viernes, 11 de enero de 2013

Yo me juramenté con Chávez

Luz Marina López Espinosa. 
Visión desde Cuba
Yo no sé si algún inciso salga damnificado. No son los códigos la materia de mis reflexiones, menos  tratándose de momentos culminantes en la historia de una nación y de un pueblo. Y máxime, cuando una y otra, al igual que ha sucedido con todas las naciones y todos los pueblos de la Patria Grande, la de Bolívar y de Martí, han sido largamente escarnecidos, mientras  el tirano de turno –civil o militar qué más da-, se las arreglaba para sacar de la manga algún código y con el dedo y la uña bien afilados, señalar lento y enfático algún inciso que le permitía la opresión que ejercía.
¿Quién no recuerda a José Rafael Videla jurando por Dios cumplir y respetar la Constitución argentina que blandía en la mano, justo previo a la carnicería que horrorizó al mundo?
Así que  he  contemplado admirada, más aún, maravillada, la forma luminosa como el poder político al mando de la República Bolivariana de Venezuela, resolvió el impasse que se presentaba este 10 de enero de 2013 cuando el Presidente Comandante constitucional tenía que juramentarse para el nuevo período presidencial, y ni su estado de salud ni su ausencia del país se lo permitían.
“Que sí pero que no”, decían los unos. “Que no, pero que sí” decían los otros. Y así citando textos, invocando  teorías y apelando a filosofías, los enemigos del proceso revolucionario  venezolano que rescató la patria para el pueblo, hablaban del caos, del vacío de poder y claro, de nuevas elecciones. En las cuales esta vez sí, volverían al mando del estado  las “gentes de bien” que llaman en Colombia, y ahí de paso, las multinacionales…. y el Departamento de Estado. Y en medio de una enorme expectativa –e incertidumbre es cierto-, se fue acercando el temido 10 de Enero, ese otro  fatal 21 de diciembre donde ahora sí los mayas acertarían.
No contaban quienes así veían las cosas y tan ilusamente desvariaban, que los catorce años de mando del comandante y presidente, a despecho de lo que ellos afirman, sí había creado una simiente revolucionaria, con formación e ideología, y que ella, con esos atributos sabría hacer lo que la Historia en momento tan trascendental le ordenaba: leer los signos de los tiempos. Y contra toda previsión, el chavismo, que sí existe sin Chávez si eso es lo que quieren, leyó en las paredes de la barriada, en las piedras de los caminos y en las fachadas de los edificios de Caracas, esos signos,  la variable que no falla, único código infalible en momentos definitorios:  la voz del pueblo.
El Presidente no se muere y punto, gritaba una pared, No tiene que estar porque Chávez es omnipresente, decía otra, Que esté o no esté, ¡es mi Presidente carajo!, reclamaba la de más allá. Y sintonizados con esa sabiduría que rebasa constituciones  y politólogos, acatando la voz de esa variable infalible  ¡que lo sigue siendo aunque se equivoque!, el poder ejecutivo, la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia dieron salida iluminada al reto que se les imponía por culpa de un parágrafo que quería contrariar la realidad. Entonces no derogaron esta sino el parágrafo.
Es la lección de un proceso de nuevo tipo donde en medio de indecibles dificultades y peligros, están los recursos de  la alegría y la imaginación, el poder creador de una Constitución interpretada en clave de acatar el deseo de los hijos del suelo que  se la dieron para su felicidad. Porque ya lo dijo el padre Simón: la obligación del gobernante es dar la mayor cantidad de felicidad a su pueblo.

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