sábado, 22 de junio de 2013

Los megaricos

Enrique Ubieta Gómez
Tomado de La Jiribilla No. 633
Los hebreos israelitas y los ricos musulmanes sauditas son amigos de Washington y de los buenos negocios. La realeza de Arabia Saudita puede producir a un descarriado Bin Laden —correctísimo cuando combatía a los soviéticos, y fatal en su proyección posterior—, pero nadie duda de su capacidad para escoger a sus aliados. Sabe, por ejemplo, que la Primavera árabe florece allí donde los gobiernos no satisfacen los intereses de Occidente. La realeza saudita es aliada de Occidente. Combate las tiranías de Siria y de Irán. Y se permite algunas extravagancias en tiempos de crisis. Por algo son los primeros exportadores de petróleo en el mundo; me refiero a ellos, claro, porque el petróleo que ellos comparten con los otros, los de Occidente, es privado, de ellos. El Príncipe Al-Waleed Bin Talal es un hombre moderno. Su esposa defiende el derecho de las mujeres a conducir un auto. Es un derecho no reconocido en Arabia Saudita, y él tiene muchos autos sin usar. Vive a ratos en un palacio de mármol con 420 habitaciones ubicado en Riad. Sabrá él para qué necesita tantas. De hecho, no son suficientes, porque es dueño de un complejo de más de 400 000 metros cuadrados muy cerca de la capital saudí, donde hay cinco casas, cinco lagos artificiales y un mini Gran Cañón. Uno de sus tres aviones privados es un “pequeño” Boeing 747, y en él ha instalado un trono de oro. Pero casi terminan ya las remodelaciones interiores y exteriores que ordenó para su Airbus A380, el mayor avión de pasajeros que existe en el mundo, revestido de oro y adaptado a sus gustos extravagantes. Pero, ¿por qué los medios encargados de reproducir los valores del sistema han sido en estos días tan prolijos en la enumeración de sus excesos materiales? El asunto es que el Príncipe ha demandado en los tribunales de Londres a la revista Forbes, que en la lista de los más ricos del 2013 lo ubica en el lugar 26, con 20 mil millones de dólares. Alega que ha sido difamado, ya que su fortuna personal cuenta con 9 600 millones de dólares más.
Aunque su caso parezca patológico, Al-Waleed se comporta de manera coherente con los valores de la cultura del tener, que son los que definen al capitalismo (es irrelevante su título de Príncipe). Si las personas valen por lo que tienen, no por lo que son —no importa si el poseedor es un ladrón o un narcotraficante, si es un vago inútil que heredó una fortuna, un jugador con suerte o una Cenicienta que embaucó al Príncipe de las finanzas—, es importante que todos sepan lo que se tiene. Ser y parecer, la vieja fórmula, se ajusta a los nuevos requerimientos: tener y parecer. El exhibicionismo —o la especulación, según el habla popular de Cuba—, es un rasgo de coherencia: si nadie sabe lo que tengo, ¿cómo saben lo que valgo? No es lo mismo, en términos netos, usar de forma visible un grueso collar de oro, que viajar en un super avión particular que ha sido enchapado en oro; pero en su intención social, ambos gestos se equiparan. Y mientras más nuevo es el rico, mientras menos legitimidad social crea poseer, por razones múltiples, más necesario le parece el collar o el trono de oro.
La página web Mega Ricos es obsesiva con los listados y los precios. Los estadistas no suelen ser los más ricos, sino sus representantes, pero entre los diez que más dinero tienen hay algunos del África musulmana y del Medio Oriente (Marruecos, Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Brunei, Qatar, Pakistán), y curiosamente, ninguno de ellos ha tenido que enfrentar la hostilidad mediática y militar de coaliciones “democratizadoras”. Todos son amigos (y socios) de Occidente. También hay dos europeos, el Príncipe Alberto II de Mónaco y el Príncipe Hans-Adam de Liechtenstein. Y un latinoamericano… el chileno Sebastián Piñera, que es el gobernante modélico de Washington para la región, aunque no para los estudiantes de ese país que reclaman la creación de un sistema de enseñanza pública. Los post de esta publicación digital son emblemáticos: “Las 12 mansiones más caras del mundo” (siete están en los EE.UU., tres en Gran Bretaña, una en Francia y una en la India), “Los diez automóviles más caros del mundo”, “Los diez yates de lujo más caros del mundo”, de los que omito particularidades, pero cuyos dueños son estadounidenses, británicos, rusos, árabes. Nótese que no dice, “los más cómodos”, “los más fuertes”, o qué sé yo, quizá “los más bellos”; son sencillamente los más caros, lo demás no importa. En el sitio también puede ubicarse el esmalte de uñas más caro del mundo (con diamantes negros) y el ajustador —sostén— de mujer más caro (con diamantes y oro, supongo que para mujeres poco favorecidas por la naturaleza). Y como para gustos o excentricidades, colores, el sitio informa que Sheyla Hershey pagó 250 000 dólares —22 cirugías estéticas mediante— para tener los senos más grandes del mundo. En fin, todo lo que su imaginación no concibe aún.
Dicen los viejos diplomáticos que en el Medio Oriente los megaricos se enfrentan, a veces, en las más insólitas guerras religiosas o étnicas, pero si se sientan en la mesa de los meganegocios, de inmediato se ponen de acuerdo. En realidad, las guerras más destructivas son las que desata la codicia, el interés de los más poderosos. Una vieja amistad —fundada naturalmente en viejos negocios compartidos—, une a la familia real saudí con la familia Bush. No importa que Bin Laden haya sido parte de ella. Es cierto que la compleja trama de culturas y religiones divide peligrosamente a la Humanidad. En África, es el resultado de una caprichosa división de fronteras heredadas del colonialismo. Pero aún sigue vigente la mayor de todas las contradicciones: la de clases. La llamada guerra de civilizaciones, esconde o solapa la guerra de clases. En todo caso, me atrevo a reivindicar la guerra contra la civilización capitalista, llena de pequeñas-grandes guerras parciales, como la igualdad de la mujer o la definitiva liquidación del racismo, no desde los espacios culturales previos, que el capitalismo sabe refuncionalizar —los príncipes árabes y los europeos son empresarios capitalistas, y los indígenas del Amazonas o de Chiapas toman Coca Cola—, sino desde los espacios futuros, aquellos que soñamos y construimos hoy.

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