domingo, 8 de septiembre de 2013

Salvador en la memoria

Ricardo Alarcón de Quesada
Cuando lo conocí personalmente en la primavera de 1960 ya lo arropaba la leyenda.
En la década anterior, en la Cuba sometida a una feroz tiranía, asombraba a los jóvenes revolucionarios aquel político diferente que allá en el lejano sur había ocupado altos cargos en el gobierno del Frente Popular –cuando muchos de nosotros aún gateábamos– y luego se había presentado como candidato a la presidencia, y aun derrotado, tenía una presencia que nadie podía ignorar en 1952 –precisamente el mismo año que acá el imperialismo había llevado a Batista al golpe de estado que impidió las elecciones e instauró un régimen brutal- y después supo encabezar un amplio movimiento popular que en 1958 estuvo muy cerca de ganar las elecciones generales. En nuestras tertulias clandestinas, muchas veces en la oscuridad, apenas susurrando, Salvador Allende era objeto de sorprendida admiración. ¿Quién era ese hombre? ¿Cómo había logrado adelantar sus ideales socialistas en aquellos tiempos de desaforado macartismo?
Mientras Batista barría de un manotazo el Congreso, los tribunales, los partidos políticos y otras instituciones republicanas y lo hacía con el beneplácito y el apoyo material y político del gobierno de Estados Unidos, era difícil imaginar en Cuba que hubiera un lugar donde los revolucionarios podían organizarse, difundir sus doctrinas y prepararse para llegar al poder pacíficamente. Acá, donde cada día, en cualquier rincón, tropezábamos con cuerpos destrozados por la tortura, cuando aprendimos a balbucear discursos frente a la bofetada y el fustazo, a quienes transitábamos la adolescencia bajo el riesgo y la amenaza, aquel Chile, extraño, distante, nos parecía una quimera, un sueño, como tantos otros, irrealizable. En el fondo del sueño alguien que era para nosotros poco más que un nombre asomaba apenas a través de la prensa fuertemente censurada: Salvador Allende.
Visité el país insólito en 1959 poco después de la liberación de Cuba. De aquel viaje guardo en la memoria una larga conversación con un joven trotskista, quien después de una apasionada explicación de las luchas obreras y la batalla electoral de 1958 me aseguró, con vehemencia, que en la elección de 1964 el pueblo chileno finalmente vencería. Él no sabía entonces y yo ignoré por muchos años (hasta que en Washington se dignaron desclasificar ciertos documentos secretos) que ya el Imperio y su CIA se esforzaban por cerrarle el paso en Chile al candidato del pueblo y financiaban dadivosamente a farsantes alquilables.
Pero no fue sino al siguiente año que encontré a Salvador Allende. Fue en Maracay, estado de Aragua, Venezuela.
Hasta allá fui porque la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) de la Universidad de La Habana, de la que acababa de ser elegido Vicepresidente, había sido invitada. En verdad no se aún por qué se nos había convocado a aquella reunión de la Asociación Interamericana pro Democracia y Libertad, una invención del Departamento de Estado que ya, probablemente, pocos recuerdan.
Lo cierto es que llegué a Caracas y con el auxilio de compañeros del Movimiento 26 de Julio –queridos hermanos de la emigración cubana que ya sufrían la dura represión de la cuarta República– me trasladé hasta Maracay.Allí conocí a Juan Mari Bras y otros patriotas puertorriqueños que también deambulaban por los pasillos del hotel tratando de ser admitidos al cónclave. Fue Juan quien me habló de Allende y de cómo en su isla, colonizada y aislada del resto del Continente, tenía ya la dimensión del mito portador de una nueva esperanza.
Con la ayuda de Allende y de Miguel Ángel Otero Silva, paradigma de intelectual y periodista, logré ser admitido, sólo yo, no los otros dos miembros de la FEU que conmigo estaban. Curiosamente los organizadores de la Conferencia insistían en que la invitada no era la FEU sino la persona que entonces era su Presidente (un olvidable personaje que, años después, surgiría en documentos desclasificados de la CIA como el agente Amlash encargado por la Agencia para asesinar a Fidel Castro).
Allende, sin conocerme, apoyó la admisión en un convite de personalidades con larga trayectoria a quien era todavía un estudiante afanado en la mitad de su carrera. Nunca antes me había visto pero aquella noche en Maracay, al estrechar mi mano por primera vez dijo algo que me persigue desde entonces, que siempre acompaña su recuerdo. “Compañero” fue la palabra.
Quienes se reunían en Maracay bajo la tutela de una experimentada funcionaria del Departamento de Estado formaban lo que entonces denominaban la “izquierda democrática”, un abigarrado conjunto de cansados “progresistas”, reciclados y cooptados de un modo u otro para una estrategia imperial necesitada de mayor sutileza frente a la insurgencia popular que había derrocado a las dictaduras de Pérez Jiménez y Batista.La llegada de Rómulo Betancourt a la presidencia de Venezuela había dado impulso renovado a esa tendencia: Washington identificaba al veterano ex-comunista como la alternativa viable al cambio revolucionario verdadero. Más hacia el Sur, el Imperio se empeñaría en fabricar apresuradamente algo parecido contra Allende.
La aparición de Rómulo, para inaugurar la Conferencia, en el hotel de Maracay provocó que yo quedase sin habitación. Un aparatoso despliegue policíaco ocupó buena parte del hotel y sin grandes ceremonias me conminó a la intemperie. Compartí con mis hermanos boricuas* la larga noche bajo las estrellas del valle de Aragua hasta que apareció nuestro Salvador y nos dio amparo.
No era fácil adelantar la solidaridad con la Revolución Cubana y con la independencia de Puerto Rico en aquella Conferencia. Pero pudimos conseguirlo. Para ello contamos con la gestión sabia y perseverante de Allende.
Lo vimos discutir con otros delegados, en la misma sala y en los pasillos, mucho aprendimos de su lógica imbatible pero serena y mesurada, de la elegante coherencia en su argumentación, de su adhesión sin aspavientos a los principios revolucionarios. Recordaremos siempre con emoción y gratitud su formidable discurso que cerró el debate.
Algunos años después coincidí con él en La Habana, con motivo de la Conferencia Tricontinental y de la que fundó la Organización Latinoamericana de Solidaridad, importantes instrumentos de la lucha anticolonial y antimperialista en aquella década irrepetible.
Lo encontré en New York –él finalmente Presidente de Chile, yo Embajador en la ONU- donde alzó su voz para demandar solidaridad con su Patria sobre la que ya era evidente la conjura imperialista. Lo visité en Santiago en momentos de tensión cuando los traidores aceitaban sus armas y el gobierno popular debía encarar una conspiración que amenazaba desde todas partes. Me invitó a almorzar en la privacidad de su hogar sin otro testigo que una de sus hijas. Posiblemente, en aquellos días angustiosos, no había en todo Chile alguien más sereno que él. Me describió con rigurosa ecuanimidad la muy difícil situación que enfrentaba. Con la misma calma me dijo lo que ambos sabíamos, que lucharía hasta el final y sería fiel a sus principios hasta el último instante.
Lo demás es parte de la historia que todos conocen. Allende nunca fue derrotado. Nadie podía superarlo en el debate parlamentario, ninguno de sus rivales políticos pudo vencerlo con ideas o argumentos, nadie pudo doblegar la firmeza de sus convicciones ni apartarlo de la total entrega a su pueblo, a los más pobres, humildes y olvidados.
Por eso tuvieron que arrojarle las bombas y la metralla que destruyeron La Moneda y debieron desatar el genocidio y convertir en horrible pesadilla lo que para muchos había sido un hermoso sueño.
Ahora celebramos su Centenario en una América Latina que renace, se sacude el pesado fardo de la explotación y el vasallaje que sufrió durante siglos y avanza por anchas alamedas de libertad y solidaridad. Vivimos una época nueva en la que él también vuelve a nacer porque no hubiéramos llegado hasta aquí sin el sacrificio de muchos como él, sin su ejemplo de abnegación y altruismo.
No hace mucho regresé a Maracay. Las estrellas sonreían dueñas de la noche. Entonces lo llamé para decirle: Gracias Salvador. Gracias hermano, compañero, siempre.
* (puertorriqueño)

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