sábado, 13 de junio de 2009

El futuro y el pasado de Cuba. Algunas conjeturas.


Enrique Ubieta Gómez

La existencia y superposición de “tiempos paralelos” en la vida cotidiana de la sociedad moderna (capitalista), es uno de los temas centrales de la narrativa carpenteriana. Ningún otro sistema socio económico integró y supeditó de forma tan efectiva los “tiempos” de la historia humana. En el llamado “Nuevo Mundo” el capitalismo refuncionalizó a su favor la comunidad primitiva, el esclavismo y el feudalismo. En la Europa que guillotinó reyes y destronó emperadores (para luego restituirlos), la mesa es hoy compartida, amistosamente, por nobles, industriales, curas y especuladores financieros, pero a ella no se sientan los explotados. De manera que hablar de una Modernidad por alcanzar es un espejismo que reduce el significado real del concepto: los avances tecnológicos son modernos, pero los indígenas que usan pulóveres con imágenes de la parisina Torre Eiffel y beben Coca Cola también. Es esa dependencia genética que genera el capitalismo entre el “pasado” y el “futuro”, y su incapacidad de superar al primero, lo que produce la sensación posmoderna de ausencia de movimiento, de fin de la historia. No por gusto Marx llegó a decir que el capitalismo era la culminación de la prehistoria humana.
Foto tomada por el autor en Guatemala

Pero el capitalismo no solo ha asimilado los sistemas precedentes, sino que, de alguna manera, ha sobrevivido en los intersticios del que intenta sucederlo. La discusión en torno a Cuba, a su futuro, está saturada de pasado; no es casual que la batalla se libre de forma preferente en los predios de lo histórico: desde la presentación de una Habana turística que remeda los años cincuenta, con edificios deteriorados y almendrones relucientes, salones de fiesta en hoteles construidos por una mafia expulsada, y tríos y cuartetos de músicos ancianos, probablemente excelentes, hasta la obsesiva reescritura de los hechos históricos. El Nuevo Herald se complace en publicar artículos de estudiosos otrora serios, como Rafael Rojas, dedicados a rescatar del oprobio a la dictadura de Batista y a reivindicar cualquier tendencia histórica que se aleje del espíritu revolucionario (sea en la colonia o en la neocolonia), así como largos reportajes nostálgicos sobre la tienda El Encanto –paradigma de la burguesía cubana, destruido como se sabe en un atentado terrorista--, o sobre la “alta” sociedad habanera.
El pasado quiere presentarse nuevamente como futuro, y tiene que relegitimarse. Asido al concepto de marketing, se presenta en un fino envoltorio de espejitos que refractan la luz y la hacen parecer propia, y esconde todo vínculo con las sombras. De modo que la prostitución, la corrupción, la doble moral, el oportunismo, la burocracia, etc., aparecen como atributos del socialismo, y no como lo que son: hijos legítimos del capitalismo, metamorfoseados en nuevas condiciones. Los vendedores a domicilio llegan y señalan como fracasos del nuevo sistema, cada uno de los males que perduran de aquel pasado o que renacen después de años de relativa ausencia. En cierto sentido lo son, si obviamos que el resto de la humanidad los padece y produce en magnitudes apenas intuidas por las nuevas generaciones de cubanos. El problema surge cuando sin presumibles sonrojos, señalan como solución el regreso a un pasado que es el verdadero gestor de esos males. A cambio, como en los tiempos de la Conquista, vuelven a ofrecernos los mismos espejitos y las mismas baratijas.
En un reciente artículo, Armando de Armas intenta sugerir que el “hombre nuevo” light que produce el socialismo es más dócil y más dúctil para ser triturado por el capitalismo, que el que éste produce. No habla del joven cubano que vive en Cuba, sino del que crece en Cuba y después emigra. Y tiene parte de razón. Es, en primer lugar, más ingenuo; del capitalismo solo conoce lo que dicen los libros y los padres (dos instancias de poder que el joven, en toda sociedad, mira con desconfianza); lo que muestran las películas del sábado; los turistas que, como en cualquier otro país, gastan en una semana lo que han ahorrado en un año; y lo que cuentan o exhiben los socios y familiares que se fueron, dispuestos a morir antes de confesar cualquier fracaso. Es mano de obra barata y calificada, con buenos índices de salud. Pero es, sobre todo, un ser humano altamente pragmático, alguien que al despolitizar la moral, la ha individualizado al máximo. Y que ha decidido ceder a los otros su derecho a pensar el mundo, su mundo, para poder dedicarse a complacer sus instintos. Es una ruptura que no tiene que hacer el emigrante dominicano, el mexicano, el centro o sudamericano, pero que el cubano suele hacer, porque su moral revolucionaria, a diferencia de la del resto de los latinoamericanos, tiene una Revolución, un país, un espacio de realización. Y es este punto el que quiere destacar De Armas, como si se tratara de una deficiencia congénita del socialismo, sin darse apenas cuenta de que es lo contrario: solo el socialismo promueve el pensamiento propio, la lectura por encima de la fe. Cuando uno de sus hombres o mujeres lo abandona –esté dentro o fuera de sus fronteras geográficas--, está de hecho renunciando a pensar con cabeza propia, está aceptando la dictadura de los medios, para ocuparse de su propio cuerpo. El joven que se “rebela” contra una Revolución puede tener el pelo largo, vestir pitusas (de marca) y usar gafas de intelectual de café, como los muchachos de los sesenta, pero a diferencia de aquellos su rebeldía consistirá en ovillarse, en burlarse de los navegantes – Quijotes que buscan nuevos horizontes, en repudiar… la rebeldía.
No creo, sin embargo, que sea un hombre o una mujer carente de voz. Pero como escribí en una ocasión, la propuesta contrarrevolucionaria de futuro es el pasado, un pasado aún más agobiante que el que tuvimos: un pasado que ha regresado del futuro, es decir, un pasado sin futuro, donde la moral tiene el largo y el ancho del cuerpo humano.

VER: La inquietante modernidad de Los dioses rotos y El pasado como futuro

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