miércoles, 26 de enero de 2011

“Nunca es suficiente lo que has hecho, o vivido, o leído, para ser revolucionario”.

Fragmentos de una entrevista que la periodista Sheyla Valladares me hiciera, y que aparece publicada hoy en Rebelión.
Mientras exista un horizonte, la Humanidad avanzará esperanzada hacia él. Como sabes, en los noventa el cielo se nubló de tal manera, que era imposible ver el horizonte. Sin horizonte no había viaje. Y se anunció el fin de la historia. Por eso en cuanto el tiempo empezó a mejorar (o a empeorar, porque en los procesos sociales mientras peor va la cosa, mejor se ve), la contrarrevolución trasnacional sustituyó la neblina original por humo de pirotecnia, para que nadie atisbase el horizonte. Ese efecto paralizante no podía mantenerse de forma indefinida, así que los pueblos volvieron muy pronto a vislumbrarlo y recuperaron la certeza de que un mundo mejor es posible. Hay un cuento largo de José Saramago que habla de una embarcación que a ratos parece una Isla, surcando los mares en busca de una Isla desconocida; una Isla buscando una Isla, buscándose, o si prefieres la Utopía buscándose a sí misma. Mi libro La utopía rearmada se inicia con una versión del cuento de Saramago, en el que la Isla que busca y se busca es por supuesto Cuba. Y mi blog en el ciberespacio se llama así, La isla desconocida.
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En la sicología social de los pueblos existe una tendencia al cambio extremo de consensos. Si revisas la historia del siglo XX, apreciarás el predominio de los valores de la izquierda en las décadas del veinte y del treinta, los de derecha en los años cuarenta y cincuenta, los de izquierda, nuevamente, en los sesenta y setenta; y el regreso de la derecha en los ochenta y noventa. Los intelectuales son celebrados según el color político de cada época: en los sesenta, hasta Borges y Paz se mostraban “izquierdosos” y publicaban entusiastas poemas rojos de los que después renegaron. Los noventa fueron opacos por muchas razones, pero tuvieron, tienen, una vanguardia, y los jóvenes que entonces se formaron en Cuba, aún los más apolíticos, heredaron valores que son visibles incluso en aquellos que abandonaron el proyecto social. Por eso, no hay que hacerle demasiado caso a los signos de una época: el conservadurismo de las masas, que por lo general refleja cierto cansancio social o el agotamiento de alguna vía redentora, siempre es un estado pasajero si los problemas sociales persisten. No acepto explicaciones tan superficiales como las que se refugian en un “así piensa o siente la gente”: el optimismo, como el pesimismo, se construyen.
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¿Cómo convertir la realización personal en necesidad colectiva? El sacrificio conciente no es una opción perdurable; pronto se convierte en un sacrificio a secas mediado por el teque, y la presión social, y deja de ser un medio de realización personal. Porque hay que advertir que –a diferencia del que se hace por compulsión--, el sacrificio conciente no es exactamente sacrificio: la entrega hasta la inmolación de Martí y del Che constituye también –por la manera que ambos tenían de entender la vida--, una forma elevada de realización personal. El único camino que existe para que los jóvenes entiendan la felicidad que experimentaron los jóvenes de ayer, es que la sientan hoy, y eso solo es posible si se asumen como protagonistas de la Revolución. Nuestros padres hicieron una Revolución para solucionar grandes problemas colectivos que impedían la realización individual de todos y cada uno de los cubanos: la Revolución que toca ahora es la de hacer que cada interés personal sea un interés colectivo (y no al revés) e impedir, legal y moralmente, que pueda convertirse en un interés individualista. Hay que intentarlo, aunque ninguna sociedad lo ha logrado aún.
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Se trata de establecer una relación nueva entre el individuo y el Estado, en la que ninguno de los dos factores ceda responsabilidad. Detesto la mala interpretación del concepto de humildad. Hay que desterrar la absurda suposición de que si un individuo desea ser protagonista –en su trabajo o en el mundo, valga la exageración--, es alguien presuntuoso al que hay que detener. ¡Que vivan los hombres y las mujeres dispuestos a ser protagonistas! El socialismo crea masas de individuos –redibuja el rostro de cada persona en una multitud--, y solo puede triunfar si logra convertirlas a todas o a la mayoría en individualidades.
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