viernes, 14 de septiembre de 2012

José Martí a María Mantilla: "Deja a otras el mundo frívolo, tu vales más"

A propósito de mi artículo "Ser o tener, ¿cuál es tu prioridad?", quiero compartir estos fragmentos de una carta de José Martí a la niña María Mantilla, a poco más de un mes de morir en combate.
(Fragmentos)
A mi María
Y mi hijita ¿qué hace, allá en el Norte, tan lejos? ¿Piensa en la verdad del mundo, en saber, en querer, -en saber, para poder querer, -querer con la voluntad, y querer con el cariño? ¿Se sienta, amorosa, junto a su madre triste? ¿Se prepara a la vida, al trabajo virtuoso e independiente de la vida, para ser igual o superior a los que vengan luego, cuando sea mujer, a hablarle de amores, -a llevársela a lo desconocido, o a la desgracia, con el engaño de unas cuantas palabras simpáticas, o de una figura simpática? ¿Piensa en el trabajo, libre y virtuoso, para que la deseen los hombres buenos, para que la respeten los malos, y para no tener que vender la libertad de su corazón y su hermosura por la mesa y por el vestido? Eso es lo que las mujeres esclavas, -esclavas por su ignorancia y su incapacidad de valerse , -llaman en el mundo "amor". Es grande, amor; pero no es eso. Yo amo a mi hijita. Quien no la ame así, no la ama. Amor es delicadeza, esperanza fina, merecimiento y respeto. -¿En qué piensa mi hijita? ¿Piensa en mí?
(...) Conocerás el mundo, antes de darte a él. Elévate, pensando y trabajando.
(...) Y cuando tengas bien traducida L'Histoire Générale, en letra clara, a renglones iguales y páginas de buen margen, nobles y limpias ¿cómo no habrá quien imprima;-y venda para ti, venda para tu casa, -este texto claro y completo de la historia del hombre, mejor, y más atractivo y ameno, que todos los libros de enseñar historia que hay en castellano? La página al día, pues: mi hijita querida. Aprende de mí. Tengo la vida a un lado de la mesa, y la muerte a otro, y un pueblo a las espaldas: -y ve cuántas páginas te escribo.
El otro libro es para leer y enseñar: es un libro de 300 páginas, ayudado de dibujos, en que está, María mía, lo mejor-y todo lo cierto-de lo que se sabe de la naturaleza ahora. Ya tú leíste, o Carmita leyó antes que tú, las Cartillas de Appleton. Pues este libro es mucho mejor, -más corto, más alegre, más lleno, de lenguaje más claro, escrito todo como que se lo ve. Lee el último capítulo. La Physiologie Végétale,-la vida de las plantas, y verás qué historia tan poética y tan interesante. Yo la leo, y la vuelvo a leer, y siempre me parece nueva. Leo pocos versos, porque casi todos son artificiales o exagerados, y dicen en lengua forzada falsos sentimientos, o sentimientos sin fuerza ni honradez, mal copiados de los que los sintieron de verdad.
Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol, y su fuerza y amores, en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas, -y en la unidad del universo, que encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno, y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del día. Es hermoso, asomarse a un colgadizo, y ver vivir al mundo: verlo nacer, crecer, cambiar, mejorar, y aprender en esa majestad continua el gusto de la verdad, y el desdén de la riqueza y la soberbia a que se sacrifica, y lo sacrifica todo, la gente inferior e inútil. Es como la elegancia, mi María, que está en el buen gusto, y no en el costo. La elegancia del vestido, -la grande y verdadera, -está en la altivez y fortaleza del alma. Un alma honrada, inteligente y libre, da al cuerpo más elegancia, y más poderío a la mujer, que las modas más ricas de las tiendas. Mucha tienda, poca alma. Quien tiene mucho adentro, necesita poco afuera. Quien lleva mucho afuera, tiene poco adentro, y quiere disimular lo poco. Quien siente su belleza, la belleza interior, no busca afuera belleza prestada: se sabe hermosa, y la belleza echa luz. Procurará mostrarse alegre, y agradable a los ojos, porque es deber humano causar placer en vez de pena, y quien conoce la belleza la respeta y cuida en los demás y en sí. Pero no pondrá en un jarrón de China un jazmín: pondrá el jazmín, solo y ligero, en un cristal de agua clara. Esa es la elegancia verdadera: que el vaso no sea más que la flor. -Y esa naturalidad, y verdadero modo de vivir, con piedad para los vanos y pomposos, se aprende con encanto en la historia de las criaturas de la tierra.
(...) Pasa, callada, por entre la gente vanidosa. Tu alma es tu seda. Envuelve a tu madre, y mímala, porque es grande honor haber venido de esa mujer al mundo. Que cuando mires dentro de ti, y de lo que haces, te encuentres como la tierra por la mañana, bañada de luz. Siéntete limpia y ligera, como la luz. Deja a otras el mundo frívolo: tú vales más. Sonríe, y pasa. Y si no me vuelves a ver, haz como el chiquitín cuando el entierro de Frank Sorzano: pon un libro, -el libro que te pido, -sobre la sepultura. O sobre tu pecho, porque ahí estaré enterrado yo si muero donde no lo sepan los hombres. -Trabaja. Un beso. Y espérame.
Tu
J. Martí
Cabo Haitiano, 9 de abril, 1895.

4 comentarios:

  1. Enrique: este, como tu entrada anterior, giran en torno a dos problemas: el mérito y la ética, o sea giran en torno a un problema: la justicia... A ti no te parece justo que un reguetonero que canta porquería, según tú y yo creemos, porque nos críamos oyendo otra cosa, leyendo otra cosa, reciba la atención que recibe... Ni se lo merece ni está bien... Pero ¿quiéne somos tú y yo, ni Martí, para decidir quién se merece qué ni quién está bien o está mal? Nadie es nadie para decidir tal cosa... Y cuando nadie está por medio en una decisión aparece el Estado para decidir... o el aparato del Estado, que en fin y al cabo decide, clasifica, cuenta quién es quién... por eso hace censos, y entrega carné de indentidad, y todos los demás métodos de clasificación, y en última instancia de control.

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  2. Sigues confundiendo los temas Francisco. Si un reguetonero gana mucho dinero, bien por él. Pero aspiro a vivir en una sociedad que no respete a las personas según la cantidad de dinero que tenga, que el respeto derive del aporte social. No se trata de géneros musicales: hay buenos reguetoneros y malos reguetoneros, si entendemos que estamos hablando de música –aunque a mí en lo personal no me guste el reguetón o a mi vecino, en lo personal, no le guste la ópera, por ejemplo–, pues siempre habrán buenos músicos y malos músicos, buenos actores y malos actores, etc., etc. Aspiro a vivir en una sociedad en la que el esfuerzo, la constancia, el saber, el talento cultivado se respeten más que la tenencia de dinero. No se trata de ninguna doctrina moralista: en el capitalismo vales según el carro que manejas, la ropa que llevas puesta y las tarjetas de crédito que presentas. Aspiro a una sociedad en la que valgas simplemente por lo que eres.

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  3. Pero, ¿qué eres? Periodista, ensayista, cubano, revolucionario, alto, hombre serio, padre, admirador del Che, anticapitalista... Habrá quien te valore como periodista y te odie por revolucionario... U otro que te odie como periodista y te valore como hombre serio... Y así con millones y millones de personas, y billones de iteraciones... hasta que al final tiene que alguien sentar que es digno de valor y que no: "honrarás a tu madre y a tu padre"... El consejo de sabios, la Iglesia, el Partido... Siempre un grupito que cree que su visión del mundo es superior y por lo tanto debe imponerse... en la mayoría de los casos por la fuerza... El capitalismo, con su enfoque en el dinero, como bien dijera Marx, rompe con todo eso: el dinero es la única medida, y bien o mal, peor, rompe las barreras que imponen la tradición, las castas, y hasta la genética... Tú, sin embargo, te decantas por una sociedad claramente elitista... Ya de antemano los brutos por naturaleza y esos que no tienen talento para nada están perdidos... como en el capitalismo... solo que hay algunos brutos que tienen un talento enorme para hacer dinero... como el requetonero al que siguen las "cabezas vacías".

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  4. Eso es lo que hace el capitalismo: declarar a los "brutos", a los físicamente débiles o a los menos jóvenes o a los enfermos como perdedores. El triunfador es el más fuerte, el más despiadado, el más tramposo. Ni siquiera es suficiente la inteligencia natural. Pero los atributos genéticos no son para mí –no lo eran para Martí– una condición per se de respeto: la sociedad debe venerar a los hombres y a las mujeres que se esfuerzan, que son útiles a los demás (que es la más humana manera de serlo para sí mismo), que ponen el talento al servicio del bien colectivo. Es cierto que la verdad, la belleza y la justicia son categorías históricas, pero no subjetivas. Cuando se unen en la práctica social de una nación producen un entusiasmo colectivo inigualable. Sobre esto ha hablado Cintio Vitier. Los hombres y las mujeres más felices de la historia de Cuba fueron aquellos que vivieron las "estrecheces" de los años 60, los que pusieron los bríos juveniles en la construcción de una utopía en la que creían. No importa que la meta no llegue –las causas son muchas–, en la vida importa más el camino, porque la felicidad no es un lugar de llegada, es movimiento, es el camino elegido. Los que se fueron nunca sabrán cuanto perdieron, aunque se refugien en el dinero. No me decanto por una sociedad de elites, sino por una sociedad más humana. El dinero no puede ser la única medida, porque es un espejismo y no genera por sí mismo felicidad.

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