miércoles, 28 de noviembre de 2012

Flash back: El recuento de ciertos días (conversación con el joven cineasta Alejandro Ramírez)

Mónica Rivero
Tomado de La Calle del Medio 55
Nos conocemos hace ya algún tiempo. Somos muy cercanos, somos pareja. Probablemente esto malogre la objetividad periodística, la tan llevada y traída, la tantas veces desmentida y rechazada, u obstinadamente defendida a ultranza. Muy posiblemente el roce que tenemos descarte la recomendada (por algunos) distancia entrevistador-entrevistado. Yo no puedo evitar preguntarme si se trata de una pérdida o una ganancia.
“Graduado de la Facultad de los Medios de Comunicación Audiovisual del Instituto Superior de Arte (FAMCA). Como fotógrafo ha colaborado con múltiples revistas y documentado varios procesos sociales, ecológicos y antropológicos. Tiene en su haber 6 exposiciones personales y 2 colectivas. Ha participado en materiales audiovisuales como sonidista, camarógrafo, asistente de dirección. Ha dirigido materiales institucionales y en su biofilmografia personal cuenta con: Rostros de III siglos,deMOLER, Montaña de Luz, Monteros, Hombres sobre cubierta, entre otros”. Ese es Alejandro Ramírez Anderson según algunas páginas en Internet.
Pero estos resúmenes tienden a ser limitados. Para conocer a la persona, hay que atender a otros aspectos. Se me hace pretencioso aspirar a una descripción por lo menos suficiente. Lo miro y pienso en ello, en cómo hacerlo con mis letras un poco, cómo revelar algo de su carácter, algo que lo defina. Me rindo ante la empresa y me dejo llevar por una representacióninicial de su apariencia: frente a mí, un muchacho de espejuelos y pelo largo, de dicción peculiar: ni guatemalteca ni cubana, ni precisamente algo en el medio. El resto lo hará él, recontando además su historia. Evocando la época en que, por ser hijo de un comandante guerrillero, cada tanto debía cambiar hasta el nombre de su perro, el tiempo en que vivía con otros niños con los que no lo unían lazos consanguíneos, pero sí de destino, los días tristes de pérdida y el saldo positivo a pesar de los pesares.
Alejandro realiza documentales porque le gusta la realidad que yace detrás de lo que se percibe de manera inmediata, a primera vista. Hay algo que fluye por debajo de la superficie, que está más allá (a veces sólo un poco más allá); y aprehender eso es su pasión. Disfruta acceder a fibras, mundos, sensibilidades, ideas, sentimientos que escapan a una mirada demasiado rápida. Haciendo documentales siente que está en un puente hacia esa dimensión, o hacia la posibilidad de mirar lo mismo, lo que tal vez se ha mirado siempre, de un modo distinto.

¿Por qué te haces cineasta? ¿Cómo llegas al audiovisual?
En realidad fue algo fortuito. Nunca pensé que estudiaría algo o que tendría una profesión, porque vine a Cuba signado por un destino muy definido. En todo caso, me prepararía en algo que estuviera en función de lo que entonces necesitara la guerrilla guatemalteca.
Confieso que al llegar a la Facultad de Medios Audiovisuales del ISA, no tenía una idea precisa de lo que me esperaba. Me aventuré estimulado por Manuel Meriguet, un amigo documentalista ecuatoriano. Y cuando empecé y me di cuenta de que aquellos eran medios de expresión de lo que me interesaba contar, que tenía a disposición un lenguaje para acercar a otros a las personas y las historias que a mí me impresionaban, supe que estaba en el camino correcto, que esa era la profesión que yo ejercería.

Mencionaste la guerrilla guatemalteca, ¿cuál es tu vínculo con el movimiento revolucionario de ese país?
Bueno, tengo que hacer un poco de historia: yo nací en México DF, en la colonia Guerrero. Mi madre es mexicana, mi padre era guatemalteco. En ese momento ambos estaban clandestinos en México. Mi papá estuvo vinculado al movimiento revolucionario guatemalteco desde muy joven, y cuando conoce a mi mamá,está conformando una organización guerrillera desde México, lo que sería el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP). Mi mamá se hace entonces militante de la organización, que oficialmente comienza a existir el 19 de enero de 1972. Menos de un mes después nacía mi hermano, y al año siguiente yo.

¿Cómo era la vida de ellos, qué implicaciones tenía militar en el EGP?
Ser miembros de la organización implicaba llevar una vida clandestina y guerrillera. Mi padre había sido el fundador del EGP, y después fue su Comandante en Jefe. Tenía una vida muy inestable: lo mismo estaba viajando por Asia, África, América Latina…, que estaba en la montaña, o clandestino en México o Guatemala. La vida de mi madre también era inestable, pero tenía tareas más precisas y estaba más fija en un lugar.
Ricardo Ramírez de León, Comandante Rolando Morán (29 de diciembre de 1929–11 de septiembre de 1998). Foto: Ricardo Ramírez Arriola.

¿Cuándo tienes conocimiento de lo que hacen tus padres?
Cuando éramos niños hubo momentos en que no vivíamos con ellos, por el riesgo que eso representaba. Nos cuidaban otros compañeros, junto a otros niños. Era la época de la ofensiva contra las unidades de las organizaciones guerrilleras en la ciudad; desmantelaban las casas de los revolucionariosy mataban a quienes estuvieran. Era los fines de semana cuando veíamos a nuestros padres, los verdaderos. Cambiábamos de casa con frecuencia, y nos advertían que no podíamos hacer comentarios en la escuela ni el vecindario.
En uno de los encuentros con ellos, mi hermano Jorge y yo estábamos jugando a las escondidas. Me metí en un closet, y cuando él se estaba acercando, en mi afán de esconderme mejor, empujé unas tablas y nos cayeron varios fusiles al lado, para enorme sorpresa de nosotros. Entonces nos sentaron y nos dijeron por qué estaban allí esas armas, y que ellos pertenecían a una organización. No recuerdo haber sentido nada raro, solo una especie de nerviosismo, mezclado con admiración al saber que se usaban armas para defender algo. Por alguna razón, entendimos muy bien que no podíamos hablar de aquello con nadie.
A partir de entonces identificamos al ejército y la policía como el enemigo. Recuerdo sentir temor cuando pasaban junto a nosotros en la calle. Me ponía muy nervioso.
Además, fuimos involucrándonos en pequeñas cosas, como anotar las placas de carros desconocidos que vinieran a la cuadra, y quemar papeles comprometedores. Nuestra consciencia fue aumentando en ese sentido. Empezamos incluso a tomar algunas iniciativas; como una vez que ponchamos las gomas del carro de un oficial de la policía. Decíamos que era parte del accionar guerrillero urbano. La anécdota ahora nos causa risa:mi hermano y yo escondidos en una ventana, mirando el éxito de la operación con una cara de felicidad tremenda. Es cualquier maldad infantil, pero resulta elocuente contra quien se dirigió.


¿Cómo era la vida compartida con otros hijos de combatientes, y a veces lejos de los padres?
Bueno, en principio en Guatemala se formaron algunos núcleos que se llamaron Caimaneras. Después fuimos a Nicaragua cuando triunfó la revolución sandinista, y estos núcleos pasaron a llamarse Colmenas. Desde ahí finalmente vinimos a Cuba. Mi hermano y yo tuvimos el privilegio de que en nuestra Colmena estuviera nuestra madre; algo que la mayoría de los niños no tenían: sus padres habían muerto, o estaban incorporadas en la montaña. Pero mi madre se encargó de que todo fuera parejo. Fue cariñosa con todos. Algo muy bonito fue el contacto con la cultura que ella propició. La Nicaragua sandinista llamaba mucho la atención entonces, llegaban artistas de todas partes, y nosotros íbamos a todo: vimos el circo ruso, el chino, espectáculos cubanos (La Candela, del Conjunto Nacional de Espectáculo, la vimos en el teatro “Rubén Darío” de Managua). Íbamos a los conciertos de Carlos Mejía Godoy, vimos a MikisTeodorakis, el músico griego… Lo otro fue el gran sentido de equidad y justeza: todos teníamos iguales responsabilidades en la casa, sin distinción por sexo o edad.

¿Recuerdas dolor o sufrimiento en aquellos años?
Sí vivimos trágicamente la muerte de muchos compañeros. Tal vez una de las pérdidas más fuertesfue cuando murió el comandante Mariano -para nosotros, tío Felipe-, gran amigo de mis padres, además. No solo lo sentimos por la muerte de él como tal, también por ver por primera vez a nuestro padre llorando.
Siempre temíamos que llegara alguna noticia de ese tipo; pero no recuerdo vivirlo con extrañeza, era parte de nuestra cotidianidad. Además veíamos la muerte en un sentido materialista: nada espiritual, no se va a ningún lado… había muerto, luchando por una causa, y nosotros lo asimilábamos totalmente así. No había mucha más complejidad, pero no eso no quitaba el profundo dolor que sentíamos.
Nuestros muertos, además, pasaban a ser los mártires de la revolución guatemalteca. Vimos después cómo año tras año se le hacía un homenaje al Comandante Mariano, que era nuestro tío Felipe.

¿Cuál era la relación de los niños de este grupo con sus padres?
La frecuencia de los encuentros variaba según las funciones y responsabilidades de los padres. Por ejemplo, la hija del cirujano de la guerrilla, no vio a su papá desde los 3 años hasta los 14, porque estamos hablando de una tarea insustituible. Pero había padres que venían con cierta frecuencia. El mío venía a Cuba una vez al año o algo así, por cuestiones de trabajo. Se trataba de mantener la correspondencia, aunque no era un correo muy eficiente: las cartas desde la montaña a veces se habían escrito hacía varios meses, y lo mismo ocurría de aquí para allá.
Cada niño tuvo una experiencia particular. No era bueno estar lejos de los padres, nunca lo es. Y las explicaciones se asimilabanracionalmente, pero sentimentalmente no siempre. Por eso hubo traumas, relaciones maltratadas, incluso hasta ahora. Pero en ese momento, como vivíamos entre iguales, el refugio de estar entre nosotros era tan gratificante, que en muchos casos nos consideramos familia. Teníamos un fuerte punto de unión: nuestros padres estaban luchando por lo mismo, estaban en el mismo bando.

¿En las Colmenas se identificaban con la causa de sus padres y con los sacrificios que implicaba?
Totalmente. Un hecho que lo ilustra es que de niños jugábamos a los pistoleros, y las bandas que se enfrentaban eran ambas de guerrilleros, ninguno quería ser soldado ni policía. Ya era una cuestión de fidelidad y dignidad, iba más allá del rol de buenos o malos. Además, crecimos con la música revolucionaria latinoamericana: Quilapayún de Chile, Carlos Mejía Godoy de Nicaragua, Víctor Jara, Silvio Rodríguez… Eso también influyó en nuestra formación y nuestra manera de ver la situación.

¿Cómo fue la llegada a Cuba?
Fue encontrar estabilidad en muchos sentidos: tener una escuela fija, amigos fijos, poder decir nuestros nombres verdaderos, hablar sin reservas, cosas que por cuestiones de seguridad nunca antes pudimos hacer.

¿A qué Cuba llegaste? ¿Cómo la veías o la veían ustedes?
Llegamos a la Cuba de 1982, donde había de todo, donde todo era extremadamente barato, donde la gente era muy revolucionaria, fidelista…Había un sentido de la solidaridad muy grande, un gran desinterés, nadie cobraba favores. (Eso también tenía que ver con que la gente tenía cubiertas sus necesidades primarias).
Nosotros traíamos en la cabeza que este era el modelo de sociedad por el que luchaban nuestros padres, y la que había que construir en Latinoamérica. Pero la idea era tan idílica, que descubrir algunas cosas nos chocó. Por ejemplo, la abundancia era tanta que la gente a veces no valoraba lo que tenía. Nosotros veníamos de un país y una crianza donde se le daba mucho valor a la comida; y llegamos al seminternado de la primaria, y la gente botaba los vasos de leche en el tragante del fregadero, había guerras de merienda, etc.
En la escuela, el hecho de ser extranjeros despertaba mucha curiosidad, todos iban y nos hacían muchas preguntas, era algo agobiante. Recuerdo cosas curiosas: que cómo era el malecón de Guatemala o cuántas guaguas se cogen para llegar a Guatemala. Nos dimos cuenta de que había niños y personas en general de todo tipo, que era una sociedad donde existíatoda una gama de personalidades y de actitudes humanas.
Pero también hubo sorpresas positivas:el desenvolvimiento y la extroversión de los cubanos, el ejercicio libre de la opinión, la sinceridad y la solidaridad. El día que llegamos a Cuba, a un edificio de microbrigada, no había agua. Y sin conocernos, los vecinos nos bajaron unos cubos llenos. Eso nos impactó y nos marcó desde el primer momento.

¿Cómo se desarrolló la relación con los niños cubanos?
Estando en la primaria, una vez superada la fase de curiosidad e investigación, vino la de la confianza y, con ella, las discusiones. “Cuba es mejor que Guatemala, Guatemala es mejor que Cuba”, las clásicas disputas infantiles, a los 10, 11 años. Nosotros decíamos que los indios de Cuba había sido nada más recolectores, cazadores, mientras que en Guatemala estaba el Imperio maya. Ese era un gran punto a nuestro favor. Pero los niños cubanos nos reservaban una carta infalible en la baraja:”…Sí, pero nosotros tenemos revolución, y tenemos a Fidel”. Con eso terminaba la discusión.

¿Qué actividades realizaban?
Aquí había una jornada de solidaridad con Guatemala, hacíamos obras de teatro, comida guatemalteca, de modo que se mantuviera la identidad en la lejanía, y que no nos olvidáramos de que pertenecíamos a un pueblo con una historia y en la que nuestros padres estaban construyendo una parte importante, bajo regímenes dictatoriales, bajo políticas genocidas, bajo torbellinos de desaparecidos.
Háblame de los encuentros con tu padre.
Eran muy esperados por nosotrosy muy intensos. Su personalidad transmitía fuerza, nos gustaba mucho verlo. Siempre nos quedábamos con ganas de más. Era muy cariñoso e inteligente, teníamos una comunicación muy linda con él. Nos contaba muchas historias, tenía una cultura muy amplia y una sensibilidad especial. Desde niños supimos que era el Comandante en Jefe de la organización, y la relación estuvo siempre marcada por la gran admiración que eso nos inspiraba. De hecho, es probablemente la persona que más he admirado en mi vida, por lo consecuente y lo coherente que fue, incluso al nivel de hacer sacrificios familiares muy fuertes.

¿Eso lo entendiste, lo aceptaste?
Para nosotros no es que hubiera otra opción: era así, crecimos así, para nosotros eso era lo correcto. Tal vez lo único que le señalaría, es que la comunicación que tenía con nosotros, al dejar de ser niños, no dio un salto. Tal vez con mis hermanos fue diferente porque ellos prácticamente terminando su adolescencia se incorporaron a las filas de la organización, y la relación con él fue incluso de trabajo. Pero no es mi caso porque yo no me alcé, entre otras cosas, porque nació mi primer hijo. Y yo no sé si él estuvo muy de acuerdo con esa decisión. Es posible que tuviera reservas conmigo en ese aspecto.
Pero yo lo entiendo. Le tocó vivir una época en que las definiciones eran extremas: blanco o negro, sin espacio para muchos matices;y así tenía que ser porque se estaban jugando vidas humanas. El pueblo había sufrido mucho, había habido un proceso de genocidio, varios miles de desaparecidos… Pero nosotros vinimos a Cuba y crecimos en otra realidad, y en otro tiempo. Para colmo, soy padre precoz a los 16 años, y asumo la paternidad por encima de todo. Es posible que él no haya entendido eso, porque él mismo había sacrificado la convivencia familiar por la causa revolucionaria. Cuando murió, una de las cosas que más lamenté es que nunca hayamos hablado sobre eso.

¿Estás cómodo con tu decisión?
Completamente, y mientras más pasa el tiempo, más me convenzo. Esa decisión la tomé, en primer lugar, porque fue lo que sentí. Venía un hijo, y sentí que quería conocerlo y verlo crecer. Además yo había visto traumas y resentimientos que tenía con sus padres mucha de la gente de las Colmenas que creció aquí. Las cosas no son tan simples: uno podía admirar lo que hacían sus padres, y a la vez tener ganas de vivir con ellos, y necesitarlos. No para todos fue muy fácil. Además, empezaba el proceso de negociaciones y la guerra no era ya tan intensa. Ya no era una época de pensamiento y comportamiento tan radicales. Tal vez diez años antes no hubiera habido miramientos. En los ochenta, los movimientos revolucionarios en Latinoamérica tenían como meta el triunfo revolucionario, la toma del poder para un cambio radical, como en el proceso cubano. Pero fueron cambiando de rumbo: El Salvador estaba en un proceso de paz, Guatemala estaba en un proceso de paz…; que,de alguna manera, trajeron beneficio y desarrollo social; pero no cambiaron radicalmente las sociedades. Entonces nosotros, otra generación, vivimos en muy corto tiempo muchas cosas: se cayó el campo socialista, desapareció la Unión Soviética, Cuba estaba en el llamado período especial, los movimientos revolucionarios latinoamericanos estaban en negociaciones de paz… Definitivamente otro momento histórico.
Yo, además, creo que en situaciones como esa, donde se vive una etapa de decepción, de desilusión masiva y hasta frustración, donde las mayorías dejan de creer y hay crisis de ideología, que todavía uno tenga la consciencia clara de educar a sus hijos, también es una actitud revolucionaria.

¿Cómo es la relación con tus hijos?¿Cómo fue para ti ser padre siendo tan joven?
A mí me gustó mucho, aunque fue bastante difícil. Siempre he dicho que quienes terminaron de formarme fueron mis propios hijos. Ellos sin saberlo me educaron más a mí de lo que tenía yo en principio para educarlos a ellos. Los asumimos con responsabilidad en la medida de lo posible a esa edad, continuamos estudiando y tuvimos sobre todo mucho apoyo. A la larga, me gusta haber sido padre en ese momento, porque creo que la relación que hemos logrado es muy cercana, muy bonita, en la comunicación y en el tiempo generacional. Eso hace que tengamos parte de exigencia, de intercambio de opiniones, de formas de pensar y de ver la vida, pero también muchas complicidades.Ha sido un gran proceso de aprendizaje.

¿Qué sucedió con tu padre después de la firma de la paz en Guatemala?
Él se convirtió en el Primer Secretario del Partido Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG), que pasó de ser una organización armada a un partido político. Unía cuatro antiguas organizaciones guerrilleras, cada una con un líder que en total conformaban la comandancia de la URNG. Mi padre había sido el designado por la comandancia para firmar la paz. Un año y medio después muere.

¿Qué es ser hijo del comandante Rolando Morán?Un orgullo muy grande. Me parece que mi padre ha sido de los revolucionarios más coherentes que he conocido. A veces lo era tanto, que siendo niños en ocasiones nos parecía extremo, pero con el tiempo lo entendimos, y de hecho se lo agradezco. Por ejemplo, el afán de que no tuviéramos privilegios por ser sus hijos, incluso quedándonos por debajo de los demás no pocas veces. Él decía que nada de lo que fuéramos lo podíamos obtener por ser sus hijos; y el camino que hemos recorrido los tres, y lo que hemos logrado ha sido sobre nuestros esfuerzos, y nunca apoyándonos en ningún sentido en la figura de nuestro padre. Le agradezco también su ejemplo constante de lucha, su gran lección.Su consigna era: La vida es lucha y se lucha siempre, y lo demostraba en cada acto como padre, como compañero.
Ser su hijo también significa una responsabilidad. Y en ese aspecto, era muy claro cuando nos decía que nuestra aspiración no tenía que ser repetir su historia, ser como él;sino ser seres humanos coherentes con el momento que estuviéramos viviendo.

¿Puedes contar alguna anécdota que prefigure la dimensión de tu padre?
Hay muchas, pero una de las más lindas sucedió a propósito de su muerte. Se velaban sus restos en el paraninfo de la Universidad de San Carlos, y bajaron unos sacerdotes mayas de Huehuetenango. Nos pidieron a sus hijos hacer una ceremonia de despedida. Una persona como él no pertenece solamente a la familia, sino a multitudes enteras, a mucha gente, de modo que accedimos. Nos dijeron que no era una ceremonia común, que solo se hacía en casos especiales. Preguntamos por qué, si mi padre no era maya, ni indígena; y ellos nos dijeron que lo sabían, pero que consideraban que mi padre era la persona que más había hecho por el pueblo maya en la historia de Guatemala, de modo que entendían que lo merecía. Eso me dio una medida de lo que fue mi padre que yo hasta entonces no tenía consciente.

¿Cómo valoras lo que hizo esa generación?
Creo que estuvo a la altura de su tiempo. Eran los revolucionarios los que estaban cambiando el destino de ese país, maltratado, violentado, con una cultura del terror muy arraigada, con contrastes muy marcados, con exclusión de pueblos enteros. Haciendo un análisis con el paso del tiempo, si bien no se llegó al triunfo revolucionario radical, la sociedad se transformó completamente: despertó una consciencia en sectores de la población, espacios de resistencia que antes no había, la gente supo que tiene el derecho y que puede luchar contra lo injusto. Porque hasta entonces era un pueblo bastante resignado.

¿Valieron las experiencias, los pesares, las distancias…? ¿Por qué?
Yo creo que sí. Por todo lo que pasó, lo bueno y lo malo, somos lo que somos. El resultado de todo lo que fue, me gusta. Nosotros vivimos una niñez peculiar, de desarraigo; pero también nos nutrieron otras cosas: vivir en otros países te da un cúmulo de experiencias, atravesar situaciones difíciles te fortalece, te acerca a los que te rodean, crea lazos muy fuertes para toda la vida. Y a mí me gusta bastante el resultado de todo eso, me gusta la amalgama de lo que soy.
A mí también.
(Sonreímos)

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