miércoles, 11 de julio de 2012

Escuadra antillana exhibe garra en amistoso bilateral

H. Romo Sigler
Las jornadas recientes los amantes del béisbol en Cuba hemos estado de plácemes, con la realización del Tope entre las selecciones nacionales de nuestro país y Estados Unidos. Luego de dieciséis años de espera –el último intercambio en la mayor de las Antillas se produjo en 1996 aunque desde 1993 ningún elenco del patio ha visitado, para intercambios de esta naturaleza, suelo estadounidense- este tipo de confrontación amistosa pudo rescatarse.
Desde que se anunció que estos encuentros surgidos en 1987 se reanudarían, alternando anualmente la sede, la conocedora afición cubana tuvo claro que se trataba de una propuesta de gran calidad, que a la postre devendría beneficiosa para ambos combinados.
La combatividad exteriorizada sobre la grama del legendario parque Latinoamericano (inaugurado el 26 de octubre de 1946 con un choque ente el Almendares y el Cienfuegos de la Liga Cubana Profesional) no deja margen a dudas de lo provechoso que resultaron los cinco desafíos pactados, tanto para los defensores del uniforme de las cuatro letras como para los  universitarios estadounidenses.
Algunos apasionados sin embargo, acostumbrados a presenciar desde hace una década la invariable participación de  profesionales con sus respectivas naciones, creyeron que la confrontación significaría un manjar para los experimentados jugadores de casa, teniendo en cuenta especialmente la juventud de los visitantes.
Quienes pensaban así inconscientemente establecían una analogía entre la poca edad de nuestros huéspedes y la carencia de fortaleza competitiva. De esa manera desconocían que antes de la entrada en 1999 de los jugadores profesionales al calendario de la IBAF, los elencos de mayor potencia del gigante norteño eran conformados empleando similares conceptos a los utilizados por ellos en esta ocasión.
Cómo olvidar la potente nómina que enfrentamos en los Juegos Panamericanos de Indianápolis ´87 y en el Mundial de Parma, un año más tarde, donde sobresalían Robin Ventura, Tino Martínez, Jim Abbot, Greg Olson, Cris Carpenter, Ty Griffing, Scottt Servay y muchos más. En la justa continental, por solo traer un pasaje a colación, el camarero Griffin despachó durante la ronda preliminar la pelota sobre las cercas, desde los dos lados del rectángulo de bateo,  ante los envíos de  los estelares serpentineros Rogelio García y Pablo Miguel Abreu.
En la cita italiana nadie olvidará los cuadrangulares de Lourdes Gourriel, en la clasificatoria y la final, como tampoco el bambinazo del inicialista villaclareño-avileño Alejo O´Reilly en el primer choque ante los yanquis, y la conexión entre right y center de Lázaro Vargas, que sirvió para coronarnos como monarcas del orbe.
El conjunto cubano que se titulo en aquellos Panamericanos, el duelo conclusivo frente a los anfitriones  devino contienda épica, estuvo comandado por Higinio Vélez, mientras que al certamen europeo concurrimos de la mano de Jorge Fuentes, designado con justicia jefe técnico de la preparación al III Clásico, que inició de esa forma un reinado con las formaciones caribeñas que se prolongó hasta la Copa Intercontinental de Barcelona, en 1997, donde sucumbimos en la disputa por el oro ante los japoneses.
Para que se tenga una idea de la valía de aquellos otrora “colegiales” norteamericanos,  vale la pena recordar que la inmensa mayoría de ellos brillaron más tarde en la Major League Basseball. Únicamente refiriéndome a los casos de Tino Martínez y Robin Ventura diré que el primero ocupa el escaño 90 de los jonroneros de todos los tiempos dentro de la Gran Carpa -empatado con D. Parker y B. Powell- con 339 películas de cuatro esquinas. Anotó 1008 carreras e impulsó 1271; con 1925 inatrapables, de ellos 365 dobles y 21 triples.
Ventura por su parte, en un momento de su carrera llegó a ser el mejor tercera base de los circuitos profesionales (por cierto que sin ambages confesó en una entrevista, lo que evidencia su honestidad y sentido de la ética: “Considero que en estos momentos ningún antesalista sobresale tanto como yo en las Grandes Ligas. Pero no me catalogo el mejor del mundo. El mejor lo es el cubano Omar Linares, que batea, fildea y corre más que yo. Si lo duda, le sugiero que viaje a Cuba para que lo compruebe” ) también cosechó guarismos descollantes con 294 garrotazos –lugar 137 en la MLB-; 1885 incogibles, de ellos 338 biangulares y 14 triples, además de pisar el home en 1006 oportunidades y de traer hacia la registradora 1182 anotaciones.
En 1979  por ejemplo, continuando la tarea de ilustrar el talento de los rivales de ese país que encontrábamos en los eventos internacionales aún cuando no eran profesionales, vino a la Copa Intercontinental organizada en La Habana el toletero Joe Carter, que tuvo que conformarse con escoltar a Pedro José “Cheíto” Rodríguez en el liderazgo de los cuadrangulares.
El fornido bateador se elevó después al estrellato, al extremo de que aparece en el sitio 52 de cualquier época de la MLB, con 396 estacazos de vuelta completa; 1170 anotadas; 1445 impulsadas; 2184 hits, incluyendo 432 tubeyes y 53 triples. Dotado de gran velocidad estafó además 231 almohadillas en 297 intentos, para impresionante efectividad de 77,78 %. Con un batazo descomunal en el sexto choque de la Serie Mundial de 1993 -frente al taponero de los Philies de Filadelfia Mitch Williams, marcado con la camiseta 99- Carter, ataviado con el dorsal 29,  hizo posible que su conjunto, los Azulejos de Toronto, se alzaran con el máximo galardón del béisbol rentado. Afortunadamente para nosotros el cienfueguero Pedro José, siempre recordado por el bautizo de Boby Salamanca de “Pase usted Señor Jonrón”, es el entrenador de bateo de la selección cubana.
Otro tanto ocurrió con Marck McGwire y Barry Bonds; en el caso del más tarde inicialista de los Cardenales de San Luis superado por el espigado receptor guanabacoense Pedro Medina, en la pugna por el champion bate de los Panamericanos de Caracas ´83, mientras que el afamado guardabosque de los Gigantes de San Francisco recibía dos ponches recetados por el vueltabajero Julio Romero, durante las sesiones del Campeonato Mundial acontecido en nuestra capital en 1984.
Huelga decir que, pese a estar involucrados de distinta forma en escándalos asociados al uso de esteroides y otras sustancias prohibidas, los dos están considerados entre los sluggers de mayor alcurnia del firmamento beisbolero.
Baste apuntar que Bonds conectó 2935 hits, entre los que resaltan 762 cuadrangulares, encabeza este renglón en más de un siglo de pelota profesional en predios estadounidenses, 601 dobles y 77 triples. Asimismo anotó 2227 carreras e impulsó 1996. Su OBP es de 444 y su SLG de 607. Recibió la friolera de 2558 boletos. Añadió a su fuerza impresionante gran habilidad en el corrido de las bases. Llama poderosamente la atención constatar que se estafó 514 almohadillas en 655 intentos, para un extraordinario 78,47% de arribos safes al próximo puerto.
McGwire no fue menos con 1167 anotadas, 1626 incogibles y 1414 rempujadas. Lo extrabases que  produjo se dividen en 252 dobles, 6 triples y 583 jonrones, que lo ubican en el décimo lugar del escalafón. Posee sin embargo la mejor frecuencia de bambinazos de cualquier período, pues consiguió depositar esas pelotas en las gradas en solo 6187 veces oficiales en el cajón de bateo, o lo que es igual mandó una esférica a la estratosfera cada 10,61 visitas válidas al plato, superior incluso a Babe Ruth que lo hizo cada 11,76 comparecencias.

En la cita estival de Barcelona ´92 los de las barra y las estrellas incluyeron en su roster a Jason Giambi, como custodio del primer cojín. Tres años después el corpulento pelotero, cuyo peso frisaba las 230 libras distribuidas en sus 6 pies, tres pulgadas de estatura, debutó en las mayores con los Atléticos de Oakland. Antes del comienzo de la presente campaña el “Giambino” mostraba foja envidiable de 1196 anotadas, 1397 remolcadas y 1948 hits. Sus 428 batazos de cuatro esquinas lo elevan al peldaño 42 de los jerarcas inmortales.
Más reciente en el tiempo tenemos a Troy Glaus, destacado defensor de la esquina caliente, que no pudo impedir que derrotásemos a su equipo el 28 de julio de 1996, en el Fulton County Stadium, en ocasión de los XXVI Juegos Olímpicos de Atlanta. Los 320 cuadrangulares obtenidos en múltiples campos hablan a las claras de su consistencia con el madero. En ese conjunto también militaba Mark Kotsay, que un año más tarde se incorporaría a la Liga Nacional con el conjunto de la Florida. En una trayectoria que se extiende por 15 años este jugador zurdo, moviéndose indistintamente de los jardines a la inicial, acumula 1717 inatrapables, de ellos 343 dobles, 48 triples y 124 cuadrangulares.
Tampoco olvidaremos la actuación fenomenal de Ben Sheets que, el 27 de septiembre del 2000, nos blanqueó en el encuentro final de la olimpiada de Sídney, permitiendo exclusivamente tres hits, dos de ellos de Omar Linares.
Uno de los últimos que impresionó, dentro de las alineaciones norteñas con las que coincidimos allende los mares, fue el tercera base Evan Michael Longoria quien, con 22 abriles, participó en la Copa del Mundo de Taipéi de China, en el 2007, contribuyendo a que su agrupación conquistara el trofeo supremo, al vencer en el partido crucial al fortísimo conjunto cubano. Meses después Longoria ganó una plaza en la relación de titulares del elenco Tampa Bay, cosechando dígitos relevantes (67 anotadas, 85 impulsadas, 122 hits en igual número de choques, 31 dobles, 2 triples y 27 jonrones), que lo llevaron a ser electo como Novato del Año, en la Liga Americana. Antes de iniciar su quinta temporada a ese nivel ya muestra 401 impulsadas, 341 anotadas y 113 bambinazos.    
Me he extendido con la intención de remarcar el concepto de que los hombres que elijan los federativos de aquella nación, para que los representen en eventos internacionales, siempre serán acreedores del respeto  de sus oponentes, por la probada calidad demostrada durante decenios.
Volviendo al Tope, finalizado en la madrugada de hoy martes, debemos ponderar la combatividad desplegada por los muchachos de Víctor Mesa. En honor a la verdad hacía bastante tiempo que no se apreciaba un trabuco nuestro con la alegría a flor de piel que es la que permite, en última instancia, interiorizar la convicción de que es posible remontar cualquier desventaja, si se está absolutamente concentrado en la intríngulis del choque.
Asumir esa premisa posibilita lo mismo que un principiante como William Luis decida tres partidos (fue claro al señalar que no le quitó la vista a Carlos Rodon durante el calentamiento que realizó en la zona del jardín derecho) o que se consiga un doble robo con Yulieski en la intermedia y Cepeda en el primer saco.
El dueto Mesa –Fuentes sabe insuflarles a sus discípulos mentalidad ganadora algo que, aunque nos duela,  escaseó en torneos del pasado inmediato. Y no porque nuestros peloteros dejaran de salir al terreno deseando alcanzar el éxito, sino porque se percibía que faltaban herramientas tácticas y sicológicas para conseguir el ansiado propósito.
Estoy seguro que durante estos cinco peleadísimos partidos la mayoría del público experimentó la sensación de que, pese a ir debajo en el marcador hasta por cuatro carreras al terminar el sexto episodio, nada estaba perdido. Solamente ese botín justifica el intercambio concluido, porque representa recuperar la diadema más preciada que nos acompañó décadas atrás: frente al team Cuba nadie puede sentirse seguro porque, al final, nuestra escuadra encontrará la fórmula para revertir el pizarrón.
Este encuentro amistoso debe interpretarse como el inicio de una nueva etapa en el desarrollo del béisbol cubano, necesitado de despegar en lo cualitativo fomentando precisamente iniciativas de este perfil. Estar convencido de ello rebasa el resultado parcial de las tres sonrisas hilvanadas durante viernes, sábado y domingo últimos.
El manager foráneo Dave Serrano fue preciso cuando contó que había escrito a su familia, que tener por medio al elenco antillano era como enfrentar a una nómina ligamayorista. Esa opinión no es un cumplido formal, sino la apreciación adecuada de la destreza por arrobas que acompaña a nuestros jugadores.
Desde nuestro palco también fue un privilegio disfrutar la actuación de prospectos como D.J Peterson, Conforto, Michael Lorensen (difícilmente exista otro patrullero central capaz de encaramarse en el montículo en el noveno capítulo, luego de todo el gasto energético de casi tres horas de juego, y lanzar más de diez envíos sobre las 97 y 98 millas), Kris Bryant, Marco Gonzales o los serpentineros Jonathan Crawford, Boby Walt y el propio Rodon que estuvo a punto de caer derrotado –se marchó con el juego abajo- por primera vez este año, con posterioridad a la campaña de ensueño que cosechó con nueve victorias, promedio fantástico inferior a 1,70 carreras limpias por partido y 134 hombres dejados con la carabina al hombro en 110 inings.
Fue tanta la paridad que solo en el partido dominical la diferencia no resultó de una carrera (el desafío concluyo 5x2) lo que evidencia que no se pidió tregua dentro de las dos líneas de cal.
Desde ya está planteada la batalla a escenificarse en Holanda, donde esperamos que la combinación de sangre nueva con la experiencia de los peloteros que tanta gloria han reportado en combates anteriores, conduzcan sin sobre saltos a la nave insular a lo más encumbrado del podio. Después, analizando sin cortapisas cada detalle, debemos romper el estambre sobre la meta que se erija en las instalaciones del III Cásico Mundial.    

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