miércoles, 10 de junio de 2009

La rebelión de América Latina y los dilemas de Obama

Enrique Ubieta Gómez
Este domingo conversaba en mi casa con algunos amigos sobre los últimos acontecimientos ocurridos en la OEA, y calculábamos los diferentes escenarios que se avecinaban en las siempre tensas relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Para mi generación el bloqueo ha sido el estatus de “normalidad” en el que crecimos. La política de Obama de dar pequeños, insignificantes pasos, haciéndose acompañar de un despliegue mediático que lo haga pasar por “el bueno” de la película, mientras exige imposibles reformas que hagan pasar al Gobierno revolucionario como “el malo”, llegó definitivamente tarde. Es decir, una sonrisa de buenas intenciones, en un contexto de franca rebelión continental, es insuficiente. Tanto, que después de la tímida promesa de iniciar una nueva era para América Latina, expuesta –sin muchas alternativas--, en Puerto España, durante la Cumbre de las Américas, Obama no recibió a cambio otra cosa que la impaciencia de sus vecinos del Sur: “okey, adelante, si lo va a hacer, hágalo ya”.
La Cumbre de la OEA, a la que no asistió, volvió a situar el tema de Cuba como punto central. Y el fracaso de la Clinton fue estrepitoso, aún cuando se escuchen declaraciones de consenso, incluso de falsa victoria, y nadie quiera humillar más de lo necesario al imperio. En este punto mis amigos y yo coincidimos: para que el imperialismo “funcione” requiere del respeto de los “países súbditos”, y de una relación con los vecinos fundada en el imaginario de la superioridad. Esto significa que puede comportarse como un patrón “bueno”, paternal, cariñoso, como ocurre en las telenovelas brasileñas entre patrones y criados. Pero el criado sabe que el patrón es el patrón. Si alguien puede perdonar es el patrón. Perdonar es un acto de poder. Pero resulta que los “súbditos” tomaron la decisión soberana de levantar (no ya de perdonar, sino de declarar como injustas) unas sanciones que el patrón había impuesto a la Revolución cubana, con el consentimiento forzado del patrón, y nadie se mostró agradecido hacia él, sino que los propios “súbditos” se felicitaron mutuamente, y de colofón pronunciaron encendidos discursos antimperialistas. Era lógico que el establishment se estremeciera. Que un periódico supuestamente liberal como The New York Times, se mostrara “desconcertado” y “decepcionado” y le exigiera más firmeza a Obama, es una señal inconfundible.
El presidente es un hombre inteligente, por eso sabe que el bloqueo a Cuba es obsoleto y contraproducente; pero dije que es un hombre inteligente, y sabe también que él es presidente no por ser un hombre inteligente, o que lo es con independencia de sus funciones presidenciales (ya vimos que Bush no lo era e igual fue presidente; claro, era blanco, protestante, rico y anglosajón): su papel es sonreír, engatusar, enamorar si se quiere, para que el imperialismo siga siendo imperialismo, y nosotros los pueblos del sur, sigamos siendo los súbditos. Los gobiernos latinoamericanos han reclamado su independencia precisamente cuando se suponía que la época para tales reclamos había quedado atrás, cuando éramos ya postmodernos, cosmopolitas, transnacionales. Por eso insistí en un artículo anterior, que en San Pedro Sula no se discutía sobre Cuba, sino sobre las relaciones hemisféricas; y que la resolución era solo en apariencia anodina, porque en realidad, a punto de cumplirse el Bicentenario de la primera, era una segunda declaración de independencia. Pero volvamos a Cuba: nuestra Revolución es el escudo protector de América Latina. Es el cimarrón que ha resistido durante cincuenta años las cacerías de su antiguo amo, incluso con la vergonzosa colaboración de los otros esclavos. América Latina necesita traerlo de vuelta, no al barracón, no al corte de caña; América Latina necesita, para ser libre, que se reconozca su libertad ganada.
¿Podrá el imperialismo aceptar –de eso se trata ahora: no de conceder, sino de aceptar; no de perdonar, sino de reconocer--, la independencia definitiva de Cuba? De actos concretos, para los que el imperialismo no parece dispuesto, se trata. El poder tras el poder empieza a moverse, y no parece que en la dirección deseada: la acusación de espionaje contra un matrimonio de ancianos, recoloca a Cuba como país enemigo. El Nuevo Herald lo dice claro en su titular de hoy: “Caso de espías podría frenar esfuerzos de diálogo con Cuba”, y añade en un epígrafe, para ampliar el temor con agua, como se amplía la leche si escasea: “Muy difícil detectar a espías de Cuba, según expertos”. Coincidentemente, el sistema le hace una sutil advertencia al presidente: según sondeos, por primera vez Obama cuenta con menos del sesenta por ciento de respaldo popular. Uno de mis amigos, experto en estos temas, asegura que Obama no tendrá un segundo mandato. ¿Qué hará? Es difícil defender al imperialismo si el imperialismo no se deja. Entre la crisis económica, desbordada e incontrolable, las guerras heredadas, perdidas ya de antemano, y una América Latina que presiona por sus derechos, Obama no puede darse el lujo de equivocar el rumbo (equivocar, digo, con respecto a quienes él representa). El fantasma de Kennedy lo acecha.

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