jueves, 20 de agosto de 2009

A qué le temen los que rompen a martillazos los discos de Juanes.

Antonio Rodríguez Salvador
No a que el gobierno cubano use el espectáculo para su propaganda política, porque de antemano saben que eso no se hará. No a que allí canten Silvio Rodríguez y los Van Van, porque ni Silvio Rodríguez ni Juan Formell son del gobierno, según algunos les endilgan; son del mundo, son de esa eternidad que no puede alcanzarse por decreto, sino con buen arte. No a que con ese espectáculo se legitime el régimen, porque Cuba mantiene relaciones con la inmensa mayoría de los países del mundo, amén de ser miembro activo de muy prestigiosas organizaciones mundiales y regionales.
En realidad le temen a que se divulgue la imagen de una multitud cantando a coro las canciones de Juanes, Olga Tañón, Enrique Iglesias, Maná, Ricky Martin y los que en definitiva vengan al concierto en la Plaza. Que por los televisores del mundo se vea a jóvenes semejantes a los jóvenes que por lo común se ven en los conciertos de otros países: todos con sus rostros alegres, luciendo maquillaje o sin él; con sus pelos cortos o largos; con gorras o simples viseras; negros junto a blancos, mulatas sobre los hombros de rubios; muchos con sus piercing en las orejas, o en la nariz, o en los labios; otros con sus tatuajes de diversas figuras y colores; vistiendo sus pingueros, y sus desmangados, y sus desteñidos, según manda el último grito de la moda.
Le temen a que los televidentes del mundo de pronto se digan: Caramba, esto no es lo que me cuentan por el telediario, esto no es lo que afirma la prensa. Porque de repente aquella no es una multitud uniformada, ni semejante a un rebaño, ni repleta de autómatas o zombis. Solo son jóvenes gozando al compás de Ana Belén y Victor Manuel: “un travestí perdido, un guardia pendenciero, pelos colorados, chinchetas en los cueros, rockeros insurgentes, modernos complacientes, poetas y colgados: ¡¡Aires de libertad!!!”
Al diablo los millones de dólares gastados para crear tópicos, prejuicios y estereotipos, porque allí no habrá nadie vestido con harapos, ni luciendo su rostro tísico, ni que parezca estar desinformado o simplemente receloso. Nada que ver con un país sometido por militares, donde tras cada civil habría un soldado más asustadizo que su vigilado, con su casco, su chaleco antibalas, su tolete y su escudo antidisturbio. Nada que ver con un estado policiaco, porque, según se darán cuenta muchos televidentes, nadie estará allí luciendo una falsa alegría, o maltratando una letra aprendida de prisa por orientación del Partido, la Juventud Comunista o la Seguridad del Estado.
Solo a eso le temen los que rompen a martillazos los discos de Juanes en Miami.

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