miércoles, 2 de enero de 2013

Portugal y Cuba: dos perspectivas para la emigración

Enrique Ubieta Gómez
Entre los balances internacionales de 2012, encuentro un dato interesante. Mario Queiroz lo resume así para la agencia IPS: "Un millón de personas, que equivalen a 9,8 por ciento de la población actual de Portugal, se radicaron en el exterior en los últimos 14 años, un indicador que no para de crecer, según se desprende de las últimas declaraciones del secretario de Estado de las Comunidades, José Cesário, quien estima en 120.000 los emigrados en 2011 y algo más este año que termina." Portugal, España y Grecia, son los tres estados críticos de Europa, actualmente sujetos a políticas neoliberales de reanimación. El despacho de la agencia agrega: "El plan de la troika [se refiere al FMI, la UE y el Banco Central Europeo] se centró en el saneamiento de las finanzas públicas, con un aumento colosal de impuestos y de precios, la reducción de salarios, la eliminación de subsidios de Navidad y vacaciones, y el aumento de la jornada laboral, todo lo cual hizo llegar la desocupación a cifras sin precedentes, hasta alcanzar a 16,9 por ciento de la población económicamente activa, según datos oficiales, pero que los estudios de sindicatos elevan a 24 por ciento de desempleo real." La cifra de emigrados ha crecido sobre todo entre los jóvenes profesionales universitarios ("fuga de cerebros"), lo que ha producido un envejecimiento acelerado de la población. Este balance pudiera ser equiparado al de países del llamado Tercer Mundo, pero en estos el envejecimiento se "compensa" con la alta natalidad, y a veces con una baja expectativa de vida de la población.
La tendencia actual que muestra Portugal, con menos habitantes, es más alta que la de Cuba –los cubanos residentes en el exterior, de todas las épocas, suman en total 1 600 000–, pero estimula la comparación: en primer lugar, porque el éxodo verdaderamente masivo de jóvenes portugueses no es valorado en términos políticos sino económicos, el nuestro, por supuesto, en términos políticos y nunca económicos; en segundo lugar, porque la emigración, unida a la baja natalidad y a las elevadas expectativas de vida que existen en Cuba –índices raros en países pobres–, consecuencia de sus políticas educacional y de sanidad (factores que hacen más apetecibles a los cubanos), contribuyen al envejecimiento poblacional; en tercer lugar, porque para los restantes países empobrecidos (o enriquecidos) no existen leyes que amparen y estimulen la emigración ilegal, como sucede con Cuba, que ahora libera su política migratoria y deja a los promotores del éxodo en la disyuntiva de aceptar o no a todos los pretendientes; en cuarto lugar, porque las causas de la crisis económica en uno y otro país son inversas y de efectos muy diferentes. Los jóvenes portugueses huyen del desamparo en que los deja la política neoliberal que el Capital aplicaría en una Cuba "libre", es decir, en una Cuba reconversa. Huyen del capitalismo. Los jóvenes cubanos que deciden emigrar, dejan atrás seguridades sociales conquistadas a pesar de los efectos de un bloqueo económico que cierra vías de crecimiento, y renuncian en su mayoría al ejercicio de la vocación, a cambio de mejores niveles de vida. Los nuestros viajan a un mundo que desconocen, o que solo conocen desde una crítica a la que no dan pleno crédito, o desde el imaginario de Hollywood o de Globovisión. Los portugueses saben lo que significa el capitalismo desde la periferia de Europa, que ni siquiera es la de América Latina, y bracean como pueden en aguas primermundistas.


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