sábado, 10 de agosto de 2013

Oprah Winfrey y el bolso de los 38 000 dólares

Enrique Ubieta Gómez
Tener y parecer es la fórmula. Si el dinero determina tu valor como ser humano, pues muestra lo que tienes. Si eres millonario, no te presentes solo con tus buenas maneras, tus conocimientos o esa simple sonrisa satisfecha que te caracteriza; para que los demás te consideren en lo que vales, asegúrate de que capten de inmediato el mensaje: no eres una “persona de bien”, sino una “persona bien rica”.
No bastará con que seas un estadounidense “de marca” (aunque algunos pasaportes valen más y otros menos): blanco y rubio, anglosajón y protestante. Cualquier dependienta entrenada de una tienda (hotel, restaurante, etc.) de lujo, escaneará tu cuerpo (tu ropa, quise decir), y de una sola mirada calculará si puedes pagar lo que oferta, es decir, si eres digno de ser atendido. No cometas el error de ser millonario y vestir modestamente. No me refiero a la calidad o a la comodidad de tu ropa, me refiero al precio de cada pieza. Si puedes comprar una en 50 000 dólares, no la compres en 500. Aunque sean idénticas. Eso te disminuye, y la dependiente notará la diferencia. Pero si eres rico y además blanco, anglosajón y protestante, y llevas la pieza de 50 000 dólares encima, la que te cuantifica, todas las puertas de la vida estarán abiertas.
Porque a veces ocurren malentendidos, o se imponen los estereotipos. Acaba de sucederle en Suiza a Oprah Winfrey, una exitosa presentadora de televisión estadounidense que no cumple con todos los “indicadores” externos tradicionales de una “auténtica” valía. Veamos, se trata de una de las mujeres más ricas del planeta. Su fortuna actual, según la revista Forbes, asciende a 2 700 millones de dólares. Pero la señora Winfrey debe vencer un escollo físico: es y será negra, pertenece a una raza “perdedora”, lejana descendiente de los habitantes de un continente “perdedor”. Y eso origina suspicacias... en los descendientes de los colonialistas.
No se trata de que el mercado capitalista tenga escrúpulos racistas. El mercado no tiene escrúpulos, vende y compra al mejor postor, no importa si este es negro o blanco, musulmán o judío, asesino o santo, aunque exhibe una larga variedad de disfraces étnicos y culturales, que disimulan o justifican los puros intereses de clase. Pero el mercado se revela como Dios, en la acción de hombres y mujeres concretos. Y la dependiente (que no es dueña de nada, sino una simple servidora de los dueños, dependiente en todos los sentidos de la palabra) conforma, para su mejor desempeño, estándares evaluativos.
Es cierto que ya no son los tiempos de Nat King Cole, ese negro norteamericano que en los años cincuenta enamoraba con su voz melodiosa a las mujeres blancas y negras y amarillas y qué sé yo de qué otros colores, y que, a pesar de ello y de sus millones, encontraba valladares infranqueables en una Habana racista, o los del propio dictador Batista, impedido de ingresar al más exclusivo Club capitalino, por el color de su piel. Ahora hasta el presidente de los Estados Unidos, el servidor número uno del Gran Capital, es negro. El sistema capitalista ha conducido las reivindicaciones antirracistas hacia el imaginario de la cultura del tener: no se trata de que los negros demuestren que pueden ser (excelentes médicos, científicos, peloteros, actores, periodistas, seres humanos útiles), cosa previamente sabida en las culturas antiguas, sino de que pueden llegar a tener tanto o más que un blanco. En un mundo donde las personas son valoradas por lo que tienen, y no por lo que son, este es un punto esencial.
La pobre dependiente –ella también es una víctima–, no se percató de que la señora que le pedía el bolso valorado en 38 000 dólares era la señora Winfrey, y la “tasó” como una mujer negra con dinero, pero no con tanto dinero como para comprar un bolso de 38 000 dólares. Un bolso que sirve lo mismo y que es tan bonito como uno de, pongamos una cifra alta, mil dólares. Una valoración que hirió profundamente a Oprah, quien estuvo a punto de comprar la tienda completa para demostrar su solvencia, es decir, su valía.
El Gobierno suizo, a través de su Oficina de Turismo y los verdaderos dueños, se disculparon de inmediato con la agraviada. Pero, ¿dónde ubicar el origen de la confusión?, ¿a quién acusar de racista? Es verdad que el servidor número uno del Gran Capital es negro, pero también es cierto que un custodio blanco en Miami acaba de ser exonerado por un tribunal después de haber asesinado a un negro que le parecía sospechoso, por ser negro. ¿Las verdaderas causas? Bueno, hay tantos negros –Malcoml X decía que negros somos todos los habitantes del Sur, los nativos de América Latina, África y Asia–, impedidos de comprar los alimentos de cada día, como dólares acumula Oprah Winfrey.
Para esos negros, el racismo se mide con otra vara. No resultan sospechosos de no poder comprar un bolso de 38 000 dólares, sino de caminar en horario nocturno cerca de las tiendas que venden los alimentos o de los barrios de aquellos que usufructúan su pobreza. Oprah Winfrey sufrió una versión muy sofisticada de ese racismo. No son, no somos, más pobres, porque seamos menos capaces, sino por una historia de vencedores y vencidos, de explotadores y explotados, que nos margina, todavía hoy. Oprah Winfrey no se sintió humillada porque alguien dijera que ella, siendo negra, no podía ser tan buena entrevistadora de televisión, o no podría ganarse honradamente la vida, sino porque alguien supuso que no tendría tanto dinero como para tirarlo en un bolso de 38 000 dólares.
Ser implica parecer y parecer, en ese sistema, significa tener. Recuerdo al famoso dream team estadounidense de baloncesto, que acudió a los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992. Por supuesto que eran magníficos jugadores. Casi todos sus integrantes eran negros y todos, claro, eran ricos. No se hospedaron en la Villa Olímpica –había que marcar la diferencia–, sino en un lujoso hotel de la ciudad. Y cuando un atleta del equipo angoleño de baloncesto, el primero en enfrentarlos, habló de que en las Olimpiadas se jugaba por la amistad y la fraternidad, uno del estadounidense rectificó: ellos estaban allí para aplastar a sus contrarios por un margen de cien puntos. Eso hicieron.
Para aquellos que siguen en el bando de los "vencidos", el racismo puede conducir a la muerte. Para Oprah, que ya pertenece al de los "vencedores", será solo una anécdota contada en una fiesta privada, a la que asistirá con su bolso de 38 000 dólares.

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