lunes, 27 de enero de 2014

La unidad de América Latina y el Caribe, premisa en la batalla contra la pobreza y las desigualdades

Enrique Ubieta Gómez
Conozco las estadísticas. Cualquier interesado puede encontrarlas de fuentes confiables en Internet: 164 millones de latinoamericanos viven por debajo de la línea de pobreza, dice la CEPAL, y de ellos, 68 millones sobreviven en la pobreza extrema. Esto viene siendo –según los matemáticos–, el 27, 9 por ciento de la población total. Pero las cifras fluctúan según los países. En Haití los analistas indican que el 80 por ciento de la población es pobre. Pero no se trata de tener un PIB alto o bajo. El hombre más adinerado del planeta es mexicano, pero casi la mitad de la población de México –país petrolero, inmensamente rico– vive en la pobreza. El TLC arruinó a los agricultores tradicionales y obligó al país a importar sus alimentos. Hay estados como Chiapas donde los índices se acercan a los de Haití, y otros como Guerrero, Puebla y Oaxaca, en los que el número de pobres rebasa el 60 por ciento del total de habitantes. Los límites estadísticos de la pobreza son convencionales. El llamado Index Mundi acota: “Las definiciones de pobreza varían considerablemente entre las naciones. Por ejemplo, las naciones ricas generalmente emplean normas más generosas de pobreza que las naciones pobres”. Ello significa que en algunas naciones del Norte, son considerados pobres muchas personas que no clasifican en las estadísticas de América Latina.
La pobreza no se mide en números ni en por cientos. Un viaje en bató por el río Coco, que divide las orillas nicaragüense y hondureña del mundo misquito, me enseñó, pocas semanas después de que el huracán Mitch arrasara con las precarias viviendas de sus pobladores y contaminara su única fuente de agua, lo que es la pobreza. Los médicos cubanos habían llegado a las dos orillas, aunque el entonces mandatario nica era el neoliberal Arnoldo Alemán y no existían relaciones diplomáticas con el gobierno hondureño. En pocas semanas, los médicos detuvieron la epidemia de cólera e iniciaron un drástico descenso de la mortalidad infantil y materna. Han transcurrido 15 años, y aquellas brigadas permanecen en esos y en otros países de la región, a pesar de cambios en los gobiernos y a veces, de golpes de estado. La colaboración médica, deportiva y educativa no ha tenido otro referente ideológico, que el de origen: esos profesionales practican un internacionalismo inconcebible en un mundo dominado por intereses meramente mercantiles. Una nueva hornada de trabajadores latinoamericanos de la salud, formados por el internacionalismo cubano y venezolano, acude al llamado de otros pueblos.
En estos días, algunos medios han intentado socavar las bases de la unidad latinoamericana y caribeña, con una extraña argumentación: la unidad, dicen, es un interés de los gobiernos “izquierdistas”. ¿Es que esa unidad no ha contribuido en el último decenio a salvar decenas de miles de vidas humanas sumidas en la pobreza?, ¿es que miles de seres humanos desvalidos no han recuperado la visión gracias a los programas de colaboración entre gobiernos latinoamericanos?, ¿cuántos ciudadanos que no contaban han aprendido a leer y a escribir? En 1999 acompañé a una doctora y a un enfermero cubanos hasta una intrincada zona de la ribera hondureña del río Coco, donde existía un hospital “fantasma” de mampostería, con equipos sofisticados y salones de operación, propiedad de una organización privada estadounidense. El hospital se mantenía cerrado y sin empleados, pues había sido construido para la guerra sucia contra el primer gobierno sandinista. Una vez al mes sus dueños permitían a los brigadistas cubanos acceder al local y atender a los cientos de misquitos hondureños que morían de enfermedades curables a su alrededor. En esas ocasiones, la doctora revisaba cada medicamento de la farmacia, también cerrada a los necesitados, y seleccionaba aquellos que aún no habían caducado. Que los latinoamericanos y caribeños nos pongamos de acuerdo sin la presencia o el “visto bueno” de las trasnacionales estadounidenses o europeas y los gobiernos que las representan, ¿es una inadmisible postura de izquierda?
América Latina es la región con mayor desigualdad del planeta en el reparto de la riqueza. La tesis literaria de la novela Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, publicada en 1953, conserva su vigencia: es posible transitar en un mismo país del cosmopolitismo de las megaciudades modernas, pasando por poblados dormidos en el tiempo, casi medievales en sus costumbres y ritmo de vida, hasta llegar, en lo más profundo de sus selvas, a comunidades de pueblos originarios que aún pelean por conservar sus tradiciones. Por supuesto, no es un viaje de lo superior a lo inferior: esos pueblos originarios nos enseñan hoy caminos diferentes hacia la felicidad humana, precisamente cuando empezamos a entender que el “desarrollismo modernizador” es el camino de la autodestrucción. Pero a todos los engloba la modernidad capitalista. Como decían en Centroamérica, solo dos cosas llegan a los más distantes rincones geográficos: la Coca Cola y los médicos cubanos. Léase así: el mercado y la voluntad política. La unidad de América Latina y el Caribe debe establecerse sobre sus propias coordenadas políticas.
Esas diferencias también son palpables en las megaciudades. El ingreso del 20 por ciento más rico de los latinoamericanos es, en algunos países, 17 veces superior al 80 por ciento restante, y en otros, lo es hasta 20 veces. Es cierto que la región ha avanzado en términos estadísticos y porcentuales –con todo respeto hacia las matemáticas, cuando hablemos de la felicidad humana, sospechemos siempre de los números–, pero es importante precisar que esos avances han ocurrido allí donde se han abandonado las políticas neoliberales y se han adoptado medidas de corte social, como en Brasil y Argentina.
El reconocimiento casi unánime de los gobiernos latinoamericanos al papel que ha desempeñado Cuba en la construcción de la solidaridad regional es visible. Y el simbolismo de esta Cumbre no deja dudas: después de haber desestimado las sanciones que una OEA subordinada a intereses foráneos impuso a la Revolución cubana, y a pesar de que nuestro país no tiene intención de reingresar a su membresía, el secretario general de esa institución y la mayoría de los mandatarios de los 33 estados latinoamericanos y caribeños que hace medio siglo rompieron de forma masiva sus relaciones diplomáticas con Cuba, arriban a La Habana. Se forja la necesaria unidad de América Latina y el Caribe para enfrentar la pobreza y las desigualdades sociales que heredamos. 

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