jueves, 23 de julio de 2009

Honduras es hoy España en tiempos de guerra civil.

Enrique Ubieta Gómez
Hace ya algunos años, en una acalorada discusión política que sostuve en la UNAM –la mayor universidad de México (entonces en efervescencia revolucionaria) y una de las mayores y más populares de América Latina--, un cínico intentó zanjar su discrepancia conmigo tomando una atajo: “todo lo que dices está bien, pero los (norte) americanos son más fuertes y punto: lo que vale no es que tengas la razón, es si puedes hacer las cosas o no”. A lo que contesté que la esencia de una Revolución es hacer posible lo imposible. Y no porque los revolucionarios vivamos “de sueños” o nos aferremos a utopías inalcanzables, sino porque la primera cualidad de un revolucionario es saber encontrar el punto en el espacio (en el tiempo) donde “lo imposible” es apenas una humareda que puede (y pide) ser transpuesta; en política, advertía José Martí, lo real es lo que no se ve. Esto, desde luego, sin entrar a discutir la dimensión ética de semejante “pragmatismo”: subordinar la verdad y la justicia a la “razón” de la fuerza.
Por eso a veces es necesario hacer un alto en la discusión, y reconsiderar las bases sobre las cuales discutimos. O dicho de manera gráfica: invertir el mapa –el de los problemas humanos--, verlo con ojos propios, asumir sin complejos el acertado eslogan de TeleSur, “nuestro Norte es el Sur”. Porque el imperialismo no se cuestiona –y pretende que no cuestionemos--, su “derecho” al uso de la fuerza. Los medios masivos de manipulación hablan de la “injerencia” de los gobiernos de Venezuela, de Nicaragua o de Cuba en los asuntos internos de Honduras. Soslayan en cambio que el gobierno de facto sobrevive, pese a todas las condenas formales, por el apoyo real de Estados Unidos.
Es hora de que nos desembaracemos de los enfoques vergonzantes: hay, habrá y es legítima la ayuda internacionalista de los pueblos y gobiernos latinoamericanos frente a la injerencia del imperialismo en Honduras. Un golpe en la mejilla del pueblo hondureño, o del boliviano, o de cualquier otro pueblo, tiene que ser sentido como un golpe en la mejilla de todos los latinoamericanos. Si tras los golpistas se mueve la Trasnacional del Dinero –amos y peones, colonialistas y colonizados, letrados a sueldo y gorilas entrenados en la Escuela de las Américas--, tras la resistencia tiene que moverse el Internacionalismo de la Solidaridad. Porque la táctica del enemigo es sencilla: reprimir y convocar al diálogo, golpear y exigir paciencia, conspirar y pedir transparencia, interferir con asesores, con dinero, con una diplomacia hipócrita y acusar a los amigos de interferir. Honduras es hoy España en tiempos de guerra civil: la Reacción está iniciando allí su ofensiva contra la Revolución latinoamericana, con el apoyo de Estados Unidos –ya no cabe dudas--, y la mirada complaciente de Europa. Ante el empleo de la fuerza, la Rebelión. La violencia es intrínsecamente contrarrevolucionaria, pero la pasividad ante ella lo es más, y es un crimen. No defendemos la “legalidad” burguesa, la que unos leguleyos bien pagados estiran y encojen para perpetuar el status quo; defendemos la democracia: el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Honduras es el frente hoy en el que pelean cuerpo a cuerpo el pasado y el futuro de América. No le daremos la espalda.

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