martes, 8 de diciembre de 2009

¿Dos izquierdas? Socialismo o capitalismo (II).

Fragmento del capítulo VII de mi libro Venezuela rebelde (2006).

Enrique Ubieta Gómez
Derecha o izquierda, capitalismo o socialismo.
Pero, ¿qué ha sucedido en Venezuela en estos últimos siete años? Cierto que los cambios estructurales son todavía mínimos, pero la Revolución bolivariana ha generado un creciente y cada vez más radical movimiento de masas, que interacciona con el Presidente. La revolución es aún mucho más política que económica, y la recuperación por el Estado de Petróleos de Venezuela, S. A. (PDVSA) –propiciada por la misma oposición que organizó un paro petrolero de intenciones golpistas–, es posiblemente la medida más trascendente en la esfera económica. Pero los tradicionales dueños de la economía se preguntan cómo el gobierno se atreve a legislar y a proceder en defensa de intereses que –aunque no constituyen un peligro inmediato–, no son los suyos. La acusan –siguiendo una lógica "democrática" impecable–, de traición. ¿Es posible una revolución super-estructural? La peculiaridad de Venezuela es que sus dos principales recursos –el petróleo y la minería– pertenecen al Estado. Según el escritor y sociólogo venezolano Luis Britto, esas industrias producen aproximadamente el 85 % de las exportaciones del país. En una entrevista personal Britto me comentó: "Nosotros tenemos aquí un socialismo de producción y un capitalismo de distribución". Y, al comentarle lo dicho por aquel, el ministro Rafael Ramírez me acotó: “Es por eso que Venezuela no es un país de librito, de teoría. Es un país extraño”.
Pero el pueblo venezolano ya no es el mismo: ninguno de los graduados de las misiones educativas, de los miembros de los círculos de abuelos, de salud, de tierras, de agua, de los pacientes salvados o curados en Barrio Adentro, de los que reformularon sus sueños, sus proyectos de vida, es ahora un ente pasivo. El pueblo ha cambiado, ha tomado conciencia de sí, aunque todavía prevalezcan en su seno estrategias de sobrevivencia, que generan a su vez posturas anarquistas y populistas. La oposición lo sabe. Por eso trata de perpetuar en la prensa, en la televisión, los valores capitalistas, en especial el deseo de enriquecimiento, el individualismo feroz, la desconfianza. Pero sobre todo, sabe que para descalificar la alternativa bolivariana, debe presentar un proyecto opositor que reivindique los intereses del pueblo.
Emeterio Gómez, lúcido e ingenuo calvinista, lo explica así:
“No podemos enfrentar el neocomunismo carismático con el mismo esquema ideológico o la misma propuesta de país que teníamos en 1998, antes que llegara la barbarie. Tenemos que aferrarnos a dicha propuesta, pero ante el enfoque ético de Chávez –profundamente absurdo, pero al mismo tiempo profundamente ético [sic]– no podemos seguir centrados exclusivamente en nuestras valiosas ideas tradicionales”.
Así que un grupo de 40 empresarios se reúne y diseña su estrategia: capitalismo al duro, sí señor, con ALCA y todo, pero “incrustándole en el alma un chip adicional que en sus 400 años de existencia no ha podido desarrollar: la ética, la identificación espiritual con los seres humanos y, muy especialmente, con los pobres”. Como esta propuesta es irrealizable a nivel de los hechos, será obviamente realizada a nivel de discurso. De eso en definitiva se trata, de ganarle las elecciones a Chávez. El autor remata así su exposición: “Al salir del taller, un participante muy querido y margariteño como yo, me dijo asombrado: 'pero lo que tu propones es lo mismo que Chávez, identificarnos espiritualmente con los pobres'. Y su asombro se incrementó cuando abrazándolo afectuosamente le dijimos: ¡Bingo!”. Imagino su confusión y su alarma. Pero alguien seguramente le explicó que no había por qué. Teodoro Petkoff, que no es bobo (esto es una presunción mía), conoce claramente quiénes y por qué algunos sectores promueven su candidatura. Plinio Apuleyo lo admira: “es una persona muy lúcida y muy clara. Para mí es el símbolo de una izquierda democrática y nueva”, afirma. El archirreaccionario “académico” Fernando Mires lo cita como autoridad intelectual. Ante la pregunta de si aceptaría la postulación –todavía debatiéndose entre la emoción que causan los elogios y la intuición del posible ridículo–, Petkoff reconoce: “En todo caso la idea proviene de algunos sectores no propiamente de izquierda. Eventualmente eso me caracterizaría a mí que, siendo de izquierda, lo soy en su versión democrática moderna, y no en su versión anacrónica”. Hace muchos años que Teodoro Petkoff no es un hombre de izquierda. Su conversión íntima se remonta, según parece, a la década del sesenta. Es significativo el hecho de que los intelectuales de la llamada izquierda democrática sean elogiados por la derecha, y que esta se empeñe en establecer el canon latinoamericano del intelectual y del político de izquierda.
No sé a qué amigo margariteño se refería el filósofo Gómez, pero el gobernador opositor de Nueva Esparta, Morel Rodríguez (viejo protagonista de la política bipartidista adeco-copeyana), aún cuando nunca había recibido a los médicos cubanos –el primer encuentro con la coordinadora de la misión en el Estado ocurrió pocos minutos antes de mi entrevista–, y se había desentendido de sus necesidades una y otra vez, me explicó en noviembre de 2005 las ventajas sociales de Barrio Adentro como cualquier chavista. Para él, este programa “es de gran significación para los venezolanos, ya que mucha gente humilde de nuestra tierra no tenía la prestación del servicio médico en los barrios y en los caseríos del país, y esto ha venido a aliviar ciertas angustias, ciertas necesidades de la gente en Venezuela”. Más emprendedor y mejor financiado por los intereses “democráticos” internacionales, Manuel Rosales, gobernador de Zulia, realiza acciones paralelas de corte social a imagen y semejanza de las misiones de Chávez. Dicen, con ironía, que es su “mejor discípulo”. En lugar de Barrio Adentro, al que no apoya, Rosales tiene un Barrio a Barrio. Ahora que la "izquierda democrática" acusa a Chávez de populista, convendría recordar que el verdadero populismo no es el que cumple con las expectativas del pueblo, sino el que juega a los fuegos artificiales, brillantes y efímeros. Al refuncionalizar el elemento populista, no revolucionario, presente como una rémora en el proceso bolivariano, la oposición asume el populismo como arma contrarrevolucionaria. Barrio a Barrio sigue esa lógica: grandes operativos en los que se regalan medicinas y alimentos. Pero en la noche, al día siguiente, la población tiene que acudir, si se enferma, a los médicos cubanos de Barrio Adentro. Los operativos populistas de Rosales se incrementan en época de elecciones, y decaen en el período intermedio. En realidad, los consejos de Emeterio Gómez no implican la elección de un candidato opositor disfrazado de izquierdista, al estilo Petkoff. Los líderes de Primero Justicia admiten que Chávez debe ser imitado en la proyección de su imagen popular (no en sus acciones), y proponen repartir la riqueza del país entre todos los venezolanos, ¿cómo?, privatizando cada empresa, cada hectárea de tierra. En el mismo sentido demagógico se pronuncia Michael Rowan, un autor al parecer de lengua inglesa, cuyos artículos sistemáticamente traduce y publica El Universal de Caracas:
“Para erradicar la pobreza, la inversión se puede distribuir de forma que el 10 % más pobre de la población reciba mil dólares anuales per cápita; el siguiente segmento de 10 % más pobre recibiría 900 dólares per cápita; y así sucesivamente, hasta que el 10 % en la cima reciba 100 dólares per cápita. Esta distribución compensaría el hecho de que el 10 % más rico recibe actualmente la mitad de los ingresos nacionales, mientras que el 10 % más pobre recibe menos de 2 %. [...] Lo que los pobres necesitan es dinero. Hay que confiar en que sepan cómo invertirlo”.
Dinero y no servicios, dinero y no salud, dinero y no educación; dinero, pero no participación. Los pobres deben seguir soñando con ser ricos. El populismo de derecha cree que todo se resuelve con dinero e imagen; y concibe al candidato político como una mercancía. La prensa lo envuelve en celofán.
En su artículo “Chile, las dos derechas”, otra joyita de ingenua franqueza, Emeterio Gómez apuesta a favor de una derecha moderna, cuyo rasgo definidor –además de la obvia defensa a ultranza del capitalismo y del neoliberalismo–, sea
“la comprensión, y sobre todo, la difusión de las profundas limitaciones que afectan al ser humano –y a la estructura social– en cuanto atañe a la posibilidad de introducir cambios radicales en la desigualdad social. [...] La Derecha Moderna [...] es la comprensión de la necesidad de avanzar hacia la igualdad ¡respetando las también profundas restricciones que la naturaleza o la sociedad –desniveles de inteligencia o de herencias legítimas– imponen sobre los hombres y sobre sus aspiraciones humanitarias!”
Esta tendencia –que por cierto vislumbra en el chileno Sebastián Piñera, el contendiente de la Bachelet–, dice, asume “un enfoque capaz de oponerse a la visión utópica o ilusa que define a la izquierda. ¡Incluida la de Teodoro Petkoff!”. Ya ven, palos por aquí, palos por allá. Nadie lo entiende. En realidad, como diría mi amigo venezolano, la derecha moderna de Piñera no es muy diferente de la izquierda de Petkoff, pero sí más sincera.
Carentes también de una alternativa viable y popular para Cuba, los nuevos ideólogos de la derecha cubana enfrentan además el conflicto identitario de haber nacido (y crecido, a veces) en un país que es referente de la izquierda mundial. En sus textos, los conceptos de izquierda y derecha se entrecruzan y enredan hasta límites esquizofrénicos. Alejandro Armengol clama por “una izquierda anticastrista” y Emilio Ichikawa lo secunda en un artículo que titula “La izquierda antiizquierdista”. Ichikawa se debate en una propuesta ambigua: acusar “desde la izquierda” a la Revolución cubana de introducir elementos de capitalismo, y a la vez, acusarla “desde la derecha” por no introducirlos plenamente.
“Una crítica a la prédica discursiva del castrismo debe ser necesariamente “conservadora” y echar mano de lo mejor del pensamiento liberal clásico [escribe, pero advierte que] una derecha no puede negarse totalmente a todas las prácticas del castrismo pues, de alguna manera, este garantiza condiciones favorables de inversión de capital”.
El discurso de la derecha latinoamericana coincide en otro tema de aspecto académico: la izquierda “mala” es –en oposición a la izquierda “buena”–, antimoderna. Aunque no se dice explícitamente, se maneja la comprensión marxista de que la Modernidad es un eufemismo histórico del advenimiento y desarrollo de la sociedad capitalista. No se dice, claro, porque es preferible el atractivo encanto del término. Pero nunca antes el eufemismo había sido empleado con mayor conciencia de su condición. En tal sentido, algunos autores han intentado recomponer el hilo histórico del pensamiento cubano moderno, capitalista –autonomista en sus mejores momentos, y anexionista–, desde Arango y Parreño, Montoro, Varona y Mañach, hasta Montaner (perdóneseme el salto cualitativo), y deslindarlo de la hebra madre: el pensamiento cubano revolucionario –independentista e internacionalista–, antimoderno, de Varela, Luz y Caballero, Martí, Mella, el Che y Fidel. Utopía (también en su sentido marxista descalificador) versus realismo práctico; lo útil versus lo moral. Michael Rowan explica la actual confrontación izquierda-derecha, en esos términos:
“La rebelión contra los tiempos modernos en Cuba, Venezuela y Bolivia –Perú y Ecuador, probablemente se sumarán pronto– no tiene que ver con el capitalismo o el socialismo. [...] La rebelión comenzó hace dos siglos en Haití con la erradicación del dominio y la cultura franceses. Fidel Castro la mantuvo viva en Cuba, que se separó de los tiempos modernos en 1959. Hugo Chávez deshizo las instituciones modernas en Venezuela usando la riqueza petrolera del país, y ahora está exportando agresivamente la idea de que los tiempos modernos, para Latinoamérica, son malignos por representar la riqueza, el poder y la supremacía del blanco”.
O dicho de otro modo: “Los pobres de los Andes –la mitad de su población– se están rebelando contra la modernidad misma: conocimiento, ciencia, tecnología, finanzas, leyes, desarrollo y democracia. Irónicamente, están usando la democracia para hacer eso”. La explicación es abiertamente racista e imperialista: Rowen se permite hablar con desprecio de la revolución haitiana –una de las más radicalmente modernas de la historia contemporánea–, porque erradicó “el dominio y la cultura franceses”; y asocia deliberadamente la modernidad a “la riqueza, el poder y la supremacía de los blancos”. Desde esa perspectiva, la modernidad del “conocimiento”, la “ciencia”, la “tecnología”, las “finanzas”, las “leyes”, el “desarrollo” y la “democracia”, que defiende Rowan, adquiere un carácter colonialista. La Modernidad es el Colonialismo. Por eso afirma:
“Los fracasos de Haití, Cuba, Venezuela y Bolivia son fracasos en términos modernos. Pero en términos de la rebelión contra el sometimiento histórico, el imperialismo y el colonialismo –que son equiparados con los tiempos modernos–, estos fracasos se consideran grandes logros. El futuro de Latinoamérica luce lúgubremente como el presente de África –y es la mayor amenaza actual a la estabilidad mundial”.
Fiel a su desprecio y su prepotencia imperiales, es su amenaza: seremos como África. Rowan escribe en otro de sus artículos:
“Chávez aborrece todo lo que el mundo moderno piensa, dice y hace. Su campaña presidencial de 2006 es contra “el imperialista, genocida, fascista y demente de George W. Bush” [las comillas del articulista en este caso son irónicas, en realidad el autor está convencido de que lo que Bush hace es lo que “todo el mundo moderno piensa, dice y hace”]. Chávez quiere provocar una guerra entre estos mundos [el moderno y el antimoderno]. Armará a un millón de venezolanos con rifles rusos 'para defender la patria'” [...][que sean rusos los rifles es una apelación a la memoria histórica de los lectores que asociarán ese origen a los tiempos de la guerra fría]
Rowan establece los inicios de la rebelión izquierdista latinoamericana en 1804. Y tiene razón. La primera sacudida que recibió la Modernidad –según la entiende Rowan–, fueron nuestras guerras de independencia. Una Modernidad que había establecido “el predominio de los blancos” como fuente de jurisprudencia. Cuenta la leyenda que la Virgen de Coromoto, Patrona de Venezuela, se le apareció a un Cacique vidente en 1652 y le dijo en un castellano indigenizado, porque la narración “pertenece” obviamente al Cacique: “Vayan casa de los blancos y pídanle que les echen agua en la cabeza para poder ir al cielo”. Es decir, sométanse a ellos, y renuncien a sus creencias, a su cultura. ¿Se equivocan Chávez y Fidel cuando hablan de que sus revoluciones son bolivariana y martiana, respectivamente? Fernando Mires, por su parte, considera que América Latina es “un tercer Occidente”; no lo dice en el sentido en que Fernández Retamar rescata el término –no como conciencia y defensa de su otredad histórica, como constructora de una nueva occidentalidad, fundada en la justicia ecuménica–, sino en el de la simple reproducción de valores. Por ello reclama que la guerra de civilizaciones que los “tanques pensantes” del imperio nos venden como novedad, sea asumida por los latinoamericanos… ¿a favor de quién? “Un presidente occidental comete por lo tanto una traición [y obviamente se refiere a Chávez y a Fidel], si visita a un jefe de Estado del Islam que está por declarar una guerra a todo Occidente. Occidente es nuestra familia, aunque algunos de sus miembros no nos gusten”.
Los médicos cubanos trabajan en más de sesenta países de diferentes culturas: africanas de cualquier origen, mayas, aymaras, guaraníes, waraos, wayuu o yekuanas; católicos, evangélicos, musulmanes, practicantes del vudú. Ellos rompen todas las barreras culturales y entran con inusual facilidad a los hogares más humildes y diversos. ¿Por qué son aceptados? Nuestra hipótesis es esta: la ausencia absoluta de un sentimiento de clase. Insisto en la necesidad, en el deber que tenemos los investigadores revolucionarios de las llamadas ciencias sociales de abordar sin prejuicios lo que probablemente sea –junto al propio proceso bolivariano en Venezuela–, el experimento revolucionario más audaz y de mayor alcance social de la última década en el mundo: los programas de ayuda médica internacionalista desarrollados por Cuba y secundados por Venezuela. Llámese Programa Integral de Salud surgido a raíz del huracán Mitch en Centroamérica y Haití, y aplicado después en otros muchos países latinoamericanos y africanos; llámese Barrio Adentro, modélico e innovador esquema de salud popular en Venezuela; llámese Misión Milagro, una propuesta para el rescate de la visión de seis millones de personas en los próximos diez años; o llámese Escuela Latinoamericana de Medicina en su primera versión o en su actual diseño comunitario. El internacionalismo médico practicado por Cuba, especialmente en sus formas actuales y futuras, ha sido el triunfo del humanismo revolucionario en una época aparentemente destinada al egoísmo del mercado, el abrazo y la comunicación de pueblos sin intermediarios, la siembra de ideas, de principios, a partir de acciones concretas, y la recuperación de los propios protagonistas, su rescate como seres humanos, como revolucionarios.
Sí, para algunos el democrático derrumbe de la democracia neoliberal, es una catástrofe que debe ser evitada a toda costa. Y el buen Emeterio Gómez se preocupa por los diversos flancos del inminente combate. No habla en términos de guerra asimétrica, porque la suya trae la fuerza todopoderosa del capital, pero ya que Mires habla de los valores de Occidente y de guerra de civilizaciones, no siente reparos en reubicar en el debate la confrontación sarmentina de Civilización y Barbarie:
“El 2006 será crucial para el futuro de América Latina. En tres instancias. Una: la confrontación entre civilización y barbarie. La Centroizquierda y la Centroderecha, juntas, versus Evo Morales, Maradona y Chávez, empeñados en un proyecto comunista atávico e infantil. Dos: el choque entre la Centroizquierda y la Centroderecha, que ojalá termine en un acuerdo estratégico que torne viable al Subcontinente. Y tres: la confrontación que hoy destacamos, la que se está produciendo ya entre, una derecha tradicional, conservadora y dogmática [...] y por el otro, la ya mencionada Derecha Moderna”.
Los tres escenarios bélicos deben conducir a la victoria de la Civilización, que se expresaría en “un acuerdo estratégico entre la Centroizquierda y la Centroderecha”, o lo que es lo mismo, en la componenda izquierdo-derechista del stablishment. Victoria de la Derecha, del Capitalismo. José Martí había denunciado en 1884:
“El pretexto de que unos ambiciosos que saben latín tienen derecho natural de robar su tierra a unos africanos que hablan árabe; el pretexto de que la civilización, que es el nombre vulgar con que corre el estado actual del hombre europeo, tiene derecho natural de apoderarse de la tierra ajena perteneciente a la barbarie, que es el nombre que los que desean la tierra ajena dan al estado actual de todo hombre que no es de Europa o de la América europea”.
¿Civilización contra barbarie?
Nosotros luchamos por la victoria de la Humanidad, que incluye a los desheredados y a los marginados de la Modernidad capitalista. Emir Sader, intelectual y combatiente brasileño, escribió:
“Quien es de izquierda se asume como de izquierda, se inscribe en una larga tradición de luchas por la igualdad, por la justicia, por el reconocimiento de la diferencia, por el combate permanente por una sociedad más justa y más humana y se enorgullece de eso. [...] Izquierda y derecha existen, ahora más que nunca, en un mundo polarizado entre riqueza y miseria, entre belicistas y pacifistas, entre consumistas y humanistas. Escojan su lado y luchen por él, sin esconder sus valores”.
Hay tareas pendientes desde el siglo xix, que debemos solucionar al modo del xxi. Pero no hay dos izquierdas, solo pueblos empeñados en encontrar los caminos de su liberación y en construir la democracia auténtica: el socialismo. Venezuela es hoy la mayor esperanza.

Postdata.
El Universal esperó hasta abril de 2006 para revelar la identidad y el oficio de Michael Rowan: estratega político norteamericano, consultor de las campañas electorales de Clinton y de Carter –a quien acusa por refrendar la democracia bolivariana--, interventor desde 1970 en 14 naciones, y desde 1993 en Venezuela, ex presidente de una Asociación Internacional de Consultores Políticos. Este neocon –no importa si demócrata o republicano-- es autor de un libro francamente ingerencista, Cómo salir de Chávez y de la pobreza, y en la presente campaña, ¡¡¡asesor de estrategia de Manuel Rosales!!!

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