miércoles, 9 de febrero de 2011

Tres notas (a calamo currente) sobre democracia y socialismo.

Jorge Ángel Hernández
1. Acaso una de las más importantes victorias del imperialismo en su última fase, sea la de desterrar la idea de la transición socialista de los proyectos de vida de la humanidad. En ese paquete de destierro, interviene el modo de calificación de la terminología. Por ejemplo, dictadura del proletariado significaba, en su momento de suposición teórica en el siglo XIX, lo que hoy entenderíamos como democracia del proletariado. La propia idea de democracia dicta el consenso de las mayorías participantes en el espectro político sobre las necesidades de minorías diversas o de mayorías no representadas. Por tanto, tampoco es exacta la dicotomía entre democracia representativa y democracia participativa. Ni es simétrica ni es relacional.
Considerar dictadura al sistema socialista por el hecho de tener el llamado “partido único” es, también, una comparación viciada por la falta de elementos para su significación, pues las funciones del Partido Comunista en los países en transición socialista no son equiparables a las funciones de gobernabilidad de los partidos con aspiraciones electorales. La unificación del presidente del Consejo de Estado y del Primer Secretario del Partido es una estrategia de Guerra Fría, un modo de defenderse de esa constante penetración ideológica que viene desde los regímenes que se autodenominan, primero, libres y, luego de la derrota del socialismo, democráticos. La institucionalidad, sin embargo, tiene sus diferenciaciones administrativas.
Sucede, en esa misma línea de opinión, que el idioma político al que globalmente estamos sometidos es al de los significados sustentadores de la ideología liberal burguesa, con mayor fuerza desde 1989. Por si no fuera suficiente, la sociedad que construye el socialismo, es juzgada bajo cánones éticos de colectividad en tanto el capitalismo —el imperial y el dependiente— supedita el juicio al individualismo.
2. Hay, por supuesto, casos de arbitrariedades, de errores, desviaciones, tergiversaciones, etcétera, desde la dirección de todas las sociedades. Sin embargo, convoco a que se lleven estadísticas comparativas en relación con los casos que cotidianamente se presentan en el capitalismo, y se verá que esa mayoría que en las democracias se produce adquiere grados de significación propagandística muy inferiores a la intensidad que se le concede a los casos del socialismo. Por si no fuera suficiente, se miente con frecuencia, dejando en la opinión pública ideas falsas.
Un ejemplo: la represión y asesinato de periodistas en América Latina, o Medio Oriente, o cualquier otra región del mundo, no se asume como culpabilidad dictatorial del sistema de relaciones sociales, sino como violencia aislada, puntual, ya sea de grupos policiales o paramilitares, ya de gobernantes extremistas o errados; en cambio, los disidentes que se autotitulan periodistas, sin serlo, dentro del socialismo, son exhibidos globalmente como víctimas de un régimen dictatorial que no tolera la libertad de expresión y no como lo que son en efecto: disidentes que sostienen minoritarias opiniones, sectarias en casi todos los casos.
Y otro ejemplo: todavía hoy, la tragedia de Chernobil, imbricada en un país, tiene más repercusión que la de British Petroleum, que afecta a la ecología del Planeta. La primera se usa como descrédito del sistema político, la segunda como irresponsabilidad ejecutiva.
3. El sistema de gobierno cubano, pongamos por caso que más nos interesa, está mucho más urgido de responsabilidad ciudadana en la participación de las decisiones y líneas de trabajo que de posibilidades democráticas. El punto no está en los grados de democracia, diseñados en el propio sistema, sino en la relación asistencialismo-sedentarismo que se produce cuando el sistema se desarrolla. O sea, la responsabilidad del estado se va tornando asistencialista, en tanto la ciudadanía se hace políticamente sedentaria, descargando en funcionarios y cuadros las responsabilidades. No es, sin embargo, un proceso impuesto, sino un proceso limitado sobre su misma práctica, un proceso, aún así, que ya le ha ganado la batalla al callejón sin salida de la democracia liberal burguesa y que necesita revolucionarse en sus normas de funcionamiento y participación, sobre la base de la democracia del proletariado (un proletariado resultado de la propia revolución, no un ejército de desclasados y alienados hasta el fin de los tiempos y la familia futura), no a partir de retroceder a las normas del sistema en decadencia.

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