jueves, 20 de septiembre de 2012

POLÉMICA: Sobre la crítica revolucionaria y Observatorio Crítico

En el blog de nuestro Silvio apareció hace dos días un artículo del escritor cubano Guillermo Rodríguez Rivera con su acostumbrada pasión polémica e inteligentes observaciones. Como la intención de polemizar venía con mi nombre, mi respuesta fue publicada ayer en el mismo post. Reproduzco ahora en mi espacio ambos textos, con la recomendación de que los lectores se dirijan también al blog de Silvio, porque el debate originado allí ha sido muy enriquecedor. La verdadera polémica no es entre Guillermo y yo, sino entre nosotros y ciertas tendencias simplificadoras y contrarrevolucionarias, que cercan y obstaculizan la labor de la crítica revolucionaria, la que no quiere destruir lo logrado, sino llevarlo hacia nuevas metas. Bienvenido sea el debate contra sus enemigos. Postdata: He agregado más abajo la respuesta de Guillermo a mi respuesta y mi contrarréplica. Por mi parte es el final.
A propósito de la polémica abierta en su blog Silvio Rodríguez escribió también:

La izquierda se identifica (y falta mucho para que eso cambie) por el antiimperialismo. No todo el antiimperialismo pudiera ser de izquierda, pero para ser de izquierda es imprescindible ser antiimperialista. Para mi eso es básico. Y eso no quiere decir antinorteamericano ni anti Estados Unidos. Eso quiere decir en contra de las políticas imperiales hegemónicas de dominación global y regional. Al menos en nuestras circunstancias de cubanos y latinoamericanos considero que es así. Por eso todo el que pretende hablar como izquierda y sólo tiene palabras para criticar y denostar a los que han logrado hacer cosas concretas desde la izquierda, como por ejemplo tomar el poder, para mi o están equivocados o son farsantes.
Esto no quiere decir que dentro de la izquierda no circule el pensamiento. Todo lo contrario. Que ebulla y circule el pensamiento es signo inequívoco de que hay vida, igual que cuando en un organismo biológico circula la sangre.



Ni Ubieta ni Isbel
Guillermo Rodríguez Rivera
Los antiguos filósofos pitagóricos desarrollaron la idea de la importancia de “lo medio”. La verdad  –creía el viejo filósofo y matemático Pitágoras– está en el equilibrio, que al ser humano le cuesta mucho trabajo alcanzar y todavía más mantener. Los antiguos creían en lo que denominaban la aurea mediocritas, que no es (un parón en seco para los malos traductores) la áurea mediocridad, sino la dorada medianía.
El bienestar físico está (el pitagorismo está en los fundamentos de la ciencia médica: Hipócrates era un pitagórico) en conciliar los extremos: ni muy seco ni muy húmedo, ni muy frío ni muy caliente. Es una garantía de la salud del cuerpo humano y de la estabilidad de la propia naturaleza.
El mundo está lleno de extremos, y la sociedad no es la excepción: el neoliberalismo ha pretendido erigir al mercado en árbitro absoluto que no necesita ser regulado, pero cuando la irresponsabilidad y el afán de lucro  del mercado  bancario provocaron en 2008 la brutal crisis de la que el capitalismo aún no sale, el inepto e inútil estado, representado nada menos que por el propio George W, Bush, vino a rescatar a los bancos con los millones aportados por los contribuyentes norteamericanos.
El socialismo a veces procedió del mismo modo pero al revés: en Cuba estatalizamos el lustrado de zapatos y la venta de granizado, en un alarde socializador que ha terminado como sabemos.
En Observatorio Crítico se ha desatado una polémica entre Enrique Ubieta e Isbel Díaz Torres. Digo, todavía no es polémica: Isbel responde a un artículo de Enrique, y la emprende contra sus puntos de vista, pero Ubieta no ha respondido.
Isbel parece un crítico “a rajatabla” de casi todo lo que haga el gobierno; la emprende contra los proyectos de inversión en Cuba de países extranjeros amigos, como Brasil y China. Ubieta se identifica con todo lo que provenga de cualquiera de los niveles de la administración estatal, con una fe que me parece digna de mejor causa porque, a pesar de lo que dice, gobierno y revolución no son sinónimos.
Cuando apareció La calle del medio, bajo la dirección de Enrique Ubieta, le mandé un artículo proponiendo crear una Comisión de Protección al Consumidor, porque en casi todas las tiendas que venden alimentos no procesados, como queso, jamón, salame (todas son estatales) le roban en el peso al consumidor, quien no tiene a quién reclamarle. Son innumerables las ocasiones en las que el cubano es defraudado por quienes le venden algún objeto o servicio y ya casi ha sido obligado a  resignarse, porque no encuentra a dónde acudir.
Todas las tiendas de alguna jerarquía tienen esa comisión de protección al consumidor, pero la preside su administrador, que sería como que el jefe de un organismo fuera a la vez el secretario del sindicato. Como repudiamos el  “consumismo” hemos llegado a repeler al ciudadano que consume.
Muchas veces, desde hace mucho tiempo, se incita a los cubanos a tener mentalidad de productores y no de consumidores, pero producir y consumir son las dos caras de una misma moneda.
El consumo es una actividad imprescindible: el hombre tiene que tener una casa donde tener su familia; precisa de los alimentos para mantenerse y del vestido para acudir a su trabajo y mandar sus hijos a la escuela. El consumismo es la patología de esa necesidad: es una manipulación que incita al ser humano a aumentar irracionalmente su consumo, para beneficiar a los que producen y quieren vender. No hay producción sin consumo: el ser humano puede trabajar sin consumir, pero ese sacrificio tiene un límite. Si no hay consumo, en un momento dado el deseo de producir caerá, se detendrá.
Ubieta no publicó mi artículo y ni siquiera me llamó o me escribió para acusar recibo y explicarme por qué no lo editaba. Estuvo entre esos jefes de periódicos que caracteriza el doctor Esteban Morales, que defienden sin tasa a la administración incluso cuando se la critica para mejorarla y no aumentar la muchas veces justa irritación popular.
Perdóneme Ubieta, pero debe precisar su concepto de “anticapitalismo”.
Mi amigo, el grande y desaparecido pintor que fue Raúl Martínez, me dijo una vez, socarronamente, mientras miraba una de las buenas revistas de diseño: “El capitalismo hay que destruirlo, pero con mucho cuidado”. Tenía razón. Los logros del capitalismo que significan progreso y bienestar para el ser humano, no deben de ser rechazados por una sociedad que pretenda desarrollar el socialismo: no son obra de la burguesía, sino del esfuerzo histórico de los trabajadores. Por algo Lenin hablaba de la “herencia cultural”, que no es únicamente el respeto a las grandes obras de arte: la nueva sociedad debe heredar todo lo bueno que se ha hecho por la humanidad en el pasado, porque cultura es energía, comida, vivienda, educación.
Porque, además de uno ser anticapitalista, hay que estar a favor de algo. El complemento del “anti” es el “pro”.
El filósofo y politólogo portugués Buenaventura de Sousa Santos, uno de los animadores del foro del Porto Alegre, escribió que “una sociedad socialista  no es aquella donde todas sus instituciones son socialistas, sino donde todas las instituciones están dirigidas a conseguir el desarrollo socialista”.
La equivocada ofensiva anticapitalista de marzo de 1968 en Cuba, le hizo un daño a nuestra sociedad socialista que todavía no hemos conseguido sanar. El estado socialista tenía en sus manos las grandes, industrias, el 70% de las tierras del país, la banca, el comercio exterior y las grandes tiendas, los grandes hoteles, el transporte, la educación, los medios informativos, pero quiso tener también las medianas y pequeñas empresas y las estatalizó. Llegó a socializar el puesto de fritas, pero no fue más que para asumir lo que no podía manejar. No hemos conseguido restaurar esa zona de la economía, esencial para el equilibrio económico de la nación.
Así que, contra el capitalismo, “pero con mucho cuidado”, porque, por lo menos a mí, me interesan la soberanía nacional, la independencia cubana y su antiimperialismo, pero creo que, dentro de esos principios inclaudicables, se puede alcanzar no “el individualismo consumista” que Ubieta con razón rechaza, pero sí un mayor bienestar para el pueblo cubano, que lo merece de sobra.
Con el dominio de la pobreza no se consigue eso que Martí llamaba “el respeto a la dignidad plena del hombre”. La revolución y el socialismo no pueden tener otra misión que no sea conseguir la felicidad del ser humano.


Algo más sobre la crítica revolucionaria y sus enemigos 
Enrique Ubieta Gómez
Guillermo Rodríguez Rivera, el admirado autor de Por los caminos de la mar o Nosotros  los cubanos (2005), intercede en la polémica que todavía no es –dice, porque no he respondido–, entre Isbel y yo, con un rotundo “ni, ni”. Alguna vez conversamos personalmente y compartimos, creo, en viaje a la Venezuela bolivariana, pero no nos une amistad alguna. Estoy seguro que he sido un lector más constante de sus textos que él de los míos, y eso no me ofende, como autor me lleva bastante camino andado. Pero puedo asegurar que me conoce poco. Aclaro esto, porque me atribuye una forma de pensar que no aparece en mis textos, ni se insinúa en el que motiva la “polémica”, que no empezó ahora, ni es específicamente con Isbel (aunque por lo que dice en su texto, también es con él).
Todos los que defendemos la Revolución cubana somos estigmatizados como extremistas, dogmáticos u oficialistas. Guillermo sabe de lo que hablo, porque también él ha sufrido esos ataques. La más común e insólita victoria de tales ataques es hacer que los compañeros de ideas se distancien de uno, hacer que participen de la creencia de que somos así. Guillermo al parecer ha sacado sus propias conclusiones sobre mí de la no publicación de un artículo suyo (hace casi tres años) en el mensuario que dirijo. No cometeré el error de suponer que ese es el hecho que motiva a estas alturas su réplica. Respeto su obra escrita y pedagógica, y por tanto respeto al hombre. Pero sus argumentos se distancian notablemente de la esencia de lo discutido en mi texto y se acercan al tema tratado por él en el suyo no publicado entonces. De hecho, aún cuando desde el título establece el veredicto mediador y reclama un punto medio, ignora las opiniones de Isbel –solo le dedica tres líneas–, e ignora las mías, que ni siquiera se comentan, aún cuando soy el objeto más visible de su discrepancia.
Digamos que Guillermo ha tomado de pretexto un encontronazo mayor para opinar de asuntos colaterales a él sobre los que no tenemos, en realidad, grandes diferencias. Pero ya que se ha traído a este venerado espacio mi polémica con Observatorio Crítico (y no con Isbel, ni con nadie en particular) creo que es imprescindible que exponga su esencia. Apoyo la crítica revolucionaria, y es absurdo lo que dice Guillermo de mí: “Ubieta se identifica con todo lo que provenga de cualquiera de los niveles de la administración estatal, con una fe que me parece digna de mejor causa porque, a pesar de lo que dice, gobierno y revolución no son sinónimos.” ¿De dónde sacó semejante dislate? Lo invito a leer con calma mi más reciente libro Cuba ¿revolución o reforma? (2012), o a recorrer mi blog o las páginas de La calle del medio, para que descubra que esa afirmación es un estereotipo. En muchos textos míos he diferenciado con meticulosidad los conceptos de consumo y consumismo (sobre esto discuto en mi libro con Dieterich, páginas 175 y 176). En mi artículo “Ser o tener, ¿cuál es tu prioridad?” que puede leerse en mi blog (13 de septiembre de 2012) digo: “Cuando una persona que es, y tiene, llega, nadie nota lo segundo. Por lo común, aquel que necesita mostrar que tiene, no está seguro de lo que es o no le importa. Es un problema de prioridades. No rechazo la ropa que está de moda, cara y de marca; si es cómoda y bella para quien la usa, es perfecta. Para gustos, colores. El dilema es otro: hacernos servir por los objetos que adquirimos, o servir a los objetos; que ellos existan para hacernos la vida más cómoda y bella, o vivir para ellos, lo que implica vivir para mostrar lo que tenemos. Que una sonrisa inteligente diga más de nosotros que una cadena de oro. Esa es la verdadera batalla, sutil, encubierta, definitoria, entre el socialismo y el capitalismo.”
Guillermo añade, con justicia, que gobierno y revolución no son sinónimos. Es por eso que mi artículo habla de una identidad histórica –sin dudas precaria, pero real, si entendemos que hablamos de una Revolución que ha tomado el poder–, entre ambos términos, con todas las contradicciones propias que genera el estar en el poder, con todos los errores y aciertos que puedan cometerse desde allí. Si el título de mi artículo anuncia la defensa de “la crítica revolucionaria”, y advierte sobre el intento de contaminarla, es precisamente porque reconoce su necesidad. Digámoslo así: que la crítica revolucionaria contribuya a fortalecer la identidad históricamente limitada entre gobierno y revolución, y no a quebrarla; que trabaje por sostener a la Revolución en el poder –que debe ser escrito en minúsculas, porque existe otro Poder, con mayúsculas, global, que lo domina casi todo–, y no por distanciarnos del poder en nombre de la Revolución, ¿para dejárselo a quién?
En esto, como en muchas cosas, el ejemplo de Silvio es aleccionador. Creo que la izquierda revolucionaria, hoy, es antimperialista, como afirma Silvio –el imperialismo es la forma actual del capitalismo–, o no es y esa afirmación no reivindica, por favor, la validez de una medida concreta, como lo fue la Ofensiva Revolucionaria de 1968. Solo una sociedad alternativa a la que promueve el consumismo, a la que deshumaniza el trabajo, a la que prioriza el tener sobre el ser; solo una sociedad que convierta a las masas en colectivos de individualidades, y los haga protagonistas de su vida y de su tiempo, es viable para la Humanidad; yo la llamo socialismo y en ella debe primar la más democrática de las aspiraciones posibles hoy: “de cada quien según su capacidad, a cada quién según su trabajo”. Si alguien entendiera que la oposición entre capitalismo y socialismo son los puntos extremos referidos, aún cuando éste tome de aquel lo que sirva, que es mucho, no lo dudo, para el momento histórico –el socialismo no es un lugar de llegada, sino un camino–, pues sí, estoy en el extremo del socialismo. Como no creo que Guillermo se refiera a esto, no acabo de ver mi posición extrema.
Hay dos párrafos, uno en mi texto y otro en el de Isbel, que en mi opinión expresan como ninguno la esencia de lo que discutimos.
Digo yo:
–“resulta incomprensible desde la buena fe, que algunas personas que se definen en la super izquierda defiendan –desde categorías francamente burguesas–, el “derecho” político de los propugnadores, pagados o no, del capitalismo neocolonial. El abrazo nacional no puede producirse en la orilla capitalista. La aceptación de lo diverso parte de reconocer que el socialismo (no el socialdemócrata, hablo del anticapitalista) es la plataforma nacional. La necesaria unidad de la nación no presupone la homogeneidad del pensamiento, ni la unanimidad de criterios, debe estimular el debate y la crítica revolucionarias, siempre en oposición a las de la contrarrevolución; pero la unidad de la nación la proporciona el proyecto colectivo de justicia social, anticapitalista, que garantiza y es garantizado por la soberanía nacional.”
Dice Isbel, que califica de “tiránico” al Gobierno cubano:
– “Pero si vamos un poco más allá, solo podemos sonreírnos ante la ‘ingenuidad’ del autor, cuando miramos y vemos que los capitalistas hace rato están en el poder, protegidos bajo las casacas empresariales, militaristas, etc. Ubieta finaliza su texto con una parrafada tan esquizo, que no resiste el más elemental análisis. Acepta lo diverso, pero no lo acepta; no desea la homogeneidad del pensamiento, pero excluye a los procapitalistas; habla de unidad nacional, pero no en ‘la orilla capitalista’.”
No son supuestos. En los últimos meses, Observatorio Crítico ha reivindicado la presencia en sus espacios digitales de Yoani Sánchez y del proyecto Estado de SATS, explícitamente liberales y procapitalistas. La contrarrevolución de Miami, por su parte, hace lo mismo: elogia y publicita el “trabajo” que hace Observatorio Crítico desde “la izquierda”. La fórmula de los super izquierdistas es esta: el Gobierno cubano es capitalista, unámonos a los capitalistas para derrocarlo. Extraña fórmula. ¿No sería más sensato decir, si es que hay capitalistas en el poder, unámonos a los revolucionarios en el poder para barrer a los capitalistas en el poder y fuera de él? Recuerden la trágica experiencia de Granada, donde una fracción supuestamente más radical traicionó a Maurice Bishop y propició la invasión militar del imperialismo estadounidense.
Cualquier texto medianamente complejo propicia múltiples lecturas e interpretaciones. No me siento traicionado por otras lecturas ajenas a mis intenciones, más parecidas a las experiencias y preocupaciones vitales de esos lectores. Me siento sin embargo reivindicado y halagado por la lectura de Silvio, y quiero finalizar citándolo, para hacer mío su criterio:
“Recomiendo, sobre todo a los adictos a los temas ideológicos, este interesante artículo de Enrique Ubieta. Como todo escrito de ideas, puede llevarnos a varias conclusiones. Por mi parte no lo interpreto como un veto a la diversidad de ideas que puede existir --y existe-- en la comunidad revolucionaria; y creo que tampoco signifique que para ser revolucionario hay que callarse ante todo lo dispuesto por un gobierno, por muy revolucionario que sea. Toda gestión rectora necesita distintos puntos de referencia para tener una visión tridimensional de la realidad. La diversidad es más revolucionaria que contrarrevolucionaria. En definitiva el mismísimo Marx dijo que su divisa era dudar de todo.”


UNA RESPUESTA A OTRA
Guillermo Rodríguez Rivera
Probablemente sea cierto que, bien vista la cosa, Ubieta y yo estamos del mismo lado en la pelea. Hay enemigos de la revolución que nos etiquetan de oficialistas. Nos han colgado el “san benito” a los dos. Como yo me siento más partidario de la Revolución que del Gobierno, no me complace lo de oficialista.
En los años setenta, hubo algunos “compañeros” que casi me calificaron de contrarrevolucionario porque asumía una perspectiva crítica que entonces no estaba permitida pero, como ha cantado Silvio, “el sueño se hace a mano y sin permiso”. No lograron expulsarme como profesor de la Universidad de la Habana, aunque lo intentaron, sin embargo, me estuve unos buenos cinco años sin que nuestras revistas ni nuestras editoriales publicaran nada de lo que escribía. Por eso disfruté mucho cuando el compañero Raúl afirmó que tenemos que respetar y escuchar todas las opiniones aunque no estemos de acuerdo con ellas.
Coloco a aquellos “compañeros” que me juzgaban tan mal,  entre estas exactas comillas porque, la mayor parte de ellos, no pudo tolerar el derrumbe del socialismo real y tanto se desilusionaron, que escaparon de nuestro socialismo cubano y su período especial y se fueron a residir a lugares como Miami, Santiago de Chile, México y Nueva Jersey.
Comprenderá por ello Ubieta, que no solo he sido partidario de la crítica revolucionaria sino que he sufrido por serlo.
Ubieta distingue entre consumo y consumismo. Me parece imprescindible, porque hay quien los confunde. Yo tenía un amigo –desgraciadamente murió y todos los días le echo de menos– que decía que, frente a la sociedad de consumo, nosotros habíamos creado la sociedad de “sinsumo”. Y esa manera de organizar (llamémosle así) la economía resultaba, paradójicamente, una promoción brutal para el consumo.
En un filme un personaje le pregunta a otro: “¿Con qué tú sueñas en la vida?”. El otro responde: “Con tener un abrigo, porque se rompió el que tenía, y este invierno voy a pasar un frío atroz”, El otro se quita su abrigo y se lo da, mientras le dice: “Toma el abrigo, para que sueñes con algo más importante”.
No me parece ético hablar contra el consumismo en un país en el que a mucha gente le falta un par de zapatos decente, un buena cama en la que dormir, o un techo que lo proteja de la lluvia, mucho más cuando los “anticonsumistas” tienen resueltos esos “vulgares” problemas. Lo que hay que hacer es conciliar todas las fuerzas, todas las voluntades para que las personas tengan lo que necesitan y puedan ser. Permanentemente hemos hecho énfasis en combatir la riqueza (o a lo que nos empeñábamos en llamar riqueza) mientras aumentaba la pobreza sin que nos preocupara.
Si Ubieta piensa que el haberme censurado –sin la menor aclaración, sin la menor respuesta ni siquiera de su secretaria– aquel artículo  hace tres años, no incide en mi valoración de su pensamiento, se equivoca.  Cuando a Jesús le preguntaron quiénes eran sus verdaderos discípulos, respondió; “Por sus obras los conoceréis”. A mí me importa mucho más lo que la gente hace que lo que la gente dice.
Mucho más porque aquel articulillo no era una banalidad personal –ni siquiera un poema mío, que La calle del Medio sí publicó–, sino una propuesta para buscar soluciones o al menos respuestas a los conflictos que nuestro pueblo vive día tras día, sin tener ninguna entidad que haga por recoger sus quejas ni mucho menos responderlas. Por aquella actitud, por aquella indiferencia de “director”, Ubieta me pareció cómplice de esa trama antipopular.
No estoy de acuerdo con la descalificación que hace Ubieta de la socialdemocracia. Como él es un hombre ilustrado en asuntos políticos, recordará que el partido que toma el poder en Rusia en octubre de 1917 se llamaba Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, en su tendencia bolchevique. A la  “derecha” suya estaba la tendencia menchevique. Los primeros se llamarían después comunistas y los otros conservarían el nombre de socialdemócratas, y las dos tendencias eran anticapitalistas, aunque discrepaban en los métodos.
El maestro ideológico de Lenin, y fundador del partido marxista ruso fue Gueorgui Plejanov, traductor del Manifiesto Comunista a su lengua, fundador junto al joven Lenin del periódico Iskra. Hacia los primeros años del siglo XX, Plejanov se vinculó a la tendencia menchevique. Regresó a Rusia tras la Revolución y los bolcheviques radicales quisieron detenerlo, enjuiciarlo e incluso condenarlo a muerte. Lenin lo impidió con una frase memorable: “A Plejanov solo lo puede juzgar la historia”.
El verdadero PSOE no fue el partido al que Felipe González hizo funcional al capitalismo español y le hizo abandonar explícitamente, en uno de sus congresos, la ideología marxista, sino el que fundó y dirigió Pablo Iglesias y que fue gobierno con la II República, en los días de la Guerra Civil española, con líderes como Juan Negrín  y Largo Caballero, cuyo prestigio capitalizaron González y Alfonso Guerra tras la muerte de Franco.
Los actuales socialdemócratas europeos son, en casi todos los países, la decadencia y en buena medida la traición a la verdadera socialdemocracia.
El régimen feudal ruso se prolongó hasta la segunda mitad del siglo XIX, cuando fue abolida la servidumbre. Es después de 1860 cuando empieza a desarrollarse el capitalismo en Rusia. Incluso, Lenin piensa en la posibilidad de que el partido marxista dirija la edificación capitalista en Rusia. Es lo que, en buena medida, están haciendo los  partidos comunistas chino y vietnamita, mezclándolos con el proceso socializador que ya habían comenzado, y han logrado avances impresionantes, porque con miseria generalizada no puede haber socialismo.
¿Necesitamos nosotros inversión capitalista controlada por nuestro partido? Francamente, en las condiciones actuales, el cuentapropismo de venta de pizzas y croquetas, puede ser una alternativa para que muchas personas trabajen y subsistan, pero no se levanta la economía nacional con él.
Con respecto a lo que Ubieta llama “el abrazo nacional”, no sé si ya estaremos en condiciones de emprender esa tarea de reconciliación que, de alguna manera, está iniciando la iglesia católica. Pero, si va a hacerse, creo que la Revolución Cubana no está obligada a hacer ninguna concesión previa ni tampoco a exigirla. Hay que dialogar sin precondicionamientos. Con asesinos y terroristas no discutiremos, y presumo que tampoco ellos quieran dialogar con nosotros.
La Revolución Cubana ha sido el motor impulsor de eso que se ha llamado en América Latina, el socialismo del siglo XXI: el suyo fue el primer gobierno latinoamericano que subsistió no sólo sin el apoyo de los Estados Unidos, sino contra su voluntad de aniquilarlo.
Sin Cuba, no habría la Venezuela bolivariana, la Bolivia inclusiva y socialista de Evo; la revolución nicaragüense que ha sido apoyada nuevamente por su pueblo; la revolución ciudadana de Correa en Ecuador; el gobierno del Partido de los Trabajadores en Brasil; la Argentina popular de los Kirchner, esencial en la derrota del proyecto del ALCA.
La Revolución Cubana fue la encarnación del antiimperialismo latinoamericano. Es Martí, Mella, Sandino, Che Guevara: ha dejado una huella imborrable en el continente; el imperialismo lo sabe perfectamente y ha hecho y sigue haciendo todo por ahogarla y desacreditarla.
Nuestro socialismo del siglo XX produjo conquistas esenciales para nuestro pueblo a las que no se puede renunciar, aunque para sobrevivir y avanzar tengamos que adecuarlas a los tiempos que corren. Como dijo Fidel, el viejo modelo del socialismo del siglo XX, ya no nos sirve ni a nosotros mismos. Creo que es, para Cuba, el momento de sumarse al socialismo del siglo XXI.

CONSUMISMO, SOCIALDEMOCRACIA Y CAPITALISMO. OTRAS OBSERVACIONES

Enrique Ubieta Gómez
Guillermo Rodríguez Rivera ha publicado un nuevo texto en Segunda cita titulado “Una respuesta a otra” que aporta nuevos matices a la discusión, alejados sin embargo de la que sostenía con Observatorio Crítico. Voy a lo importante, que son las ideas, aunque veo con pena que el tema de su artículo no publicado –que no censurado–, sigue siendo motivo impulsor. A una redacción llegan decenas de textos, incluso de escritores importantes, unos se publican y otros no, según criterios editoriales. Guillermo, que fue editor del Caimán Barbudo, lo sabe. Eso no tiene segundas lecturas, ni segundas explicaciones, ni define lo que soy. Es un tema personal y extemporáneo, que no debiera lastrar el debate.
Los temas serios que trata, son esenciales. Digo en mi libro Cuba: ¿revolución o reforma? (2012) sobre el concepto de oficialismo (no me gusta citarme, lo hago para mostrar que son temas ya he abordado): “Ellos pelean contra el Estado socialista –al que denominan gobierno o régimen, porque la estrategia incluye el no reconocimiento del sistema social nuevo–, y venden la idea de que cada defensor del sistema es un ‘progubernamental’, lo que en el capitalismo significa ser ‘oficialista’, un reproductor pagado, un vocero, cuyas opiniones son impersonales. Es la manera que encuentran para evadir los argumentos y para sugerir que el Estado –gobierno, régimen, dictadura– es defendido no por individualidades independientes, auténticas, sino por simuladores obligados o interesados. (...) Nosotros defendemos, sin embargo, un gobierno que representa –y solo en tanto representa– un sistema social más justo, más humano. No somos en sentido estricto progubernamentales, sino revolucionarios. Defendemos la Revolución, que tiene entre sus símbolos más importantes a Fidel y a Raúl. Somos sus discípulos. Pero peleamos por la Cuba que vendrá después de ellos, lo que nos coloca más allá del simple calificativo de procastristas. Nosotros no defendemos a “un gobierno” –aunque apoyemos a Fidel y a Raúl–, sino el proyecto humanista que este representa. Ellos no combaten a “un gobierno” –aunque odien a Fidel y a Raúl–, sino el socialismo. Por las mismas razones, los opositores antisistema son tratados en el capitalismo como personas ‘fuera de la ley’, y no como simples opositores al gobierno.”
No defiendo un socialismo “asceta” o sacrificial, ¿es necesario que lo diga? En el mismo libro que citaba escribo: “no se trata de sacrificar a los individuos, sino de hacer que sus intereses conduzcan simultáneamente a la satisfacción de las necesidades colectivas. El sacrificio es provisional. Contrario a lo que suele suponerse, el éxito del socialismo estriba en el desarrollo pleno y armónico de las individualidades; el reto consiste acaso en que ninguna individualidad, al crecer, pueda impedir el desarrollo de las restantes. (...) El sacrificio consciente, que es el verdaderamente heroico, no es una opción sustentable en el tiempo; acaba por convertirse en sacrificio a secas, mediado por el teque y la presión social, y deja de ser un medio de realización personal.” El consumismo, sin embargo, no es exceso de consumo. No es, necesariamente, una enfermedad de ricos. Es una ideología de dominación sobre los pobres. ¿Cree el lector que no es ético advertirlo? Si empezamos a jugar con los términos como malabaristas con pelotas en las manos, y sustituimos de forma alternativa consumo, consumismo y consumidor, enredamos cualquier posibilidad de entendimiento, tanto más si cambiamos los escenarios.
El capitalismo no es una sociedad de consumo porque satisface nuestras necesidades, sino porque nos mantiene insatisfechos: su esencia es vender (reproducir el capital), no necesita seres humanos sino consumidores, y la paradoja es que no los logra, porque también necesita pobres, y estos son muchos más. Los préstamos y la sustitución continua de objetos por otros “más nuevos” o “más bonitos” –no necesariamente mejores o más funcionales–, nos mantiene atados. Es buena la metáfora de la película: hasta que el personaje no se abrigue o coma adecuadamente, no podrá tener sueños más elevados. Pero el capitalismo (el sistema de producción orientado a obtener plusvalía) no provee de objetos –o no simula que provee, al abarrotar de objetos las tiendas–, para que las personas sean o para que puedan volar más alto, los únicos sueños que promueve son los del consumo. Hablar del consumismo es imprescindible, es inmoral no hacerlo, y suicida; el consumismo es la antítesis del consumo y del modo de vida al que aspira el socialismo. Porque el socialismo, o es creación de una nueva cultura –que ya existe de forma embrionaria como contracultura, y como cultura popular subalterna en el capitalismo–, o es nada.  He dicho cosas que Guillermo sabe, porque él dice cosas que sé, y ambos podríamos seguir inútilmente por ese camino, que no me parece provechoso.
“No estoy de acuerdo con la descalificación que hace Ubieta de la socialdemocracia”, dice a rajatabla y de inmediato se remonta a los orígenes de esa tendencia política. Los orígenes de la actual socialdemocracia no son anteriores a la escisión de 1902 en dos tendencias, ambas pretendidamente marxistas, una de carácter reformista (Berstein, Kautsky, Plejanov) y otra revolucionaria (Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Lenin, Trostky). Los revolucionarios crean la III Internacional y fundan la tendencia propiamente comunista, porque la II, dominada por el sector reformista y por la ilusión de estabilidad –pronto despejada por la guerra y la gran recesión–, que propiciaba el capitalismo de la época, apoya el nacionalismo burgués y llama a los obreros a defender a sus burgueses durante la I Guerra Mundial. La socialdemocracia que quedó cuando los comunistas la abandonaron fue desde entonces reformista, y cada vez más orgánica al sistema capitalista. Su triunfo en la España republicana –cuando todavía era subsidiaria del marxismo, no se olvide –, estuvo acompañada por el auge de comunistas y anarquistas, y por la lucha contra las fuerzas más retrógradas del viejo imperio. Después de la II Guerra Mundial la socialdemocracia se desentiende ya de manera declarativa del marxismo y se ancla definitivamente en el reformismo burgués, con muy pocas excepciones –casi de índole personal–, como es el caso de Salvador Allende en Chile. Y no lo voy a decir mejor que Guillermo: “los actuales socialdemócratas europeos son, en casi todos los países, la decadencia y en buena medida la traición a la verdadera socialdemocracia”. ¿Pero a cuál socialdemocracia cree él que descalifico? La primigenia ya no existe ni puede resucitar. Hoy sería para Cuba una puerta de entrada, con apariencia izquierdista, al capitalismo neocolonial. No está de más recordar por otra parte, que el reformismo en Cuba tiene dos variantes históricas: el autonomismo y el anexionismo.
Dice Guillermo: “Es después de 1860 cuando empieza a desarrollarse el capitalismo en Rusia. Incluso, Lenin piensa en la posibilidad de que el partido marxista dirija la edificación capitalista en Rusia. Es lo que, en buena medida, están haciendo los  partidos comunistas chino y vietnamita, mezclándolos con el proceso socializador que ya habían comenzado, y han logrado avances impresionantes, porque con miseria generalizada no puede haber socialismo. ¿Necesitamos nosotros inversión capitalista controlada por nuestro partido?” Este párrafo que acabo de citar de su segundo artículo de respuesta, construye tres oraciones muy semejantes: las dos primeras dicen que el partido marxista o comunista dirige o controla la “edificación capitalista” en la Rusia de Lenin, y en la China y el Vietnam más recientes, respectivamente; la tercera, agrega que el partido comunista dirige o controla “la inversión capitalista” en Cuba, hoy, esta última en la forma de una pregunta afirmativa. Una sola variación: en el caso de Cuba, habla de inversión, no de edificación, aunque una lectura que concatene las oraciones puede sugerirla. A su pregunta no cabe otra respuesta: requerimos de la inversión de capital extranjero (de empresas capitalistas) donde lo necesita el país, bajo las condiciones y normas de su legislación socialista, y al servicio de los intereses y las prioridades del socialismo, sin afectar la soberanía nacional. “Con miseria generalizada no puede haber socialismo”, dice con razón. Pero, ¿a qué se refiere Guillermo cuando habla de edificación capitalista?
El socialismo no es un lugar de llegada, es un camino. Arrastra de nacimiento, decía Marx, “todas las manchas” del capitalismo. No existe un modelo, un método o un camino desbrozado para su construcción fuera de tiempo y lugar, pero en cualquier caso en él conviven elementos de los dos sistemas. A veces retrocede, como en las carreras de salto, para tomar impulso. Uso la palabra retroceder, con plena conciencia de su carácter polémico. Lenin estudió la diversidad de formas de producción existentes en la Rusia de la época y en un momento de total devastación –al terminar la primera guerra mundial, la guerra civil y la agresión de catorce potencias capitalistas–, imaginó la preponderancia de un capitalismo de estado que desarrollara las fuerzas productivas, mientras preparaba a la clase obrera e impulsaba las relaciones socialistas, para luego cortar desde arriba los nexos de propiedad; de cualquier manera, su propósito no era “edificar el capitalismo”, sino el socialismo y el comunismo. La revolución cubana, pese a todo, encontró un escenario más favorable, y el apoyo de un “campo socialista”; el derrumbe de ese contexto la obliga a reconsiderar “su modelo” y a rectificar errores copiados de aquellos países. Lo que quiero significar es que no se trata de una revalorización del capitalismo por parte de los partidos comunistas ruso o cubano, por ejemplo; se trata, en todo caso, de una concepción más acorde a las posibilidades reales y nacionales –en países aislados–, durante la etapa del período de tránsito que llamamos socialismo. Como sabe y comparte Guillermo, estoy seguro, el capitalismo no es sustentable: no solo está en crisis económica casi de forma permanente, sino que además nos arrastra a una crisis ecológica irreversible. ¿Cómo voy a imaginarme un “abrazo nacional” en otro lugar que no sea en el socialismo, es decir, en ese movimiento continuo –en y hacia otro mundo, otra cultura–, que llamamos socialismo? Estos temas son claves para Cuba hoy, y le propongo a Guillermo organizar sobre ellos de conjunto una mesa de discusión entre revolucionarios, en alguna institución cultural, sin que medien asuntos personales, sin la premura y los límites naturales de una polémica como esta. A la dorada medianía de los pitagóricos, opongo la máxima socrática inscrita en el frontispicio del Oráculo de Delfos: “observa la medida y conócete a ti mismo”. Observar la medida no estar en el medio; conocerse es una condición difícil que pocos logran. 


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