miércoles, 23 de febrero de 2011

LA ERA, (NÚMERO 1): EL POETA DE PARAÍSO.

Con este, iniciamos la publicación semanal de una serie de cuatro artículos que recrean la vida cotidiana en la República Dominicana de Trujillo --hermana gemela de la de Batista en Cuba--, recientemente publicados por Diario Libre.com. Los artículos son un subproducto, para decirlo de alguna manera, de una acuciosa investigación que ha hecho el autor en archivos de ese país --en los que ha revisado cientos de miles de documentos--, para la preparación de un libro que revelará los vínculos secretos de políticos e intelectuales cubanos con el dictador dominicano, y con el gobierno norteamericano.
Eliades Acosta Matos

Una vez más se imaginó caminando por la calle central de Paraíso cubierto de entorchados y condecoraciones, dejando tras de sí una estela de admiración, miedo y envidia. Hasta llevando el tricornio emplumado y ese chaqué que usaban los militares y embajadores a principios de siglo, que sobre el cuerpo del Generalísimo jamás pasaba de moda En realidad le importaba poco ser amado: prefería que a su paso los hombres temblaran de miedo, bajando la vista, y las mujeres cayeran rendidas. Nada como una pistola al cinto para ser tenido en cuenta, especialmente cuando se ostentaba también inmunidad absoluta. Un uniforme y la credencial del SIM en el bolsillo era su idea de la felicidad. Y también, esto que ahora hacía en sueños: pisar fuerte y recorrer el pueblo como gallo fino y peleón que pasa inspección a su gallinero. En mayo de 1959 se vivía en plena Era del Clásico, en el tiempo sin poniente del “Ilustre y Querido Benefactor”. Con tales adjetivos encabezaba las cartas aduladoras que le dirigía sin piedad al mandatario, una tras otra, sin pudor, hasta el cansancio. Hasta que fuese llamado para recibir su credencial del SIM.
Pero las manchas de café del humilde mantel de la mesa terminaban imponiéndose y regresándolo al presente. Y también el zumbido de las moscas que no respetaban este momento íntimo de su ser, cuando se comunicaba con su dios. Entonces el balance era amargo: tenía 26 años, ya se le iba la vida y no había pasado de ser el Secretario de la Junta Municipal del Partido Dominicano en su pueblo. ¿Y para qué el destino lo había agraciado con tantas ambiciones, con tantas facultades literarias, con tantos anhelos, si al final le negaba la posibilidad de ser tenido en cuenta por el Alto Dispensador de Honores y Favores? ¿Qué hacer para llamar la atención del dueño absoluto de vidas y haciendas del país?
Había precedentes que él había estudiado muy bien al diseñar su estrategia de autopromoción: unos lo habían logrado con la más rastrera y ciega adhesión y un servilismo que repugnaba al propio destinatario de los halagos infinitos. Otros por vías insospechadas. Por ejemplo, Johnny Abbes, aupado al Olimpo del círculo palaciego íntimo, había realizado en 1945 su primer intento para ser tenido en cuenta, remitiendo al Jefe la letra y música del merengue “Con Trujillo”. Por esas ironías de la vida, fue el gallego José Almoina y Mateos, entonces Secretario Personal de la Alta Figura, quien le acusó recibo y le agradeció el envío, sin saber que años después, ya caído en desgracia y fugitivo en México, aquel compositor novel, transformado en omnipotente perro de presa, sería el encargado de diseñar las estrategias para silenciarlo mediante matones de alquiler. Y si Abbes lo había logrado, ¿por qué no él, el esclarecido poeta de Paraíso?
Llevaba años luchando contra la indiferencia, aferrado a la idea de que si no había sido promovido se debía a no haber sabido tocar la puerta correcta, en el momento adecuado. Tres años antes había iniciado su largo envío de sonetos laudatorios. Los había dedicado a todos los miembros de la real familia, uno por uno: a la madre, Julia Molina, viuda de Trujillo, a la esposa, María Martínez de Trujillo, al hermano, Héctor Bienvenido, a la hija, Angelita, a los hijos Ramfis y Rhadames, y por supuesto, varios dedicados al Jefe. Siempre había hecho gala de fina inspiración y veta clásica, adecuada a la dignidad de los elevados destinatarios. Así lo demostró cuando escribió de Ramfis, el 22 de marzo de 1957:
“Es noble tu mirada y alegre tu expresión,
Tu frente siempre erguida con gestos de valor
Coronan tu cabeza, oh Barón bienhechor
Con el alba diadema de grandeza y honor…”
Y a pesar de aquel derroche de ingenio y galanura, de aquella fidelidad perruna de sus sonetos para conmover el duro corazón de quien estaba rodeado cada minuto de su vida de muestras y expresiones de sumisión que competían entre sí, solo podía sostener entre sus manos la triste hoja de papel para el poema o la carta de turno, y sentir esa mustia tristeza de quien se sabe predestinado a altos designios, pero no ha sido aún llamado…
Pero no cejaría. Si otros habían logrado remontar estrecheces y miserias exhibiendo sus dotes ante el Generalísimo, él no sería menos… Por algo había sido iluminado con el don de la poesía, aunque sabía que no era su cultivo el que le abriría las puertas al dinero y el poder, sino la credencial del SIM. Tomó una vez más la pluma y escribió aquel 3º de mayo de 1959:
“Insigne Generalísimo, desde aquí de Paraíso, tierra de frontera, mande mi querido Jefe Único, mande a este hijo fiel y que lo quiere, mande a este joven grato que Vos habéis formado con vuestras geniales cátedras de hombría, dignidad y patriotismo. Mande donde Vos queráis; estoy ávido de justificación, mándeme mi querido bienhechor, no importa que sea a luchar con la muerte…, lucharé si es posible, contra ella, hasta vencerla; con ello cumpliré vuestras órdenes y estoy seguro que no moriré nunca, porque cuando se defienden los intereses personales y políticos de Hombres-Genios de la envergadura de Trujillo, el Incomparable, no se muere jamás…Excelencia. Hágame ingresar en el cuerpo del SIM. Mis actitudes son para militar y mi familia tiene una ancestral tendencia por el militarismo.”
Terminó eufórico, tarareando entre dientes un merengue. Tras este rapto de inspiración sublime no podrían negarle su petición. Ya se veía entrando a Paraíso con escolta y su tricornio, con su pistola, recibiendo la reverencia de todos. Ya le tocaría recibir sonetos laudatorios como los suyos y dispensar favores a los agraciados. Ya se imaginaba fuera de ese cuartucho y lejos de las moscas, envuelto en nubes de incienso, escuchando el dulce sonido de las liras, oyendo hermosas declamaciones…
A los pocos días, recibió la visita de un sujeto malencarado y con una enorme cicatriz que le surcaba el mentón. Ajado y sucio, no se molestaba en ocultar el bulto del arma al costado. Mostró una mugrienta credencial del SIM y le transmitió de parte “de la Superioridad” que debía presentarse en la oficina del “Servicio” al día siguiente a recoger su credencial y la pistola con la que tanto había soñado. “No vayas desayunado, si no quieres vomitar- fueron sus últimas palabras- A los pendejos que entran nuevos siempre les tocan las castraciones, los accidentes simulados y los suicidios obligatorios.”
Se quedó solo, con una angustia mayor que la tristeza anterior. Miró las manchas de café en el mantel y sintió el zumbido de las moscas. Respiró hondo y tragó en seco. Con las mismas manos que el Jefe necesitaba para matar, rompió el último soneto. Ya no los necesitaría más.
Nota: Los nombres de los personajes de la serie “La Era” son ficticios, y los sucesos rigurosamente ciertos. Los documentos que los avalan pueden consultarse en el Archivo General de la Nación, donde el autor investiga para publicar próximamente un libro sobre las redes secretas de Trujillo en Cuba.

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