor hondo y sincero, el del riesgo sereno, el del pensar tan audaz como heredero, el del arte que lucha por el hombre, su libertad, sus sueños.
“Somos los pobres-ricos que enfrentamos a los ricos-pobres, estamos en ventaja, de nuestra pobreza se sale.”

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