lunes, 8 de marzo de 2010

¿Para quién es necesaria la vida?

Enrique Ubieta Gómez
Los grupúsculos de la contrarrevolución –hijastros del imperialismo norteamericano--, incapaces de expresar los intereses del pueblo, han peleado tenazmente durante años por una visibilidad mediática siempre enfocada hacia el exterior, de donde provienen los abastecimientos. No importa el número de convocados o la puerilidad de una convocatoria, algunos periodistas y diplomáticos occidentales acreditados en La Habana y aquellos que violando las leyes se desdoblan de “simples” turistas en reporteros, estarán solícitos en el lugar señalado para proyectar cualquier escaramuza y transformarla en un show de prensa. Pero el procedimiento rinde poco y los ideólogos de la publicidad han diseñado nuevas estrategias. La huelga de hambre, recurso por el que también han optado revolucionarios de todas las épocas, fue retomada por la contrarrevolución en la primera década del nuevo siglo, porque traía consigo –además de un impacto mediático, asociado a naturales sentimientos de solidaridad--, un ataque a lo más esencial de la sensibilidad revolucionaria en Cuba: la Vida.
Durante su travesía el yate Granma detuvo la marcha en un mar picado, poniendo en riesgo la misión, para rescatar a un hombre caído al agua: la vida de uno solo de los expedicionarios valía tanto como la de todos. Durante los combates de la Sierra, se atendía primero a los enemigos heridos, y después a los propios. Los mercenarios capturados durante la invasión de Playa Girón –entrenados, financiados y apoyados logísticamente por el gobierno norteamericano--, fueron tratados con respeto hacia sus vidas. La Revolución sigue día a día el embarazo de cada cubana, hasta el alumbramiento –esa bella palabra que emplean nuestros campesinos para referirse al parto feliz--, y cuida de la niñez con esmero. Ha elevado la expectativa de vida de sus hombres y mujeres a niveles de Primer Mundo. Organiza hasta el más mínimo detalle la protección de sus ciudadanos frente a huracanes y catástrofes naturales, de tal modo que exhibe los más bajos índices posibles de mortalidad para esos acontecimientos. Para ser atendido o protegido, a nadie se le pregunta por sus creencias o convicciones políticas. Cuando aparece una negligencia en el sector de la salud, el pueblo se siente herido en lo más íntimo.
La Revolución es Vida. Sus enemigos confían en ella tanto como sus amigos. Un recluso sabe que tendrá acceso, de forma gratuita, a todas las instalaciones hospitalarias del país y de ser necesario, a los mejores especialistas y a los medicamentos de última generación, incluso a aquellos que no pueden ser adquiridos de forma expedita por el criminal bloqueo de Estados Unidos. Frente a un Estado que no secuestra ni asesina a sus enemigos, que cuida de la salud de cada ciudadano, la contrarrevolución opone la posibilidad de la muerte, de la autodestrucción, de licencias “de tres días” para matar, de “una corta noche de cuchillos largos”.
La muerte es contrarrevolucionaria, en una Revolución que defiende la Vida, que organiza destacamentos internacionalistas para defenderla en decenas de países. “Cuba lucha por la vida en el mundo; usted lucha por la muerte –escribía Fidel en su primera epístola del 2004 al presidente Bush--. Mientras usted mata a incontables personas con sus ataques indiscriminados preventivos y sorpresivos, Cuba salva cientos de miles de vidas de niños, madres, enfermos y ancianos en el mundo”. El bloqueo norteamericano es contrarrevolucionario, precisamente porque apuesta a la muerte, porque intenta ahogar a un pueblo haciéndolo carecer de medicamentos y de productos de primera necesidad, una política imperial que ya se delineaba en abril de 1898 en las instrucciones del subsecretario de Guerra al general Nelson Milles, jefe de sus tropas invasoras: “… La población de Cuba está formada por blancos, negros, asiáticos y mestizos. Sus habitantes son, en general, indolentes y apáticos… Debemos destruir todo lo que esté al alcance de nuestros cañones concentrando el bloqueo de tal forma que el hambre y su eterna compañera La Peste, puedan minar la población civil…
Para los interesados en el derrocamiento de la Revolución, la muerte de un ciudadano cubano es una victoria. El encumbramiento mediático en torno al reciente fallecimiento de un recluso ha estimulado –en la permanente puja por el protagonismo de los contrarrevolucionarios internos--, que otros traten de llamar la atención de la misma manera. Alguno ha optado por esa forma de “protesta” con anterioridad, y el Estado cubano ha gastado decenas de miles de dólares en el seguimiento médico para salvar su vida (como haría con cualquiera). Me uno a la advertencia de mi amigo Núñez Betancourt: el organismo de un reincidente ya está deteriorado e inmuno-deprimido, y puede tornarse irreversible –más allá de la voluntad del propio afectado y de las posibilidades de la medicina--, el camino hacia la muerte. Los médicos cubanos siguen la peligrosa ruta de la provocación, que es monotoriada desde el exterior.
Las contradicciones internas entre cabecillas contrarrevolucionarios estimulan esas actitudes suicidas. Habrá quién celebre en silencio la muerte del supuesto correligionario. De Zapata Tamayo se habló poco, hasta que fue inminente su muerte. Algunas personas olfatearon el rédito que esta produciría. Yoani se lanzó a entrevistar de inmediato a la madre, para asociar su nombre al fallecido, cuando solo un día antes había mencionado por primera vez a la víctima. Pero aclaremos una vez más de qué se trata: los revolucionarios que han muerto en huelgas de hambre, lo han hecho a favor de la vida, de causas sociales; los contrarrevolucionarios que pretenden imitarlos, lo hacen a favor de objetivos personales –engañosamente presentados como colectivos--, no por valores humanos de carácter general. Los que pretenden enarbolarlos desde ya como héroes, promueven esa actitud irracional, y juegan a favor de la muerte innecesaria. Frente a los intereses de once millones de cubanos, no hay opción. Cuba –ya lo hemos dicho--, nunca se dejará chantajear. Ahora no es un incidente callejero, es la posibilidad de la muerte. La contrarrevolución, una vez más, aliada a ella; la Revolución, a favor de la Vida. A favor incluso de la vida de quienes la combaten.

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