domingo, 7 de marzo de 2010

La Cenicienta negra que vence los maleficios ancentrales del vudú (o que ya no es tan negra).

Enrique Ubieta Gómez
Hoy en la mañana la televisión cubana trasmitió una de las últimas producciones de Walt Disney: La princesa y la rana. Sí, robamos las películas que el bloqueo nos niega --con más argumentos que la televisión norteamericana, bueno, miamense (¿no es norteamericana también?) que se roba las películas cubanas por la misma razón, pero ellos son los que bloquean, no nosotros--, y yo me senté a verla, vencido como siempre ante el anuncio de cada nuevo animado. No quiero excederme en mi comentario. En realidad, es breve. Primero, es obvio que es una película de "la era del ilusionista Obama": una princesa negra, es decir, una cenicienta negra que se convierte en princesa. Busqué en Internet, no mucho, por arribita, y uno de los primeros comentarios apologéticos lo destaca. Vale la pena reproducir el texto hallado:
"La Princesa Tiana, que tendrá la primera ocupación en cuanto a princesas de raza negra en la historia de Disney, ha sido presentada en el año 2009, y comparte algunas características de las anteriores princesas al ser ésta una princesa moderna que cuenta con una carrera profesional, diferente a los estereotipos de las primeras películas. Si bien la protagonista de la película La Princesa y la Rana ha sido relacionada con Michelle Obama, esposa del presidente estadounidense Barack Obama, esta es una historia situada en Nueva Orleans, donde Tiana trabaja como mesera y aprendiz de cocinera que cambia radicalmente su vida al besar a una rana, teniendo una aventura con final feliz". (www.blogistar.com/2010/03/tiana-la-princesa-negra-de-la-la-princesa-y-la-rana-de-disney/).
Sin embargo, el dato más importante no es que sea negra. Tampoco que la "carrera profesional" de la cenicienta negra sea la cocina, desde luego, y que su máxima aspiración en la vida sea tener un restaurante, y la de su madre, que tenga un buen matrimonio y le proporcione nietos. Tampoco que el Príncipe --aparentemente desheredado, aunque los padres al final lo perdonen y le den lo suyo--, no sea ni tan negro como la cenicienta, ni tan blanco como un anglosajón: digamos que es un Príncipe de un país del Tercer Mundo. Lo relevante en estos días trágicos para el pueblo haitiano es que El Señor de las Tinieblas, el malo que siempre aparece en las películas de Disney y en la vida, sea un practicante del vudú. Es decir, que los negros --incluyo a Obama--, para acceder a la nobleza, la del éxito mercantil, la del dinero, tienen que dejar de ser "negros" o tercermundistas: tienen que luchar y vencer las "salvajes" tradiciones de origen "sureño", incorporarse a la civilización occidental y asumir las leyes del "libre mercado". La negra se convierte en Princesa cuando vence los maleficios del vudú. La satanización del vudú se ha intensificado después del terremoto que asoló a Haití. La televisión estatal española hablaba hace unas semenas de un estado fallido que fue próspero mientras fue colonia, pero que después fundó un estado negro y adoptó el culto al vudú. La nueva película de Disney nos coloca emocionalmente en la trinchera opuesta a la de nuestros padres.

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