lunes, 5 de agosto de 2013

Dinero

Enrique Galván Ochoa
Tomado de La Jornada, México D. F.
Madre soltera, 38 años. Dos hijos, uno en segundo de primaria y el otro en primero de secundaria. Ambos en escuela pública. Renta un departamento en la colonia Moctezuma. Es mesera de Sanborns. Trabaja seis días a la semana, no le pagan horas extras. Sus gastos superan su sueldo, por lo que vende cosas en Segunda Mano y su hijo mayor trabaja por las tardes en una carnicería de la colonia, labor por la que recibe 2 mil 500 pesos mensuales. Está ahorrando en una tanda, de la cual busca obtener 4 mil pesos para la cena navideña y comprar algunos regalitos. Recibirá de aguinaldo sólo 15 días, al igual que el resto de sus compañeras. Su principal ingreso son las propinas, aunque la cadena de restaurantes de Carlos Slim le quita una parte. Le cobra la comida y le descuenta los faltantes de dinero cuando se equivoca en las cuentas de los clientes (redondeos). Si el faltante es mayor a 300 pesos, la despiden. En su recibo de pago aparece una cuota para el sindicato, pero no conoce a su líder. Nunca la han convocado a una asamblea. De eso prefiere no hablar, porque sabe que al patrón no le gustan las preguntonas. El dinero no le alcanza. Todos los meses se queda corta, con casi 3 mil pesos. Sin embargo, hay una razón por la que sigue ahí: le dan Seguro Social. Este es un trazo de una realidad económica a la que he llamado Sanbornomics –para que haga sentido a nuestros tecnócratas– y que muestra uno de los motivos por el que hay un millón de pobres por cada uno de los 53 multimillonarios del país.

La amenaza del IVA
En estos días la economía de esta trabajadora de Sanborns –al igual que la de 53 millones de mexicanos ubicados en distintos niveles de pobreza– se ve amenazada. El gobierno de Peña Nieto dio un giro. En la campaña electoral firmó el compromiso de que haría que subieran sus ingresos, ahora está empeñado en una reforma fiscal que tiene como eje comenzar a aplicar IVA a medicinas y alimentos. Por otro lado, a largo plazo, el patrón –Slim– tiene ideas malignas. Quiere que la edad de retiro se extienda a los 70 años. ¿Va a dar empleo a mujeres de esa edad? Difícilmente. ¿Qué sucedería si en vez de aplicar IVA a medicinas y alimentos se cobrara un gravamen especial a las cocacolas y comida chatarra? Están causando estragos incalculables. ¿Y qué ocurriría, también, si Slim hiciera un experimento y aumentara los salarios a cinco mínimos? ¿Cuántos millones dejaría de ganar? Igual se lleva la sorpresa de que sus empleadas, en vez de tener celulares de prepago, se convierten en generosas clientes de pospago.

Gasolinazo
Nuevos precios (por litro) de los combustibles a partir del sábado 3 de agosto: Magna, $11.69; Premium, 12.25, y diésel, 12.05. Del año 2000 a 2013 la Magna –de mayor consumo– prácticamente se duplicó; era de $5.27. Si observan el cuadro de los Gastos básicos de la empleada que tomamos como base para este breve análisis, el tercer rubro en importancia es el transporte. Los gasolinazos tienen un efecto ruinoso en el presupuesto familiar. Del foxismo a la fecha se han transferido muchos miles de millones de pesos de las familias y las empresas a las cuentas de los políticos.

Ayer caminaba como a la una de la tarde por las calles de Madero y Bolívar, y fui testigo de dos extorsiones por tres policías. En la primera un agente estaba hablando con un señor a quien amenazaba de manera discreta con llevarlo al juez cívico por traer un bote de bebida que al parecer tenía algún grado de alcohol; era evidente que el señor estaba sobrio y lúcido, pero también se le notaba asustado. Alcancé a escuchar que el policía pidió al señor para sus "aguas"; el señor sacó dinero y yo vi cuando se lo dio. En la placa tenía el nombre de R. Esparragoza G. En la segunda extorsión una chica como de 20 años iba acompañada por un joven un poco menor que ella. Él traía un bote como de refresco, posiblemente con algún grado de alcohol. Se aproximaron hacia ellos dos polícías. Uno le quitó el bote que iba bebiendo y se retiró a unos pasos de distancia, pero el otro policía se quedó hablando con los dos jóvenes. Se veían asustados. La placa del policía que se retiró decía Pedroza. No alcancé a escuchar qué hablaban, pero era claro que no los iban a dejar ir así nada más.

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